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Transcript
Crisis y sustentabilidad de la producción campesina.
El caso de la Chinantla Oaxaqueña.
Ana Paula de Teresa
Dpto. de Antropología, UAM-I
13-10-2013
Introducción
En las últimas décadas el fenómeno de la pobreza se ha extendido en América Latina.
El crecimiento económico característico de los años de la posguerra ha cedido su lugar a
una prolongada crisis que ha deteriorado sensiblemente las condiciones de vida de la
población. El fenómeno es tanto más importante en cuanto que la dinámica de la crisis se
manifiesta como un proceso de mundialización.1 En ésta, algunas formas sociales se
vuelven caducas y son sustituidas por otras cuyo común denominador parece ser la
primacía de la lógica del mercado. Las repercusiones sobre la producción agropecuaria y la
vida en el campo han sido innegables, por lo que la comprensión de la dinámica económica,
política y cultural del medio rural contemporáneo requiere de un análisis puntual.
Como su nombre lo indica, la mundialización se impone en todos los espacios
socioeconómicos. No obstante, este mismo proceso asume formas distintas en función de
las características concretas de las sociedades en las que se inserta. En particular, en los
países llamados “en desarrollo” la globalización se ha impulsado a través de un conjunto de
políticas que promueven la estabilidad macroeconómica, la descorporativización de la
economía y la liberalización del mercado. Sin embargo, en contradicción abierta con los
objetivos anunciados de crecimiento y bienestar social, la puesta en marcha de lo que
algunos autores denominan "El Nuevo Modelo Económico" coincide con la polarización de
1
En este trabajo emplearemos los términos de mundialización y globalización indistintamente para
referirnos al proceso económico, tecnológico, social y cultural que se deriva de la progresiva integración
de las sociedades y de las economías nacionales en diferentes partes del mundo. Dicha dinámica es el
resultado de la interacción de los avances tecnológicos, las reformas en el comercio y la política de
inversiones, y las cambiantes estrategias de producción, organización y comercialización de las empresas
multinacionales. Algunos autores consideran que en español es más adecuado usar el término
mundialización, que resulta de la palabra francesa “mondialisation”, en lugar de globalización anglicismo procedente del inglés globalization- puesto que en español «global» no equivale a «mundial»,
como sí sucede en inglés.
la sociedad y el creciente deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la
población.
En este trabajo se aborda el impacto que ha tenido la caída de los precios del café
sobre la economía campesina de la región chinanteca, en el norte del estado de Oaxaca. A
través de este estudio regional se pretenden aportar elementos para una reflexión más
amplia sobre la transformación de la sociedad rural y las alternativas que ofrece el
“desarrollo sustentable”2 para los pequeños productores rurales que basan su economía en
el trabajo familiar. Interesa, sobre todo, destacar que la creciente pobreza y marginación en
la que viven amplios sectores de la población rural no significa que la sociedad campesina
se mantenga estática. Por el contrario, una observación detallada revela que la lucha
cotidiana por la subsistencia ha dado lugar a cambios en la dinámica demográfica,
productiva y ocupacional del sector campesino. Sin embargo, el incremento en la
intensificación del trabajo familiar que conlleva la producción tradicional, ahora marcada
con el término de sustentable, se revela como el límite de su viabilidad y cuestiona que ésta
sea una opción para los pequeños productores rurales que se enfrentan a un mercado
globalizado.
2
Según la Organización Mundial de las Naciones Unidas (ONU) se define «el desarrollo sostenible como
la satisfacción de «las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las
generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades». Éste es el principio rector para el desarrollo
mundial a largo plazo y consta de tres pilares: el desarrollo económico, el desarrollo social y la protección
del medio ambiente que deben desplegarse de manera equilibrada, (Ver: Informe titulado «Nuestro futuro
común» de 1987, Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo),
2
El área de estudio.
La región chinanteca de Oaxaca se inscribe en la cuenca del río Papaloapan y se
conforma
por catorce municipios y 258 localidades con una población de 258,790
habitantes, de los cuales el 80 por ciento son indígenas hablantes del chinanteco.3
La zona cuenta con una extensión aproximada de 4,599 km2 en donde conviven
selvas altas, medianas y bajas con bosques mesófilos de montaña. Por su extensión es
considerada la tercera zona selvática del país, después de la Lacandona y de los
Chimalapas.
