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1. REVOLUCI ÓN Y CRI SI S DEL ANTI GUO RÉGI MEN: LAS TRANSFORMACI ONES ECONÓMI CAS Y P OLÍ TI CAS 1. La revolución industrial. La división del trabajo El progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud destreza y sensatez con que ésta se aplica o dirige, por doquier, parecen ser consecuencia de la división del trabajo (...) Tomemos como ejemplo una manufactura de poca importancia (...): la de fabricar alfileres. Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea (convertida por virtud de la división del trabajo en un oficio nuevo) y que no esté acostumbrado a manejar la maquinaria que en él se utiliza (cuya invención ha derivado probablemente, de la división del trabajo), por más que trabaje, apenas podría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de veinte. Pero dada la manera como se practica hoy en día la fabricación de alfileres, no sólo la fabricación misma constituye un oficio aparte, sino que está dividida en varios ramos, la mayor parte de los cuales también constituyen otros tantos oficios distintos. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en trozos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza: a su vez la confección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas: fijarla es un trabajo especial, esmaltar los alfileres, otro, y todavía es un oficio distinto colocarlos en el papel. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieciocho operaciones distintas, las cuales son desempeñadas en algunas fábricas por otros tantos obreros diferentes, aunque en otra un solo hombre desempeñe a veces dos o tres operaciones. He visto una pequeña fábrica de esta especie que no empleaba más que diez obreros, donde, por consiguiente, algunos de ellos tenían a su cargo dos o tres operaciones. Pero a pesar de que eran pobres y por lo tanto, no estaban bien provistos de la maquinaria debida, podían, cuando se esforzaban, hacer entre todos, diariamente, unas doce libras de alfileres. En cada libra había más de cuatro mil alfileres de tamaña mediano. Por consiguiente, estas diez personas podían hacer cada día, en conjunto, más de 48.000 alfileres, cuya cantidad, dividida entre diez, correspondería a 4.800 por persona. En cambio, si cada uno hubiera trabajado separada e independientemente, y ninguno hubiera sido adiestrado en esa clase de tarea, es seguro que no hubiera podido hacer veinte, o, tal vez, ni un sólo alfiler al día; es decir, seguramente no hubiera podido hacer las doscientascuarentava parte, tal vez ni la cuatromilochocientosava parte de lo que son capaces de confeccionar en la actualidad gracias a la división y combinación de las diferentes operaciones en forma conveniente. Este aumento considerable en la cantidad de productos que un mismo número de personas puede confeccionar, como consecuencia de la división del trabajo, procede de tres circunstancias distintas: primera,
1 de la mayor destreza de cada obrero en particular; segunda, del ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y, por último, de la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos (...) (SMITH, A. La riqueza de las naciones, 1776. En M. Artola. Textos fundamentales para la historia. Madrid: Alianza, 1978, pp. 520­521.) 2. Declaración de independencia de las colonias norteamericanas (4­ 7­1776) (...) Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y el alcance de la felicidad; que para asegurar estos derechos, los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno, basado en esos principios y organizando su autoridad en la forma que el pueblo estime como la más conveniente para obtener su seguridad y felicidad. En realidad, la prudencia aconsejará que los gobiernos erigidos mucho tiempo atrás no sean cambiados por causas ligeras y transitorias; en efecto, la experiencia ha demostrado que la humanidad está más bien dispuesta a sufrir, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas de gobierno a las cuales se halla acostumbrada. Pero cuando una larga cadena de abusos y usurpaciones, que persiguen invariablemente el mismo objetivo, hace patente la intención de reducir al pueblo a un despotismo absoluto, es derecho del hombre, es su obligación, arrojar a ese gobierno y procurarse nuevos guardianes para su seguridad futura. Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colonias; tal es ahora la necesidad que los obliga a cambiar sus antiguos sistemas de Gobierno. La historia del actual rey de la Gran Bretaña es una historia de agravios y usurpaciones repetidas, que tienen como mira directa la de establecer una tiranía absoluta en estos Estados (...). En todas las fases de estos abusos hemos pedido una reparación en los términos más humildes (...). Tampoco hemos incurrido en faltas de atención para con nuestros hermanos británicos (...). Ellos también se han mostrado sordos a la voz de la justicia y de la consanguinidad (...) En consecuencia, nosotros, los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso General, y apelando al Juez Supremo del Mundo en cuanto a la rectitud de nuestras intenciones, en el nombre y por la autoridad del buen pueblo de estas colonias, solemnemente publicamos y declaramos, que estas Colonias Unidas son, y de derecho deben ser, Estados libres e independientes; que se hallan exentos de toda fidelidad a la Corona Británica, y que todos los
2 lazos políticos entre ellos y el Estado de la Gran Bretaña son y deben ser totalmente disueltos, y que, como Estados libres e independientes, tienen poderes suficientes para declarar la guerra, concertar la paz, celebrar alianzas, establecer el comercio, y para efectuar todos aquellos actos y cosas que los Estados independientes pueden, por su derecho, llevar a cabo. Y en apoyo de esta declaración, confiando firmemente en la protección de la Divina Providencia, comprometemos mutuamente nuestras vidas, nuestros bienes y nuestro honor sacrosanto. (Fuente: CASTERAS, R. La independencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Barcelona: Ariel, 1990, pp. 185­188) 3. Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano Art. 1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden fundarse más que sobre la utilidad común. Art. 2. El objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Art. 3. El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo ni individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella. Art. 4. La libertad consiste en poder ejercer todo aquello que no dañe a otro; por tanto, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros limites que los que aseguren a los demás miembros de la sociedad el disfrute de estos mismos derechos. Estos límites no pueden ser determinados más que por la ley (...). Art. 6. La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir personalmente o por medio de sus representantes, a su formación. La ley debe ser idéntica para todos, tanto para proteger como para castigar. Siendo todos los ciudadanos iguales ante sus ojos, son igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad y sin otra distinción que la de sus virtudes y talentos (...). Art. 11. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los más preciosos derechos del hombre. Todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir, imprimir libremente, salvo la obligación a responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley (...) Art. 16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución. Art. 17. Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y bajo la condición de una indemnización justa y previa. (Asamblea Nacional Francesa, agosto 1789)
