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El teatro español anterior a 1936:
tendencias y rasgos principales, autores
y obras más significativas.
Panorama del teatro español
A finales del siglo XIX y principios del XX, el teatro español estaba anclado en una comedia de costumbres
burguesas, conformista y complaciente, con un público formado por las clases medias. A medida que
transcurrieron los años, la divergencia entre el teatro español y el teatro europeo, mucho más plural e innovador,
se fue acrecentando, con la sola excepción de algunos autores como Valle-Inclán o Unamuno, quienes, por otra
parte, tuvieron escasa presencia en las carteleras.
Tendencias y autores
El teatro tradicionalista
Durante las primeras décadas del siglo XX, predomina en los escenarios un teatro comercial y de diversión,
del agrado del público, que llena las salas de gente de la clase media o burguesa —poco exigente respecto al
arte escénico. En este sentido, la escena goza de buena salud. Es, sin embargo, un teatro inmovilista, decadente,
poco creativo y poco renovador. Su calidad dramática es más bien pobre y escasa, en relación, sobre todo, con
el esplendor literario y los aires de renovación que se producen en la lírica y en la narrativa del primer tercio de
siglo. Dentro del teatro comercial que llenaba las salas cabe distinguir tres tendencias:
La comedia burguesa
El máximo representante de esta tendencia fue Jacinto Benavente (1866-1954), premio Nobel en 1922 y autor
hegemónico durante casi medio siglo. Benavente moderniza la escena española reaccionando contra el drama
grandilocuente de Echegaray, y acercando el teatro a la mentalidad de la época. Sus obras, que comenzaron con
mayor carga de crítica social, se convierten en unas piezas llenas de finura, bien construidas, de cuidados
diálogos, de personajes y ambientes preferentemente burgueses. Recibieron el favor y el aplauso de un público
también burgués, poco dispuesto a recibir en escena más allá de alguna palabra mordaz, leves e inteligentes
ironías o críticas llevaderas.
Sus dos mejores obras son Los intereses creados y La malquerida. Fundiendo rasgos y elementos del teatro
clásico español y de la comedia del arte italiana, el autor logra con Los intereses creados una obra de gran vigor
escénico en la que censura amablemente el materialismo y la hipocresía de la sociedad. La malquerida es un
drama de ambiente rural con una cierta tensión dramática al hilo de una pasión incestuosa que lleva al crimen.
El teatro poético
El que entonces se llamó teatro poético consistió en un drama basado en la historia nacional, impregnado de
fuerte ideología tradicionalista y empeñado en recuperar el verso del teatro clásico español. Cultivaron esta
tendencia los modernistas Francisco Villaespesa (Doña María de Padilla) y Eduardo Marquina, conocido sobre
todo por ser el iniciador y el autor más relevante de este teatro poético, en el que se aprecia la influencia de los
valores estéticos del Modernismo. Buena muestra de ello son, por ejemplo, títulos como Las hijas del Cid, Doña
Tema 9. Literatura
Curso 2015-2016
María la Brava o En Flandes se ha puesto el sol. Aunque no están exentas de cuidado y de aciertos dramáticos,
estas obras de Marquina, de tono heroico y excesivamente idealizado, han perdido interés en nuestros días.
El teatro cómico
El género que más complacía al público de principios de siglo era el teatro cómico, que perseguía, sin excesivas
pretensiones literarias, la carcajada del espectador.
Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero cultivaron la comedia de costumbres andaluza, construida
sobre una imagen estereotipada de Andalucía (El genio alegre, La malvaloca).
Carlos Arniches fue el más famoso autor de sainetes de su tiempo. Estas piezas están ambientadas en un
Madrid castizo, lleno de personajes procaces, ingeniosos y vulgares que emplean un lenguaje en el que se
mezclan madrileñismos, juegos de palabras, dobles sentidos y toda suerte de recursos humorísticos. A partir de
La señorita de Trévelez, “farsa cómica”, evolucionó hacia una “tragedia grotesca” (así subtituló algunas obras)
en la que lo cómico se mezcla con lo trágico para cristalizar en una caricatura de la hipocresía social.
En un nivel estético inferior se sitúa la obra de Pedro Muñoz Seca, creador del astracán, género que sólo
pretende provocar la risotada mediante situaciones disparatadas. Su mejor “astracanada” fue La venganza de
don Mendo, burla de las convenciones del teatro histórico.
