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5 DE MAYO
BEATOS VICENTE SOLER, PRESBÍTERO,
Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES
Durante la guerra civil española (1936-1939) varios frailes de la orden de san Agustín y de la de
los agustinos recoletos sellaron con su sangre la fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
Entre ellos, el primer grupo en ser reconocido como beatos por la Iglesia están los siete religiosos
agustinos recoletos del convento de Motril, que fueron asesinados entre el 25 de julio y el 15 de
agosto de 1936. Sus nombres son: Vicente Soler, que había sido prior general de la Orden,
Deogracias Palacios, León Inchausti, José Rada, Julián Moreno y Vicente Pinilla, sacerdotes; y
Jesús Ricardo Díez, hermano laico. Los seis sacerdotes habían trabajado largos años en Filipinas,
Brasil y Venezuela.
Estos mártires nos han dejado un ejemplo de vida consagrada a los hermanos, de celo misionero y
de amor a Cristo en el momento del martirio.
Del Común de varios mártires.
OFICIO DE LECTURAS
SEGUNDA LECTURA
De una carta del prior general, beato Vicente Soler, a la Orden de Agustinos
Recoletos
(Boletín de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva de Andalucía
de la Orden de Agustinos Recoletos, Granada, junio de 1926, 106-109)
Amor a Dios y al prójimo por Dios
No podemos ofrecer una palabra más grata y que mejor exprese los afectos y deseos de
nuestro corazón que ésta: caridad. Amor a Dios y al prójimo por Dios: amor a Dios que
encienda y abrase nuestros corazones en esa hoguera santa de su divino corazón; amor a
nuestros hermanos, pero amor paciente, amor sufrido y generoso, amor tolerante que sepa
soportar y compadecer por amor de Jesús las flaquezas de nuestros hermanos. Este fuego
del amor divino fue el que disipó la cobardía de los Apóstoles y los lanzó al mundo a
predicar el Evangelio. Este divino fuego de la caridad unió en tan dulcísimo abrazo a los
primeros cristianos que en expresión de la Sagrada Escritura no tenían sino un solo
corazón y una sola alma. (Hch 4, 32)
Este mismo fuego prendió con tanta fuerza en el corazón de los mártires que con la
sonrisa en los labios derramaban su sangre generosa por amor de su Redentor. Ese fuego
divino puso en la pluma y en los labios de los padres y doctores de la Iglesia aquellas
palabras de tan sagrada unción y elocuencia; y tomó posesión del corazón de las vírgenes
sagradas que con heroicos sacrificios habían de endulzar todas las miserias humanas; y
elevó a las almas contemplativas a regiones celestiales, y es, en fin, para todas las almas
que le reciben, su aliento y su vida.
Pues este fuego divino del amor es el que nuestro padre san Agustín quiso para todos
sus hijos. Las primeras palabras de este código admirable que nos legó para que nos
sirviese de norma, de luz y de genio en las tortuosas sendas de esta vida, y de divisa ante la
Iglesia y el mundo, son una explosión de ese fuego divino que ardía en el corazón
enamorado de nuestro padre san Agustín, que anhelaba comunicar y grabar en el corazón
de todos sus hijos: «Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios…», y este fuego divino
BEATOS VICENTE SOLER Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES (5 DE MAYO)
es el que caldeó el espíritu y el corazón de aquellos santos reformadores, y el que los
impulsó luego a la vida activa, a las obras de celo, al campo de las misiones apostólicas.
Todos recuerdan aún aquellos días de angustia y de amarga incertidumbre de la
revolución filipina, durante la cual muchos de nuestros religiosos, aterrados por la violenta
persecución que había estallado contra las órdenes religiosas, daban por muerta y casi
enterrada a la nuestra. Pero cuando todos los poderes de la tierra se habían conjurado para
suprimirnos y borrarnos, entonces fue precisamente cuando el dedo de Dios nos señaló el
camino que debíamos seguir, y nos repitió las palabras que en otro tiempo había dicho a
nuestros gloriosos antepasados: Id al mundo entero, y, obediente a la voz soberana del
Señor, nuestra Orden, cuya labor evangélica estaba entonces limitada a Filipinas, se
extendió por todo el mundo y envió mensajeros de buena nueva a las regiones más
apartadas y difíciles de conquistar para nuestra madre la Iglesia.
Al dirigir, pues, nuestra mirada y contemplar asombrados el resurgir glorioso de
nuestra amada Orden, la extensión inmensa de sus ministerios en diversas regiones del
mundo, el celo verdaderamente apostólico de nuestros misioneros y el gran aprecio y
estimación con que nos honra la Santa Sede al confiarnos tan difíciles misiones, nuestro
corazón salta de gozo y elevamos al Cielo fervientes y ardorosos acentos de gratitud
exclamando con el Apóstol: El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones (Rm
5, 5) y se ha apoderado de ellos.
RESPONSORIO
Rm 5, 5
R/. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, * con el Espíritu Santo
que se nos ha dado. (T. P. Aleluya).