3 4. Los propósitos del bloqueo continental No deben, hermano mío, trabajar los príncipes al día: hay que mirar al porvenir. ¿Cuál es hoy el estado de Europa? De una parte, Inglaterra, que ejerce un dominio al que hasta ahora el mundo entero ha tenido que someterse; de otro lado, el Imperio francés y las poblaciones continentales que, con toda la fuerza de su unión, no pueden resignarse a este tipo de supremacía que ejerce Inglaterra. Estas potencias tenían también colonias, un comercio marítimo; poseen una extensión de costas muy superior a la de Inglaterra. Están desunidas; Inglaterra ha combatido separadamente sus marinas, ha vencido en todos los mares; todas las marinas han sido destruidas. Rusia Suecia, España, Francia, que tantos medios tienen para poseer navíos y marinería, no se atreven a arriesgar una escuadra fuera de sus radas. No es, por tanto, mediante una confederación de las potencias marítimas, confederación que además no podría mantenerse a causa de las distancias y de los intereses enfrentados, como Europa puede conseguir su liberación marítima y un sistema de paz que sólo podría establecerse por la voluntad de Inglaterra. Yo deseo esta paz por todos los medios conciliables con la dignidad de Francia; la deseo al precio de todos los sacrificios que pueda permitir el honor nacional. Cada vez siento que es más necesaria; los príncipes del continente la desean tanto o más que yo; no tengo contra Inglaterra ni apasionada prevención, ni invencible odio. Los ingleses han practicado contra mí un sistema de rechazo; lejos de lo que suponen mis adversarios, yo he adoptado el sistema continental menos por envidiosa ambición que para obligar al gobierno inglés a acabar de una vez por todas con esa su actitud hacia nosotros. Poco me importa que Inglaterra sea rica y próspera, siempre que Francia y sus aliados lo sean también como ella. Así pues, el sistema continental no persigue otra finalidad que la de avanzar hacia una época en que el derecho público se vea definitivamente asentado tanto para el Imperio como para Europa. Los soberanos del Norte mantienen severamente el régimen prohibitivo; su comercio ha ganado de forma significativa; las fábricas de Prusia pueden rivalizar con las nuestras. Sabes que Francia y el litoral que hoy forma parte del Imperio desde el golfo de Lyon hasta los confines del Adriático están absolutamente cerrados a los productos de la industria extranjera. En los asuntos de España voy a adoptar medidas que tendrán por resultado quitar Portugal a los ingleses y poner bajo el control de la política francesa las costas que posee España sobre los dos mares. Todo el litoral de Europa quedará cerrado a los ingleses. Algunos años más de paciencia, e Inglaterra deseará la paz tanto como nosotros (...). (NAPOLEÓN, Correspondence. En A. Latreille. L’ère napoléonienne. París: A. Collin, 1974. Citado en VV.AA. Historia universal
4 contemporánea. Guía de estudio. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces, 1993, pp. 54­55) Bibliografía básica: CANALES, E. Guerra y paz en Europa (1799­1815). La era napoleónica. Madrid, EUDEMA, 1993. HOBSBAWN, E. J. La era de la revolución (1789­1848). Barcelona: Guadarrama, 1991. MARTÍNEZ DE VELASCO, A. Las revoluciones industriales. Madrid: Santillana, 1997. MCPHEE, P. La revolución francesa, 1789­1799. Bacelona: Crítica, 2003. Bibliografía complementaria: APARISI, A. La revolución norteamericana. Aproximación a sus orígenes ideológicos. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1995. ASHTON, T. S. La revolución industrial, 1750­1830. México: Fondo de Cultura Económica, 1950. BALDÓ LACOMBA, M. La revolución industrial. Madrid: Síntesis, 1993. BERG, M. La era de las manufacturas, 1700­1820. Una nueva historia de la revolución industrial británica. Barcelona: Crítica, 1987. CASTELLS, I. La Revolución Francesa (1789­1799). Madrid: Síntesis, 1997. COBBAN, A. La interpretación social de la revolución francesa. Madrid: Alianza, 1976. DEANE, Ph. La primera revolución industrial. Barcelona: Península, 1991. ESCUDERO, A. La Revolución Industrial. Madrid: Anaya, 1988. FORD, F. Europa 1780­1830. Madrid: Aguilar, 1973. FURET, F. y RICHET, D. La revolución francesa. Madrid: Rialp, 1988. GARCÍA MONERRIS, E. y SERNA ALONSO, J. La crisis del Antiguo Régimen y los absolutismos. Madrid: Síntesis, 1993. GODECHOT, J. Las revoluciones, 1779­1799. Barcelona, Labor: 1969. GONZÁLEZ­PACHECO, A. La Revolución francesa (1789­1799). Barcelona: Ariel, 1998. GOUBERT, P. El Antiguo Régimen. Madrid: Siglo XXI, 1979, 2 v. HAZARD, P. El pensamiento europeo en el siglo XVIII. Madrid: Alianza, 1985. HILTON, R. (ed.). La transición del feudalismo al capitalismo. Barcelona: Crítica, 1987. HOBSBAWM, E. J. Los ecos de la marsellesa. Barcelona: Crítica, 1992 –– En torno a los orígenes de la revolución industrial. Madrid: Siglo XXI, 1988. KOSSOK, M.; SOBOUL, A. (et al.). Las revoluciones burguesas. Problemas teóricos. Barcelona: Crítica, 1983. LABROUSSE, E. Fluctuaciones económicas e historia social. Madrid: Tecnos, 1973.
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6 completa de oficiales y suboficiales. No son sólamente esclavos de la clase burguesa, del Estado burgués, sino diariamente, a todas horas, esclavos de la máquina, del capataz, y, sobre todo, del patrón de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro. Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo de la industria moderna, mayor es la proporción en que le trabajo de los hombres es suplantado por el des las mujeres y los niños. Por lo que respecta a la clase obrera, las diferencias de edad y sexo pierden toda significación social. No hay más que instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y el sexo. Una vez que le obrero ha sufrido la explotación del fabricante y ha recibido su salario en metálico se convierte en víctima de otros elementos de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.” (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Londres, 1848, en Obras escogidas, Madrid, Akal, 1975, pp. 28­29.) LA I DEOLOGÍ A LI BERAL “El liberalismo se convierte en un sistema que preconiza como principio y como posibilidad de desarrollo del individuo la libertad, y que ofrece como programa de toda organización social el uso de esta libertad. Esta filosofía se basa en la creencia incondicional en los derechos que el individuo disfruta como hombre (...) Así, la personalidad del liberalismo se precisa en una filosofía social, una doctrina política para la cual el hecho fundamental reside en los derechos naturales del hombre, por oposición a sus deberes y para la cual la misión del estado consiste en proteger o en salvaguardar esos mismos derechos (...) Pero, de forma más positiva, paree que es el campo económico el que constituye el terreno por excelencia de la actividad humana y de afirmación individual. El liberalismo se propone, entonces, como objeto, la creación de una sociedad donde cada hombre tiene libremente acceso a las oportunidades económicas que puede utilizar y donde puede disfrutar de las riquezas creadas por su trabajo. La única regla y principio es la fórmula de la libre competencia.” (Fragmentos extraídos de A. Vachet: La ideología liberal. Madrid, Fundamentos, 1972, en TUSELL (y otros): Historia del mundo contemporáneo..., p. 88)
7 Bibliografía básica: CHÂTELET, F. y G. MAIRET (ed.). Historia de las ideologías. Madrid: Akal, 1989. FRADERA, J. M. y MILLÁN, J. Las burguesías europeas del siglo XIX. Sociedad civil, política y cultura. Madrid/Valencia: Biblioteca Nueva/Universitat de València, 2000. HEFFER, J. y SERMAN, W. Historia contemporánea I: el siglo XIX. De las revoluciones a los imperialismos, 1815­1914. Madrid, Akal, 1988. HOBSBAWN, E. J. La era de la revolución (1789­1848). Barcelona: Guadarrama, 1991. Bibliografía complementaria: BLAS GUERRERO, A. de. Nacionalismo e ideologías políticas contemporáneas. Madrid: Espasa­Calpe, 1984. BRAVO, G. M.: Historia del socialismo, 1789­1848. El pensamiento socialista antes de Marx. Barcelona, Ariel, 1976. DÍEZ DEL CORRAL, L. El liberalismo doctrinario. Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1973. ENGELS, F. La situación de la clase obrera en Inglaterra. Barcelona: Júcar, 1980. HOBSBAWM, E. J. El mundo del trabajo. Estudios históricos sobre la formación y evolución de la clase obrera. Barcelona: Crítica, 1987. JONES, G. S. Lenguajes de clase. Estudios sobre la historia de la clase obrera inglesa. Madrid: Siglo XXI, 1989. L’HOMME, J. La gran burguesía en el poder, 1830­1880. Barcelona: Lorenzana, 1965. MAYER, A. La persistencia del Antiguo Régimen. Europa hasta la gran guerra. Madrid: Alianza, 1986. MORAZÉ, Ch. El apogeo de la burguesía en el siglo XIX. Barcelona: Labor, 1965. SABINE, G. Historia de la teoría política. México: Fondo de Cultura Económica, 1996 (3ª ed.). TAYLOR, A. J. (ed.). El nivel de vida en Gran Bretaña durante la revolución industrial. Madrid: Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1985. TIMOTEO ÁLVAREZ, J. Del viejo orden informativo. Introducción a la historia de la comunicación, la información y la propaganda en Occidente, desde sus orígenes hasta 1880. Madrid: Actas, 1998. TOUCHARD, J. Historia de las ideas políticas. Madrid: Tecnos, 1981. WRIGLEY, E. A. Gentes, ciudades y riqueza. La transformación de la sociedad tradicional. Barcelona: Crítica, 1992. 3. CONTRARREVOLUCI ÓN Y OLEADAS LI BERALES­NACI ONALES (1815­1848) REVOLUCI ONARI AS TRATADO DE LA CUÁDRUP LE ALI ANZA. P ARÍ S. 20­XI ­ 1815 En nombre de la muy Santa e Indivisible Trinidad.
