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PODER EN BLANCO: LA AVENTURA DE DARSE
— Algo que suele escucharse en círculos schoenstatteanos es el tema del „Poder en Blanco“
como actitud de vida en el cumplimiento de la voluntad del Padre. La historia personal de
cada uno es como un libro escrito por Quien conoce todas nuestras circunstancias; historia
que tiene como principio y final el amor con que Dios nos conduce.
El Poder en Blanco tiene dos fundamentos: la entrega total y la libertad de mi yo; algo así
como dos pilares de un puente. Se trata de un acto ascético, un compromiso que se asume con
el Senor por el cual nos disponemos frente a Él en actitud de plena disponibilidad: „soy la
esclava del Senor“. Es la entrega sin reservas al Dios de nuestras vidas, a su plan de amor que
dirige nuestras historias. Es el „sí“ de María: el sí a la cruz y el sí a la resurrección. El sí al
dolor y el sí a la alegría, dejándonos libre y vacíos para llenarnos del mismo Dios. Son dos
actitudes del alma: por una parte, la entrega sin reservas al Amado, de quien sabemos no nos
defraudará; y por otra, y como consecuencia de la primera, la libertad de mi yo, el
desprendimiento de mis ataduras, de mis pequenas esclavitudes, de todo aquello que no me
deja ser más yo mismo, más pleno. En términos schoenstatteanos, el Poder en Blanco es un
concepto que el P. Kentenich saca del ámbito financiero, aludiendo a la expresión „cheque en
blanco“. La premisa es: nadie da un poder o un cheque en blanco a quien no le tiene
confianza.
El Poder en Blanco no es otra cosa que la expresión del amor. Es actitud de darse, de donarse,
de entregar el corazón, que brota de todo auténtico espíritu cristiano. Si vemos el matrimonio,
por ejemplo: allí hay entrega mutua de corazones que implica amarse, honrarse y respetarse,
en salud o enfermedad, hasta que la muerte los separe. También la amistad es ejemplo de
intercambio de corazones: significa „estar“ con tu amigo „en las buenas y en las malas“. Con
Dios es una entrega a un corazón infinito en amor y misericordia. Una entrega que simboliza
la aventura de darse plena y libremente a Quien controla el timón de nuestra barca,
diciéndole: „Senor, iré a donde quiera que vayas“; „con tristezas y alegrías, en el éxito o en el
fracaso, anunciaré siempre tu amor“. La dirección que tome mi barcaza será la querida por
Dios, y por lo tanto, la mejor. Se trata de un intercambio de corazones mucho más profundo.
Más que palabras bonitas es una actitud de vida. Sellar un Poder en Blanco es depositar
completamente en Dios nuestra propia confianza, como lo hizo María; darle un cheque en
blanco y con mi firma, para que Él escriba la cifra que desee: allí estaré yo para responder por
lo pedido. No es buscar la cruz por buscar masoquismo. Eso no sería ni normal ni sano. La
cruz está siempre presente en la vida de todo cristiano. Cuando Dios nos la pide es senal de la
confianza que nos tiene. Ningún dolor será superior a nuestras fuerzas. Ningún dolor o
circunstancia será tan difícil como para hundirnos y no ver la salida. El Poder en Blanco es
dar el sí al querer de Dios, al cumplimiento de su voluntad; a lo agradable y a lo desagradable;
a lo que nos gusta y a lo que no nos gusta tanto. Es la idea del „juguete“ o la pelotita que nos
decía Santa Teresa de Ávila: Dios puede jugar con ella o dejarla olvidada en un rincón. O la
imagen de la semilla que se deja llevar por el viento primaveral del Espíritu Santo.
Por lo tanto, lo que se nos propone con el Poder en Blanco no es nada nuevo: simplemente es
lo que dicta el amor.
Para el P. Kentenich es: „la finura de oído para escuchar los deseos de Dios y la docilidad
para cumplirlos“. Es la expresión de la actitud filial del hijo ante Dios Padre. Significa ser
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plenamente hijo en el Hijo, en Cristo. Consiste en vivir a semejanza y en seguimiento de
Jesús, es decir, adecuar la propia voluntad a la voluntad de Dios Padre.
Si tomamos el ejemplo de Jesucristo, vemos que su vida fue cumplir la voluntad de su Padre
(Jn 4, 34; 6, 38). Este cumplir la voluntad del Padre brota de un amor filial, del sentirse „Hijo“
(Jn 8, 29; 10, 30; 14, 31). Es este amor filial lo que da confianza al Hijo: dejarse llevar por el
Pastor; abandonarse en la Providencia (Mt 6, 25-32; Lc 15, 3-9; Jn 10, 1-30). Es decir, los dos
pilares de nuestro puente: entrega total y libertad de mi yo.