El teatro renovador
Junto a este teatro comercial, existió un teatro inspirado por las corrientes innovadoras europeas, que no solía
llegar siquiera a la representación. Entre los escritores que experimentaron con el lenguaje dramático sobresalen
Ramón María del Valle-Inclán y Federico García Lorca, aunque hubo otros autores que formularon también
propuestas arriesgadas.
El teatro de ideas
Entre los autores que utilizaron el teatro como vehículo de exposición y difusión de ideas destacan Miguel
de Unamuno y Jacinto Grau.
Unamuno (1864-1936) escribió un teatro desnudo, sin concesiones escenográficas, con una honda
significación moral. La acción es esquemática y los personajes suelen encarnar ideas o valores. En sus obras, los
conflictos se plantean con gran intensidad, pero la densidad conceptual de los diálogos dificulta la
representación. Son piezas destacadas El otro, El hermano Juan y sobre todo Fedra, que trata el tema del incesto
a través del mito griego de Hipólito.
Jacinto Grau fue un dramaturgo de carácter intelectual, que aspiró a restaurar la tragedia como género teatral
y cosechó más éxito en el extranjero que en España. Revisó algunos temas nacionales en la tragedia El conde
Alarcos y en Don Juan de Carillana, actualización del mito de don Juan. Su mejor obra es El señor de Pigmalión,
una “farsa tragicómica” en torno al poder y los peligros de la creación: Pigmalión da vida a unos muñecos dotados
de inteligencia que acabarán por asesinar a su creador.
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Tema 9. Literatura
Curso 2015-2016
El teatro vanguardista
Hubo también un teatro experimental que sirvió para ensayar nuevas herramientas de representación
escénica, pero que constituyó un rotundo fracaso las pocas veces que llegó a las tablas. Son exponentes de esta
tendencia Ramón Gómez de la Serna (Los medios seres), Azorín (Old Spain, Angelita) o Rafael Alberti (El hombre
deshabitado).
Consideración aparte merece el teatro de Alejandro Casona, que se dio a conocer con La sirena varada y que
tuvo un enorme éxito con Nuestra Natacha, donde denunciaba la represión en los reformatorios de la época. La
obra más celebrada de su exilio –abandonó España en 1937- es el drama simbólico La dama del alba.
A todos estos autores hay que añadir las figuras más destacadas del teatro renovador de la época: ValleInclán
y García Lorca.
RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN
La evolución del teatro valleinclanesco es similar a la del resto de su obra: desde una literatura cercana a la
estética modernista hasta una obra cada vez más crítica y original, que en el teatro se resuelve sobre todo en el
esperpento. La producción dramática de Valle anterior al esperpento puede ordenarse en dos ciclos:
El ciclo mítico, formado por la trilogía Comedias Bárbaras y Divinas palabras. En ambos casos, se centra en el
ambiente rural gallego. En las tres Comedias presenta un mundo de pasiones y violencia, un mundo mítico,
feudal, primitivo y en descomposición, dominado por un aristócrata mujeriego y despótico. En Divinas palabras,
con una palabra cada vez más dura y desgarrada, intenta mostrar lo irracional, la superstición, la crueldad o los
instintos enraizados de forma natural en unas gentes elementales y primitivas.
El ciclo de las farsas, transición del modernismo al esperpento. En Farsa y licencia de la reina castiza, Valle
mueve ya a sus personajes como muñecos grotescos y distorsiona su palabra para degradar y deformar con
intención crítica la corte de Isabel II.
Los esperpentos. Esperpento es la palabra valleinclanesca para denominar a unas obras creadas mediante
una estética dramática personal y renovadora que pretende llegar a una “superación del dolor y de la risa” y
mostrar lo absurdo, exponer el “sentido trágico” de la vida y su disconformidad con la vida española de su
tiempo. Entre otros aspectos, el autor se sirve de la deformación de las situaciones y de la realidad (quizás de la
deformación de la apariencia percibida para llegar a captar la auténtica realidad); de la distorsión del lenguaje,
a veces vulgar, pero rico y elaborado; de la degradación de los personajes, vistos desde arriba; no, por tanto,
como héroes épicos y míticos, sino animalizados, “cosificados”, como muñecos grotescos, peleles; y, por último,
de la presencia simultánea de aspectos trágicos y paródicos; del absurdo; de la intensificación e hipérbole de
elementos, etc. Luces de bohemia, la mejor obra dramática de Valle-Inclán, multiplica sus personajes y espacios
para, a través de las últimas horas y del último peregrinaje nocturno de un poeta ciego, Max Estrella, y de su
acompañante, don Latino, mostrar una visión caleidoscópica y esperpéntica de la vida madrileña y española, que
también satiriza en las tres obras de Martes de carnaval.