8 Habiendo sido felizmente alcanzado el propósito de la alianza concluida en Viena el 25 de marzo de 1815, mediante el restablecimiento en Francia el orden de cosas que el último intento criminal de Napoléon Bonaparte había momentáneamente subvertido; SS.MM. el Rey del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, el Emperador de Austria, Rey de Hungría y Bohemia, el Emperador de Todas las Rusias y el Rey de Prusia, considerando que la tranquilidad de Europa está relacionada en forma esencial con la confirmación del orden de cosas fundado en el mantenimiento de la autoridad real y de la constitución, y deseando utilizar todos sus medios para impedir que la tranquilidad general ­objeto de los deseos de la humanidad y el fin constante de sus esfuerzos­, sea de nuevo perturbada, deseosos además, de estrechar los lazos que los unen por el interés común de su pueblo, han resuelto dar a los principios solemnemente establecidos en los tratados de Chaumont del 1 de marzo de 1814, y de Viena del 25 de marzo de 1815, la aplicación más análoga posible a la presente situación. y fijar por anticipado mediante un tratado solemne, los principios que ellos se proponen seguir, para garantizar a Europa contra los peligros que todavía pueden amenazarla; para cuyo propósito las Altas Partes contratantes han designado para discutir, establecer y firmar las condiciones de este tratado, a saber: Artículo II Las Altas Partes contratantes habiéndose comprometido en la guerra que acaba de terminar, con el propósito de mantener en forma inviolable los acuerdos a que se llegó en París el pasado año. por la seguridad e interés de Europa, han juzgado aconsejable renovar dichos acuerdos mediante la presente acta, y confirmarlos como mutuamente obligatorios, sujetos a las modificaciones contenidas en el Tratado firmado ese día con los plenipotenciarios de su muy Cristiana Majestad, y particularmente aquéllos por los cuales Napoleón Bonaparte y su familia, según los términos del Tratado de 11 de abril de 1814, han sido excluidos para siempre del poder supremo en Francia, exclusión que las potencias contratantes se obligan a mantener en pleno vigor, y, si necesario fuera, con la totalidad de sus fuerzas. Y como los mismos principios revolucionarios que mantuvo la pasada usurpación criminal pudieran de nuevo bajo otras formas, convulsionar Francia, y por ahí poner en peligro la tranquilidad de otros Estados; bajo estas circunstancias las Altas Partes contratantes, solemnemente admiten que es su deber redoblar la vigilancia para la tranquilidad y el interés de su pueblo, y se comprometen, en caso de que un acontecimiento tan desgraciado se presentara de nuevo, a ponerse de acuerdo entre ellas, y con su muy Cristiana Majestad, para aplicar las medidas que pudieran juzgar necesarias para la seguridad de sus respectivos Estados, y para la tranquilidad general de Europa. Artículo VI. Para facilitar y asegurar la ejecución del presente tratado (...), las Altas Partes contratantes han acordado celebrar sus reuniones de nuevo, en períodos fijados, (...) con el propósito de celebrar consultas respecto a sus intereses comunes, y para determinar las medidas que en cada uno de esos períodos sean consideradas más saludables para la tranquilidad y la prosperidad de las naciones y para el mantenimiento de la paz de Europa. (SEARA VÁZQUEZ, M. Del Congreso de Viena a la Paz de Versalles. México: U.A.M., 1969, pp. 44­47.)
9 EL JURAMENTO CARBONARIO
Yo, N. N. prometo y juro sobre los estatutos generales de la orden y sobre esta hoja acerada, instrumento vengador de los perjuros, guardar escrupulosamente el secreto del carbonarismo; juro asimismo no escribir ni grabar ni pintar cosa alguna que a él se refiera sin haber obtenido autorización escrita. Juro ayudar a mis Buenos Primos en caso de necesidad en la medida de mis posibilidades, y no intentar nunca nada contra el honor de sus familias. Consiento y espero, si cometo perjurio, que mi cuerpo sea cortado en pedazos, quemado luego y que mis cenizas sean aventadas para que mi nombre se convierta en objeto de la execración de los Buenos Primos por toda la tierra. Asístame Dios. (Memors of the Secret Societies of the South of Italy. 1821. En J. Mira, D. Arias y L. Esteban. Documentos de historia del mundo contemporáneo. Madrid: Alhambra, 1986, p. 51) EL 48 EN FRANCI A. P RESENTACI ÓN DE LA REP ÚBLI CA FRANCESA A EUROP A La Revolución francesa acaba de entrar, de esta manera, en un período definitivo. Francia es una República: la República Francesa no tiene necesidad de ser reconocida para existir. Es de derecho natural, es de derecho nacional (...) Sin embargo, la República Francesa desea entrar en la familia de los gobiernos instituidos como una potencia normal, y no como un fenómeno perturbador del orden europeo (...). La proclamación de la República Francesa no es un acto de agresión contra ninguna forma de gobierno del mundo. Las formas de gobierno tienen diversidades tan legítimas como las diversidades de carácter, de situación geográfica y de desarrollo intelectual, moral y material de los pueblos. Las naciones tienen como los individuos, edades diferentes. Los principios que las rigen tienen fases sucesivas. Los gobiernos monárquicos, aristocráticos, constitucionales, republicanos, son la expresión de estos diferentes grados de madurez del genio de los pueblos (...). La guerra no es, pues, el principio de la República Francesa, como fue fatal y gloriosa necesidad en 1792. En 1792 la libertad era una novedad, la igualdad era un escándalo, la República era un problema (...). La democracia hacía temblar los tronos y los fundamentos de las sociedades. Hoy, los tronos y los pueblos están habituados a la palabra, a las formas, a las agitaciones regulares de la libertad ejercida en proporciones diversas en casi todos los Estados, incluso los monárquicos. Están habituados a la República, que tiene su forma completa entre las naciones más maduras. Han reconocido que existe una libertad conservadora (...). El pensamiento de los hombres que gobiernan en este momento Francia es éste: feliz Francia, si se le declara la guerra, y si se le obliga así a engrandecerse en poder y en gloria, a pesar de su modernización. Responsabilidad terrible para Francia, si es la República la que declara la guerra sin ser provocada (...).
