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¿Feminismo islámico?
Rosa María Rodríguez Magda
El feminismo islámico se presenta como una propuesta que deriva
de la revelación coránica, por lo cual señala la necesidad de realizar
un esfuerzo hermenéutico que acabe con las interpretaciones
patriarcales y de caminar hacia la reforma de las leyes
discriminatorias. Ello constituye ya un amplio debate, por desgracia
no tanto en el mundo árabe donde prevalecen las posturas
patriarcales y tradicionalistas, sino en el seno del propio feminismo
promovidas por los estudios postcoloniales.
Según Valentine M. Moghadam, directora de la Sección para la
Igualdad de Género y el Desarrollo de la UNESCO , “el feminismo
islámico es un movimiento reformista centrado en el Corán,
realizado por mujeres musulmanas dotadas del conocimiento
lingüístico y teórico necesario para desafiar las interpretaciones
patriarcales y ofrecer lecturas alternativas en pos de la mejora de la
situación de las mujeres, al mismo tiempo como refutación de los
estereotipos occidentales y de la ortodoxia islamista... Su
argumento alternativo es que el Islam ha sido interpretado a lo largo
de los siglos (y especialmente en los tiempos recientes) de un modo
patriarcal y a menudo misógino, que la llamada ley islámica o
sharî‘a ha sido mal comprendida y mal aplicada, y que tanto el
espíritu como la letra del Corán han sido distorsionados”.
El término de “feminismo islámico” comenzó a hacerse visible en la
década de los 90, empleado por diversas estudiosas en distintos
países musulmanes, como las iraníes Afsaneh Najmabadeh y Ziba
Mir-Hosseini en el periódico Zanan , fundado en 1992 por Shahla
Sherkat. También en Turquía fue utilizado por Yesim Arat y Feride
Acar en sus artículos, y por Nilufer Gole en su libro The Forbidden
Modern .
Para Margot Badran, constituye, pues, un fenómeno global, que
incluye tanto las reflexiones de las mujeres en los países árabes
cuanto las realizadas por las musulmanas en Occidente. El objetivo
de esta heurística de la tradición islámica abarca diversos ámbitos:
algunas estudiosas se basan exclusivamente en el Corán (Amina
Wadud, Rifaat Hassan o Fátima Naseef), otras incluyen la revisión
de la sharî‘a (como la libanesa Aziza al-Hibri o la paquistaní
Shaheen), mientras que algunas desarrollan un análisis de los
1
hadices (la turca Hidayet Tuksal o la más conocida escritora
marroquí Fátima Mernissi) .
El feminismo islámico marca sus distancias tanto frente a la
ortodoxia islamista cuanto al que denominan feminismo occidental,
liberal, colonialista o laico, manteniendo con éste último, según las
autoras, posturas que van desde la crítica al franco rechazo. En
este sentido cabe recordar las esclarecedoras afirmaciones de la
premio Nobel de la Paz , Shirín Ebadi: “Si el feminismo islámico
significa que una mujer musulmana puede también ser una
feminista y que feminismo e islam no son incompatibles, estaría de
acuerdo con ello. Pero si significa que el feminismo en las
sociedades musulmanas es algo peculiar y totalmente diferente al
feminismo de otras sociedades por el hecho de que tiene que ser
siempre islámico, entonces no estoy de acuerdo con semejante
concepto”. La clave, pues, estriba en la comprensión de la
diferencia, por lo común fuertemente reivindicada, dado que, como
señala la misma Margot Badran, este feminismo se articula “dentro
de un paradigma islámico” y “deriva su comprensión y mandato del
Corán” . Así, no se trataría tan sólo de despojar a este de sus
lecturas patriarcales, sino de mostrarlo como la genuina y diferente
forma de entender la igualdad entre los géneros y la dignidad de las
mujeres, por ello es necesario “recuperar el mensaje igualitario” del
Corán. La cuestión de fondo estriba en qué estamos entendiendo
por igualdad, si entendemos igualdad ante Allah, pero se mantiene
la “complementariedad” de los sexos, la diferente función en el seno
de la familia, la poligamia, el matrimonio temporal, el derecho de
tutela del hombre sobre la mujer, el carácter obligatorio o deseable
del velo y la discriminación en materia de herencia..., todo ello
prescrito por el Corán, entonces utilizamos la noción de igualdad de
manera equívoca, pues lo que estamos realmente afirmando es la
diferencia, por más que apostemos por un mayor protagonismo de
las mujeres, que a la postre quedan encuadradas, limitadas o
supuestamente dignificadas en su diferencia.
