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Transcript
LA HOJA VOLANDERA
RESPONSABLE SERGIO MONTES GARCÍA
Correo electrónico [email protected]
En Internet www.lahojavolandera.com.mx
LOS VALORES Y LOS BIENES EDUCATIVOS
José Manuel Villalpando
1926-
Para José Manuel Villalpando Nava (nació el
31 de julio en la ciudad de Aguascalientes) “el
intento por poner de manifiesto la doble relación existente entre la filosofía y la pedagogía”
ha sido, tal vez, la razón fundamental de su
quehacer de filósofo y pedagogo. Así lo demuestran, entre otras labores profesionales,
su práctica docente en instituciones donde se
cultivan ambas disciplinas –Escuela Nacional
de Maestros, Escuela Nacional Preparatoria,
Escuela Normal Superior, Facultad de Filosofía y Letras–, y su amplia producción escrita,
de la que enseguida mencionamos algunas
obras: Didáctica de la filosofía (1959), Filosofía de la educación (1962), Manual de
psicotécnica pedagógica (1957), Didáctica
general (1959), Pedagogía comparada
(1961), Historia de la educación y la
pedagogía (1999), Historia de la filosofía
en México (2002). Por su generosa entrega a
la formación de muchas generaciones de estudiantes, el doctor Villalpando ha recibido múltiples reconocimientos, tales como: Maestro
Emérito por la Escuela Nacional de Maestros,
1987, con motivo del centenario de la fundación de la Escuela Nacional de Maestros;
Maestro Emérito por el Consejo Nacional Técnico de la Educación, 1995; Premio Universidad Nacional 2002.
Ciertamente que la educación dignifica al hombre haciéndolo sujeto de la cultura, ya como poseedor
de bienes culturales, ya como actor de la faena cultural. Pero, ¿qué significa para una persona que se le
haga poseedora de la cultura? Significa, no sólo la posesión material de bienes culturales, sino, y ante todo,
que se le dota de una capacidad para asimilar valores;
y es la educación quien hace que cada individuo asimile la esencia de la cultura. Educar al hombre equi-
vale a desarrollar en él su potencialidad cultural, y a
través de una capacitación para identificarse con los
bienes culturales; pero la educación humana tiene
más bien una proyección espiritual, razón por la que
una persona cultivada, no necesariamente ha de ser
poseedora de bienes culturales concretos, sino de la
esencia axiológica de éstos.
La educación enriquece la conciencia de los valores, que es la que da a los hombres una mayor o menor capacidad para apreciar los bienes culturales. Los
valores son los que hacen de un hombre una persona;
pero ¿cómo llevar esos valores al educando? Se necesita una actuación del educador, que haga del educando un sujeto de los valores; y esa actuación no es otra
que la educación, el vehículo que lleva la cultura al
hombre, y hace que éste se la apropie.
Así, ese proceso educativo que vuelve personas a
los hombres, contiene en sí mismo un valor, puesto
que se trata de un trabajo humano. Pero aquí se impone una aclaración acerca de la clase de valores contenidos en la educación.
Los valores de la cultura que se apropia el educando son valores acabados; en cambio, los valores
educativos no son valores acabados, sino valores que
se están realizando. Son dinámicos, y significan el
tránsito de la capacidad a la obra. Es decir, que el campo de los valores educativos no es un campo de realidades hechas, sino un campo de realidades por hacerse, o mejor dicho, que se están haciendo.
Tratemos ahora de averiguar cuál es el campo
axiológico de la educación. Los valores educativos, como todos los valores, tienen un asiento material, que
es precisamente el proceso educativo; y en la medida
que se desarrolle tal proceso, en esa medida se darán
los valores educativos. La educación es una realidad
humana, y por eso resulta evidente su carácter valioso; pero es un proceso, de ahí el carácter dinámico
del valor educativo. No es lo mismo la educación, que
implica un proceso para la realización de su valor, que
una estatua, por ejemplo, en la que está contenido su
propio valor, de una manera estática, acabada.
Es la formación, por tanto, el valor educativo por
excelencia; pero la formación es consecuencia del proceso, requiere que se realice. Es decir, que la formación está en el propio proceso. No hay manera de realizar un proceso educativo, y que después aparezca, a
Septiembre 10 de 1998
manera de maravilla, el valor o esencia formativa; la
educación tiene precisamente como cualidad, ese desarrollo que va mostrando una perfección continuada.
Para lograr que el hombre se forme en determinado sentido de perfección, es necesario que se vayan
realizando pequeñas aspiraciones, que el proceso vaya logrando objetivos graduales, mediante el aprovechamiento de determinadas situaciones sociales y
personales; así, aunque el valor educativo sea uno, da
lugar a la formación de dignidades variadas y parciales. La formación tiene un carácter instrumental;
por ello va dando lugar a valores distintos en apariencia, que, por ser valores educativos, son semejantes en
su naturaleza.
Entonces, el campo axiológico de la educación es
el campo todo de la cultura, entendida como capacidad, como potencialidad humana; y el campo de los
valores educativos es, por consecuencia, el campo de
la educación, entendida como trabajo, como actividad.
Este campo está integrado por una participación, por
un esfuerzo, cuyo propósito es llevar al educando hacia la cultura. Y así como la ciencia y el arte tienen un
trabajo por realizar, que es la elaboración del conocimiento y la creación de la belleza, así también la
educación tiene como trabajo hacer personas, mediante el adecuado y efectivo cumplimiento de un proceso humanizante, cual es el de la formación en la cultura.