Mapa 2. Subregionalización de la Chinantla
Las condiciones ecogeográficas de la región permiten dividirla en tres subregiones:
la Chinantla Baja; la Media y la Alta. La primera se ubica en al cuenca del Papaloapan a
menos de 400 mts. de altitud e incluye los municipios de San Lucas Ojitlán, San José
Chiltepec, Santa María Jacatepec, Ayotzintepec, San Juan Lalana y Santiago Jocotepec.
3
INEGI, Censo de población y vivienda 2010
3
Por su parte, la Chinantla Media (situada entre los 400 y los 1000 mts. de altitud), abarca
los municipios de San Juan Bautista Valle Nacional, San Felipe Usila, San Juan Bautista.
Tlacoatzintepec, San Pedro Sochiapam y el municipio de San Juan Petlapa. Finalmente, los
municipios de San Pedro Yolox, Santiago Comaltepec y San Juan Quiotepec conforman la
Chinantla Alta. Esta zona se localiza en la Sierra Juárez a partir de altitudes mayores a los
1000 mts. de altitud.
La economía de la región se basa en la actividad agropecuaria y en el
aprovechamiento de algunos recursos forestales. De un total de 459,990.7 hectáreas, el
9.8% tiene un uso agrícola, el 9.5% es ganadero y al 21.1% de vegetación secundaria se le
da uso forestal. El resto de la superficie -56.7%- se constituye por selvas y bosques
relativamente conservados.4
En cuanto al tipo de propiedad, el Registro Agrario Nacional (RAN), reconoce como
núcleos agrarios (Ejidos, Comunidades Agrarias y Nuevos Centros de Población Ejidal) un
total de 93, incluyendo cabeceras municipales.5 De éstos, 73 núcleos corresponden a ejidos
que pertenecen a 5,781 ejidatarios y 20 a comunidades agrarias que benefician formalmente
a 4,257 comuneros.
Los principales cultivos son el maíz, el fríjol y la yuca para el autoconsumo y el café,
el chile, el hule, la caña de azúcar y la vainilla para el intercambio comercial. Tan sólo el
maíz y el café ocupan el 83.4% del área cultivada de la región (el maíz con 49,158 has. 51.6%- y el café con 30,252 has. -31.8%-); mientras que los otros cultivos sólo abarcan el
16.6% de la superficie restante (el chile 2.5%; el hule 2.5%; la caña 2.4% y la vainilla
0.3%).6
4
5
6
de Teresa, Ana Paula y Gilberto Hernández Cárdenas, “El medio geográfico y humano” en de Teresa,
A.P., Coord., Quia-na. La selva chinanteca y sus pobladores, Ed. Juan Pablos Editor, México 2011, pp:
1-29
Si bien el Registro Agrario Nacional (RAN) no reconoce como núcleos agrarios a los municipios de San
Juan Bautista Tlacoatzintepec, San Juan Lalana, San Felipe Usila, Santiago Jocotepec, y San Lucas
Ojitlán, por no tener acción agraria instaurada, éstos se pueden considerar como tales por poseer un
territorio propio, compartido con algunos de sus anexos; lo que hace un número total de 98 núcleos
agrarios en la región.
Información obtenida a partir de la Encuesta a Autoridades, levantada en la zona en febrero-mayo de
1997. El análisis de los sistemas de producción se detalla en: de Teresa, A.P., Reporte de Investigación
No III “Estrategias Productivas y Deterioro Ambiental en la Chinantla” UAM-I, México, 1998.
4
Programas estatales: INMECAFÉ.
Con la llegada del Instituto Mexicano del Café a la zona en 1972, se generaliza la
producción cafetalera en la región. El antecedente inmediato a la conformación de esta
empresa paraestatal es el Beneficio Mexicano (BEMEX) que dependía del Instituto
Nacional Indigenista. De hecho, el INMECAFE pasa de ser un simple promotor del cultivo
a cubrir todas las funciones que tienen que ver con el financiamiento, producción y
comercialización del aromático.
El impuso más fuerte a la cafeticultura en la Chinantla ocurre entre 1970-1980 y hasta
1989, que se desmantela la paraestatal, se promueve la producción del café como una
alternativa para los pequeños productores indígenas aún en zonas no aptas para su cultivo.7
Al amparo del INMECAFE Oaxaca se convierte en el cuarto productor nacional.