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Los Tratados de 1815 no existen legalmente a los ojos de la República Francesa; sin embargo, las circunscripciones territoriales de esos Tratados son un hecho que admite como base y como punto de partida en sus relaciones con las otras naciones (...). También, nosotros lo decimos muy en alto, si la hora de la reconstrucción de algunas nacionalidades oprimidas en Europa o en otra parte nos parece haber sonado en los decretos de la Providencia; si Suiza, nuestra fiel aliada desde Francisco 1, está apremiada y amenazada en el movimiento de crecimiento que ella realiza en sí misma para prestar una fuerza mayor al haz de los gobiernos democráticos; silos Estados independientes de Italia son invadidos; si se les imponen límites u obstáculos a sus transformaciones internas; si se les niega por la fuerza armada el derecho de aliarse entre ellos para consolidar una patria italiana, la República Francesa se creerá en el derecho de armarse para proteger estos movimientos legítimos de crecimiento y de nacionalismo de los pueblos. La República (...) ha atravesado de un primer paso la era de las proscripciones y de las dictaduras. Está decidida a no violar jamás la libertad en el interior. Está decidida igualmente a no violar jamás su principio democrático en el exterior [...] (A. de LAMARTINE: Manifiesto a Europa, París, 4 de marzo de 1848. En VOILLIAR, O. y otros: Documents d'histoire, 1776­1850. París, Armand Colin, 1964, pp. 232­234.) LA REVOLUCI ÓN EN ROMA, 1849 ¡Romanos! Una intervención extranjera amenaza el territorio de la república. Un núcleo de soldados franceses se ha presentado ante Civitavecchia. Cualquiera que sea la intención, la salvaguardia del principio libremente asumido por el pueblo, el derecho de las naciones, el honor del nombre Romano obligan a la República a resistir. La República resistirá. Es necesario que el pueblo demuestre a Francia y al mundo que no es un pueblo de niños, sino un pueblo de hombres y de hombres que en un tiempo dieron leyes y civilizaron a Europa. Es necesario que nadie pueda decir: «los romanos quisieron pero no pudieron ser libres» (...) El pueblo lo demostrará, quien piense de otra forma deshonra al pueblo y traiciona a la patria (...) Ciudadanos, apretaos en torno a nosotros, Dios y el pueblo, las leyes y la fuerza triunfarán. 25 abril 1849. (G. Mazzini. Política de economía. Milano: Sonzogno, 1897, t. II, pp. 63­64. En J. Mira, D. Arias y L. Esteban. Documentos de historia del mundo.., p. 62) Bibliografía básica: BERGERON, L.; FURET, F. y KOSELLEK, R. La época de las revoluciones europeas, 1780­1848. Madrid: Siglo XXI, 1983.
11 DROZ, J. Europa: Restauración y Revolución, 1815­1848. Madrid: Siglo XXI, 1988. HOBSBAWN, E. J. La era de la revolución (1789­1848). Barcelona: Guadarrama, 1991. Bibliografía complementaria: BERTIER DE SAUVIGNY, G. de. La Restauración. Madrid: Pegaso, 1980. CABEZA SÁNCHEZ­ALBORNOZ, S. Los movimientos revolucionarios de 1820, 1830 y 1848 en sus documentos. Barcelona: Ariel, 1998. CORTÉS SALINAS, C. Restauración y primeras oleadas revolucionarias (1815­1830). Madrid: Akal, 1984 HIJANO PÉREZ, Mª A. Los ciclos revolucionarios (1820­1830­1848). Madrid: EUDEMA, 1992. MACPHERSON, C. B. Burke. Madrid: Alianza, 1984. NICOLSON, H. El Congreso de Viena. Madrid: Sarpe, 1985. JUARRANZ DE LA FUENTE, J. Las Revoluciones de 1848. Madrid: Akal, 1984. KISSINGER, H. A. Un mundo restaurado. La política del conservadurismo en una época revolucionaria. México: FCE, 1973. PONTEIL, F. La revolución de 1848. Madrid: ZYX, 1966. POUTHAS, Ch. El cenit del poder europeo, 1830­1870. Barcelona: 1971, (v. X de Historia del mundo moderno, Cambridge). SIGMANN, J. Las revoluciones románticas y democráticas de Europa. Madrid: Siglo XXI, 1977. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/restauryrevlib.htm http://www.historiasiglo20.org/enlaces/nacionalismos.htm 4. DESARROLLO DEL CAP I TALI SM O Y P OLARI ZACI ÓN SOCI AL. EL I NTERNACI ONALI SM O P ROLETARI O Y LA AUTOCOMP LACENCI A BURGUESA EL SOCI ALI SM O. LUCHA DE CLASES Y DI CTADURA DEL P ROLETARI ADO “...Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cualquier clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime, al mismo tiempo que estas relaciones de producción, las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y por tanto, su propia dominación como clase”. (Marx: El manifiesto comunista, en TUSELL (y otros): Historia del mundo contemporáneo..., p. 90)
12 EL ANARQUI SM O “Sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres (...) de modo, pues, que cuantos más sean los hombres libres que me rodean y más profunda y amplia sea su libertad, más extensa, profunda y amplia lo será mía...; sólo puedo decirme verdaderamente libre cuando mi libertad, o, lo que es lo mismo, cuando mi dignidad de hombre, mi derecho humano, reflexionados por la conciencia igualmente libre de todos, vuelven a mí confirmados por el asentimiento de todo el mundo”. “El Estado ha sido siempre el patrimonio de una clase privilegiada cualquiera: clase sacerdotal, clase nobiliaria, clase burguesa. Clase burocrática, en fin, cuando el Estado, habiéndose agotado todas las otras clases, cae o se eleva, como se quiera, a la condición de máquina”. “La base de toda la organización política de un país debe ser la comuna absolutamente autónoma, siempre representada por la mayoría de los sufragios de todos los habitantes mayores, hombres y mujeres con igual título”. “Cada país, cada nación, cada pueblo –pequeño o grande, débil o fuerte—, cada región, cada provincia y cada comuna tienen el derecho absoluto de disponer de su suerte, de determinar su propia existencia, de escoger sus alianzas, de unirse y separarse, de acuerdo con su voluntad y con sus necesidades y sin ningún miramiento para con los supuestos derechos históricos ni para con las necesidades políticas, comerciales o estratégicas de los Estados. La unión de las partes en un todo, para ser verdadera, fecunda y fuerte debe ser absolutamente libre. Únicamente debe resultar de las necesidades locales internas y de la mutua atracción de las partes, de las cuales éstas son jueces únicos”. (Bakunin, en TUSELL (y otros): Historia del mundo contemporáneo..., p. 90) LA I I NTERNACI ONAL. BAKUNI N CONTRA MARX «Marx es un comunista autoritario y centralista. Quiere lo que nosotros queremos: el triunfo de la igualdad económica y social, pero en el Estado y por la fuerza del Estado; por la dictadura de un Gobierno provisional, poderoso y, por decirlo así, despótico, esto es, por la negación de la libertad. Su ideal económico es el Estado convertido en el único propietario de la tierra y de todos los capitales, cultivando la primera por medio de asociaciones agrícolas, bien retribuidas y dirigidas por sus ingenieros civiles, y comanditando los segundos mediante asociaciones industriales y comerciales. Nosotros queremos ese mismo triunfo de la igualdad económica y social por la abolición del Estado y de todo cuanto se llame derecho jurídico que, según nosotros, es la negación permanente del derecho humano. Queremos la reconstrucción de la sociedad y la constitución de la unidad humana, no de arriba abajo por la vía de cualquier autoridad, sino de abajo arriba, por la federación de las asociaciones obreras de toda clase emancipadas del yugo del Estado Hay otra diferencia, esta vez muy personal, entre él y nosotros. Enemigos de todo absolutismo, tanto doctrinario como práctico, nosotros nos inclinamos con respeto no ante las teorías que no podemos aceptar
