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ENERO 2014
Cristo: el Tabernáculo de Dios entre los hombres
Día 1 de enero de 2014
Lectura: Juan 9
“Y harán un santuario para mí,
y habitaré en medio de ellos”
(Éxodo 25:8.)
La Biblia nos muestra muchas imágenes para ayudarnos a
comprender las realidades espirituales. El tabernáculo es una de ellas.
El tabernáculo era un templo portátil construido en el desierto
por el pueblo de Dios, cuando salió de Egipto. Esta casa de Dios, construida por Moisés de acuerdo al diseño de Dios, siempre estaba situada en el centro del campamento.
El tabernáculo con todas sus figuras es una imagen magnífica
de Jesucristo. El apóstol Juan habla de ello en su Evangelio: “Y aquel
Verbo fue hecho carne, y habitó (puso tienda o tabernáculo gr.) entre
nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno
de gracia y de verdad” (Juan 1:14.). El verdadero tabernáculo de Dios
en la tierra era Jesucristo, “porque en él habita corporalmente toda la
plenitud de la Deidad” (Col. 2:9.)
En el tabernáculo sólo había una puerta de entrada al atrio.
Esta puerta representa a Cristo como el único mediador entre Dios y
los hombres: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Juan
10:9.) “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo
el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos
4:12.). Esta puerta estaba hecha de una cortina suficientemente ancha
para que todos pudiesen entrar por ella al recinto. Jesucristo, igualmente, es lo suficientemente amplio para poder redimir a los hom-
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bres de toda lengua y nación (Apoc. 5:9.). ¡Entremos, ahora mismo, a
la presencia de Dios! Desde el momento en que nos reconocemos pecadores delante de Dios y recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador personal, entramos en el tabernáculo. De ahora en adelante descubriremos allí muchísimas riquezas.
La fe, el amor y la esperanza
Día 2 de enero de 2014 Lectura: Juan 10
“Acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la
obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra
constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo”
(1 Tesalonicenses 1:3)
La fe, el amor y la esperanza son la estructura esencial de la
vida cristiana; son las columnas que sostienen a todo el edificio.
La vida cristiana es una vida de fe y no de vista. De esta manera el cristiano se ejercita, para no considerar sus experiencias ni las
circunstancias externas de la vida que pueden ser la causa de su
desánimo; él se aferra a la Palabra Viva y Eterna de Dios (1Ped. 1:2325), al Señor resucitado que venció la muerte.
Toda fe viva tiene resultados visibles y tangibles que Pablo
llama aquí “la obra de vuestra fe”. La fe se demuestra en multitud de
maneras, mediante un corazón interesado en las cosas del Señor, por
medio de un servicio, por el amor a los hermanos, por una preocupación por los incrédulos, etc. “Porque ellos mismos cuentan de nosotros
la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a
Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes. 1:9.)
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Dios es Amor (1 Juan 4:8.). Esta es Su esencia. Fuimos atraídos
por Su Amor, hemos gustado de Su Amor y este divino Amor se ha
derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo (Rom. 5:54.)
Nuestros ojos tienen que estar abiertos a la esperanza que
está ligada a nuestro llamamiento. Cuando el Señor vuelva, obtendremos la gracia, la salvación de nuestra alma y la redención de nuestro cuerpo. ¡Qué porvenir tan maravilloso! ¡Merece la pena proseguir
nuestro caminar con el Señor! “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro
entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se
os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1 Pedro 1:13.)
Ser ricos para Dios
Día 3 de enero de 2014 Lectura: Juan 11
“Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia;
porque la vida del hombre no consiste
en la abundancia de los bienes que posee”
(Lucas 12:15)
¡Cuántas cosas acumulamos a lo largo de nuestra vida! ¡Cuántas posibilidades se nos ofrecen para encontrar la satisfacción! Al igual
que el rico, en una de las parábolas de Jesús, es posible que hagamos
múltiples proyectos: “Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré?”;
entonces tomamos decisiones: “Esto haré: derribaré mis graneros, y los
edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a
mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años;
repósate, come, bebe, regocíjate” (Luc. 12:16-19.)
Este pasaje, no obstante, no termina aquí. Dios le dijo a este
hombre rico: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has
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provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico
para con Dios” (Luc. 12:20-21.)
¿Y nosotros, confiamos en nuestra juventud, nuestra salud,
nuestras capacidades? ¿Depende nuestra vida del reconocimiento de
otros? ¿Confiamos en nuestro barniz de cultura bíblica? Es de necios
confiar en esa clase de riquezas.
Dios quiere una riqueza que no se ve y que se adquiere
cuando el corazón se vuelve a Él. “Porque tú dices: Yo soy rico, y
me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apoc. 3:17.)
¡Sí! Hagámonos ricos para con Dios, viniendo con sinceridad a Él, para comprar de Él sin pagar nada (Apoc. 3:18.)
Amamos al Señor
Día 4 de enero de 2014
Lectura: Juan 12
“Porque tu marido es tu Hacedor;
Jehová de los ejércitos es su nombre”
(Isaías 54:5.)
La relación del esposo y la esposa simboliza magníficamente
aquella que une a Dios con Su pueblo. La Biblia nos presenta al principio una pareja – Adán y Eva, y al final nos presenta otra – el Cordero y
Su esposa. En el centro de la Biblia está el Cantar de los Cantares, una
preciosa historia de amor.
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Muchas personas conocen a Dios como Creador. Pero este
versículo de Isaías nos lo presenta como nuestro Esposo. El Mesías es
presentado como el Esposo en el Nuevo Testamento (Juan 3:29.). Nos
regocijamos no sólo en que Él sea nuestro Salvador, nos gozamos aún
más en que sea nuestro Esposo. Este gozo es algo distinto, algo más
profundo. La Iglesia es la Esposa: “...os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Cor. 11:2.). Es
imprescindible que mantengamos una relación de amor con nuestro
querido Señor. ¡Le amamos, sin haberlo visto jamás! (1 Ped. 1:8.).
A veces nos sentimos fríos e insensibles con relación a Él.
Pero cuanto más declaremos por fe nuestro amor hacia Él, más lo
amaremos. Los primeros versículos del Cantar de los Cantares pueden
ser nuestra petición: “¡Oh, si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino. A más del olor de tus suaves
ungüentos, Tu nombre es como ungüento derramado; Por eso las doncellas te aman. Atráeme; en pos de ti correremos” (Cant. 1:2-4.). El
apropiarnos de esas palabras nos ayuda a avivar nuestro amor hacia
Él. Nuestro Señor desea y merece que le amemos de todo corazón,
con toda nuestra alma y con toda nuestra fuerza (Deut. 6:5.). Que no
sustituya nada un amor ardiente hacia Él (Apoc. 2:2-4.)