Las diversas posturas frente a lo que se entiende por “mensaje
igualitario del Corán”, esto es: una igualdad “diferente” y “superior” a
la occidental, que en definitiva se revela como trampa engañosa
bajo la coartada del multiculturalismo, o una igualdad crítica y
emancipadora, no tan diferente de lo que en Occidente entendemos
como tal, marca disensiones en el propio feminismo Islámico.
Según ello, la clara denuncia de Nawal al-Sadawi frente a la
situación real de la mujer árabe, la haría sospechosa de
2
occidentalismo, pues sus críticas a la sociedad patriarcal y su
rechazo al colonialismo se efectúan desde un socialismo político
homologable internacionalmente.
Fátima Mernissi representaría una versión moderada del feminismo
islámico, y, en este sentido, excesivamente tibio para el feminismo
islámico más radical, también para las posturas más diferencialistas
de las conversas españolas, aún cuando Jadicha Candela ha
defendido la pertinencia de su obra. Mernissi intenta demostrar que
el mensaje de Muhammad constituye una “experiencia pionera en
materia de libertad individual y democracia”, entendiendo por éstas
conceptos plenamente equiparables a lo que en Occidente
significamos con ellos. Incluso, posicionándose en contra del
colonialismo, admite que “quince siglos después, será la violencia
colonial la que, paradójicamente, fuerce a los Estados musulmanes
a reconsiderar el tema de los derechos del individuo y de la mujer” .
Para Mernissi la confusión entre el Islam como creencia, y el Islam
como ley y religión de Estado, identifica el hecho de ser musulmán
con la pertenencia a un Estado teocrático. Intereses políticos y
económicos han forzado una interpretación del Corán ajena a las
intenciones del profeta, acentuando una visión retrógrada,
coercitiva, patriarcal y lesiva tanto para las libertades individuales
como para la mujer en especial. La modernización y la
incorporación de la mujer al trabajo, con su consiguiente
emancipación, socavaría todo un sistema ancestral de dominio
masculino, que se pretende justificar religiosamente en un orden
anclado en el pasado. Ahora bien, esta modernización, para
Mernissi, no debe ser mera transposición del modelo de Occidente,
frente al que ya mostrara sus suspicacias en su libro El harén
occidental , sino que debe emanar de la propia cultura islámica.
Para tal fin la autora realizará una labor hermenéutica, tanto de las
circunstancias que rodean las interpretaciones más misóginas de
ciertos hadices , cuanto del propio Corán, como pretende mostrarlo
en su obra El harén político . Junto con ello, en Las sultanas
olvidadas efectuará una genealogía de mujeres luchadoras y
afirmativas, en las que la mujer musulmana puede encontrar
arquetipos propios de liberación. Ciertamente, la labor de
fundamentar un mensaje igualitario a través de textos que
manifiestan claramente una supeditación de la mujer, es tarea,
cuanto menos, complicada, aunque legítima por la voluntad que
manifiesta de otorgar un espacio de libertad a las mujeres dentro de
la tradición islámica. Su construcción de una genealogía tiene un
valor más psicológico de conformar un imaginario habitable, que
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propiamente histórico, pues nos encontramos no ante una corriente
continua, sino con un listado de excepciones en lo que ha sido la
tónica cultural. En cualquier caso, la gran aportación de Mernissi
estriba en partir de unos conceptos de igualdad y libertad
plenamente homologables y no como otras supuestas feministas
islámicas que utilizan dichos términos de forma engañosa
pretendiendo, amparadas en la diferencia cultural, significar con
ellos lo que no son sino formas de supeditación.