Alrededor de 58 mil productores del estado dependen actualmente de este cultivo, la gran
mayoría lo cultiva en superficies menores a cinco hectáreas con una productividad
promedio de 5 a 6 quintales por hectárea, que es una de las más bajas a nivel nacional.8
Desde un punto de vista técnico, el INMECAFE respetó el sistema de producción
indígena en lo que se refiere a la plantación de los cafetos bajo sombra. Sin embargo, a
través de los programas de mejoramiento de cafetales, un 33 por ciento de la superficie total
se ha beneficiado con variedades mejoradas lo cual se acompaña del establecimiento de un
dosel de sombra de varias especies de chalahuite (Inga spuria).
Esto ha requerido
remplazar muchas de las especies locales de la franja de contención que va de los 600 a los
1200 metros de altitud, donde todavía no hay bosque de coníferas.9
Según el tipo y uso de los árboles de sombra se reconocen dos tipos de sistemas de
producción: el rusticano y el tradicional. En la región domina el sistema rusticano (árboles
de sombra de crecimiento natural). Los campesinos prefieren este sistema por la gran
variedad de usos que les dan a los árboles como fuente adicional de alimentación, material
7
8
9
De 1962 a 1989 el café en México tuvo el periodo de expansión más importante de su historia, debido al
incremento de los precios en el mercado internacional.
de Teresa, Ana Paula “Producción y mercado campesino”, en de Teresa, A.P., Coord., Quia-na. La selva
chinanteca y sus pobladores, Ed. Juan Pablos Editor, México 2011, p. 122.
El estado de Oaxaca cuenta con 23 especies y tres variedades nativas de coníferas distribuidas en ocho
géneros y cuatro familias. La Pináceas es la familia más numerosa con 17 especies de las cuales catorce
son Pinus. (Ver: del Castillo, R., et.al. p. 141).
5
de construcción y leña. Actualmente, las variedades de café más cultivadas en la zona son
el café arábigo y el café bourbon en sus formas Caturra y Mundo Novo.
Las dificultades de acceso y comunicación que caracterizan a la sierra chinanteca
restringió el uso de la tecnología impuesta por el INMECAFE en la zona (siembra de
semillas mejoradas, plantas de porte bajo…etc.,).
Esto permitió que muchos pueblos
mantuvieran la diversidad de especies nativas. Así, el reparto indiscriminado de herbicidas,
insecticidas y fertilizantes químicos, por parte de los técnicos de la paraestatal, fue utilizado
en otros cultivos, principalmente en la milpa.
El esquema organizativo promovido por el INMECAFE se basó en las Unidades
Económicas de Producción y Comercialización (UEPC), a las que pertenecían
prácticamente todos los pequeños productores de café del sector social (ejidatarios y
comuneros).
Las UEPC eran figuras de primer nivel sin un reconocimiento jurídico.
Estaban representadas por un socio delegado frente al Instituto. Su función principal era la
de recibir los anticipos a cuenta de cosecha que operaban como créditos. Dichas unidades
eran consideradas por la Confederación Nacional Campesina (CNC) como parte de sus
agremiados, lo cual obligaba a los productores a participar en la promoción de eventos
partidistas u oficiales, sin que tuvieran realmente la posibilidad de plantearse un proyecto
que atendiera sus requerimientos productivos, de comercialización u organizativos. 10
El Instituto Mexicano del Café solucionaba todas las necesidades de los productores
en lo que se refiere al crédito, la asistencia técnica, el acceso a insumos, la investigación, la
comercialización y los subsidios al producto. Estos últimos se concedían principalmente
vía precios ya que cuando el mercado internacional entraba en crisis, los precios que el
INMECAFE pagaba a los productores solían sufrir un ajuste a fin de amortiguar el impacto
económico sobre la economía de los cafeticultores y con ello, aminorar la presión política
de las organizaciones. 11
A fines de los años ochenta, el programa de modernización rural impulsado por el
Estado se propuso realizar un ajuste estructural sobre la base de dos pilares fundamentales:
10
11
Entrevista realizada por Ana Paula de Teresa a Don Fidel Morales, Casete 1 Lado A, Paso Canoa,
Tuxtepec, Oaxaca, 15 de abril de 2010.