13 como verdaderas, sino ante el derecho de cada cual a seguir y propagar las suyas... No es éste el talante de Marx. Es tan absoluto en sus teorías, cuando puede, como en la práctica. A su inteligencia, verdaderamente eminente, une dos detestables defectos: es vanidoso y celoso. Le repelía Proudhon, tan sólo porque este gran nombre y su reputación tan legítima le hacían sombra. Marx ha escrito contra él las cosas más nefandas. Es personal hasta la demencia. Dice “mis ideas”, no queriendo comprender que las ideas no pertenecen a nadie, y que si uno busca bien encontrará que precisamente las mejores, las más grandes ideas, han sido siempre el producto del trabajo instintivo de todo el mundo; lo que pertenece al individuo no es más que la expresión, la forma... Marx es judío alemán, como muchos otros jefes y subjefes del mismo partido en Alemania. Desde este punto de vista, por otra parte, los mazzinianos comienzan a asemejarse a los marxistas. Se diría que todos los autoritarios se parecen». (Carta de Bakunin a Rubicone Nabruzzi, 23­VII­1872. En Jacques Droz. Historia del socialismo. Barcelona, 1977, pp. 34­35)
14 Bibliografía básica: HOBSBAWM, E. La era del capitalismo (1848­1875). Barcelona: Labor, 1990. MOSSE, G. L. La cultura europea del siglo XIX. Barcelona: Ariel, 1997. PALMADE, G. (comp.). La época de la burguesía. Madrid: Siglo XXI, 1985. Bibliografía complementaria: ABAD, F. Literatura e historia de las mentalidades. Madrid: Cátedra, 1987. ANSART, P. Marx y el anarquismo. Barcelona: Barral, 1972. BERNAL, J. D. Historia social de la ciencia. Barcelona: Península, 1979. 2 v. BOURDIEU, P. Usos sociales de las ciencias. Buenos Aires: Manantial, 2000. COLE, G. D. H. Historia del pensamiento socialista. II. Marxismo y Anarquismo (1850­1890). México: FCE, 1964. GRASA HERNÁNDEZ, R. El evolucionismo: de Darwin a la sociobiología. Madrid: Cincel, 1988 KOLAKOWSKI, L. La filosofía positivista. Madrid: Cátedra, 1988. 3ª ed. LICHTHEIM, G. El marxismo. Un estudio histórico y crítico. Barcelona: Anagrama, 1971. MARX, K y ENGELS, F. El manifiesto comunista. Barcelona: El Viejo Topo, 1997. 2ª ed. MILWARD, A. S. y SAUL, S. B. El desarrollo económico de la Europa continental. Los países adelantados, 1780­1870. Madrid: Tecnos, 1974. POLLARD, S. La conquista pacífica. La industrialización de Europa 1760­1970. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 1991. REALE, C. y ANTISERI, D. Historia del pensamiento filosófico y científico. III. Del romanticismo hasta hoy. Barcelona: Herder, 1988. VILAR, P.; NADAL, J.; CAMERON, R.; MATHIAS, P. y KELLENBENZ, H. La industrialización europea. Estadios y tipos. Barcelona: Crítica, 1981. 5. LOS ESTADOS­NACI ÓN Y LOS SI STEM AS DE P ODER EL TRI UNFO DEL LI BERALI SM O “Durante treinta años los monarcas y estadistas de Viena se esforzaron por dar paz y estabilidad a Europa. Aunque los tratados de 1815 sufrieron modificaciones de detalle, soportaron la prueba del tiempo extraordinariamente bien. El problema de adaptar las respectivas políticas internas a las necesidades de una sociedad cambiante se mostró mucho más difícil. El cambio social más lento se produjo en Rusia, donde la represión provocaba escasas protestas. En completo contraste, el cambio más rápido se produjo en Gran Bretaña, pero las políticas reformistas de largo alcance de los whigs y de los tories durante las décadas de 1830 y 1840 contuvieron las tensiones sociales y evitaron los estallidos de violencia. En el resto del continente europeo, durante el año de 1848, se produjo una ruptura masiva de la coherencia social y del gobierno (...) Las tres décadas que siguieron a 1848 fueron un período de reforma, de reforma autoritaria desde arriba. En todos los países, salvo en Rusia, el período concluye con la transformación de los gobiernos más o menos
15 autocráticos en constitucionales. Antes de 1848, las asambleas parlamentarias dignas de este nombre constituían más bien la excepción que la regla. Francia y Gran Bretaña eran los principales Estados constitucionales de Europa. A partir de 1878, la participación de los parlamentos elegidos fue prácticamente reconocida en todas partes, excepto Rusia, como un elemento indispensable de buen gobierno (...) Esta evolución general señala el triunfo del liberalismo europeo. Por eso es bastante absurdo hablar en términos generales de su fracaso. El “liberalismo” de mediados del siglo XIX no debe confundirse con nuestra definición actual. Los liberales del siglo XIX buscaban un justo equilibrio. Querían evitar la tiranía de las masas, que consideraban tan destructiva como la tiranía de los monarcas (...) Los liberales derrotaron el programa cartista de “un hombre, un voto” en Gran Bretaña. En Prusia eran los conservadores como Bismarck y en Francia Napoleón III quienes deseaban limitar el poder de los liberales ofreciendo el sufragio masculino a las masas. Los liberales luchaban por un parlamento eficaz que reflejara los intereses de todo el pueblo, pero nadie esperaba que los pobres y los incultos comprendieran cuáles eran sus propios intereses; estarían representados por los miembros ilustrados, más cultos y prósperos, de la sociedad. Con respecto a la cuestión del sufragio, las ideas del liberalismo cambiaron durante el curso del siglo XIX pero, en un aspecto, los principios del liberalismo abogaban por las libertades que todavía se defienden en el siglo XX. Son éstas las libertades básicas del individuo, rico o pobre, desde el monarca hasta el más humilde ciudadano (...) (GRENVILLE, J.A.S. La Europa remodelada, 1848­1878. Madrid: Siglo XXI, 1984, pp. 4­6) LOS ORÍ GENES HI STÓRI COS DEL P ROBLEM A I RLANDÉS La isla de Irlanda había quedado bajo soberanía inglesa desde el s. XII, con Dublín como centro administrativo y parlamento independiente, aunque sin llegar a dominar totalmente un territorio en el que la población se había ido mezclando sin demasiados problemas y que quedó sometido a una guerra endémica entre los distintos señores gaélicos y anglo­irlandeses con diferente lealtad a la corona inglesa, que redujeron el control del rey de Inglaterra a principios del siglo XV a la ciudad de Dublín y sus alrededores (el Pale o empalizada, por estar protegida esta zona por zanjas ante el asedio de los jefes gaélicos). Para ampliar el control político inglés de Irlanda, Enrique VIII asumió el titulo de Rey de Irlanda e intentó imponer el anglicanismo, lo que chocó contra la mayoritaria confesionalidad católica de los irlandeses y profundizó aún más la mutua animosidad. Se empezaba así a disfrazar de raíces religiosas lo que, en realidad, era un conflicto de tipo político. La animadversión subió de tono cuando Isabel I incrementó los soldados ingleses en la isla (con el fin de neutralizar a los gobernantes nativos ante la inminente invasión de la Armada española) mientras fomentaba su colonización (plantation), otorgando propiedades a los ingleses y escoceses protestantes que se establecieran allí. Si la definitiva conquista de Irlanda por los ingleses se completó en torno a 1585 en Leinster, Munster y