Guardar Su Palabra
Día 5 de enero de 2014
Lectura: Juan 13
“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23)
El apóstol Juan, tanto en su Evangelio como en sus Epístolas,
nos anima a guardar la Palabra. Es una manera que tenemos los hombres de mostrar nuestro amor al Señor. En efecto, cuando amamos a
alguien, lo que dice esa persona tiene mucho valor para nosotros,
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cuenta y lo tenemos en cuenta. La Iglesia en Filadelfia, símbolo de la
Iglesia gloriosa, guardaba la Palabra: “Yo conozco tus obras; he aquí,
he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar;
porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has
negado mi nombre” (Apoc. 3:8.). Pero ¿qué quiere decir esto? “Guardar” tiene dos significados:
1º.- En primer lugar hacer (lo que está escrito), aplicar, poner
en práctica, obedecer; y
2º.- En segundo lugar: Guardar, conservar con aprecio, retener
con firmeza, ¡Es bueno conservar preciosamente la Palabra en nuestros corazones! Entonces la aplicaremos.
La parábola del sembrador y la semilla ilustra bien nuestra
proposición. El Sembrador es el Señor, la simiente es Su Palabra, y los
distintos terrenos son las distintas condiciones del corazón de los
hombres. En Lucas 8:15, dice el Señor: “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra
oída, y dan fruto con perseverancia”. La buena tierra no hace nada, se
contenta con recibir la simiente y mantenerla en su seno. Esa clase de
corazón conserva con aprecio la Palabra; es fiel a ella y le permite
echar raíces y fructificar.
¡Alabado sea Dios, la Palabra de vida contiene un poder vital para
llevar a cabo todo lo que se contiene en ella! ¡Guardémosla!
Pruebas y tentaciones
Día 6
de enero de 2014
Lectura: Juan 14
“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana;
pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que
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podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”
(1 Corintios 10:13)
Muchos creyentes del Antiguo y del Nuevo Testamento no
vieron que sus vidas se desarrollasen como esperaban.
José, por ejemplo, tuvo sueños en los que sus hermanos se
postraban delante de él, pero esas visiones no se cumplieron hasta
muchísimo después. Sus hermanos lo arrojaron a una cisterna vacía y
lo sacaron para venderlo como esclavo.
En Egipto, fue comprado por Potifar, un oficial de Faraón. Dios
hizo que prosperase todo lo que hacía, pero cuando las cosas iban bien
para él, la mujer de Potifar pone en él la vista y se le insinuó. José no
cedió a su acoso y fue injustamente echado en prisión, encontrándose,
a causa de su integridad, en una penosa situación (Sal. 105:18.)
En medio de sus pruebas, José permaneció consciente de la
presencia de Dios y no quiso pecar contra Él (Gen. 39:9.). Él tenía motivos más que suficientes para centrarse en sus desgracias y compadecerse de sí mismo por su mala suerte, sintiéndose abandonado por
Dios. Pero jamás se desanimó. “Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia” (Gen. 39:21) en el interior de la prisión. A lo
largo de toda su vida, José se volvió a su Dios, que jamás le había olvidado. “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré
de ti” (Isa. 49:15.) José perseveró en medio de las pruebas y permaneció fiel hasta el final. “Si sufrimos (perseveramos), también reinaremos
con Él” (2 Tim. 2:12.)
A solas con Dios, con la puerta cerrada
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Día 7 de enero de 2014 Lectura: Juan 15
“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo
secreto te recompensará en público” (Mateo 6:6)
Dios creó al hombre para que viviese en comunión con Él.
Siendo Dios Omnisciente y Omnipotente, los hombres pueden gozar en
medio de todas sus actividades de una comunión ininterrumpida con
Él.
El pecado nos había privado de esta comunión, pero Cristo
vino para restablecerla. Podemos comprender en este contexto que
cuando murió “el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”
(Mat. 27:51.). Gloria a Dios, el acceso a nuestro Padre está definitivamente abierto. Somos llamados a gozar de esta comunión con Dios
durante todo el día, sean cuales sean nuestro estado y nuestras circunstancias. Pero disfrutamos de ella únicamente en la medida en
que nuestra vida de oración se desarrolle realmente en el secreto de
nuestro aposento: “entra en tu aposento, y cerrada la puerta”. Busquemos un tiempo en el que aislarnos para pasarlo en intimidad con
el Señor, quien es el Espíritu y mora en nuestro espíritu. Entremos en
este aposento, cerremos las puertas a todos los pensamientos que
puedan turbar nuestra mente y hacer que nos desviemos de esa comunión con Dios. ¡Qué dulce es pasar el tiempo en Su presencia!. Allí
es donde tenemos una visión. Cuando mantenemos una comunión
secreta y viva con el Padre, descubrimos lo que hay en Su corazón y
eso cambia nuestra vida.
Pasar ese tiempo cara a cara con Él, he aquí un medio de conservar una gozosa y estrecha comunión con Dios a lo largo de la jornada, lo que tendrá numerosos efectos sobre nosotros y sobre aquellos
que nos rodean.
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Conocerle subjetivamente
Día 8 de enero de 2014 Lectura: Juan 16
“Seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos
cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de
conocer el amor de Cristo” (Efesios 3:18-19)
El día en que recibimos al Salvador del mundo, Él se convirtió
en nuestro Salvador personal. Cuando renunciamos a nuestros deseos a favor de los Suyos, cuando plegamos nuestra voluntad a la Suya, le reconocemos como Señor y Rey.
Cuando no sabemos como continuar y nos volvemos a Él, lo
podemos conocer como nuestro camino o nuestro Pastor.
Cuando nos sentimos débiles e incluso “rotos” pero nos volvemos a Jesús, gustamos Su humanidad refinada y delicada, que no
“quiebra la caña cascada”; el respeto y el amor nos invaden.
S i pecamos y nos arrepentimos se nos presenta como nuestro Abogado, y como la victima expiatoria que satisface completamente las exigencias de la justicia de Dios. Cuando nos sentimos
ofendidos, tenemos la ocasión de apreciar a Aquél que perdona y
olvida, el que perdona la deuda. Podemos dejarnos impregnar de ese
Dios perdonador.
En los Salmos, David, quien pasó una buena parte de su vida
descubriendo y explorando las riquezas del Señor, describe a su Dios
bajo muchos aspectos. David utilizaba las situaciones de aquí abajo
para conocer mejor a su Dios. Toda una vida nos sería insuficiente,
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porque las “dimensiones” divinas son vastas, ilimitadas. Usemos desde ahora todas las circunstancias de la vida para experimentar nuevamente a Dios cada día. Vengamos a Él en todos los casos. ¡La vida así
vivida es apasionante!