Ibíd.
6
1) el retiro de la participación estatal en la producción (descorporativización), lo cual
involucra desde la privatización de las empresas paraestatales y la eliminación de subsidios,
hasta las reformas al artículo 27 constitucional y 2) la apertura comercial. Esta última se
fundamenta en la tesis de las ventajas comparativas e implica enfrentar a los productores
nacionales con la competencia del mercado internacional.
En el marco del ajuste
estructural, el gobierno de Carlos Salinas inicia el cierre de todas las agencias de desarrollo
que operaban en el medio rural: FERTIMEX, FIDEHULE, TABAMEX, PROQUIBEMEX
y desde luego, también el INMECAFE.12
Gráfica 1
En este proceso, el Instituto Mexicano del Café que para entonces constituía una
institución burocratizada e inoperante, reduce drásticamente su intervención en el sector,
especialmente en lo que se refiere a la comercialización.
Con base en los estudios
realizados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial sobre el exceso de
gasto público, la Comisión Intersecretarial de Gasto–Financiamiento tomó la decisión de
desaparecer la paraestatal considerando la posibilidad de cerrarla de manera drástica e
inmediata, cómo ya se había hecho con TABAMEX y PROQUIBEMEX que dejaron de
existir de un día para otro. Sin embargo, organizaciones independientes junto con el
sindicato de trabajadores del INMECAFE, lograron dirigir varias campañas de información
12
Entrevista realizada por Ana Paula de Teresa a Miguel Tejero, asesor de la CEPCO, Oaxaca, 25- I-02,
(C.N°1c, IT: 0:00:00.
7
a los pequeños productores cafetaleros que culminaron con grandes movilizaciones. Estas
últimas –que en un mismo día llegaron a involucrar a más de 150 mil productores en
diferentes estados- impidieron que la paraestatal desapareciera de manera inmediata,
consiguiendo un plazo para la transición de un año y medio.
En 1989 se desincorpora definitivamente al INMECAFE y se plantean nuevas
estrategias de vinculación con los productores.
Es preciso señalar que El Instituto
Mexicano del Café tenía la representación ante los organismos internacionales;
fundamentalmente en la Organización Internacional del Café (OIC). El mismo año de su
desaparición, en el mes de julio, se rompen las cláusulas económicas del Convenio de la
OIC que regulaban el precio internacional del café, lo cual genera la caída histórica más
grave del precio internacional del aromático. De hecho, mientras existió el convenio
internacional el precio del café se mantuvo en una banda de 120 a 140 dólares por quintal
(100 libras). Con la ruptura de dicho convenio el precio se desploma a 60 dólares. Así, en
un contexto de crisis del mercado internacional, el retiro de la participación estatal en la
producción cafetalera tuvo efectos dramáticos para los productores del sector social. Estos
no sólo dejaron de recibir anticipos, asistencia técnica e insumos, sino que perdieron la
seguridad para comercializar su producto. Ahora, los pequeños productores rurales deben
someterse a una cadena de intermediación comercial, representada localmente por los
“coyotes”, quienes fijan los precios y acaparan los productos para su venta en el mercado
ya sea éste regional, nacional o internacional.13
Los productores campesinos frente a la crisis del café.
En la primera mitad de los años noventa, para enfrentar la caída de los precios del
café las familias campesinas de la Chinantla han buscado diversificar sus actividades tanto
en el terreno productivo como en el de las ocupaciones no agrícolas. Sin embargo, éstos se
han topado con difíciles alternativas de reconversión y diversificación productivas debido a
la falta de financiamientos estatales y a la imposibilidad de competir con los intermediarios
y/o transnacionales que controlan el mercado local. Actualmente sólo dos organizaciones
(la Unión de Productores Indígenas de la Sierra de Lalana, y la de Productores Unidos para
13
González, Martha Elva, “Productores de café en crisis por falta de apoyo” Organización Editorial
Mexicana, El Sol de México, 6 de enero de 2013.
8
el desarrollo sustentable en Usila) han logrado reconvertir sus cafetales hacia el cultivo
orgánico y diversificar las plantaciones introduciendo especies nativas como la pita (ixtle) y
la vainilla.
