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Domingo 3º de Pascua, ciclo A
LA ESPERANZA DE LOS DESESPERADOS
por KARL RAHNER
Uno de los misterios auténticamente humanos y, sin embargo, profundamente divinos
del Evangelio, es el relato de los discípulos que caminaban hacia Emaús. Si lo leemos atentamente, descubriremos admirados nuestra propia historia. A la vez son narrados una parte
y el conjunto de la propia vida: una parte, porque lo mismo va pasando continuamente en
nuestra vida; el conjunto, porque toda nuestra vida es la historia de los discípulos de Emaús.
Y es curioso que cada uno de aquellos dos discípulos se precipitó completamente solo
en la fosa de su desesperada soledad. ¿Y por qué iban los dos juntos? ¿Por qué buscaban
consuelo uno en el otro, si no hay ninguna esperanza que valga la pena de ser puesta en
común? Quieren hacer callar el desconsuelo de su soledad con la conversación, el vacío de
su corazón con el diálogo, y así dan a Dios la oportunidad de intervenir en su coloquio. Llega
un extraño por el camino. Es el Señor. Pero no lo reconocen. Quien está ocupado en sí
mismo y tiene un corazón vacío de esperanza, tiene en su espíritu y en su corazón muy poco espacio para los demás. Pero Jesús va por el camino de Emaús como una persona que
sabe menos que nosotros. Los discípulos dejan que les hable el extranjero, que sabe menos
que ellos. Les habla del destino que mata, pero que redime y libera; que la esperanza ser
halla donde creen haber quedado defraudados y estar obligados a desesperar.
El relato no nos dice que os discípulos respondieran a lo que les decía el desconocido.
Callaron. El silencio era lo más indicado, porque en el corazón se producía un nuevo amanecer. Pero ante de que sucediera esto en la zona de la esperanza, los discípulos pudieron
decir algo: Quédate con nosotros, la noche está cayendo. Se preocuparon por la noche del
extranjero que ha iluminado la noche de sus propios corazones.
Invitando al hermano caminante invitan como huésped al mismo Señor, que es la meta
de su camino. Comparten con él el pan. Y en ese momento —no por medio de la teología de
la experiencia humana, de la que han hablado por el camino, sino por medio de la celebración de su comunidad con él— lo reconocen como al Señor. Es él. Lo que decía el caminante eran las palabras del Señor. Al partir el pan penetra en sus corazones. Y ellos lo reconocen: realmente ha resucitado. Ha resucitado del sepulcro del mundo y del sepulcro de sus
propios corazones.
A menudo nosotros hemos experimentado todo esto, quizás de una forma más tranquila.
Si alguien pudiera contemplar todo el conjunto de nuestra vida, incluso con su futuro, quizás
verían que también nos hallamos camino de Emaús; que el Señor, por mucho que hayamos
podido hablar de él, por mucho que nuestro corazón se haya podido inflamar suavemente
con sus palabras, en el fondo continúa siendo un desconocido que hace camino con nosotros.
Realmente, quién sabe si nos queda por hacer lo más grande de la vida. Nos vemos
obligados a continuar caminando y a no creer nunca que ya hemos llegado, porque todavía
estamos haciendo el camino hacia la cena de la vida eterna. Y, porque todavía estamos en
camino, no nos tiene que extrañar que nuestro corazón vuelva a llorar continuamente y a
quejarse de las esperanzas que han resultado ilusorias, ni que continuamente nos haga la
impresión de estar huyendo de una esperanza muerte hacia un vacío sin sentido. Por estos
caminos también puede hacer camino con nosotros el Señor, explicándonos el sentido de
las Escrituras y de la vida. También estos caminos pueden conducir al Emaús de nuestra
vida, donde podamos reconocer al Señor en la fracción del pan.
MONESTIR DE SANT PERE DE LES PUEL·LES