La preparación de un hombre de Dios
Día 9 de enero de 2014 Lectura: Lucas 8
“Ve, porque instrumento escogido me es éste”
(Hechos 9:15)
Moisés fue criado en la sabiduría de los egipcios. Recibió la
mejor educación de la época y pudo haber accedido a los puestos más
altos de Egipto; ante él se abría una vida fácil. Pero no había olvidado
las enseñanzas de sus padres y de su pueblo de origen. Tomó por
tanto una decisión: Escogió antes ser maltratado junto al pueblo de
Dios que disfrutar por un tiempo los placeres del pecado. Contempló
el oprobio de Cristo como una riqueza mayor que los tesoros de Egipto, porque tenía puestos los ojos en el galardón (Heb. 11:26.). Habiendo hecho esa elección, pensó que sus hermanos tendrían que reconocer que Dios les quería conceder la liberación por medio de él; pero
ellos no lo entendieron así (ver Hechos 7:19-44.). ¡Qué decepción debió ser la suya! Moisés se preguntaba que es lo que significaba todo
aquello. Yéndose a la tierra de Madián, se casó y pastoreó durante
cuarenta años los rebaños de su suegro. Una multitud de “porqués”
“¿A qué es debido esto?” debieron pasar por su cabeza. Se puede pensar que todos aquellos años pasados en un desierto se podrían haber
utilizado más juiciosamente. Pero Dios en realidad vigilaba: Él utilizó
aquel tiempo para forjar silenciosamente el instrumento del que habría de servirse más adelante.
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Aprendamos a confiar en el Señor. Nuestra vida se encuentra
en Sus manos. Aunque no sintamos Su presencia en las circunstancias
de la vida, no nos cerremos al Señor. Velemos para mantenernos
abiertos a Él, pase lo que pase, proclamando versículos como Romanos
8:28: “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a
bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.
Buscar de todo corazón al Señor
Día 10 de enero de 2014 Lectura: Juan 18
“¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado” (Salmo 119: 9-10)
David, mientras se adhería a la Palabra de Dios, buscaba con
todo su corazón al Señor. Guardaba las palabras divinas como el que
cuida un tesoro: “Me he gozado en el camino de tus testimonios más
que de toda riqueza” (Sal. 119:14.)
Cuando leemos el Salmo 119, somos tocados por la importancia que tenía la Palabra de Dios en la vida de David. Unas treinta veces, expresa su adhesión a ella utilizando frases como: “desear ardientemente la Palabra, buscarla, escogerla, adherirse a ella, amarla, confiarse en ella, meditarla, no olvidarla e incluso cantarla.” Así llega a
decir: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”
(Sal. 119:11.). La Palabra es para él semejante a una lámpara para sus
pies, una luz para su caminar (Sal. 119: 105.). Él guardaba la Palabra y
ella lo guiaba. Ella era su alimento espiritual porque decía: “¡Cuán
dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca” (Sal.
119:103.). Él no se conformaba con un mero conocimiento intelectual
de la Palabra, sino que ella era su delicia, para él era más dulce aún
que la miel.
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La Palabra de Dios era una fuente de gozo para David: “Me
regocijo en tu palabra como el que haya muchos despojos” (Sal.
119:162.) “Hablará (cantará) mi lengua tus dichos” (Sal.119:172.)
¡David tenía un gran aprecio por la Palabra de Dios! ¡Seamos
los David del siglo XXI! ¡Tengamos corazones sensibles para recibir
guardar la Palabra de Dios! Los efectos de ello no tardarán en sentirse.
La visión del Cristo glorioso en el Apocalipsis
Día 11 de enero de 2014
Lectura: Juan 19
“En medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el
pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como
blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego” (Apocalipsis
1:13-14)
La Biblia nos muestra a Dios como un Dios restaurador. Pese
al caos que se originó tras la rebelión de satanás, Dios realizará Su designio eterno y el Apocalipsis muestra la forma en que esto se llevará a
cabo. Ese último libro de la Biblia comienza con la visión del Hijo del
Hombre. Encontrarse con este Cristo glorioso es esencial y determinante.
Encima de Su vestidura sacerdotal, sobre el pecho, sobre el
corazón, lleva un cinturón de oro como testimonio de Su Amor. Acordémonos siempre de Su amor, particularmente cuando nos abrimos a
Él y Sus ojos como llama de fuego ponen al descubierto las cosas que
tienen que ser eliminadas en nosotros. Nuestro Dios sondea nuestro
corazón para sanarlo. Actúa en nosotros semejantemente a los rayos
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de una quimioterapia que erradican un cáncer. ¡Su tratamiento es
para sanarnos!
De Su boca sale una espada de dos filos, el bisturí del cirujano, la Palabra que divide nuestra alma y nuestro espíritu, que separa lo que es del Señor de lo que no lo es. Dedicar tiempo a la lectura
de la Palabra es esencial, porque así puede Dios operar en nosotros.
El mundo nos influencia y nos hace duros de oído espiritualmente; es por ello que la voz del Señor tiene que ser como el estruendo de muchas aguas. En fin, Su rostro es como el sol. Si caminamos en
Su presencia estaremos en la luz.
Acercarse a Dios todos los días
Día 12 de enero de 2014 Lectura: Juan 20
“Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien;
He puesto en Jehová el Señor mi esperanza,
para contar todas tus obras”
(Salmo 72:28)
“Me anticipé al alba, y clamé; esperé en tu palabra. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos” (Sal. 119:147-148.). Siempre estamos dispuestos a imponernos
reglas para alcanzar una meta. Hay una que nos puede resultar provechosa: Apartar un tiempo para acercarnos a Dios. Tomemos la sana
actitud de volver nuestro corazón al Señor al comenzar y al acabar la
jornada. Podemos invocarle, orar a Él. Daniel “se arrodillaba tres veces
al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios” (Dan. 6:10.). Hay
otra, tenemos el privilegio de vivir en países en los que la Biblia se encuentra en nuestro idioma y a nuestra disposición. Abrámosla al me-
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nos una vez al día, y si es posible todas las mañanas como hacía el
salmista. De esa manera también nos podrá hablar el Señor a nosotros.
Las reuniones del Domingo son oportunidades para acercarnos a Dios. ¡Cuántos testimonios, mensajes, cánticos nos han servido
de estímulo para seguir nuestro caminar con Cristo! Las reuniones de
oración y de alabanza, las reuniones entre la semana, los momentos de
comunión son también momentos a lo largo de la semana por medio
de las cuales nos podemos acercar a Dios. Los primeros cristianos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con
otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42.).