Con María tenemos el mismo caso. Si analizamos la Anunciación (Lc 1, 26-38), la vemos
primero en actitud de oración; María orante y siempre atenta al mensaje de Dios. La vemos
„hija“, al dar su sí filial al Senor: la palabra de Dios toma forma en Ella cuando María entrega
su „sí“. Y María es sierva cuando cumple la voluntad del Padre, convirtiéndola también en
reflejo de su amor. Entrega sin reserva y desprendimiento, libertad de mi yo.
Pero, qué significa „sin reserva“? . Significa poner la inteligencia, la voluntad y el afecto, en
las manos de Dios. Que tu inteligencia esté al servicio de Dios para planificar tu vida. Que tu
voluntad te permita decirdirte para llevar a la práctica tus convicciones. Y que tus afectos, tus
sentidos, no te hagan malas pasadas o esclavo de personas o de las cosas materiales. „La
entrega total o sin reservas, es algo profundamente íntimo; no tiene nada que ver con lo
externo. En la entrega total no se trata en primer lugar, de cómo me vista, cuántas
oraciones rece, etc. Es algo completamente interior. Lo que estoy entregando es el núcleo
de mi persona, mis capacidades más interiores e íntimas: entendimiento, voluntad y
corazón“, dice el padre.
Qué significa ahora, liberarme de mi yo?. Es dejar mis egoísmos a un lado y tender al „tú“.
Pensar en el otro antes que en uno mismo. Es apertura del corazón. Veamos lo que nos dice el
P. Kentenich sobre la importancia de la apertura del corazón, no sólo a nivel del tema que nos
ocupa en este artículo, sino en un sentido más amplio de las relaciones humanas. „Si ustedes
observan la vida cotidiana de personas que se aman, se darán cuenta que el amor regala
dos cosas. Primero nos regala un „tú“ que nos ama. Ese „tú“ lo recibo cuando amo. El
sentido del amor es alcanzar una comunidad íntima. El tú me abre su corazón y habito
en él. Ahora, pueden preguntarse ustedes: yo habito en el corazón del otro? Nombren a
alguien del que puedan decir: tengo un lugar en su corazón. Lo pueden hacer? No se
trata de hacer continuas declaraciones de amor. No estamos hablando de eso. Pero es
muy importante tener conciencia de esa importante apertura mutua de corazones
realizada con amor para residir en ellos. Por lo tanto, esto es una gran verdad: la
vinculación personal, el amor personal, me regala un „tú“. Esto es fácil de entender.
Lo segundo que nos regala el amor es más difícil de comprender. Cuando amo y cuando
me aceptan debidamente, crece mi personalidad. No es verdad que esto es más difícil?
Digámoslo de manera más sencilla. Cuando dos personas se aman no basta que yo me
entregue; no sólo eso. También quiero ser amado, acogido, querido...Entonces, qué es
más difícil: entregarme o acoger correctamente al otro?. Cuando alguien me acepta y
me acoge adecuadamente, verán que no hay nada en este mundo que me haga crecer
tanto como persona. Esa es mi convicción“.
Entrega sin reserva y desprendimiento, libertad de mi yo: los dos pilares de nuestro puente...o
si prefieren, las dos piedras con que David se enfrentó a Goliat. Porque sabemos que lo que
estamos leyendo no es nada fácil, más aún cuando observamos nuestra debilidad y lo difícil
que nos resulta cargar con la propia cruz y lo que significa decirle al Senor: „sí, lo acepto
todo“.
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En definitiva, podemos decir que el Poder en Blanco es la imagen del sí de María. Viene a ser
nuestra colaboración en el plan de redención. Es entrega y signo de elección: yo me ofrezco a
Quien me ha llamado por mi nombre y me ha buscado por amor. El Poder en Blanco es
renovación y profundización de nuestra Alianza de Amor con María. Es conciencia de misión
y plena confianza en el Senor. Es expresión del carácter mariano de Schoenstatt y también de
un pensamiento orgánico, temas a los que ya nos hemos referido.
Por otra parte, es expresión del valor del Capital de Gracias. Qué hay que decir sobre esto?.
Primero, explicar lo que es el Capital de Gracias.
A grandes rasgos, son todos mis esfuerzos, renuncias o logros que voy conquistando y que
son ofrecidos a la Mater en su Santuario. Allí los depositamos como en una especie de
„banco“ y María los va juntando como su „capital“ para distribuirlo entre quienes más
necesitan.
