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PROFESOR: FRANCISCO JIMÉNEZ AMOR
IES. ALQUIPIR DE CEHEGÍN 2011-2012
Unidad IV: Teorías éticas
Introducción
A lo largo de la historia han existido diversas fundamentaciones de la moralidad o, lo que es lo mismo,
los hombres a lo largo de la historia han encontrado distintas razones en las que apoyar con
fundamento unas deter-minadas normas morales.
Exponerlas todas es tarea de la historia de la ética y desborda las posibilidades de una unidad
didáctica, pero lo que sí es posible -y es lo que vamos a intentar- es resumir alguna de las más
impor-tantes, en sus líneas fundamentales, para que nos sirvan de elementos de reflexión que nos
ayuden a adoptar una postura personal.
1. Los éticas teleológicas
1. Para las éticas teleológicas, las acciones que el hombre puede realizar…
1. no son buenas o malas en sí mismas,
2. sino que lo son en la medida en que proporcionan felicidad. La bondad de las acciones viene dada, pues,
por la felicidad que puedan proporcionar al hombre.
La razón fundamental que les lleva a mantener esta postura es la siguiente: si el hombre es un ser
que por naturaleza tiende a la felicidad, → la tarea moral no puede consistir en otra cosa que en
hallar los medios adecuados para lograr ese fin que, por lo mismo, constituye el bien del hombre.
El "dar razón" de una norma consiste para estas éticas en señalar cómo su cumplimiento ayuda a
que el hombre sea feliz:
y como la felicidad es un objetivo al que el hombre aspira por naturaleza, el fundamento de la
moralidad es la naturaleza misma.
2. Naturalmente, no todos los pensadores que han mantenido esta pos-tura a lo largo de la historia
han entendido la felicidad de la misma manera y, consecuentemente, hay éticas teleológicas muy
distintas unas de otras.
1. Entre los pensadores que mantienen que la felicidad se obtiene con el desarrollo de la capacidad más
excelente del ser humano -la inteligencia-, como es el caso de Aristóteles (s. IV a.C.),
2. y aquellos que identifican la felicidad con el placer, como ocurre con los pensadores hedonistas desde
Epicuro (s. III a.C.), las diferencias son muy acentuadas.
También son muy acentuadas las diferencias entre aquellos pensadores que entienden el pla-cer de
forma individual -el placer para uno mismo- (epicureísmo y hedonismo),
3. y aque-llos que lo entienden de forma social -el placer para el mayor número de personas- (utilitarismo
inglés).
Ahora bien, a pesar de estas diferencias, todos ellos coinciden en poner como fundamento de la vida moral
la consecución de un fin último que la naturaleza le da al ser humano al que se denomina felicidad.
Estas éticas teleológicas…
1. surgieron en Grecia -los griegos entendieron mayoritariamente la ética como la reflexión sobre
cómo tenía que vivir el hom-bre para ser feliz-,
2. permanece en el cristianismo, que hace de Dios el objeto de la felicidad y, consecuentemente,
declara buenas aquellas acciones que acercan al hombre a Dios y malas las que le alejan de Él,
3. y reaparecen con gran fuerza en las filosofías utilitarista y pragmatista del mundo moderno.
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Aristóteles y Epicuro en el mundo griego, David Hume, Jeremías Bentham y J. S. Mill en el mundo
moderno y Hare, Hart y en el mundo contem-poráneo son algunos de sus representantes más
importantes. En España, Espe-ranza Guisán, profesora de Ética en la Universidad de Santiago, es
una de las defensoras más significativas de una ética que se podría denominar neoutilitarista y que
se encuentra en esta dirección.
3. Las dos objeciones más importantes que se suelen hacer a las éticas teleológicas, principalmente a
sus versiones hedonistas -que identifican la felicidad con el placer- son las siguientes:
1. al poner como objetivo de la vida del hombre el placer, rebajan al hom-bre al nivel del animal;
2. al reducir la felicidad al placer, como éste es algo individual, convierten al ser humano en un ser egoísta,
en un ave de rapiña que no tiene en cuenta para nada a los demás y que no se detiene ante nada cuando se
trata de "su" placer.
Sin embargo, estas críticas no tienen demasiado sen-tido, por lo menos, en el hedonismo moderno.