Aprovechemos todos los días de que disponemos para acercarnos nuevamente al Señor. El mañana no nos pertenece. Tenemos por tanto
que aprovechar el momento presente de acuerdo a lo que está escrito: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Heb.
3:7-8; 4:7.)
Redimir el tiempo
Día 13 de enero de 2014 Lectura: Juan 21
“Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto,
no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien
sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros
corazones” (Efesios 5:16-19)
Diferentes pasajes bíblicos nos aseguran que Dios acabará lo
que ha empezado en cada creyente; Él llevará Su obra a la perfección.
Nuestro Salvador salva perfectamente; de esa manera no habrá creyentes salvados a medias. Estamos persuadidos, como Pablo, que el
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que comenzó en nosotros esta buena obra, la perfeccionará hasta el
día de Cristo (Fil 1:6.)
No obstante, el pasaje del encabezamiento y la parábola de las
vírgenes prudentes e insensatas de Mateo 25, introduce la noción del
tiempo. La prudencia o sabiduría, consiste en estar aprovisionados en
el momento adecuado. “Sed llenos del Espíritu”. Aprovisionémonos,
pues, constantemente del mismo. Se trata de una experiencia interior
ligada a la presencia y a la actividad del Espíritu en nuestro interior.
Permitámosle actuar libremente, todos los “hoy” que Dios nos conceda. Esto garantiza que la luz que está en nuestras lámparas brillará sin
extinguirse, mucho más tarde de la media noche, si hiciere falta; Él nos
encontrará aprovisionados, y por lo tanto dispuestos.
Efesios 5:19 nos muestra que el estar llenos no se trata de una
cuestión individual. Alcanzamos la plenitud de la gracia con los demás creyentes. “Hablando entre vosotros...”. ¿Acaso no hemos sido
estimulados en nuestro caminar cristiano gracias a las reuniones? El
cantar juntos cánticos al Señor y compartir nuestra fe, estimula la pasión por Él y nos animan a comprender la voluntad de Dios. ¡Seamos
llenos del Espíritu!
Desposados con Cristo
Día 14
de enero de 2014
Lectura: Hechos 1
“Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un
solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”
(2 Corintios 11:2)
El día en que recibimos al Señor, nos desposamos con Él. Respondimos positivamente a Jesucristo, comprendiendo al fin el amor
inmenso que Él nos había manifestado. Él se convirtió en el Esposo, al
15
que nosotros le concedimos también nuestro amor. Este amor tiene
que crecer y profundizarse en nosotros.
Por lo tanto la vida cristiana comienza con un encuentro, y el
amor no debería dejar de ser el cable de unión. El amor que sentimos
por el Señor nos mueve interiormente a consagrarle nuestra vida y a
vivir ante Él de una manera que le complazca. Este amor nos motiva
para prepararnos para el gran día. Como toda prometida espera impacientemente el día de la boda, nosotros ansiamos ir al encuentro de
nuestro Esposo; consecuentemente nos preparamos para ello.
El Señor se quiere desposar con una esposa “que no tuviese
mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efe. 5:27.). Él no quiere una niña inmadura, ni una vieja arrugada. Si nos acercamos a Él cada día, nos dará el crecimiento espiritual
que traerá la madurez y al mismo tiempo hará desaparecer toda la
vejez interior. ¿No tenemos a menudo trazas de vejez en nuestros
pensamientos y sentimientos? ¿No somos a veces testarudos y obstinados cuando el Señor trata de inclinar nuestro corazón hacia Su voluntad? Al crecer para alcanzar la madurez, velemos para guardar una
frescura verdadera de nuestro amor hacia Él. Satanás tiene miles de
estratagemas para hacernos desistir, pero amemos al Señor venga lo
que venga.
Recoger y guardar la Palabra
Día 15 de enero de 2014 Lectura: Hechos 2
“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará;
y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con
él” (Juan 14:23)
16
El apóstol Juan nos anima a guardar la Palabra, a conservarla
con gran aprecio en nuestro corazón. Jesús dijo: “el que me ama, mi
palabra guardará” (Juan 14:23.). Podemos mostrar nuestro amor al
Señor guardando lo que Él nos dice en la Biblia.
Es posible que no seamos capaces de retener todo lo que leemos, pero nos es imprescindible guardar todo lo que le oigamos al
Señor: Mientras leemos la Biblia tenemos que volver el corazón hacia
Él, Dios nos tocará e impresionará por medio de Su Palabra, puede
que sea por un versículo, una frase o una palabra, o por un pasaje
completo. No dudemos entonces de orar con esa palabra, decirle al
Señor lo mucho que nos ha tocado Su Palabra. ¡Agradezcámosle al
Señor Su Palabra Viva! Y más tarde, durante el día, recordemos esos
versículos, utilicémoslos para acercarnos al Señor; Él vendrá entonces
a nosotros y se establecerá cada vez más en nuestros corazones.
Podemos tener incluso una libreta en donde apuntar lo que
hemos recibido del Señor, con el fin de no olvidarlo. Eso nos permitirá
volver a ello una vez tras otra para dejarnos tocar de nuevo por Él.
Santiago escribió: “recibid con mansedumbre la palabra implantada, la
cual puede salvar vuestras almas” (Sant. 1:21.). Cuando creímos en el
Señor, nuestro espíritu fue regenerado; nuestra alma se puede salvar
poco a poco mediante la obra de la Palabra en nosotros.
Recibamos la Palabra Viva de Dios, dejemos que actúe diariamente en nosotros con su poder transformador. Experimentaremos en nosotros la obra del Espíritu Santo.
El modelo de los siete candeleros de oro
Día 16 de enero de 2014 Lectura: Hechos 3
17
“Me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno
semejante al Hijo del Hombre” (Apocalipsis 1:12-13a)
En el capítulo uno del Apocalipsis, el Señor no nos da una enseñanza acerca de la Iglesia, sino que nos revela una visión de lo que Él
desea, a saber, los candeleros de oro. Existe solamente una Iglesia,
pero por circunstancias geográficas y de organización y expansión, la
Iglesia está expresada por muchas iglesias locales. Cada iglesia no se
corresponde a una doctrina, a una persona o a una tendencia teológica, sino a una ciudad. Este es el modelo claro y sencillo que nos revelan
las Escrituras desde el libro de los Hechos hasta el último libro de la
Biblia, el Apocalipsis.
Los siete candeleros de oro revisten un carácter profético que
revela la historia de la Iglesia en su integridad. Únicamente el Señor
podía utilizar a siete iglesias que existían en tiempos de Juan, con sus
distintas condiciones, para revelar por adelantado toda la historia de la
Iglesia.