16 Connacht, sin embargo, en el N.O. (Ulster), la resistencia a las tropas inglesas aún perduró hasta principios del XVII. Pues bien, en represalia a la feroz resistencia del Ulster, la colonización inglesa tomó una forma más dramática, arrebatando la tierra a los católicos irlandeses y entregándosela a nuevos colonos protestantes (presbiterianos escoceses en su mayoría), que impusieron pautas sociales diferentes al resto de la isla y controlaron mayoritariamente la propiedad de la tierra. Esta injusta situación (no sólo política sino fundamentalmente de índole social y económica, aunque revestida de una fachada religiosa) provocó una revuelta de los católicos en 1641 que, desde el Ulster se extendió al resto de Irlanda; iniciada con la finalidad de recuperar sus tierras, los rebeldes católicos acabaron provocando una masacre de colonos protestantes que encontró la respuesta sangrienta de tropas inglesas comandadas por Oliver Cronwell, que recibió por ello el título de lord protector. El resultado fue el contrario del previsto, pues se emprendieron nuevas confiscaciones de tierras que consolidaron una clase alta de terratenientes protestantes (mayoritariamente presbiterianos en el Ulster y anglicanos en el resto de la isla) que acentuó aún más la división entre una Irlanda católica y otra protestante. A fines del XVII, los protestantes (apenas un 20% de la población de la isla) poseían ya el 86% de la tierra, mientras los católicos irlandeses se veían condenados a trabajar las tierras de sus colonizadores y pagar por ello altos arriendos. Por ello, el acceso al trono inglés del católico Jacobo II en 1685 abrió unas esperanzas de cambio entre los católicos irlandeses que, no obstante, perdieron poco después, tras la derrota militar del monarca católico ante el protestante Guillermo de Orange en la batalla del Boyne (1690), lo que convirtió a éste en nuevo rey en 1691 y en un mito para los unionistas de nuestros días. De hecho, una asociación político­ religiosa como la Orden de Orange (fundada en 1795, a causa de enfrentamientos violentos en el condado de Armagh por la situación agraria y que debe su nombre a esta victoria orangista), de gran influjo sobre la actual comunidad unionista del Ulster, rememora esta batalla cada 12 de julio en un alarde de superioridad frente a los católicos que, en los últimos años, está causando disturbios y la prohibición de la marcha orangista. Tras la victoria orangista, el protestantismo se hizo consustancial con el carácter nacional británico y, en consecuencia, se pretendió imponer también en Irlanda. Su parlamento quedó dominado por los protestantes y se introdujo una legislación represiva (conocidas como las leyes penales) contra el poder económico y social de los católicos (a los que se prohibía comprar tierras, ocupar puestos en el parlamento y el gobierno así como practicar el culto católico). No debe extrañar, por tanto, que a la altura de 1778 los católicos apenas poseyeran un 5% de las tierras, reflejo de una hegemonía económica y política protestante injustificable para los católicos pero defendida por los protestantes como necesaria para su supervivencia y que, en definitiva, remarca aún más el núcleo del problema, sólo tangencialmente religioso. Coincidiendo con la independencia norteamericana (y ante la necesidad de ganarse las adhesiones necesarias para mantener el imperio) los políticos británicos abolieron entre 1778 y 1782 las leyes restrictivas
17 respecto al acceso a la propiedad y en 1793, cuando los aires revolucionarios que llegaban de Francia podían contagiar a los irlandeses, otorgaron el voto a los católicos (aunque aún quedaron excluidos del poder legislativo, judicial y de la alta administración del Estado al menos hasta el bill del tests de 1829). Precisamente en los años en que se asistía a la consolidación de la revolución francesa, estaba madurando un movimiento irlandés de corte mesocrático e interconfesional (la Asociación de los Irlandesde Unidos, United Irishment), liderada por el joven abogado protestante Theobald Wolfe Tone, que más allá de considerar insuficientes las concesiones mencionadas llegaba a propugnar la ruptura de los lazos con Inglaterra, a la que se culpaba de los males políticos irlandeses. En 1798, el mismo año en que los británicos encabezaban la segunda coalición contra la República francesa (bajo la forma ahora de Directorio) este padre del nacionalismo irlandés impulsó una nueva rebelión cuya represión por las tropas británicas dejó aparcado durante un tiempo el proyecto de un patriotismo irlandés superador de los antagonismos religiosos. Aunque el fracaso de la rebelión elevó desde entonces a Tone (que se suicidó antes de ser ajusticiado) a la categoría de mito para el republicanismo irlandés, sus ecos tuvieron una doble lectura para los británicos. Desde una perspectiva interna, la cuestión irlandesa devino en un asunto de política doméstica, mientras progresaba la anglicización cultural de la isla, al convertirse ésta en parte integrante del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y, por tanto, de la corona británica, merced al Acta de Unión desde el 1 de enero de 1801, tras haberse fusionado el año anterior los parlamentos irlandés y británico en uno solo. Y, por otro lado, desde el ámbito de las relaciones exteriores, consolidó la posición antifrancesa de la diplomacia británica desde los años republicanos hasta la época napoleónica con el fin de aislar a la isla del contagio revolucionario. LAS CONTROVERSI AS HI STORI OGRÁFI CAS ACERCA DEL RI SORGI M ENTO El Risorgimento es un término que, en la segunda mitad del XVIII, se hacía sinónimo de Rinascimento de la cultura italiana pero que, como resume GUICHONNET, pasó a significar el “impulso unificador” desde que el piamontés Vittorio Alfieri popularizó el término. Desde entonces, aplicado como impulso que tiende a formar un Estado nacional unitario (a partir de una serie de territorios dispersos) ha protagonizado buena parte de los debates historiográficos y políticos (y politizado la historiografía) desde el propio nacimiento del Estado italiano. Ya desde el momento mismo del nacimiento del Reino de Italia, se inició una línea apologética y hagiográfica (Chiala, Bianchi, Castelli). Conformó una imagen idealizada que, de acuerdo con la línea moderada del liberalismo triunfante, equiparaba el proceso de construcción nacional a una especie de designio providencial, profundamente sentido en el conjunto de Italia y con raíces específicas. Esta interpretación se mantendrá en las obras escolares y de divulgación casi inalterable hasta el período de entreguerras. Será Alfredo Oriani quien empiece a cuestionar la línea apologética y difunda una imagen diferente, muy al gusto del nacionalismo agresivo de
18 principios del XX, que acusaba al Estado monárquico­moderado de haber traicionado, a través de su praxis política, el impulso patriótico y la grandeza nacional del Risorgimento. A partir de la interpretación orianesca surgieron dos líneas contrapuestas, que justificaban el fascismo o el antifascismo. La interpretación antifascista, surgida al hilo de la crisis del Estado liberal italiano, está basada en la tesis revolución fallida (mancata rivoluzione) de Piero Gobetti, al ser conducido el Risorgimento por hombres incapaces de conformar un Estado y una práctica política moderna. Gobetti inicia, por lo demás, una lectura en clave menos interna y más francesa, al atribuir un influjo determinante a la revolución francesa (revolución­madre) como punto de partida de la nueva Italia. Esta línea, que atribuye un hilo directo entre la revolución francesa y el impulso unificador será continuada por Gramsci y la historiografía marxista. En plena dictadura fascista, se vuelve a recuperar la imagen positiva del liberalismo postunitario por Adolfo Omodeo y, sobre todo, Benedetto Croce, que fundamenta la interpretación liberal moderada contraponiéndola a un juicio negativo sobre el fascismo a partir de la filosofía idealista. La crítica que Antonio Gramsci hizo tanto a la historiografía liberal como la orianesca (en sus cuadernos desde la cárcel) respondía a las necesidades de encauzar el PCI a partir de un análisis marxista­leninista de la revolución italiana y de criticar la obra política de