V/. Y se ha apoderado de ellos.
R/. Con el Espíritu Santo que se nos ha dado. (T. P. Aleluya).
O bien:
De los escritos del beato Anselmo Polanco, obispo y mártir
(Cartas a sor Trinidad de la Encarnación, Manila, 16 de marzo y 27 de abril de 1936;
Cartas al padre Gabriel Pérez, La Vid, 4 de diciembre de 1936 y 22 marzo de 1937;
Exhortación pastoral sobre la manera de proceder de los sacerdotes
en las presentes circunstancias, 20 marzo de 1935:
Archivo de la Postulación O.S.A., Roma)
Revestíos del Espíritu de Cristo y no temáis
Un obispo siempre anda escaso de tiempo. Agradezco su recuerdo y, sobre todo, las
oraciones; pero es necesario que se conforme con la voluntad de Dios, aunque le cueste
mucho. No trate de enmendarle la plana; mejor que nosotros sabe él lo que nos conviene;
por eso, hemos de acatar humildes y rendidos sus soberanas disposiciones. El hágase tu
voluntad del Padrenuestro es la petición que más le complace y poniéndola nosotros en
práctica nos asemejamos a Jesús, que no se propuso otra cosa mientras vivió en la tierra. A
la religión y a la Iglesia se las persigue; sin embargo, no hay que temer. El Señor nos
ayudará. Los días son difíciles y la tormenta arrecia por momentos, es cierto; no obstante,
Jesús despertará a los gritos de los suyos y salvará su barquilla.
Los tiempos son malos y difíciles. Confiamos, sin embargo, en que el Corazón de
Jesús nos concederá el triunfo a pesar de la fuerza y astucia de sus enemigos. Lo que
importa es aprovecharnos de la ocasión mereciendo mucho en la divina presencia. Nunca
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LITURGIA AGUSTINIANA DE LAS HORAS
dejarse vencer de la adversidad sino explotarla en beneficio propio: con esa mira la permite
el Señor.
Lo ocurrido en Uclés es horroroso y temo que algo semejante haya ocurrido en Madrid
y Barcelona. En medio del dolor causado por tantas pérdidas queda el consuelo de que la
Orden enriquece el catálogo de sus mártires. Porque no hay duda que lo son todos o
muchos de los asesinados por los marxistas; han muerto «por odio a la fe» y confesando
públicamente su fe.
La toma de Madrid se está retrasando e ignoramos cuál ha sido la suerte de los
nuestros. Temo con fundamento que sean numerosos los asesinados. ¡Cómo van a quedar
las provincias! En fin, Dios, que sabe sacar de los males bienes, hará que todo ceda en su
mayor gloria.
Dios ha permitido que las circunstancias ya difíciles en que todos nosotros veníamos
ejerciendo el sagrado ministerio, se hayan agravado recientemente. ¿Habremos de
desmayar por ello? De ningún modo. Ahora más que nunca estamos obligados a trabajar
con ardor y entusiasmo, puesta la confianza en el auxilio de lo alto. Las pruebas a que la
Providencia nos somete, lejos de abatir el ánimo, han de servirnos para insistir en la
oración, mejorar la conducta y multiplicar los esfuerzos. La santidad de vida y el celo
apostólico es lo que ha de salvarnos y salvar también las almas que nos han sido confiadas.
Cultivemos el campo del Señor, aunque, al esparcir la semilla, tengamos que derramar
lágrimas; después llegará la época de la cosecha y recogeremos, llenos de júbilo, frutos
sazonados y abundantes. No demos a nadie ocasión de escándalo para que no sea
vituperado nuestro ministerio: Continuamente damos pruebas de que somos ministros de
Dios con lo mucho que pasamos: luchas, infortunios, apuros, golpes, fatigas, noches sin
dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con
dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad.
He ahí primero, en síntesis magnífica por el inmortal Pío décimo, cuál debe ser la
acción del sacerdote, y consignadas a continuación para estas horas graves las sabias
advertencias y normas concretas del Cardenal Primado, cuya estricta observancia os
recomendamos con el mayor encarecimiento: «Revestíos del espíritu de Cristo, conservad
la paz en él, permaneced fieles a vuestra vocación y no temáis. En el mundo tendréis
luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo».
RESPONSORIO
Mt 8, 25. 26
R/. Se acercaron los discípulos y despertaron a Jesús diciéndole: * Señor, sálvanos
que nos hundimos. (T. P. Aleluya).
V/. Y Jesús les dijo: ¡Cobardes, qué poca fe!
R/. Señor, sálvanos que nos hundimos. (T. P. Aleluya).
ORACIÓN
V/. Oh Dios, que no dejas de enriquecer a tu Iglesia con el precioso don del martirio,
concédenos a nosotros, tus siervos, que, venerando a los beatos mártires Vicente Soler,
presbítero, y compañeros, por su ejemplo, permanezcamos fieles a tu Hijo hasta la muerte.
Por nuestro Señor Jesucristo…
R/. Amén.
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