1. En primer lugar, porque, para los hedonistas, el pla-cer no es algo puramente material, no es algo
que se obtie-ne solamente al satisfacer necesidades materiales, sino que el hombre tiene muchas
más necesidades, sus fuentes de placer son muchas y muy variadas y los placeres se en-cuentran,
consecuentemente, jerarquizados: los placeres cor-porales no son ni siquiera los más importantes.
Como señala Esperanza Guisán en el Manifiesto Hedonista:
"Los hedonistas seríamos realmente una peste para la humanidad si afirmásemos que
cualquier placer era tan bueno como otro... El placer derivado de la rapiña, de la avaricia, de
la desposesión de los demás, es en realidad un placer muy pequeño, y no porque existan cosas
éticamente mejores sino, simplemente, porque dada la naturaleza compleja del ser humano, su
condición, su situación de interacción o interrelación con los demás, sus capacidades
asociativas y de comunicación, existen otras cosas que le producen mayor placer".
2. Y, en segundo lugar -y ya se podía apreciar en el texto que acabamos de recoger-, porque, para
los hedonistas modernos, existe en el hombre un senti-miento de "sympatheia", de sentir "con" los
demás y "por" los demás (Hume, Stuart Mill, Adam Smith lo nombran expresamente), que lleva, al
hombre que quiere ser feliz, a tratar de conseguir la felicidad de los demás.
Al ser la felicidad un estado de ánimo que se refiere al hombre total, el sentimiento de
"sympatheia" impide que las personas puedan ser felices mientras a su alrededor haya personas
que no lo sean.
Como dice Esperan­za Guisan, “mientras en el mundo haya cárceles, tortura, hambre,
competitividad, rechazo social, estatus y prestigio que aúpa a los unos so-bre las costillas de
los otros, no se puede ser feliz sin luchar "impetuosa-mente y sin tregua" por construir un
mundo distinto en el que se puedan satisfacer pretensiones humanas que hoy se encuentran
"adormiladas, do-minadas, destruidas y disminuidas."
2. Las éticas deontológicas
1. Las éticas deontológicas, o del deber, …
1. piensan que es verdad que los seres humanos, por naturaleza, tienden a la felicidad y que,
consecuente-mente, se interesan por adoptar los medios más adecuados para alcanzarla.
Pero piensan, asimismo, que en esto el hombre no se distingue de los demás seres vivos, que
también tienden a la felicidad y actúan en conse-cuencia. Por lo mismo, no les parece adecuado
fundamentar la moralidad de las acciones -algo específico del ser humano- en algo que el hombre
tiene en común con los demás seres vivos.
2. Además, hacer vivir al hombre para un fin que no se ha dado él a sí mismo, sino que le viene impuesto
por la naturaleza, o por un ser creador de esa naturaleza, le convierte en un "medio" al servicio de una meta
ajena a su voluntad y, consecuentemente, atenta contra la dignidad humana. Las éticas teleológicas son, para
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estos pensadores, éticas heterónomas, incom-patibles con la dignidad humana.
El hombre, para estos pensadores, sólo adquiere dignidad cuando se sustrae al orden natural y es
capaz de dictar sus propias leyes, cuando es autolegislador, autónomo; sólo adquiere dignidad
cuando, al seguir unas normas, esas normas nacen de él mismo, cuando, al obedecer, se obedece a
sí mismo.
Para los defensores de las éticas deontológicas el hombre sólo obra bien cuando realiza aquellas
acciones que se impone él a sí mismo, cuando cumple el deber que él mismo se da. Y es
precisamente esa obediencia del hombre al deber que le dicta la razón la que fundamenta, la que
explica la moralidad de determinadas acciones. Al obedecer a su propia razón el hom-bre se
convierte en autolegislador, en legislador de sí mismo, y su compor-tamiento es plenamente
autónomo, ya que la ley que sigue al actuar proce-de de él mismo.
2. Vemos, pues, cómo para estas éticas lo importante a la hora de actuar bien, no es tanto lo que el
hombre hace, el contenido, la materia de su acción, cuanto la intención que el hombre posee al
realizarla, la intención, la forma.
1. Si en las éticas teleológicas la ley moral viene dada, en último térmi-no, por la naturaleza, que se
convierte así en el fundamento de la moral,
2. en las éticas deontológicas la ley moral procede de la razón, que es su funda-mento.