En este sentido, el feminismo islámico es en general ampliamente
contestado, no sólo desde un feminismo “occidental”, sino por parte
de feministas que, aun procediendo de países musulmanes, no ven
en éste sino una trampa. Así para Shahrzab Mojab, de la
Universidad de Toronto , el término habría sido difundido
principalmente por feministas laicas que viven en Occidente,
profesionales de los estudios postcoloniales, para referirse a las
alternativas islámicas al feminismo occidental, considerando el
Islam como el único camino autóctono y auténtico hacia la igualdad
y la justicia de género. Para quienes lo rechazan, “el feminismo
islámico es un oxímoron, una contradicción en sus propios términos.
Si lo que se entiende por feminismo es aliviar las presiones
patriarcales sobre las mujeres, haciendo que el patriarcado sea
menos terrible, el “feminismo islámico” sería desde luego una
tendencia feminista. Pero si el feminismo es un movimiento que
pretende abolir el patriarcado, contribuir a crear una sociedad en la
que cada persona pueda dar forma a su vida libre de restricciones
económicas, políticas, sociales y culturales, entonces el “feminismo
islámico” resulta ser bastante inadecuado... Las feministas islámicas
insisten en la especificidad o, incluso, en la singularidad de las
mujeres musulmanas y de su posición en la sociedad. Consideran
que el Islam trata a las mujeres con dignidad y con respeto y les
garantiza la igualdad de derechos. Sin embargo, el régimen de
derechos en general y los derechos de las mujeres en particular son
producto de las luchas por la democratización en las sociedades
occidentales. La cuestión de los derechos es inseparable de la
ciudadanía, el Estado democrático y la sociedad civil” . Así, frente a
las críticas de paternalismo que las feministas islámicas achacan al
feminismo occidental, habría otro más sutil paternalismo: el ejercido
por las teóricas postcoloniales, que, desde universidades
norteamericanas o inglesas, desde países donde se respetan sus
derechos, viven profesionalmente “esencializando a las mujeres de
los países islámicos como seres religiosos”, recluyéndolas en su
identidad, reserva moral de la antiglobalización.
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Para Chahdort Djavann, escritora iraní residente en Francia, el
comunitarismo étnico es un verdadero problema para la
democracia. Los derechos culturales colectivos ofrecen la
justificación intelectual a los sistemas antidemocráticos
postcoloniales. Existe una perversión del lenguaje al identificar
cultura con religión y viceversa. “La denominación de “intelectual
católico” no se aplica sino solamente a una parte de los
intelectuales. Esto no ocurre con los “intelectuales musulmanes”,
éstos forman parte de un único gran todo: el Islam. No se distinguen
de los otros como intelectuales, sino como musulmanes. ¿Dónde
están los intelectuales ateos del mundo islámico? ¿En Irán, en
Egipto, en Argelia, en Arabia Saudí?” . Y de una forma más
sangrante ocurre este ocultamiento con las mujeres, esencializadas
como seres religiosos, sujeto colectivo simbólico, su sometimiento o
su supuesta afirmación pasa por su anulación personal por mor de
su cultura, sea entendida ésta como defensa del integrismo
religioso o de la lucha postcolonial, en ambos casos la
emancipación individual se subroga en un interés general, ¿cuándo
las mujeres empezarán a contar como sujetos individuales de
derechos más allá de los dictados patriarcales o de izquierdismo
veladamente androcéntricos? Tal subrogación de lo individual en lo
colectivo podemos observarla en la insistencia del feminismo
postcolonial en definir el feminismo del Tercer Mundo englobado no
sólo en la categoría de género, sino también en la de etnia, clase
social, políticas de identidad... (Moghadam ), acentuando que las
reivindicaciones de las mujeres del Tercer Mundo son, más que
centradas en su estatus de género, referidas a cuestiones
generales de salud, trabajo, educación y lucha antiimperialista
(Talpade Mohanty, Russo y Torres ), llegando a rechazar por
ocultamente colonial cualquier propuesta de emancipación de la
mujer surgida en el seno de los propios países musulmanes que no
sea culturalmente islámica (Ahmed ).