la burguesía italiana desde el Risorgimento hasta la posguerra. Gramsci valoraba lo positivo de la etapa liberal y sus representantes pero colocó en el centro de sus críticas a la clase política dirigente y, sobre todo, a la incapacidad de Mazzini y de los demócratas (Partido de la Acción) para desarrollar una política “jacobina”, que hubiera conseguido el apoyo de los campesinos y contrarrestado la capacidad de los moderados por atraerse a las fuerzas conservadoras. Por tanto, marca las diferencias entre la Revolución Francesa y el Risorgimento tanto por no haber emprendido éste un proceso de transformación estructural del campo como por haber acentuado el desequilibrio económico­social entre las zonas más y menos desarrolladas y justificando el fracaso de la revolución democrática por la falta de una transformación agraria. La publicación de los escritos gramscianos sobre el Risorgimento estimuló una interpretación historiográfica marxista que, de la mano de Emilio Sereni trasladó las críticas desde los factores políticos a los económicos y sociales, a partir de su análisis del Risorgimento como una forma específica de revolución burguesa y de formación del mercado nacional. Desde la historiografía idealista, Croce y Chabod tacharon de anacrónica la tesis de la “revolución agraria faltante” de Gramsci, al proyectar un problema fundamental en su época (como el agrario y la movilización campesina) al siglo XIX. Y Rosario Romeo fue más allá, al afirmar que, precisamente por no haberse emprendido una revolución agraria similar a la francesa, es por lo que fue posible la acumulación capitalista que propició el capitalismo industrial italiano, que situaba en las dos décadas postunitarias. La interpretación de Romeo motivó las réplicas tanto de marxistas como Candeloro (que llegó a negar que Gramsci hubiera usado el término “revolución agraria”, sino más bien “una acción sobre los campesinos) o Zangheri como de un anticomunista como Gerschenkron,
19 que retrasó el lanzamiento de la gran industria a fines del XIX y principios del XX, dando origen al conocido debate Romeo/Gerschenkron. A partir de aquí, el debate historiográfico sobre el Risorgimento (fuertemente politizado) se interconectó con el retraso del proceso industrializador italiano, con el papel de la burguesía en su resultado insatisfactorio y con la fragilidad institucional, económica y política del Reino de Italia (ambos se analizarán con más detalle a lo largo de esta lección). Además de cuestionarse el impulso unificador, considerado más bien un espejismo creado por los dirigentes postunitarios, el Risorgimento fue enfocado además de como una manifestación liberal y nacionalista, también como una forma específica de revolución burguesa e industrial. Pero el tratamiento del problema nacional italiano se empezó a enfocar de manera diferente al entrar en crisis los grandes paradigmas, que en caso italiano eran el idealista y el marxista. El diálogo con otras ciencias sociales (y, en especial, la antropología, la sociología y la politología) ha dado lugar a un interés creciente por el tema del carácter de los italianos (entendido por Bollati como la imagen de sí que la nación trató de enseñar desde el proceso de unificación) y, sobre todo, de la identidad nacional (Lanaro y R. Putnam, entre otros), que ha trasladado el punto de mira hacia el ámbito de la legitimación del sistema político y la construcción de la ciudadanía política. LA EXP EDI CI ÓN DE GARI BALDI “Cuando llegué a Génova en los primeros días del mes de Agosto de 1860, mi primera impresión fue de sorpresa, pues la expedición de Garibaldi a la que quería unirme, se reclutaba sin ningún misterio. Sustraída, por así decir, a la acción del Gobierno de Turín, Génova parecía una especie de Plaza de armas de donde el dictador sacaba para Sicilia las armas y las municiones que necesitaba. Es justo añadir que cuando el Ministerio piamontés, tratando de oponerse a la partida de la falange que iba a desembarcar en Marsala, había pedido al gobierno militar de Génova, si podía contar con sus tropas, éste respondió que a la primera señal de Garibaldi todos los soldados del ejército sardo desertarían para seguirle. En este estado de cosas, lo mejor era abstenerse, cerrar los ojos y expresar en notas diplomáticas quejas que quizá apenas se podían probar... Los voluntarios, reconocibles por su camisa roja, marchaban ruidosamente por las estrechas calles de Génova al redoble de tambores...; en el puerto, los barcos de vapor calentaban los motores, mientras se cargaban las tropas, y quienes partían para su destino en tanto que voluntarios lanzaban este grito de unidad que debía conquistar un reino: Viva Italia toda y una... Cada provincia se honraba de enviar soldados para unirse a la expedición liberadora; los viejos odios provinciales, los amores propios municipales, que antaño habían hecho tanto daño a la nación italiana, se olvidaban en un sólo pensamiento. (MAXIME DU CAMP: Expeditions des Deux­Siciles, 1860. En GIRARD, L. y otros: ob.cit., p.141)
20 BI SMARCK. REFLEXI ONES SOBRE LA UNI FI CACI ÓN ALEM ANA “¿Somos una gran potencia o sólamente un miembro de la Confederación Germánica? ¿Debemos ser gobernados monárquicamente como una gran potencia o por profesores, jueces y charlatanes de pequeñas ciudades, como sería admisible en el caso de un pequeño Estado federal? La persecución del fantasma de la popularidad "por Alemania" que hemos hecho desde 1840 nos ha costado nuestra posición en Alemania y en Europa, y no la recuperaremos dejándonos llevar por la corriente con la esperanza de dirigirla; por el contrario, no la recuperaremos más que manteniéndonos firmes sobre nuestras propias piernas; tenemos que ser una gran potencia en primera línea, y luego Estado confederado. Es lo que Austria, en nuestro detrimento, siempre ha reconocido como verdad para sí misma; y la comedia que representa haciendo alarde de las simpatías alemanas no la hará renunciar a sus alianzas europeas... Creéis que hay en "la opinión pública alemana", en las Cámaras, en los diarios, etc., algo que podría darnos ayuda y apoyo con vistas a una política de unión o de hegemonía. Veo en ello un error radical, una quimera. Nuestro crecimiento no puede surgir de una política parlamentaria y de prensa, sino solamente de una política militar de gran potencia.” (Carta de Bismarck a Von der Goltz, embajador en Paris, 24 de diciembre de 1863. En GIRARD, L. y otros: ob. cit., p. 153.) Bibliografía básica: ARÓSTEGUI, J. La Europa de los nacionalismos (1848­1898). Madrid: Anaya, 1991. GRENVILLE, J. G. S. La Europa remodelada, 1848­1878. Madrid: Siglo XXI, 1984. HEFFER, J. y SERMAN, W. Historia contemporánea I: el siglo XIX. De las revoluciones a los imperialismos, 1815­1914. Madrid, Akal, 1988. HOBSBAWM, E. La era del capitalismo (1848­1875). Barcelona: Labor, 1990. Bibliografía complementaria: AYÇOBERRI, P. La unidad alemana (1800­1871). Barcelona: Oikos­Tau, 1990. BÉDARIDA, F. La era victoriana. Barcelona: Oikos­Tau, 1988. BONAMUSA, F. La Europa del Danubio II (1848­1918). Madrid: Eudema, 1995. CARMAGNANI, M. Estado y sociedad en América Latina, 1850­1930. Barcelona: Crítica, 1984. CASMIRRI, S. y SUÁREZ CORTINA, M. (eds.). La Europa del sur en la época liberal: España, Italia y Portugal, una perspectiva comparada. Santander: Universidad de Cantabria /Università de Cassino, 1998. CAVA MESA, M. J. Rusia imperial, 1800­1914. El ocaso del zarismo. Madrid: EUDEMA, 1995. DROZ, J. La formación de la unidad alemana, 1789­1871. Barcelona: Vicens Vives, 1973. FOHLEN, C. La América anglosajona de 1815 a nuestros días. Barcelona: Labor, 1967.