Estas éticas, que tienen su precedente también en Grecia, concreta-mente en la filosofía estoica, alcanzan su
máximo desarrollo en Kant, un pensador del s. XVIII que construye un sistema ético de lo más sugestivo y
de gran influencia en el mundo contemporáneo.
Para este filósofo, en el que se apoyan todas las éticas deontológicos, el objetivo de la moral es el
de la realización de la autonomía humana, el de la realización del hombre en tanto que hombre,
objetivo que se alcanza cuando éste cumple los imperativos categóricos de la razón, imperativos
que se pueden reducir a uno solo:
1. "obra del tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como
principio de una legislación universal";
2. o lo que es lo mismo: "obra de tal modo que lo que vayas a hacer quisieras que fuera lo que
hiciera todo el mundo".
3. Las objeciones más frecuentes que se suelen poner a este tipo de éti-cas son también dos:
1. la primera de ellas consiste en achacarle un cierto carácter "antihumano" y "heroico", porque al hombre le
resulta prácticamente imposible buscar siempre con sus acciones el puro cumplimiento del deber.
Pero esta objeción no parece excesivamente fundada, si nos fijamos en el conjunto de la obra
kantiana. El hecho de que Kant, como consecuencia de una educación pietista y de un ambiente
determinado, in-sistiera tanto en el cumplimiento del "deber por el deber" y en rechazar la felicidad
como motor de la vida moral, no significa en modo alguno que Kant fuera "antihumano", que fuera
ajeno o despreciara ese ansia de felici-dad que existe en el ser humano. Todo lo contrario. Para
Kant, el resultado del cumplimiento del deber por el deber, la consecuencia de la honestidad con
uno mismo -que sólo se obtiene al considerar y tratar a los otros como trasunto de la propia
personalidad- es la autoestima, y esta virtud, que tanto recomendaba, es la fuente de felicidad más
importante del ser humano.
2. la segunda hace referencia a su "falta de concreción", a su "impreci-sión": los imperativos categóricos,
expresión de la razón humana, se pue-den reducir, según Kant, al mandato que dice: "obra del tal modo que
la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como prin-cipio de una legislación
universal"; pero, ¿qué acciones pueden ser uni-versalizadas?, ¿estaríamos todos los hombres de acuerdo al
señalar esas acciones?
En cuanto a esta segunda objeción, tampoco tiene excesivo sentido en su pensamiento ya que, para
Kant, la razón humana es la misma en todos los hombres y, consecuentemente, las acciones que
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pueden ser universalizadas deberían ser las mismas para todos los seres humanos.
Sin embargo, no está demasiado claro -la experiencia habla de todo lo contrario- que los hombres,
que tienen intereses opuestos y antagóni-cos, a la hora de considerar unas determinadas acciones
como universalizables, coincidan unos con otros.
3. Las éticas dialógicas
1. En el mundo actual se está abriendo paso una nueva forma de funda-mentar la moral que también
se puede calificar de deontológica, ya que sitúa la bondad moral de las acciones en el cumplimiento del
deber, pero que tiene su origen en una reflexión más centrada en lo social, en lo colectivo, que en lo
individual. Nos estamos refiriendo a las llamadas, entre otros nombres, éticas dialógicas, éticas de la
comunicación o éticas del discurso.
2. Si para las éticas deontológicas tradicionales los mandatos que cons-tituyen el deber que el hombre
debe cumplir son expresión de la razón humana individual (aunque se piense que la razón es común a
todos los hombres), …
…esta nueva ética, consciente de que los intereses de los diferentes individuos en la vida social no son los
mismos, y en muchas ocasiones son antagónicos y opuestos, sitúa los mandatos, que constituyen el deber
que los hombres deben cumplir, en las normas que resulten del acuerdo al que hayan llegado después de
haber argumentado racionalmente cada uno de ellos en defensa de su posición.
1. Es cierto que todos los hombres están dotados de razón,
2. pero también es cierto que cada hombre nace en una cultura, en una determinada clase..., y que,
en consecuencia, posee unos intereses diferentes, y a veces hasta opuestos a los de otras personas,
por lo que al utilizar la razón no todos los hombres piensan de la misma manera.
Esta situación es la que hace inviable el intentar dotar de universalidad a la razón entendida
individualmente.