Paradójicamente, el mismo elemento símbolo de su sometimiento,
el velo, se pretende convertir a la vez en Occidente en señal de su
emancipación. “Es mi cultura, es mi libertad, es mi elección” afirman
las jóvenes musulmanas hijas de la emigración, o también las
conversas. Pero, como afirma Djavann: “Yo he llevado diez años el
velo. Era el velo o la muerte. Sé de lo que hablo”. “El velo no es
simplemente un signo religioso, como la cruz, que las chicas o
muchachos pueden llevar al cuello, el velo, hijab , no es un simple
pañuelo sobre la cabeza; debe disimular enteramente el cuerpo. El
velo, ante todo, abole el carácter mixto del espacio y materializa la
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separación radical y draconiana del espacio femenino y del espacio
masculino, o más exactamente, define y limita el espacio femenino.
El velo, hiyab , es el dogma islámico más bárbaro que se inscribe
sobre el cuerpo y en él se ampara” . Más que atenuar la sexualidad,
convierte a las mujeres en objetos sexuales, construye la identidad
femenina en función del deseo y la posesión del varón, constituye el
pudor de la mujer en garantía del honor masculino, el temor del
hombre confina a la mujer tras el velo, en un intento de controlar
cualquier transgresión femenina, que pondría en peligro no solo su
identidad como varón, sino todo el edificio moral y teológico del
Islam construido sobre la sumisión de la mujer.
Como vemos, la polémica, lejos de enfrentar a feministas islámicas
y occidentales, tiene lugar en el seno de las propias mujeres
procedentes de países musulmanes, mostrando la falacia de
señalar como pensamiento legítimo al musulmán (marcado
esencializadamente por la religión), valorando como políticamente
correcto al postcolonial, sea producido por occidentales o no, y
deslegitimamdo no sólo a las feministas occidentales sino a todas
aquellas que, procediendo de países musulmanes, rechacen el
esencialismo religioso.
Curiosamente casi todas estas polémicas se producen en inglés,
¿por qué no en árabe, dado que se trata del idioma que debiera ser
común a todas aquellas que pretenden una revisión lingüística de
los textos canónicos en la lengua sagrada? Ello nos hace sospechar
que, si bien se trata de un debate ampliamente difundido en el
ámbito académico, no impregna ni transmite la realidad social de los
países árabes. Aun cuando los esfuerzos de las feministas
islámicas lograran mostrar una interpretación no patriarcal del
Corán, no constituiría sino un logro reducido, académico, sin
incidencia, a menos que las sociedades y las autoridades islámicas
lo asumieran. El Islam real, por desgracia, seguiría siendo otra
cosa, y así mismo la propagación del Islam en Occidente si quienes
lo financian y dirigen en modo alguno siguen, ni conocen, este
loable esfuerzo absolutamente minoritario. Además de que en
buena parte del feminismo islámico encontramos también, como
hemos visto, posturas claramente beligerantes contra Occidente y
defensoras de la diferencia esencialista (esencialización religiosa de
la mujer, derechos culturales, etc.). Ese Islam igualitario, hoy por
hoy por desgracia, es únicamente un reto en la mente de algunas
musulmanas, pertenecientes a una elite intelectual radicada
principalmente en países occidentales
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En este sentido de evaluar la escasa impregnación de todo lo
anterior en el islamismo cultural, cabe recordar las palabras de
Hassan al-Banna , fundador de los Hermanos Musulmanes,
movimiento de gran implantación en Estados Unidos y Europa,
quien rechazaba el principio de igualdad en el Islam, sosteniendo
