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UN HIJO SIN CORAZÓN
4 Domingo de Cuaresma C. Reflexión dominical 10.03.13
Monseñor José Ignacio Alemany Grau.
Obispo Emérito.
A veces puede ser interesante empezar la
reflexión dominical al revés, para que no
falte tiempo.
los de fuera de casa. El padre y el
hermano pequeño le interesan poco.
Un padre tenía un hijo mayor que volvía
de trabajar en el campo.
“Y cuando ha venido ese hijo tuyo”, no lo
considera su hermano, pero sabe que su
padre ama al que se fue abandonando la
familia, sencillamente porque es su hijo.
Se enteró de que había fiesta en la casa
porque había regresado su hermano
rebelde y se puso a renegar:
“Que se ha comido tus bienes con malas
mujeres”, para inventar sí tiene
imaginación por lo visto.
“Yo no entro”.
“Le matas el ternero”, el símbolo de la
fiesta anual en una familia.
Hagámoslo hoy:
El padre salió a invitarlo dulcemente. Era
un padre todo corazón.
El hijo mayor (que al parecer no lo tenía)
le soltó todo lo que llevaba dentro.
“Mira, en tantos años que te sirvo”, se
tenía por siervo y no por hijo y ésa era la
razón de tanta amargura como llevaba
dentro.
“Sin desobedecer nunca una orden
tuya”, tenía conciencia clara de que era el
hombre bueno, el hombre perfecto que
cumple todo a la letra (¡esa letra que
mata!).
“Y a mí nunca me has dado un cabrito”,
para él vale más un cabrito que su
hermano.
“Para tener un banquete con mis
amigos”, sus amigos, por supuesto, son
1
Pero el padre, en cuyo corazón caben
todos, le responde:
“Hijo, tú siempre estás conmigo”. Como
el padre es feliz con sus hijos, cree que
puede estar seguro de que el mayor estará
feliz con su padre y el hermano que ha
vuelto.
“Y todo lo mío es tuyo”. Pincelada de
ternura de Jesús que pone, en el cariño de
su hijo, el mismo amor de Dios Padre
para con Él, ya que en la última cena le
dijo las mismas palabras:
“Y todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío”.
“Pero debías alegrarte porque este
hermano tuyo estaba muerto y ha
revivido”. Creo que hay mucha materia
para meditar quienes nos creemos los
hermanos mayores y siempre fieles en la
Iglesia de Jesús.
En cuanto al pequeño, es tanta la
grandeza del corazón de Dios que se nos
ha hecho normal el esquema:
“Me pondré en camino a donde está mi
padre y le diré: Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti”.
Al pequeño le entra la rebeldía
adolescente. Se va de casa. Malgasta todo
lo que llevó. Se encuentra solo, sin
trabajo, pobre, hambriento, sucio y roto…
En fin de cuentas la Iglesia repite con los
salmos hace muchos cientos de años:
¿Dónde me acogerán así?
¡Ah! ¡Mi padre! ¡Mi padre sí! ¡Yo sé que
me aceptará!
Aunque sea trabajaré un tiempo en la
chacra…
Comienza a caminar hacia la casa
paterna.
El padre lo esperaba cada día. Se lo
“come a besos” y hace fiesta.
Ni se acuerda de todo lo que le sufrió por
el hijo malcriado.
Así de grande es el corazón del padre de
la parábola que representa a Dios.
Y así somos también de sinvergüenza los
hombres (¡!).
Y también es cierto que así es el Padre
misericordioso y por eso hoy todos, los
hijos pequeños y los grandes, los que
vivimos con Dios y sin Él, estamos
invitados a repetir el versículo de
meditación:
“Gustad y ved qué bueno es el Señor”.
San Pablo, por su parte, nos habla de
reconciliación, de distintas maneras, en
este día.
Hoy los cristianos somos “criatura
nueva. Ha comenzado algo nuevo y
definitivo. Todo es regalo de Dios que
nos ha reconciliado consigo por medio de
Cristo”.
Por eso insiste el apóstol: “En nombre de
Cristo os pedimos que os reconciliéis con
Dios”.
Para esto es la cuaresma, amigos.
En la primera lectura de hoy hemos leído
un párrafo de Josué que recuerda el
momento en que el pueblo de Dios llegó
a la Tierra prometida. La misericordia de
Dios lo llevó hasta allí y empieza una
vida nueva, comiendo por primera vez el
fruto de su trabajo, en la tierra que otra
vez vuelve a ser suya porque allí se
aposentó Abraham y de allí salió Jacob
hacia Egipto.
José Ignacio Alemany Grau, obispo
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