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Oración
Tú estás presente en mi vida, Señor,
y mi corazón se goza al saber que eres Padre.
Tú eres mi refugio y mi alcázar,
Dios mío, en ti confío.
Tú me libras en el día de la prueba.
Con tu bondad me proteges,
bajo tus alas me refugio.
Tu fuerza es mi escudo y armadura.
No temo las tinieblas de la noche,
ni el calor duro del mediodía.
Yo he hecho de ti mi refugio,
te he tomado, Señor, por defensa.
La desgracia, contigo, no entrará en mi casa,
porque tú me guardas en todos mis caminos.
Tú me cubrirás con la palma de tu mano,
y no dejarás que mi pie tropiece.
Caminaré sin cansarme hacia la meta
con la seguridad de que tú serás mi recompensa.
Porque sé que me quieres, me librarás.
Porque sé que me tratas personalmente me protegerás.
A ti te puedo invocar porque sé que siempre me escuchas.
Tú estás siempre conmigo
aunque mi corazón se olvide de que me amas.
Tú estás siempre conmigo
aunque mi corazón te falle y comience de nuevo.
Tú estás siempre conmigo
aunque mi corazón se canse de seguir tus pasos.
Tú estás siempre conmigo
aunque mi corazón a veces no lo sienta.
Señor, mi vida te pertenece,
la he puesto en tus manos.
Que mi corazón no tema aunque el camino se haga duro.
Tú estás conmigo y mi vida es cosa tuya.
Evangelio: Marcos 12,28-34
Un maestro de la Ley que había oído la discusión y había observado lo
bien que les había respondido se acercó y le preguntó:
—¿Cuál es el mandamiento más importante? Jesús contestó:
—El más importante es éste: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es
el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con todo tu entendimiento y con todas tus fuerzas. El segundo es
éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más
importante que éstos.
El maestro de la Ley le dijo:
- Muy bien, maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no
hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el
entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno
mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo:
—No estás lejos del Reino de Dios.
Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole.
Un escriba pregunta a Jesús haciéndose portavoz de todos nosotros,
que tratamos de comprender mejor lo que nos pide el Señor. Se trata de
una pregunta sencilla que quizás planteamos no por curiosidad, sino con
el corazón dispuesto a obedecer. La respuesta no es menos sencilla:
Dios, que es amor, quiere de nosotros amor porque quiere hacernos
partícipes de su misma vida. Lo que nos manda es, antes que nada, don
inaudito, tesoro, fuente de todo bien. Hoy la Palabra nos señala en
concreto el horizonte ilimitado de esta realidad nueva y cómo tenemos
que actuar para poderlo abarcar en su plenitud. La condición esencial es
renunciar a cualquier forma de idolatría: "El Señor nuestro Dios es el
único Señor". Pero cuántas veces hemos llamado "dios nuestro" a las
obras de nuestras manos, adorando nuestras realizaciones de bienes
materiales, de carrera y posición social, de éxito... Y nos hemos hecho
esclavos de cosas efímeras, transformando a los hermanos en rivales,
perdiendo la libertad tan deseada.
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
"Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1 Jn 4,7).
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