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FEDERICO GARCÍA LORCA
El teatro lorquiano, escrito en verso, en prosa o mezclando uno y otra en una misma obra, está, como su
poesía, dotado de un profundo sentido trágico y, a la vez, lírico. La frustración, el amor y el deseo insatisfechos
o imposibles, o la falta de realización personal, se convierten en generadores del conflicto individual o social, y
de la misma acción dramática. La mujer se erige las más de las veces en protagonista relevante, como en su
primer drama histórico, Mariana Pineda, en el que aborda con un tratamiento lírico la historia de esta heroína
liberal que fue ejecutada en 1831 por bordar una bandera.
LAS FARSAS
Lorca escribió dos farsas para muñecos: Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita, y el Retablillo de don
Cristóbal, en las que critica el miedo ante los opulentos. En las farsas para actores La zapatera prodigiosa y Amor
de don Perlimpín con Belisa en su jardín se trata el tema del amor desvirtuado por las convenciones sociales.
TEATRO VANGUARDISTA
Tras su estancia en Nueva York y La Habana (1929-1930) Lorca se adentra en el teatro experimental con El
público; una obra subversiva y de difícil realización, de carácter simbolista-surrealista, que indaga en la
accidentalidad del amor. Es una defensa de la homosexualidad, un alegato a favor de la plena realización del
deseo individual, frente a las convenciones sociales: dos actores varones interpretan Romeo y Julieta, de
Shakespeare, con el consiguiente escándalo del público. Así que pasen cinco años es, asimismo, un texto de
inspiración surrealista en el que se reelabora el tópico del carpe diem: un joven aplaza su felicidad aceptando
casarse cinco años más adelante.
TRAGEDIAS RURALES
La cima de su producción teatral la forman las tragedias escritas entre 1933 y 1936: Bodas de Sangre, Yerma
y La casa de Bernarda Alba, a las que hay que añadir el drama Doña Rosita la soltera. Comparten las cuatro
piezas el protagonismo de la mujer y el tema de la represión que sobre su amor y sexualidad ejerce la moral
establecida. Son obras sobre la coerción de la libertad individual, sobre la frustración de los deseos y, en suma,
sobre la irredenta soledad de la mujer española. En ellas, Lorca se propone conmover al espectador y poner en
tela de juicio sus convicciones.
En Bodas de Sangre, se recrea un conflicto entre intereses económicos y auténtica pasión amorosa en un
espacio poético e intemporal de resonancias andaluzas. Aparecen personajes simbólicos como la Muerte o la
Luna, lo que quebranta el realismo y transporta la obra a una dimensión mítica, de una intensa fuerza de
sugestión.
Con Yerma, el choque entre el deseo y la represión moral se traslada al terreno de la maternidad. La
protagonista ansía ser madre, pero no logra quedarse embarazada. Culpa a su esposo, pero la obligada fidelidad
le impide buscar la paternidad en otros hombres. Derrotada en medio de una naturaleza fértil, acaba por matar
a su esposo, lo que implica el fin de su esperanza de ser madre.
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Tema 9. Literatura
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Escrita dos meses antes de su asesinato, La casa de Bernarda Alba es la obra maestra del teatro lorquiano.
Este “drama de mujeres en los pueblos de España” (así la subtituló) presenta el opresivo ambiente del luto en
una familia de mujeres tras la muerte del varón dominante. La madre, por respeto a la moral establecida,
pretende poco menos que enterrar a las hijas en vida, lo que provocará las rencillas entre ellas y un trágico final.
No es sólo una crítica de la represión de los afectos y del instinto sexual, sino, mucho más allá, una denuncia de
todas las tiranías que despojan a los seres humanos de su libre albedrío.
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