Bajo estas condiciones, el grueso de los productores ha optado por abandonar los
cultivos comerciales y orientar su esfuerzo tanto hacia la producción de subsistencia (maíz,
cría de animales, huerto-solar, caza, pesca, recolección y artesanías) cómo a la venta de
fuerza de trabajo en el mercado nacional e internacional. Sobre este punto cabe señalar
que, en los últimos años, se constata un incremento notable del número de migrantes
temporales y una ampliación de los destinos migratorios. De hecho, entre 1970 y 1997, el
número de migrantes crece 731.7% pasando de 287 en 1970 a 2,100 en 1997. Por otro lado
se observa que de los 354 flujos de migración temporal detectados en este periodo, 35.6%
se dirige hacia las zonas aledañas a la Chinantla (esto es: Tuxtepec, la ciudad de Oaxaca y
Veracruz).14 A partir de 1980, se amplían las opciones migratorias hacia la Ciudad de
México y los Estados Unidos. En el primer caso, los flujos de migración pasan de 39 en
1980 a 135 en 1997 y representan el 39.8% del total de migraciones. En el segundo, el
número de flujos pasa de 9 en 1980 a 79 en 1997, representando el 22,8% del total de flujos
de migración temporal ocurridos en la zona. 15
Más recientemente, en 1989, una nueva y precaria opción de migración temporal se
perfila para los campesinos pobres de la Chinantla. Esta es la que ofrecen los empresarios
orto-frutícolas del norte de México. Si bien entre 1989 y 1997 sólo se detectaron seis flujos
de migración con este destino (1.7% del total), en la última década dicha opción ha cobrado
una importancia mucho mayor. 16
La población chinanteca mantiene múltiples y estrechas conexiones con las personas
que migran. Los lazos que se desarrollan entre campesinos y trabajadores externos abarcan
una amplia gama de situaciones que van desde el intercambio esporádico hasta la completa
14
15
16
Las migraciones temporales en la Chinantla no se llevan a cabo de manera individual sino que
generalmente se organizan en las comunidades e incluyen pequeños grupos de personas, muchas veces
emparentadas, que salen juntas en busca de trabajo. Por ello hablamos de flujos de migración temporal.
Cada flujo migratorio incluye un promedio de 6 trabajadores.
Información obtenida a partir de la Encuesta a Autoridades, levantada en la zona en febrero-mayo de
1997. El análisis de los sistemas de producción se detalla en: de Teresa, A.P., Reporte de Investigación
No III “Estrategias Productivas y Deterioro Ambiental en la Chinantla” UAM-I, México, 1998.
Ibíd.
9
integración del migrante en la economía familiar de su localidad de origen. El dinero de las
remesas es la principal fuente de ingresos para muchas familias campesinas de la zona.
La mayor parte de las familias que permanecen en sus pueblos optan por producir
para la subsistencia. Al respecto se observa que a pesar de la bajísima remuneración por
unidad de trabajo de las actividades agrícolas de autoabasto (47.9% de las jornadas de
trabajo contra el 18.8% de los ingresos agrícolas brutos), los campesinos del área
chinanteca ocupan una buena parte de sus tierras de labor en la producción de subsistencia.
De las 5.7 has. que en promedio cultiva cada familia, en la Zona Baja se destina el 31.4%
de la superficie al cultivo del maíz, del frijol y de la yuca para el autoconsumo. Por su
parte, en la Zona Media, se siembra con estos cultivos el 27% de la superficie y en la Zona
Alta, el productor promedio dedica al maíz y al frijol 69.5% de la superficie sembrada.
La baja rentabilidad de las actividades agrícolas de auto-abasto sugiere que no es
relevante analizar la producción de subsistencia en términos de su valor comercial. Es
evidente que ésta no sólo no es rentable sino que la remuneración implícita por jornada de
trabajo alcanza un nivel inferior al precio del jornal agrícola pagado en la zona. Por lo
tanto, para evaluar la importancia de los cultivos de subsistencia en la economía campesina
de la región, es necesario cambiar de enfoque y considerar en qué medida el volumen
producido de maíz es o no suficiente para cubrir las necesidades de consumo del productor
y su familia.