La verdad concerniente a la Iglesia es simple y clara: La iglesia
en la sociedad, en cada ciudad, un candelero de oro. El oro en la Biblia
revela la naturaleza divina. Nuestro Dios desea infundir en nosotros
Su propia naturaleza. No nos conformemos con imitar vagamente el
caminar terrenal de Cristo, abrámonos a Él para recibir Su naturaleza
divina.
Al dirigirse a las iglesias, el Señor dice cada vez que es necesario vencer y oír lo que Él dice a cada una de ellas: “El que tiene oído,
oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Prestemos oído a lo que Dios
nos quiere decir por medio de las Epístolas a las siete iglesias. Lo que
le dice a una de ellas es válido también para todas las demás. ¡Prestemos atención y vengamos a Él! ¡Respondamos hoy a Su llamado!
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Embajadores del Evangelio
Día 17 de enero de 2014 Lectura: Hechos 4
“Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma” (Romanos 1:15)
El Señor nos ha confiado la responsabilidad de anunciar el
Evangelio. El apóstol Pablo escribió en Romanos: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de
quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”
(Rom. 10:14.). Los pecadores se salvarán por medio de la Palabra de la
verdad que anunciamos. Si nadie me hubiese dicho un día: “Necesitas
a Jesús para ser salvo, Él murió por tus pecados, porque te ama”, no
habría podido ser salvo jamás. No hace falta que seamos elocuentes;
no es preciso elaborar un buen discurso: Dos o tres frases sencillas
pueden trabajar en el corazón de las personas para conducirlas a la
salvación. Además, no estamos solos, sino que estamos acompañados
por el Señor mismo, apoyados por Él y sostenidos por Su Espíritu. Lo
que nos permite predicar eficazmente el Evangelio no es nuestro conocimiento doctrinal, se trata de ir con el Señor; Él crea en nosotros
un profundo deseo por la salvación de los pecadores. Conocemos cuán
vacía de sentido es la vida sin Cristo. Los hombres precisan de alguien
que le dé sentido a sus vidas; y por parte del Señor Su deseo es salvarles a ellos. ¡Hoy es el día de salvación!
Ante los hombres somos los mensajeros que tienen que llevarles el mensaje del Dios Viviente. No olvidemos que un buen embajador del Evangelio va en primer lugar ante el Señor para presentarle a
aquellos que tiene en su corazón y para pedirle que abra puertas para
la Palabra (Col. 4:3.)
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El Señor vive en nosotros
Día 18 de enero de 2014
Lectura: Hechos 5
“Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como
la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no
es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él”
(1 Juan 2:27)
Cuando fuimos regenerados, el Señor vino a morar en nuestro
espíritu, salvándonos definitivamente de la condenación. Esta es la
salvación inicial. Dios se convirtió en nuestro Salvador. No obstante,
día a día, sigue efectuando Su obra de salvación, porque quiere ser
nuestro Salvador en todas las cosas; esta es la salvación constante y
es ahí donde interviene la unción que nos dio en la salvación inicial.
El Señor vive en cada uno de Sus hijos. Él los quiere guiar,
pero también reacciona ante lo que hacen o dejan de hacer, a lo que
dicen o dejan de decir. Todas esas reacciones permiten conocerlo para
morar en Él. Eso es la unción. En griego, la palabra unción es “chrisma”, la forma verbal del nombre “Christos”, que significa Cristo.
Chrisma se refiere al movimiento del Señor en el espíritu humano. La
unción es por lo tanto la actuación del Señor, donde Éste reacciona, y
se manifiesta diariamente en el espíritu humano de los creyentes.
La unción nos permite conocer mejor a nuestro Dios, en nuestro espíritu, para que podamos andar en armonía con Él, y podernos
mantener en Su vida y en Su paz. Cuando perdemos la vida y la paz es
señal de que el Señor dice “no” a lo que estamos haciendo. Se trata
de que estemos atentos a la voz de Dios en nuestro espíritu.
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La unción es la operación interna del Señor que procura que la
relación con Él no se interrumpa, para que Sus hijos moren en Él.
¡Cuán preciosa es la unción!
Apreciar la justificación
Día 19 de enero de 2014 Lectura: Hechos 6
“Bienaventurado el varón
a quien el Señor no inculpa de pecado”
(Romanos 4:8)
¡He sido justificado! Por tanto no tendré que rendir cuentas
de mi pecado. Delante de Dios, mis pecados e incluso la naturaleza
del pecado en mi carne ya no me son imputados. Dios no mantiene Su
rigor. Otro (inocente y justo) ha sido castigado en mi lugar, y Dios me
ve a mí justo. He sido perdonado e incluso me he vestido de Cristo,
quien ahora es mi justicia.
El ser justificado quiere decir que delante de Dios yo he cumplido la ley. Que la he guardado al píe de la letra. Dios está contento
conmigo. Cuando Cristo es mi justicia, quiere decir que no sólo he sido
perdonado, sino que también tengo una posición positiva. Él es mi
vestido de justicia. Él ha cumplido la ley en su totalidad y se ha convertido en mi justicia. Al ser Cristo mi justicia, yo puedo participar del
gozo y ser bienaventurado.
¿Vemos cómo es justificada una persona? ¿Sabemos lo que
significa apreciar vuestra justificación? ¿O vivimos con un sentido de
condenación? Es posible que nos sintamos miserables sin poder definir
el origen de tales sentimientos de condenación. Tenemos la impresión
de haber errado. Si al menos pudiésemos reconocer algún pecado,
entonces nos podríamos arrepentir también. Sin embargo esos senti-
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mientos son vagos, indefinibles; nos encontramos enfermos, nos sentimos cargados sin conocer las causas.
Este es el momento de apropiarnos de la justificación que
hemos adquirido. “¡Gracias, Señor Jesús! ¡Tú me has justificado, ya
nada hay contra mí!”. Cuando ejercitamos de esta forma nuestra fe,
podemos disfrutar activamente de la justificación que nos pertenece.
Ejercitémonos en permanecer en esta posición.
Conocer al Señor
Día 20 de enero de 2014 Lectura: Hechos 7
“Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano,
diciendo: Conoce al Señor; Porque todos me conocerán, desde el
menor hasta el mayor de ellos” (Hebreos 8:11)
De acuerdo a la promesa del versículo citado arriba, todos
tenemos el privilegio de conocer al Señor, no importa que seamos
pretendidamente “demasiado pequeños”, “poco experimentados” o
“demasiado débiles.” Para conocer a alguien se precisa convivir tiempo con él, escucharle a menudo y hablarle.
Es vital y glorioso conocer al Señor, pero en verdad eso no es
tan fácil. La vida de Abraham, el padre de la fe, es un buen ejemplo de
las numerosas etapas, a menudo difíciles, que nos llevan a conocer al
Dios Viviente.