que “la diferencia entre hombres y mujeres en el terreno de los
derechos está fundada sobre una diferencia natural” . Desde un
punto de vista reformista, su nieto Tariq Ramadan, quizás el
propagandista europeo de mayor influencia, desarrollará un doble
discurso, negando que la sumisión de la mujer esté inscrita en el
Islam, abogará por el protagonismo y la visibilidad de las mujeres,
pero justificando el uso del velo en la consideración de la mujer
como ser y no como cuerpo, deplorando que las mujeres “se
esfuercen por luchas contra las discriminaciones sin desarrollar
suficientemente una conciencia de la espiritualidad y una conciencia
de la revelación de Dios... En su lucha, olvidan su deber
fundamental. Se necesita de mujeres piadosas, la mejor cosa que
puede ser dada a un hombre es una mujer piadosa” . Igualmente
encontramos múltiples perlas que salpimentan sus discursos : “ En
la lucha contra la permisividad total, conviene que bajéis la mirada
para salvar vuestra castidad”, “el bikini es una agresión”, “Se os
prohíbe ir a las piscinas públicas”, “Al ser una manifestación de
sumisión a Dios, el velo es un elemento de liberación de la mujer” ...
Concordaremos en que estas manifestaciones del adalid del Islam
“moderado” en Europa no permiten excesivos optimismos.
En orden a concluir, recapitulemos la cuestión.
El problema no es si resulta posible una lectura feminista del Corán
que propicie la emancipación de la mujer musulmana. Ello sería
deseable en el mismo sentido en que se realizó una hermenéutica
feminista de la Biblia –libro bastante patriarcal, por cierto–, abriendo
caminos de protagonismo para la mujer desde el cristianismo. El
problema comienza cuando no intentamos demostrar que el Islam
es emancipador para la mujer (en el sentido general del término,
esto es: igualdad entre los sexos y ante la ley, derecho al propio
cuerpo, ausencia de cualquier discriminación en función del sexo...),
sino que derivamos del Corán una “forma diferente de dignidad para
la mujer”, que denominamos emancipación o feminismo aunque no
cumple los requisitos igualitarios de éstos, y entonces acusamos al
feminismo que pretende cumplirlos de occidental y etnocéntrico.
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Como he intentado mostrar más atrás, cuando las mujeres se
convierten en símbolos de identidad, nacional, cultural o religiosa,
subsumen en esta identidad simbólica su rango individual, así su
afirmación de rechazo a toda injerencia foránea (imperialismo
cultural) se hace a costa de su emancipación como individuos –
como mujeres particulares en cuanto tales–, la lucha postcolonial se
superpone a la feminista. De nuevo, como pasó tantas veces con
las luchas revolucionarias o los marxismos, las mujeres, cuando
creen afirmarse, afirman la opción del grupo determinada
androcéntricamente y que acabará por engullirlas y anularlas. Se
opone el “feminismo colonial”, la falsa emancipación de la
modernización occidentalizada, a las culturas locales, dando por
supuesto que éstas son más auténticas que aquella –a la que ya se
ha tildado de “falsa”–. Nuevamente se minimiza el lugar de las
mujeres, pues lo que hay que evaluar es si las condiciones de
modernización colonial, aun siendo imperialistas culturales,
acrecentaron las libertades de las mujeres frente a la situación que
les ofrecía la cultura local. Hay que mantener siempre la doble
visión: algo que es liberador en general puede ser coercitivo para un
subgrupo concreto. Primando sólo el nivel postcolonial volvemos a
sacrificar a las mujeres en una causa común que no las incluye.