La producción de milpa aporta los principales productos que componen la dieta
campesina; esto es, maíz, frijol, chile hojas verdes y raíces. De acuerdo con la estimación
de una dieta típica para el sector rural, este conjunto de productos representa 55.2% de las
kilocalorías y 53.8% de las proteínas que consume la población local. Para cubrir esta dieta
se requiere un consumo de 132.1 kg. de maíz al año por persona. 17
Si se considera el volumen de maíz producido en cada subregión y se divide entre la
población local, se observa que el producto anual per cápita asciende a 572 kg. en la Zona
17
Del total de 2,319 kilocalorías por persona el maíz proporciona 1,129, el frijol 123, las raíces 15, las hojas
verdes 4 y el chile 10, es decir un total de 1,281 kilocalorías. Por su parte, de un total de 63.6 proteínas
el maíz proporciona 26, el frijol 77.1, las raíces 0.3, las hojas verdes 0.4 y el chile 0.4. Esto es un total de
34.2 proteínas diarias por persona. La información relativa a la dieta típica estimada para el sector rural
fue obtenida de: SARH-CEPAL, “Marco conceptual del proyecto: tipología de productores del agro
nacional”, documento mecanografiado, mayo de 1990.
10
Baja; a 400 kg. en la Zona Media y a 132 kg. en la Zona Alta. Este simple cálculo permite
afirmar que la dieta campesina se garantiza con la producción de milpa en la zona. En la
Zona Baja se genera un “excedente” de 440 kgs. Anuales per cápita y en la Zona Media
éste asciende a 268 kgs. Anuales per cápita. En cuanto a la Zona Alta, que no genera
excedentes, estaría en el límite de la capacidad de autosuficiencia en el abasto de grano.18
Lo anterior permite plantear la hipótesis de que son los excedentes de trabajo, por
encima de lo requerido para llevar a cabo la actividad agrícola de autoabasto, lo que se
destina a los cultivos comerciales. Esto se ve confirmado por la distribución del trabajo
agrícola a lo largo del ciclo de cultivo de las distintas unidades de producción. En efecto,
las jornadas agrícolas no se efectúan de manera regular a lo largo del año sino que existen
picos de trabajo durante los meses de octubre, noviembre, diciembre y enero. Dichos picos
responden tanto a la cosecha del maíz de temporal que tiene lugar en la segunda mitad de
octubre y la primera de noviembre, como a la pizca del café, la cual ocurre en los meses de
octubre a febrero.
La competencia que se desarrolla entre el cultivo del maíz y el del café provoca una
tensión en la utilización del trabajo familiar, pues se pasa de un largo periodo de ocho
meses (de febrero a septiembre) en el que un solo trabajador puede hacerse cargo de la
unidad de producción, a otro en el que se llegan a requerir hasta cuatro trabajadores para
cubrir las jornadas de trabajo que exige la explotación de ambos productos, o sea de la
producción para la subsistetencia familiar (maíz) y la comercial (café). En este contexto, la
escasez cíclica de trabajo se vuelve una de las principales limitantes que enfrenta la
agricultura campesina. Salvo los productores de chile, hule y caña de azúcar, que tienen
ingresos suficientes para pagar jornaleros agrícolas en los momentos críticos, los otros
productores se ven obligados a recurrir solamente a la mano de obra familiar.
Pretender incrementar el desarrollo de la agricultura comercial a costa de la producción
de maíz no tiene sentido pues, además de que la mano de obra continuaría representando un
cuello de botella en la cosecha, esta opción implicaría un riesgo mayor para los
productores. Como ha sucedido con la reciente caída de los precios del café, una variación
18
Cabe señalar que este cálculo subestima la producción de cultivos de subsistencia al considerar sólo el
cultivo principal de las parcelas. Los cultivos asociados a la milpa y las plantas cultivadas en los huertossolares de las casas aportan una gran variedad de productos que también están destinados al autoconsumo.
11
negativa en los términos de intercambio puede significar el paso de una situación de
pobreza o otra de pobreza extrema en la que inclusive se pierda la capacidad de asegurar el
abasto mínimo de los productos alimentarios. Por otra parte, una opción en sentido inverso
también parece inviable, pues sembrar más maíz del que se requiere para el consumo
familiar significaría, a todas luces, un pésimo negocio. Además de que el mercado local es
muy reducido pues la mayor parte de los campesinos producen su propio maíz, el nivel de
precios del mercado y los bajos rendimientos por unidad de superficie, provocan la subremuneración del trabajo campesino invertido en esta producción.