El Dios de la gloria se le apareció a Abraham al comienzo de su
experiencia. A nosotros también se nos apareció el Señor un día. No
fuimos nosotros quienes le buscamos; nunca dijimos: “Haría falta que
encontrase al que me creó y que aprendiese a conocerlo”. Fue Él quien
dio el primer paso y se nos manifestó. Porque el Señor se quiere dar a
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conocer a cada uno de nosotros personalmente. Se interesa por nosotros y quiere que le conozcamos cada vez mejor.
Abraham, después de su primer encuentro con Dios, no partió
inmediatamente hacia la tierra prometida; para seguir realmente al
Señor, su padre Taré tenía que morir y Dios se le apareció de nuevo en
Harán. Y desde allí tuvo Abraham que partir sin saber a donde iba. Ahí
hay un principio maravilloso: El Señor se quiere dar a conocer, pero no
nos dice a donde nos lleva. No nos entrega ningún mapa, no nos señala un itinerario. Porque Él quiere ser nuestra carta geográfica y nuestra referencia permanente. Quiere que aprendamos a conocerle ante
todo.
Pertenecemos al Señor
Día 21 de enero de 2014
Lectura: Hechos 8
“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador
tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre,
mío eres tú” (Isaías 43:1)
Cuando se le apareció Dios a Abraham, éste edificó un altar.
Cuando aprendemos a conocer al Señor, cuando Él se nos aparece, se
produce en nosotros una reacción. El altar que entonces edificamos es
un símbolo de nuestra consagración, un lugar adonde tenemos comunión con Dios. El consagrarse al Señor no consiste principalmente en
trabajar para Él o hacerle a Él un favor, en principio se trata de realizar
en profundidad el hecho de que hemos sido redimidos por Él y que le
pertenecemos.
Después de esta aparición, Abraham edificó aún otro altar,
entre Betel y Hai. Betel significa “casa de Dios” y Hai “montón de ruinas”. Cuando nos consagramos a Dios, nos entregamos por completo
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a Él y abandonamos las ruinas de nuestra naturaleza caída. Pero de
inmediato Él nos lleva a preocuparnos por Su casa, por el edificio que
quiere construir.
Después de esto vino una hambruna y Abraham descendió a
Egipto. Fue como si hubiese olvidado su consagración. Dejó la tierra
prometida y estuvo dispuesto a vender a su esposa en Egipto. ¿Quién
hubiese creído que después de haber encontrado a Dios y edificarle
dos altares, Abraham sería capaz de eso? Sin embargo la actitud del
Señor hacia él no cambió en nada y Abraham regresa al altar que había edificado entre Betel y Hai. El Señor, de igual manera, siempre está
a favor de nosotros, incluso cuando algunos acontecimientos nos
hayan apartado de Él y nos hayan forzado a descender a Egipto. Si
nos arrepentimos verdaderamente, Él siempre está dispuesto a perdonar y olvidar nuestros fallos y a hacernos volver a nuestra primera
consagración, al lugar de la comunión íntima con Él.
Dios no se detiene por causa
de nuestras faltas
Día 22 de enero de 2014 Lectura: Hechos 9
“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único
y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y
potencia, ahora y por todos los siglos. Amén” (Judas 24-25)
Al leer el libro del Génesis, descubrimos todas las experiencias
de Abraham y todos los rodeos que dio. Pero al leer el Nuevo Testamento, sólo quedan los aspectos positivos de su vida.
El capítulo 11 de la Epístola a los Hebreos dice: “Por la fe
Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de
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recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (v.8.). Al leer este
versículo podríamos pensar que Abraham obedientemente había
seguido de inmediato la voluntad de Dios: “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa” (v. 9.). En
este capítulo, Abraham nos aparece irreprochable. El Nuevo Testamento no menciona su ida a Egipto, ni sus fallos y faltas.
Conocer al Señor no es tan fácil y evidente. Las dificultades
existen, los fallos también. Pero lo que nos demuestra el Nuevo Testamento es que el Señor al final no tiene en cuenta nuestras faltas.
Sólo se interesa en el resultado. Al fin Abraham engendro a Isaac.
No queremos cometer los errores cometidos por Abraham o
dar los rodeos que él dio, sino aquello que cuenta a los ojos de Dios,
que es lo que nos llevará a la meta. Lo importante es volverse al Señor, porque Él siempre se encuentra asequible y siempre dispuesto a
revelársenos. Dios no se desanima jamás. Él es paciente y sabe que
puede cumplir las promesas que nos hace.
Dios es nuestro amigo
Día 23 de enero de 2014 Lectura: Hechos 10
“Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera
a su compañero (amigo)” (Éxodo 33:11)
Siendo cristianos, como somos, Dios es nuestro amigo. A lo
largo de los años se nos ha enseñado a conocer al Señor mediante la
invocación de Su nombre. Pero cuando estamos con un amigo, no decimos solamente su nombre, también hablamos con él y pasamos
tiempo juntos. Eso es lo que hacía Abraham con Dios delante de su
tienda. Para conocer al Señor es preciso hablarle como a un amigo.
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Podemos acercarnos a Él tal como somos y hablarle sin representar una comedia. Un amigo comprende nuestros problemas y nos
escucha. ¡El Señor es nuestro mejor amigo! Jamás nadie podrá comprendernos mejor que el Señor. Únicamente Él nos podrá dar la ayuda verdadera que necesitamos. Derramemos ante Él nuestra alma y
digámoselo todo.
Porque nuestro Señor no es sólo el Dios Todopoderoso o nuestro Redentor, también es nuestro mejor amigo. Podemos acceder a Él
en cualquier momento; siempre está disponible. No es un Dios lejano
e inaccesible. Es por eso que quiso darse a conocer como un hombre.
La consagración consiste en abrirnos a nuestro amigo. Entonces es Él quien produce los frutos en nosotros. No oremos con formalismos, hablémosle con sencillez de nuestra situación; contémosle
todo cuanto nos preocupa. Un verdadero amigo es también alguien a
quien uno escucha. Venimos no sólo a hablarle, también lo hacemos
para escucharle a Él. El Señor tiene tanto que decirnos por medio de
Su Palabra y en lo más profundo de nuestro corazón: ¡Escuchémosle!
Dios es nuestro adversario
Día 24 de enero de 2014 Lectura: Hechos 11
“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid
al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:6-7)
Recordemos la experiencia de Jacob: “Así se quedó Jacob solo;
y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba” (Gen. 32:24.). Después de esta lucha, Jacob se dio cuenta de que había visto a Dios cara
a cara (v. 30.). Dios es nuestro amigo pero a veces es también nuestro
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adversario. Nuestro Señor es misterioso, tan amplio y tan variado, que
no es fácil conocerle aunque sí maravilloso.