Explicado de otra forma, en el sentido del intercambio de corazones del que hemos hablado,
podemos decir que cuando alguien hace algo bien, los que están a su alrededor se benefician.
Un presidente, por ejemplo, que hace cosas buenas, beneficia a todo un país; buenos padres
generan buenos hijos. Experimentamos que nuestras vidas están entrelazadas: lo que uno hace
influye en la vida de los otros. Esto sucede no sólo en el orden natural, sino también en el
sobrenatural. Existe una solidaridad en la gracia: un compartir espiritualmente. Así, puedo
entregar mi oración y mi vida a Dios en beneficio de los demás, por los otros. Cómo se hace?.
Ofrezco mi oración, mis pequenas o grandes conquistas de cada día; mis alegrías, mis buenos
momentos; el cumplimiento de mis obligaciones, de mis responsabilidades. Ofrezco mis
dificultades, mis problemas; la aceptación de mi sufrimiento. Todo ello lo pongo en las manos
de María, por y para los que están unidos a Ella en su Santuario. Así, cuando mi vida se torne
cuestas arriba, sé que podré acudir a la Mater y dejarme sostener y ayudar por la oración y el
ofrecimiento de los demás. Por lo tanto, el Poder en Blanco revitaliza el valor del Capital de
Gracias: da valor al sufrimiento, porque le da un sentido: los demás.
Poder en Blanco: la aventura de darse...Pero sólo para valientes?. Claro, pero valientes con
los pies bien puestos en la tierra: ni para románticos sonadores, ni para los que creen que Dios
no toma en serio nuestros ofrecimientos, ni para los que se creen Superman. No se trata
tampoco de algo sólo para „santitos“. Simplemente, el Poder en Blanco es para todo aquél que
se decida a vivir alegre y plenamente su fe.
Como fruto del Poder en Blanco podemos senalar una profunda paz interior: Dios toma el
timón y ya nada nos puede faltar. La libertad de poder decidirnos por lo que Dios quiere de
nosotros. Como acto de audacia y de riesgo, da fecundidad a nuestras vidas, porque
permanecemos unidos a la Vid Verdadera. (Jn 15).
Los presupuestos básicos para sellar un Poder en Blanco van en la línea de concebir a Dios
como nuestro Padre. „Dios es Padre, Dios es bueno, bueno es todo lo que Él hace“. Creer que
su infinita misericordia lo puede todo. Que todo lo que hace Dios, lo que ya ha hecho y lo
que tiene que hacer con nosotros, está marcado por el amor y para el amor. Significa
concientemente aceptar la historia de mi pasado con alegría; aceptar nuestra realidad corporal,
espirutual e intelectual. Significa también decidirme con firmeza por mi presente,
reencantando la rutina de cada día. Y también, esperar con confianza el futuro, sin temores ni
angustias: cada día tiene su afán.
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El Poder en Blanco, para terminar, es la fuerza del amor. Amor que ensena que Dios es Padre,
que podemos darnos a Él. Y amor que ensena a decir tú antes que yo.
Dos oraciones en el sentido del Poder en Blanco. Una de San Ignacio de Loyola y la otra de
Charles de Foucauld.
Tomad, Senor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento y toda mi
voluntad; todo mi haber y mi poseer.
Vos me lo disteis; a vos, Senor, lo torno.
Todo es vuestro.
Disponed a toda vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracias,
que ésta me basta.
(San Ignacio)
Padre mío, me abandono a ti,
me confío a ti. Padre, padre mío,
haz de mí lo que quieras; sea lo que
hagas de mí, te lo agradezco.
Gracias por todo: estoy dispuesto a
todo; lo acepto todo; te agradezco todo,
con tal que tu voluntad se haga en mí,
Dios mío; con tal que tu voluntad se haga en
tus creaturas, en todos tus hijos, en todos
aquellos que tu corazón ama.
No deseo nada más, Padre mío;
en tus amos entrego mi alma.
Te la doy, Dios mío, con todo el amor
de mi corazón, porque te amo y porque esto
es para mí una necesidad de amor:
darme, entregarme en tus manos
sin medida.
Me entrego en tus manos con infinita
confianza, porque tú eres mi padre.
(Charles de Faucauld)
Padre, que habitas en el cielo,
padre del débil y pequeno;
padre, me tomas en tus brazos,
padre, yo sólo en ti espero...
Me miras con tus ojos buenos,
caminas conmigo hacia adentro;
y tu Espíritu me colma,
será misericordia?;
tu mano me conduce en el vacío.
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