Entre la escasez relativa de mano de obra durante los periodos del trabajo intenso en el
campo y una falta crónica de dinero que les impide contratar mano de obra y tecnificar la
producción, los campesinos chinantecos se debaten por mantener una diversidad de
actividades que les proporcionen un ingreso (en dinero y/o en especie) suficiente para
subsistir. Esta diversificación es la forma de enfrentar las desventajas comparativas para
integrarse en los circuitos mercantiles en un mercado globalizado.
Desde la perspectiva de la diversificación del trabajo familiar se ha podido constatar
que paralelamente a la producción agrícola, el jornaleo local y la migración internacional,
la población chinanteca desarrolla otra gama de actividades que complementan sus
ingresos.
A muy grandes rasgos éstas se pueden clasificar en: 1) actividades
complementarias de subsistencia e incluyen la caza, la pesca y la recolección de frutales,
leña, hongos, etc.; 2) la explotación de recursos forestales -maderables y no-maderables –
que comprenden la recolección de palma camedor, pita o ixtle, y barbasco con fines
comerciales; y 3) la producción artesanal. En el primer caso, un promedio de 11,733
familias (48.5% del total) realiza algún tipo de actividades complementarias de subsistencia
y en el segundo, son 1,314 familias (5.4% del total) las que eventualmente reciben ingresos
por la venta de productos forestales.
En cuanto a las familias que se dedican a la
producción artesanal, éstas ascienden a 8,229 (34% del total).
Las artesanías suelen
destinarse al autoconsumo aunque también son objeto de intercambio o venta en el mercado
local. 19
19
Información obtenida a partir de la Encuesta a Autoridades, levantada en la zona en febrero-mayo de
1997. El análisis de los sistemas de producción se detalla en: de Teresa, A.P., Reporte de Investigación
No III “Estrategias Productivas y Deterioro Ambiental en la Chinantla” UAM-I, México, 1998.
12
Conclusiones.
En este trabajo se ha intentado mostrar que los mecanismos que han seguido los
productores chinantecos para enfrentar la crisis de la cafeticultura son básicamente dos: 1)
la intensificación y diversificación del trabajo familiar en actividades de subsistencia
(producción de básicos, caza, pesca recolección y artesanías) y 2) la inserción en el
mercado de trabajo internacional.
La existencia de una franja de la producción campesina que se sustrae de los circuitos
comerciales cuestiona la idea, ampliamente difundida por la teoría económica, de que el
trabajo es una actividad que se funda en la equivalencia del trabajo y el dinero. Por otra
parte obliga a considerar otros aspectos de la sociedad rural como, por ejemplo, el
conocimiento acumulado sobre el medio ecológico en el que se inscriben las comunidades,
la división tradicional del trabajo conforme al sexo y edad y el intercambio tradicional de
productos y servicios que opera entre familias y comunidades. En otras palabras, pone en
evidencia que cada acción económica se encuentra inscrita en un mundo social y cultural
más amplio y que la “lógica del mercado” no es suficiente para explicar todas las dinámicas
productivas.
En este contexto cabría preguntarse sobre los límites de la estrategia campesina en lo
que se refiere al proceso de intensificación y diversificación del trabajo familiar. Frente a
una tendencia generalizada a la baja de los precios agrícolas, los productores chinantecos
han optado por ampliar las actividades de subsistencia. Esto se debe a que la “eficiencia”
de la economía natural (en contraposición a la mercantil) radica más en la diversidad de
productos que genera que en la productividad del trabajo (cantidad de productos por unidad
de trabajo invertida). El criterio de la diversidad (sobre el de la especialización) tiene la
ventaja de promover el aprovechamiento de los variados ecosistemas locales además de que
posibilita el empleo diferenciado (por sexo y edad) de la mano de obra familiar permitiendo
con ello escalonar las distintas actividades a lo largo del año.
Sin embargo, la
productividad del trabajo que se desprende de este esfuerzo es muy bajo. Cada aumento
tanto en la gama de productos generados como en el volumen de la producción (requisito
para mantener el nivel de consumo), no es proporcional al esfuerzo de trabajo que exige su
13
obtención. Generalmente, este esfuerzo es mucho mayor que el resultado productivo que se
obtiene.