3. Un texto de Habermas, uno de los pioneros de estas éticas, nos puede ayudar a comprender el
desplazamiento que se ha producido en ellas …
1. de la pretendida universalidad individual kantiana
2. a la universalidad producto del común acuerdo.
"En lugar de proponer a todos los demás una máxima COMO válida y que quiero que opere como una ley
general, tengo que presentarles mi teoría al objeto de que quepa hacer la comprobación discursiva de su
aspiración de universalidad. El peso se traslada, desde aquello que cada uno puede querer sin contradicción
alguna como ley general, a lo que todos, de común acuerdo, quieren reconocer como norma universal".
(Habermas. Conciencia moral y acción comunicativa).
Las éticas dialógicas hacen, pues, de la solución de conflictos el campo de la moralidad. Solución de
conflictos que exige … 1. la realización de los hombres como tales -exige la autonomía moral- 2. y además
aquella di-mensión que es específica del hombre: su racionalidad. "Pero una racionalidad que no se muestra
ya en el hecho de que los hombres se den a sí mismos leyes propias, sino en la 'disponibilidad para
decidirlas, para justificarlas a través del diálogo" (Adela Cortina. Ética mínima).
En las éticas dialógicas, el hombre moralmente bueno es aquel …
1. que se halla dispuesto a resolver las situaciones de conflicto mediante un discurso argumentado,
mediante un diálogo encaminado a lograr un consenso
2. y se haya dispuesto, asimismo, a comportarse como se haya decidido en ese consenso.
4. La justificación de las normas morales proviene, …
1. en las éticas teleológicas, de la propia naturaleza,
2. en las éticas deontológicas de la ra-zón,
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3. y en las éticas dialógicas del consenso cuando éste es producto de un diálogo racional entre los hombres.
El fundamento de toda norma radica, pues, en que ha sido legitimada a través del consenso. Éste es
el motivo por el que a estas éticas se les denomina también éticas de la comunicación o del
discurso, ya que la co-municación, el discurso argumentativo dirigido a lograr un consenso, son
imprescindibles para que nazcan las normas morales.
Los representantes más importantes de estas éticas dialógicas son Habermas, Appel, John Rawls...
y. en España, Adela Cortina.
5. También las éticas dialógicas son objeto de objeciones.
1. Una de las más importantes es la de aquellos que le echan en cara el que dejan al hombre sin principios de
comportamiento, sin normas válidas para siem­pre, o válidas para todos, ← ya que exigen que en cada
conflicto se realice un diálogo para tratar de llegar a un consenso.
Pero esta situación no es propiamente una objeción. ←
1. El hecho de no contar con unas normas absolutas e intocables → pone en manos de los
hombres la toma de decisiones acerca de las normas que son correctas, y la autonomía nunca
puede ser algo negativo, sino todo lo contrario.
2. Además, exige que todos los afectados por el conflicto, para tomar las decisiones de forma
adecuada,…
1. necesiten tener conocimiento de las necesidades, intere-ses y argumentaciones de los
demás,
2. y estén dispuestos a dejarse conven-cer por la fuerza del mejor argumento,
lo que exige una actitud de diálogo que desde el punto de vista de la personalidad moral es
enormemente positiva.
2. Otra objeción, relacionada con la anterior, y que en parte proviene de la experiencia histórica-política, es
la de que el "consenso" no es algo posi-tivo, o por lo menos con valor suficiente como para fundamentar las
nor-mas morales. Se toma como modelo, al hablar de consenso, el consenso político en el que todos ceden
una parte para concordar en otra, de modo que nadie queda satisfecho.
Pero no es ése el consenso del que hablan las éticas dialógicas. El consenso que decide las normas
moralmente correctas es aquél en el que cada uno de los afectados por la norma se siente invitado a
dar su consen-timiento porque le han convencido plenamente las razones aducidas por los
participantes en el diálogo, ← puesto que ha descubierto que satisfacen intereses generalizables.
1. No se trata, por tanto, de que en las éticas dialógicas se consideren correctas las normas que se
adoptan en grupo,
2. sino las que, después del diálogo, convenzan a los que han participado en él, puesto que
recordemos que una norma moral sólo lo es de verdad cuando "autoobliga", cuando el que la
posee la considera correcta, y no cuando se le impone desde fuera.
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