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SALMO 119:57
“Mi porción es Jehová;
He dicho que guardaré Tus palabras”
Este verso marca el inicio de la octava sección del Salmo 119, distinguida por la
letra “Kjet”. Como veremos a continuación, cada verso empieza con una palabra
cuya primera letra es ‘kjet’.
En el caso del v.57, la primera palabra en el texto hebreo es ‘kjelek’ (“porción”).
Esta palabra tiene dos sentidos: “herencia” y “recompensa”. Cuando un padre
muere, todo lo que tiene es dividido entre sus hijos, y cada uno recibe una
‘porción’; esa es su “herencia”. Por otro lado, si una persona trabaja en un
negocio, y el negocio va bien, entonces se reparte la ganancia y cada socio recibe
su “recompensa”.
Por ejemplo, cuando Abraham persiguió a los reyes del oriente que habían atacado
a Sodoma, y volvió triunfante, una “parte” (‘kjelek’) del botín fue dado a los tres
jefes tribales que pelearon al lado de Abraham (Gén 14:24). Esa fue su
recompensa por haber participado en el rescate de Lot.
El Salmista acaba de decir, “Estas bendiciones tuve porque guardé Tus
mandamientos” (v.56). Reconoce que recibió bendiciones de parte de Dios por
haber obedecido Su Palabra. Pero ahora añade un detalle importante. No guardó
los mandamientos de Dios para recibir alguna recompensa material, espiritual o
emocional. Guardó los mandamientos de Dios por amor a Él. Por lo tanto, la única
recompensa que quería era Dios mismo: “Mi porción (‘kjelek’ = ‘recompensa’) es
Jehová” (v.57a).
Feliz el creyente que pone su mirada en Dios; para quien la mejor recompensa de
una vida de obediencia es un mayor conocimiento de Dios, y una comunión más
íntima con Él. ¡No será decepcionado! Dios le otorgará el deseo de su corazón, y
le bendecirá con creces. Su recompensa será similar a la de Salomón, quien
cuando pidió sabiduría, fue bendecido también con riquezas (1 Rey 3:10-13). Si
buscamos primero a Dios y Su reino, las demás cosas vendrán como “añadidura”
(Mat 6:33).
Evaluemos nuestros corazones ahora. ¿Qué queremos de Dios? ¿Qué buscamos
cuando nos proponemos obedecer a Dios? ¿Estamos buscando más de Dios, o será
que nuestros corazones están puestos en bendiciones materiales? Dios nos
conceda un corazón que le ame a Él por encima de todas las cosas.
Cuando el pueblo de Dios ingresó a la Tierra Prometida, Dios ordenó a Moisés a
repartir la tierra entre las doce tribus. Cada una recibiría su herencia. Pero a los
sacerdotes (y a todos los levitas) Dios les dijo: “De la tierra de ellos [las demás
tribus de Israel] no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte [‘kjelek’]. Yo soy
tu parte [‘kjelek’] y tu heredad…” (Núm 18:20).
El Salmista toma ese concepto, y lo aplica a sí mismo, anticipando la enseñanza del
Nuevo Testamento que afirma que todos los creyentes somos sacerdotes ante
nuestro Dios (1 Ped 2:9). Como tal, nuestra herencia es Jehová, el Dios de Israel.
¡Qué tremenda bendición!
David hace eco de esto en el Salmo 16, cuando escribe:
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“Jehová es la porción de mi herencia [‘kjelek’] y de mi copa,
Tú sustentas mi suerte.
Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos,
Y es hermosa la heredad que me ha tocado”
Sal 16:5-6
Lamentablemente, muchos creyentes hoy en día no están satisfechos con Dios;
desean recibir bendiciones materiales. Y para justificar ese deseo, han desarrollado
toda una teología – la famosa “Teología de la Prosperidad”, que no es otra cosa que
la idolatría disfrazada de espiritualidad. El peligro es que muchos cometen el doble
pecado descrito en Jer 2:13 (“Me dejaron a Mí, fuente de agua viva, y
cavaron…cisternas rotas que no retienen agua”). Que diferente es David, un
hombre conforme al corazón de Dios, quien dijo:
“Libra mi alma de los malos…
De los hombres mundanos cuya porción [‘kjelek’] la tienen en esta vida…
En cuanto a mí, veré Tu rostro en justicia;
Estaré satisfecho cuando despierte a Tu semejanza”
Sal 17:13-15
En el Salmo 73, otro creyente experimentó una fuerte tentación cuando vio la
prosperidad de los malos (Sal 73:2-3). Aunque se habían apartado de Dios, los
pecadores gozaron una vida de abundancia material (Sal 73:4-9, 12); mientras que
el Salmista experimentó muchos problemas y sufrimientos (Sal 73:13-14). Sin
embargo, cuando meditó el asunto y recibió mayor revelación de Dios (Sal 73:1617), llegó a dos conclusiones:
1. Los impíos serán destruidos muy pronto, y perderán todo lo que tienen.
2. Tener a Dios es lo más seguro y satisfactorio para el creyente.
Como un buen hijo que ama mucho a su padre, David exclamó:
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti?
Y fuera de Ti nada deseo en la tierra.
Mi carne y mi corazón desfallecen,
Mas la roca de mi corazón y mi porción [‘kjelek’] es Dios para siempre”
Sal 73:25-26
¿Podemos decir lo mismo? ¿Amamos a Dios por encima de todas las cosas? Es
fácil saberlo. La persona que ama a Dios, guardará Su Palabra. Cristo lo dijo: “El
que tiene Mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21). El
Salmista, guiado por el Espíritu Santo, anticipó esa enseñanza del Señor, diciendo:
“Mi porción es Jehová…guardaré Tus palabras” (Sal 119:57).
Al decir eso, el Salmista no estaba expresando sólo un anhelo o un deseo. Se
estaba comprometiendo a hacerlo: “He dicho que guardaré Tus palabras” (v.57b).
La RVA traduce, “Me he propuesto guardar Tus palabras”. Es más, al decir eso el
Salmista está reconociendo una gran verdad: si queremos tener a Dios como
nuestra herencia (“porción”), tenemos que tenerlo también como nuestro Rey y
Soberano (“guardaré Tus palabras”). El momento que permitimos a un rival (un
ídolo) tomar el lugar de Dios en nuestras vidas, nos exponemos a sufrir
decepciones y deseos insatisfechos. Si queremos realmente disfrutar la vida en
esta tierra, digamos con el Salmista: “Mi porción es Jehová…guardaré Tus
palabras”.
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