La Biblia nos dice que le fue difícil a Dios vencer a Jacob. Y
nosotros somos también tan duros y cabezones, que al Dios Todopoderoso le cuesta a veces trabajo el vencernos. Podemos parecer suaves y tiernos, pero en realidad somos terriblemente fuertes.
Y esa lucha duró toda la noche, porque Dios no es un hombre
para presentarse delante de nosotros y derribarnos de un solo puñetazo. Preferiríamos a veces que fueran así las cosas, pues todo se arreglaría rápidamente. Pero no es esa la voluntad de Dios; Él lucha con nosotros sin cesar.
Nadie nos puede comprender ni ayudar como Él. Todos estamos interesados en conocerle cada vez más. Pero al mismo tiempo
recordemos que Él lucha con nosotros, porque al mismo tiempo que le
experimentamos como nuestro adversario, eso nos lleva a conocerlo
como amigo. Dios pelea con nosotros en nuestro interés. Él siempre
está a favor nuestro, jamás en nuestra contra. “Llamó Jacob el nombre
de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada
mi alma” (32:30.). Dios lucha con nosotros para apartarnos de nuestra
propia voluntad, para llevarnos a seguirle, porque reserva para nosotros algo mucho mejor.
Reconocer Su presencia invisible
Día 25 de enero de 2014
Lectura: Hechos 12
“Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo,
aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”
(1 Pedro 1:8)
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El Nuevo Testamento nos da una maravillosa noticia: Dios se
encarnó y vivió con Sus discípulos como un verdadero hombre. Y
cuando estos comenzaron a apreciar Su compañía, Él les dijo: “Me
voy”. Los discípulos quedaron decepcionados. Pero el Señor les prometió que les enviaría un Consolador, para que habitase con ellos
para siempre (Juan 14:16.). Dios habita eternamente con nosotros.
Podemos fiarnos de Su promesa: “He aquí yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mat. 28:20.)
Un día regresará el Señor de manera visible. Esta es nuestra
esperanza. Mientras tanto, hoy, aunque vive en nosotros no lo podemos ver aún. Pero Él nos quiere entrenar a gozar de Su presencia invisible como aprendieron a hacerlo los discípulos después de Su resurrección.
Sin embargo Dios nos ha dado dos medios preciosos para
aprender a conocerle: La Palabra y los hermanos y hermanas. Para
conocer a Dios precisamos leer la Biblia. Cada vez que abrimos ese
libro, somos conducidos al Señor. Y cada vez que descuidamos su
lectura nos damos cuenta de que nos alejamos de Él. Los hermanos y
hermanas también nos llevan a Dios. Y esos son personas de carne y
hueso, a las cuales podemos ver y oír.
Nadie nos puede auxiliar mejor que el Señor, pero Él utiliza a
menudo a Su Cuerpo para sostenernos y animarnos. La Biblia y los
hermanos y hermanas son dos recursos que siempre están a nuestra
disposición.
Dios tiene un plan
Día 26 de enero de 2014
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Lectura: Hechos 13
“Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos
de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de
su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual”
(Colosenses 1:9)
El Señor se nos quiere dar a conocer. Por ese motivo se nos
reveló un día. Conocer a una persona, sin embargo, es conocer también su voluntad y los deseos de su corazón. La voluntad de Dios no
concierne sólo a ciertas decisiones terrenales que tenemos que emprender a lo largo de nuestra vida. Dios tiene un propósito con la humanidad. Él tenía en Su corazón un diseño eterno antes de la creación
de los cielos y la tierra.
El Nuevo Testamento no nos muestra solamente la maravillosa persona de Jesucristo; también nos muestra el misterio de Su voluntad.
El ejemplo de Abraham nos muestra que después de haber
invitado al Señor y haberle preparado una comida, él le acompañó
para pasar más tiempo con Él: “Los varones se levantaron de allí, y
miraron hacia Sodoma; y Abraham iba con ellos acompañándolos”
(Gen. 18:16.). Y por esa comunión Dios le pudo revelar a Abraham lo
que tenía intención de hacer con la ciudad de Sodoma. Dios dio el
primer paso al revelársenos. Y nosotros podemos dar el segundo viniendo a Él para que nos revele Su voluntad.
El Señor quiere edificar Su casa. Él nos ama a cada uno en
particular y también ama a Su Iglesia. Murió por nosotros y por Su Iglesia. El plan eterno del Señor es conseguir una Esposa. Él vino, no sólo
para salvarnos, sino igualmente para edificar Su Iglesia, de la misma
manera que hizo salir a los israelitas de Egipto con el fin de darles la
buena tierra, en donde finalmente se habría de construir el templo.
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Un corazón nuevo
Día 27 de enero de 2014
Lectura: Hechos 14
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros;
y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón
de carne” (Ezequiel 36:26)
Nuestro corazón es un elemento esencial en nuestra vida cristiana; de nuestro corazón proceden nuestros pensamientos (Mat.
12:34.) Es por eso que el Señor nos recomienda que guardemos nuestro corazón más que todas las cosas. Nuestro corazón es la fuente de
donde proceden las cosas buenas y malas que pensamos, y, que finalmente, decimos. Nuestro corazón de piedra tiene que ser reemplazado por un corazón tierno, de carne. El arrepentimiento es capital,
porque demuestra que nos podemos volver verdaderamente al Señor,
efectuar un cambio de dirección.
En el Salmo 51, David le hace a Dios una plegaria de arrepentimiento después de haber cometido un grave pecado; confesó su
falta, y pidió al Señor que lo perdonara. Cuando confesamos nuestros
pecados, el Señor es fiel para perdonárnoslos (1ªJuan 1.9); mediante
Su gracia crea en nosotros un corazón limpio. “Crea en mí, oh Dios, un
corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10.).
Oremos con estos versículos, y abramos el corazón al Señor. El Señor
Jesús mismo dijo algo impresionante acerca de la importancia de nuestro corazón: Hay una magnifica bendición ligada al mantener un corazón limpio: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán
a Dios” (Mat. 5:8.). Un corazón limpio nos permite ver a Dios. Pablo se
esforzaba en mantener constantemente limpia la conciencia. Al igual
que él, debemos guardar limpios de toda mancha nuestro corazón y
nuestra conciencia.
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Quiera el Señor conservar en nosotros tal clase de corazón,
puro y vuelto únicamente hacia Él. Entreguemos nuestro corazón al
Señor y permitámosle que nos dé un corazón nuevo, un corazón de
carne.