Por otro lado, frente a las proclamas globalizantes y
transnacionales, creo que procede una primera actitud de respeto:
el debate del feminismo en los países islámicos es una cuestión que
incumbe primordialmente a dichos países, desde el punto de vista
occidental sólo cabe congratularse con el avance de un feminismo
islámico que promueva la liberación de la mujer en el marco de su
cultura y religión, abriendo la puerta a una nueva hermenéutica del
Corán alejada de literalismos y de posturas patriarcales, estén éstas
asentadas en él o en tradiciones culturales. Lo que en dichos países
debería tener un carácter social y público no puede trasladarse sin
más a los países occidentales cuyo marco cultural, religioso y
político es bien distinto. Lo que allí puede entenderse como
progresista desde presupuestos religiosos o ancestrales limitativos,
no lo es en absoluto en países occidentales, pues aquí
representaría un retroceso al volver a discutir y problematizar logros
consolidados. Lo que en países islámicos debe ser la conquista de
espacios públicos de evolución social, en países occidentales sólo
puede ser una postura personal y privada de las/los musulmanas/es
residentes en sociedades no islámicas. Quede claro que, en modo
alguno, estoy suponiendo un modelo occidental perfecto y sin
fisuras. Por desgracia, lo que venimos denominando el logro de los
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ideales ilustrados resta mucho de ser una realidad, y en este
sentido la interpelación intercultural puede evidenciar los puntos
débiles de cada cultura, y mover a cada una de ellas a hacer una
revisión desde sí mismas, en un ejercicio crítico y racional
constante. Para ello debemos consensuar una intelección de qué
entendemos por libertad, igualdad. etc., en modo alguno pensar que
dichos conceptos son producciones manchadas de occidentalismo,
otorgando así coartada a fundamentalismos retrógrados. No es lo
mismo desde el Islam proponer una lectura coránica igualitaria para
la mujer que propicie su emancipación –como lo pretende Fátima
Mernissi–, que, en un país donde, al menos nominalmente, se
respeten los derechos, postular el modelo coránico como un grado
superior de dignidad de la mujer –como lo pretende cierto
feminismo islámico. Es justo lo contrario.
Más allá del respeto a los derechos humanos, Occidente no tiene
nada que decir en la evolución política y cultural de los países no
occidentales, pero, en contrapartida, las minorías que emigran a
otros países –o los individuos que adoptan usos culturales o
religiosos ajenos– no pueden pretender imponer sus opciones
personales, que ya están garantizadas por la libertad de conciencia
y a la conciencia de los individuos afecta, como modelos que no
responden a la cultura ni la situación social de los países de
acogida. Libertad de conciencia, por cierto, no respetada en muchos
países musulmanes, que, entendida como apostasía, y en estricto
seguimiento coránico, puede ser castigada con la muerte, ni
tampoco suscrita por entidades religiosas islámicas asentadas en
países occidentales. Baste como ejemplo el caso de Francia, donde
en el marco de las consultas del entonces ministro del interior,
Jean-Pierre Chevènement, para normalizar el culto musulmán, las
asociaciones musulmanas se negaron a suscribir la Convención
Europea de Salvaguarda de los Derechos del Hombre y de
Libertades Fundamentales (de 4 de diciembre de 1950),
especialmente la UOIF (Unión de Organizaciones Islámicas de
Francia), pidiendo la supresión del artículo que consagra “el
derecho de toda persona a cambiar de religión o de convicción”,
extremo éste que fue suprimido del texto final .
Normalmente esta problemática se ha entendido dentro de la
disyuntiva liberalismo/comunitarismo, colocándose la traición
europea en el marco de un universalismo laicista, lo que suscita las
críticas a la supuesta neutralidad occidental pretendidamente no
situada. Quizás conviene darle la vuelta al planteamiento: si la
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identidad europea se ha constituido promoviendo principios
universales desde su propia comunidad histórica y cultural, está en
su perfecto derecho de defender aquellos principios que configuran
su identidad.