Por otro lado, el desarrollo de las actividades complementarias se topa con el límite
(cuantitativo y cualitativo) de la disponibilidad de trabajadores con los que cuentan las
distintas unidades domésticas. Así, el consumo tiende a sostenerse sobre aquellos miembros
del grupo doméstico que, por sus características físicas y/o sociales, no están en
condiciones de integrarse a la producción agrícola o al mercado de trabajo. La división del
trabajo por sexo y edad que caracteriza a las sociedades campesinas, tiende a asignar a los
individuos más frágiles (mujeres, niños y ancianos) las labores menos productivas y sin
remuneración, lo cual, además de implicar a la esfera económica, se relaciona con la
estructura de poder que regula la organización familiar.
En este contexto, el modelo productivo que en las zonas tropicales se propone como
sustentable, en el que la intensificación ecológica y el aprovechamiento forestal de
productos maderables y no maderables de los bosques y selvas juega un papel central,
aparece más como una medida de combate a la pobreza extrema en donde el mejor
aprovechamiento de los recursos, puede lograr un mayor nivel de consumo básico de la
población, que como una alternativa de desarrollo económico para los productores y sus
familias. El incremento en la intensificación del trabajo familiar que implica este modelo y
que en la práctica tiende a recaer sobre las mujeres y niños, se revela como el límite del
mismo. Es el foco rojo que muy probablemente explique la resistencia de muchas
comunidades para que asuman la propuesta del desarrollo sustentable como una opción real
frente a la crisis.
Los resultados de esta investigación sugieren que es sólo en situaciones de extrema
marginalidad, pobreza y débil integración a la economía regional, cuando las poblaciones
se ven obligadas a producir la mayor parte de los productos que constituyen su canasta de
consumo básico. En estos casos extremos, la importancia de desarrollar un modelo de
aprovechamiento múltiple e integral de los recursos que mejore la productividad del trabajo
es indiscutible. Sin embargo, la experiencia demuestra que para asegurar su éxito éste no
debe imponerse desde arriba. Hay que partir tanto de un conocimiento previo de las
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prácticas productivas a las que recurre la población para extraer su subsistencia y de la
evaluación del impacto ecológico que éstas suscitan en el entorno natural.
Por lo anterior, parece inevitable que mientras no se de un cambio en la valorización del
trabajo y de los productos campesinos en el mercado, el impulso a una producción con
carácter sustentable sólo llegará, en el mejor de los escenarios, a tener impacto sobre los
productores que carecen de otras opciones productivas. En esta perspectiva, la
sustentabilidad representaría, en principio, sólo una alternativa de subsistencia (o
infrasubsistencia) para los pobres del campo, la cuál se pondrá en riesgo cada vez que se
abran opciones de trabajo más remuneradoras para la mano de obra familiar. Este es
precisamente el caso de la migración internacional de la mano de obra masculina adulta en
la región.
Desafortunadamente, el proceso de mundialización en el que estamos insertos no
permite una visión optimista sobre las alternativas de desarrollo -sean éstas sustentables o
no- que enfrenta hoy en día el campo mexicano. Es más, llevando al extremo el argumento,
se podría plantear que es precisamente la exclusión social que genera el modelo económico
lo que ha impulsado la propuesta del desarrollo sustentable en el discurso oficial de los
últimos años. Por un lado, la generalización de la pobreza y el rápido empobrecimiento de
la población, ha alejado a los productores campesinos de los circuitos mercantiles. Por
otro, el creciente desempleo que se manifiesta tanto en la escala internacional como
nacional, regional y local, deja al excedente de mano de obra fuera del mercado de trabajo.
De esta manera, entre la “ineficiencia” productiva para competir en el mercado de
productos agrícolas y un éxodo rural creciente que no encuentra alternativas de ocupación
en los otros sectores de la economía, el repliegue de la producción campesina hacia el
autoconsumo puede ser la condición de supervivencia del grueso de los productores. Así,
los excluidos del campo podrán vivir o morir dentro de los límites de sus propios recursos.
Esto es: de su acceso a la tierra, del conocimiento sobre las técnicas de producción
tradicionales y de la disponibilidad de mano de obra familiar por sexo y edad.
Sin
embargo, esto también implicará que se sostengan (o se conserven) al margen del progreso
tecnológico, económico y social que algún día les prometió el modelo de desarrollo y
modernización del país.
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