Orar para conocer la Voluntad de Dios
Día 28 de enero de 2014 Lectura: Hechos 15
“Mas el fin de todas las cosas se acerca;
sed, pues, sobrios, y velad en oración”
(1Pedro 4:7)
Un cristiano que ora es un cristiano que busca al Señor. Cuando oramos, Dios tiene la posibilidad de revelarnos Su Voluntad; este
es el motivo de que la oración sea tan importante. Es por medio de ella
que entramos en la comunión del Señor.
El Señor Jesús es un ejemplo extraordinario de una vida de
oración perfecta; Él oraba al Padre sin cesar para conocer Su voluntad. Él dio prioridad siempre a esa voluntad sobre la Suya en todas las
circunstancias. “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro,
orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero
no sea como yo quiero, sino como tú” (Mat. 28:39.). Al orar tenemos
que tener esa misma actitud: “Padre, busco el hacer Tu voluntad, busco tu rostro; hágase Tu voluntad y no la mía”. Dios ha constituido como
principio el que tenemos que cumplir Su voluntad y buscar Su beneplácito.
Cuando comenzamos a orar, buscando Su voluntad, Dios
siempre responde a nuestras súplicas de una manera o de otra. Es
cierto que tenemos que orar por nuestras necesidades, pero debemos
darle prioridad a buscar Su voluntad. Eso fue lo que Jesús nos dio co-
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mo modelo a Sus discípulos: “Padre, hágase Tu voluntad en la tierra
como en el cielo”. Dios busca en la tierra a un pueblo que se someta a
Su voluntad. Este tiene que ser el objetivo primordial de nuestra vida.
¡Quiera Dios que todos hagamos nuestra la oración que enseñó el Señor Jesús: “¡Venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad!”
La Iglesia, la casa de Dios
Día 29 de enero de 2014 Lectura: Hechos 16
“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”
(Efesios 5:25)
Después de la salvación de los pecadores y la obra de santificación progresiva viene un tercer aspecto de la voluntad del Padre: La
Iglesia. Si la salvación es para el hombre, la Iglesia es para Dios. Eso
implica que no la edificamos como a nosotros nos agrada, de acuerdo
a lo que bien nos parece.
“Y cuando se edificó la casa, la fabricaron de piedras que traían
ya acabadas, de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni
hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro” (1
Reyes 6:7.). Este pasaje se refiere a nuestra santificación. Sin ella,
traeríamos martillos y hachas, haríamos mucho ruido y crearíamos
problemas en la Iglesia. En nuestra vida personal nos tenemos que
dejar “tallar”, adaptar. De esa manera podremos ser unidos en paz
con otras piedras vivas y participar en la edificación de la Iglesia.
“Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras
preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta” (1 Cor. 3:12-13a.). ¡Nosotros tampoco podemos seleccionar los
materiales! Los corintios, que ya tenían todos los dones, eran aún carnales y necesitaban el oro (la naturaleza divina) para poder edificar.
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Los dones, la ley, son ciertamente buenos para llevarnos a Cristo. A
continuación debemos mantenernos firmemente unidos a Él y buscar
la esencia misma de Dios. La plata representa la obra redentora de
Cristo y también el hecho de estar salvados prácticamente por Él en
nuestra vida diaria. Al buscar esos preciosos materiales, seremos
también santificados más y más, siendo transformados en piedras
preciosas.
El nuevo hombre
Día 30 de enero de 2014
Lectura: Hechos 17
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17)
Todo lo que hace el Señor es nuevo. La Iglesia es un nuevo ser,
una creación de Dios. No es sólo una agrupación de personas que actúan con una meta común, ella es una nueva creación. La Iglesia es un
milagro, porque con judíos, griegos, esclavos, libres y bárbaros, el Señor forma un único cuerpo nuevo. Tantos caracteres distintos y a menudo enfrentados, se reúnen en la Iglesia como un hombre nuevo.
¿Cómo es esto posible? Por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo. El capítulo 3 de la Epístola a los Colosenses nos
muestra que para la obtención del nuevo hombre, por una parte nos
tenemos que despojar de nuestro viejo hombre y por otra tenemos
que vestirnos de la vida del Señor Jesús. “No mintáis los unos a los
otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que
Cristo es el todo, y en todos” (v. 9-11.). No se trata de ejercer todas las
virtudes de Jesucristo por nuestros propios medios, porque nuestra
naturaleza es incapaz de ello, sino de revestírnoslas como un vestido.
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¿Cómo tendríamos que reaccionar “si alguno tuviere queja
contra otro?” (v. 13). Esto no es algo banal: Una ofensa puede dañar
gravemente la vida del hombre nuevo. Dios nos pide perdonarnos
unos a otros, como nos perdonó Cristo.
Todos, sin excepción, tenemos necesidad de Su perdón. Soportémonos en amor los unos a los otros, para conseguir ese nuevo
cuerpo.
No conformarse al siglo presente
Día 31 de enero de 2014
Lectura: Hechos 18
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la
renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea
la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2)
La Iglesia es un cuerpo orgánico del cual todos somos miembros. Cada miembro tiene una función definida, y esta función requiere todo nuestro ser, es por ello que Romanos 12:1 nos pide que ofrezcamos nuestros cuerpos como un sacrificio vivo. Nuestro cuerpo está
muerto para las cosas del Señor, pero muy vivo para nuestros intereses.
Por esto precisamos experimentar Su salvación. Todo está
relacionado con el hecho de conocer al Señor. Sin el conocimiento de
Cristo nuestro cuerpo estará como paralizado.
Y esta transformación de nuestra vida está estrechamente
relacionada con nuestros pensamientos. Nuestra mente se puede
conformar muy rápidamente a este siglo. Esto quiere decir que pensamos exactamente igual que las gentes del mundo, de una forma
puramente racional. Pero nuestra mente necesita ser renovada. 1
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Corintios 2:14 dice que el hombre psíquico (racional y natural) no
percibe las cosas del Espíritu de Dios. Si descuidamos el contacto con
el Señor, nuestro cuerpo se paralizará para los intereses de Dios y
nuestra mente se acomodará lentamente a la del mundo. Al final
todas las cosas de Dios serán tonterías para nosotros. En cuanto a
nuestro espíritu, se hará perezoso y se dormirá.
En tal condición, lo único que podemos hacer es volvernos a
nuestro Amigo para conocerle mejor. Al abrirnos a Él, al hablarle de
nuestra situación, de acuerdo a Su Palabra, Él nos dará la vida. Entonces nuestro cuerpo será vivificado, nuestra mente será renovada y
será despertado nuestro espíritu. Podremos de nuevo servir al Señor y
edificar Su casa.
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