Rosa María Rodríguez Magda, especialista en pensamiento
comtemporáneo y teórica feminista, es autora, entre otros ensayos,
de Femenino fin de siglo. La seducción de la diferncia, La sonrisa
de Saturno, El modelo Frankenstein, Foucault y la genealogía de los
sexos, El placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo,
Transmodernidad... y ha editado la obra colectiva Mujeres en la
historia del pensamiento.
www.rodriguezmagda.com
(El presente texto es un extracto del libro de Rosa María Rodríguez
Magda La España convertida al islam , Madrid, Áltera, 2006, en el
que se analiza el surgimiento de un nuevo islam español, así como
las corrientes ideológicas de las que se nutre: el pensamiento de
Ibn
‘Arabi,
Roger
Garaudy,
la
nostalgia
de
alÁndalus...Especialmente preocupante resulta, no obstante haber
promovido el Congreso Internacional sobre Feminismo Islámico
(Barcelona, 27, 28 y 29 de octubre de 2005), su reivindicación de
legalización de la poligamia para los colectivos musulmanes en
España. La valoración de sus propuestas dan paso a una reflexión
más amplia sobre el islamismo moderado en Europa, el feminismo
islámico, el comunitarismo, el debate sobre el multiculturalismo y el
choque o alianza de civilizaciones.)
Margot Badran, “Islamic Feminism: What's
http//weekly.ahram.org.eg/2002/569/cul.htm
in
a
Name?”,
Idem .
Fatima Mernissi, El harén político. El profeta y las mujeres , Madrid,
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2002, p. 214.
Shahrzad Mojab, “Teorizando la perspectiva política del “Feminismo
Islámico””,
Lola
Press,
recogido
en
http://www.webislam.com/tema_imp.asp?idn=2185
Chahdortt Djavann, Bas les voiles! , París, Gallimard, 2003. p.26
10
V. M. Moghadam, Identity Politics and Women. Cultural
Reassertions and Feminisms in International Perspective , Oxford ,
Westview Press, 1994.
Talpade Mohanty, Russo y Torres, Third World Women and the
Politics of Feminism , Bloomington, Indiana University Press, 1991,
p. 321.
Así Leila Ahmed ha negado, por ejemplo, la validez feminista de las
obras de los reformadores egipcios, en espacial las desarrolladas
por Kassim Amin en sus libros Tarir al-mar'a (La emancipación de la
mujer) , 1899, y Al-mar'a al-yadida ( La Nueva Mujer ) , 1900, por
proponer, junto a la necesidad de la educación y la independencia
femeninas, el repudio del velo. Ahmed, Women and Gender in Islam
. Londres, Yale University Press, 1992.
Op.cit. p. 11.
Citado por Leïla Babes, “Feminisme, islamisme, modernité”, en Les
femmes et l'islam. Entre modernité et integrisme , Isabel Taboada
Leonetti, París , L'Harmattan, 2004, p. 238.
Extraído de la conferencia de Tariq Ramadam, “ La Femme
musulmane face à son devoir d'engagement”, casetes nº 21 y 22,
Éditions Tawhid. Citado por Mina Kaci en “Islamisme pour Tariq
Ramadan: la femme musulmane est l'avenir de la ouma”, Humanité
(17
janvier
2004).
http://www.humanite.presse.fr/popup_print.php3?id_article=386324
Citado por Pilar Rahola en “Contra Tariq Ramadan”, publicado
originalmente
en
el
diario
Avui
y
recogido
en
http://www.pilarrahola.com/
1_3/ARTICLES/DETALL.CFM?id=00000002FH&IDIOMA....
Véase Leïla Babes, Op. cit. , p. 242.
http://www.creatividadfeminista.org/articulos/2006/feminismo_islamico.htm
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