El educando es el motivo de ese trabajo; los valores educativos, lo son en función de él, que es el destinatario de la cultura entera. El problema axiológico
tiene pues como elemento central al educando; por lo
tanto, los valores educativos no se realizan con indiferencia de éste, sino que están enfocados hacia él, se
reconocen en razón de él.
El educando llega a poseer, mediante el proceso
educativo, una conciencia del valor; y esa conciencia
no es única e invariable, sino que en cada uno se da
por modo diferente. El hombre no asimila los valores
de la cultura, de una vez por todas; se vincula con ella
pero no en un solo momento, ni mediante un acto sencillo. El proceso de asimilación cultural es permanente
y dura toda la vida, o al menos, la parte de ésta que
tiene capacidad de adquisición; la educación es un
proceso integrativo, paralelo al de la vida misma.
Ese proceso resulta tan prolongado, porque la
cultura es de tal manera extensa, que ni educando al
hombre durante toda su vida, se puede agotar su capacidad de educación, y con ella su posibilidad de cultivarse. Pero esto no significa, de ningún modo, que la
educación sea un ordenamiento o un avance numérico, cronológico, en la superación de la dignidad de la
persona mediante la cultura; el proceso educativo lleva los valores al educando para que los asimile, pero
no obstante llevarle todos, el educando los asimila de
acuerdo con su capacidad; y esa capacidad está determinada por dos hechos, a saber: el desarrollo personal del educando, y la posibilidad que tiene éste de
educarse. Es así como la educación se va realizando
poco a poco, paso a paso; la culturización del hombre
es gradual, lenta.
La capacidad de apropiación de la cultura, está
determinada por la evolución del educando, que es la
expresión completa de su desarrollo; la evolución es
en sí realización, pues cada uno tiene capacidad diferente para cultivarse, no sólo en nivel, sino también
en estilo; y de acuerdo con esta evolución, el educando asimilará los valores. Pero no debe perderse de
vista, que no son los valores educativos, los que se
apropia el educando, sino los valores culturales; porque aquéllos son únicamente el instrumento para la
adquisición de éstos.
Los valores educativos consisten en la actualización del desarrollo de cada sujeto; son el instrumento
para que el educando vivencie los valores culturales.
Los valores educativos, al plasmarse en el educando,
van favoreciendo su constante superación, su perfeccionamiento, esto es, actúan como medios de una
integración personal.
El educando no asimila todos los valores al mismo tiempo; unos son incorporados a su persona antes
que otros, y por lo tanto, la dignificación representa el
sentido de una sucesión, que no es casual, sino que
está determinada por la naturaleza del propio educando que reacciona de modo específico frente a la
finalidad. La educación es para el espíritu del hombre,
lo que la alimentación es para su cuerpo: asimila lo
que puede, y en la cantidad y calidad que lo necesita.
Cuando se ha hablado de los valores educativos,
de su realización en el proceso formativo del hombre,
y de su repercusión en la dignificación de éste, es preciso reconocer, como se ha hecho ya, que dichos valores educativos tienen como asiento el propio proceso
formativo; o sea, que dicho proceso representa la base
sobre la cual se dan los valores educativos. Pero esta
base, entendida así, con un sentido dinámico, por tratarse de un proceso, no se reduce al cumplimiento
mecánico, ni siquiera metódico de ese proceso. No todo proceso que se llame educativo es poseedor de valores educativos; para que sea tal, se necesita que en
efecto vincule al educando con la cultura, es decir, que
ponga en contacto al hombre cultural, con la cultura
misma; y esto, a través de los bienes culturales, de las
creaciones culturales concretas.
No puede ser de otra manera. Los valores culturales, siempre se encarnan en un bien cultural; y los
valores educativos no pueden sustraerse a esta legalidad axiológica. Lo que ocurre es que los bienes educativos no pueden ser confundidos con la parte esencial del proceso. Los bienes educativos, son los mismos bienes de la cultura, solamente que puestos ya al
servicio del educando, merced al proceso educativo,
que en última instancia, esencializa en la persona el
sentido de tales bienes. El propio proceso educativo
es un bien educativo; pero no por sí solo, sino por
cuanto que articula al hombre con los bienes de la cultura. Bienes educativos y valores educativos, son, entonces, nociones correlativas, recíprocas, interdependientes; no puede considerarse la existencia de un
bien educativo que no implique la conciencia de un
valor, como tampoco puede hablarse de un valor educativo, que no se vincule o no se derive de un bien
educativo.
También con sentido dialéctico debe comprenderse la relación entre bienes educativos y valores
educativos. Unos y otros, lo son en razón de su recíproca dependencia. Un bien educativo lo es, en la medida en que ostenta una cualidad formativa; y en la
misma forma, un valor educativo está constituido por
la posibilidad que posee un bien concreto, de llegar al
sujeto y operar en su formación. Semejante relación
dialéctica, tiene su explicación, además en el hecho de
que se trata de una especie de bienes y de valores, diferenciados por su modalidad y su sentido, pues se
trata, esencialmente de entes culturales, diferenciados
hacia la educatividad, esto es, dotados de una posibilidad de influir en la formación de quien se vincula a
ellos o los asimila a su persona.
Fuente: José Manuel Villalpando. Filosofía de la educación. México, Porrúa, 1968. pp. 155-160.