21 GALEANO, E. Las venas abiertas de América Latina. Madrid: Siglo XXI, 1994. 13ª ed. GAY ARMENTEROS, J. C. (ed.). Italia­España, viejos y nuevos problemas históricos. Madrid: Marcial Pons/Asociación de Historia Contemporánea, 1999. (Ayer, núm. 36). GUICHONNET, P. La unidad italiana. Barcelona: Oikos Tau, 1990. HALPERIN DONGHI, T. Hispanoamérica después de la independencia. Consecuencias sociales y económicas de la emancipación. Buenos Aires: Paidós, 1972. HERNÁNDEZ SÁNCHEZ­BARBA, M. Historia de América. Madrid: Alhambra, 1981. IZARD, M. América Latina, siglo XIX: violencia, subdesarrollo y dependencia. Madrid: Síntesis, 1990. SKIDMORE, T. E. Historia contemporánea de América Latina. América Latina en el siglo XIX. Barcelona: Crítica, 1996. TORRE DEL RÍO, R. de la. La Inglaterra victoriana. Madrid: Arco Libros, 1997. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/grandespotencias.htm 6. LOS FUNDAM ENTOS ECONÓM I COS DE LA EXP ANSI ÓN DEL CAP I TALI SM O Y LOS CAMBI OS SOCI ALES Y CULTURALES EN EL CAM BI O DE SI GLO LOS ÚLTI M OS P ROGRESOS DE ALEMANI A. AUGUST THY SSEN Au gu us st t Th ys ss se en n na ci ió ó en 42 2 en ch hw wi il ll le er r, , ce rc ca a de ui is sg gr rá án n; ; su A ug T hy n ac e n 18 1 84 e n Es E sc c er d e Aq A qu s u pa dr re e te ní ía a en te e lu ga ar r un a pe qu ue eñ ña a tr ef fi il le er rí ía a, , in du us st tr ri ia a ba st ta an nt te e es ca as sa a p ad t en e n es e st l ug u na p eq t re i nd b as e sc en em ma an ni ia a du ra an nt te e es ta a ép oc ca a. . Re ci ib bi ió ó su im me er ra a en se eñ ña an nz za a en e n Al A le d ur e st é po R ec s u pr p ri e ns e n la l a es cu ue el la a pr im ma ar ri ia a de qu ue eñ ña a ci ud da ad d, , lu eg go o fr ec cu ue en nt tó ó la cu ue el la a e sc p ri d e su s u pe p eq c iu l ue f re l a es e sc mu ni ic ci ip pa al l su pe er ri io or r de ui is sg gr rá án n, , de sp pu ué és s el li it té éc cn ni ic co o de rl ls sr ru uh h y m un s up d e Aq A qu d es e l Po P ol d e Ka K ar fi na al lm me en nt te e la cu ue el la a de me er rc ci io o de be er re es s. . Du ra an nt te e la er rr ra a f in l a Es E sc d e co c om d e Am A mb D ur l a gu g ue au st tr ro op pr ru us si ia an na a lu ch hó ó co mo o so ld da ad do o (1 86 66 6) ) y, st te er ri io or rm me en nt te e, , ap en na as s a us l uc c om s ol ( 18 y , po p os a pe ac ab ba ad da a d di ic ch ha a g gu ue er rr ra a, , e en nt tr ró ó c co om mo o s so oc ci io o e en n u un na a p pe eq qu ue eñ ña a f fi ir rm ma a m me el la al lú úr rg gi ic ca a: : a ca Th ys ss se en n y Fo ss so ou ul l, , en is sb bu ur rg go o, , qu e no rd dó ó en os sp pe er ra ar r. . Fu nd dó ó en T hy F os e n Du D ui q ue n o ta t ar e n pr p ro F un e n 18 71 1 e en n M Mu ul lh he ei im m, , e en n e el l R Ru uh hr r, , u un na a f fá áb br ri ic ca a q qu ue e, , b ba aj jo o l la a r ra az zó ón n s so oc ci ia al l “ “T Th hy ys ss se en n 1 87 y C ía a” ”, , s se e t tr ra an ns sf fo or rm mó ó e en n l la a b ba as se e d de e t to od da as s s su us s e em mp pr re es sa as s. . y Cí Lo s pr in nc ci ip pi io os s fu er ro on n mo de es st to os s: : 70 re er ro os s ún ic ca am me en nt te e tr ab ba aj ja ab ba an n L os p ri f ue m od 7 0 ob o br ú ni t ra en 71 1 en rj ja as s y la mi in ne er rí ía as s de lh he ei im m; ; má s ta rd de e se ad di ió ó la e n 18 1 87 e n la l a fo f or l am d e Mu M ul m ás t ar s e añ a ña l a fa br ri ic ca ac ci ió ón n d de e c ca añ ñe er rí ía as s s so ol ld da ad da as s. . E En n 1 18 88 81 1 s se e a am mp pl li ió ó l la a f fo or rj ja a c co on n u un n t ta al ll le er r d de e f ab ga lv va an ni iz za ac ci ió ón n de nc c; ; en 82 2 se ns si ig gu ui ió ó un a nu ev va a fo rj ja a y un a g al d e ci c in e n 18 1 88 s e co c on u na n ue f or u na ch ap pi is st te er rí ía a. . E En n 1 18 88 84 4, , T Th hy ys ss se en n y y C Cí ía a. . A Ad dq qu ui ir ri ie er ro on n u un na a f fu un nd di ic ci ió ón n y y u un na a f fá áb br ri ic ca a c ha de má áq qu ui in na as s p pa ar re ec ci id da as s a a l la as s d de e s su u e em mp pr re es sa a. . d e m A me di id da a qu e ib an n ap ar re ec ci ie en nd do o fu e em pl le ea an nd do o to do os s lo s m ed q ue i ba a pa f ue e mp t od l os pr oc ce ed di im mi ie en nt to os s n nu ue ev vo os s y y t to od do os s l lo os s p pe er rf fe ec cc ci io on na am mi ie en nt to os s: : l la am mi in na ad do or re es s d de e g gr ra an n p ro re nd di im mi ie en nt to o, , ho rn no os s Ma rt ti in n­ ­S Si ie em me en ns s, , pr oc ce ed di im mi ie en nt to os s Th om ma as s y Gi lc ch hr ri is st t, , r en h or M ar p ro T ho G il et tc c. . N Nu un nc ca a T Th hy ys ss se en n d de ej jó ó d de e l la ad do o u un na a i in nn no ov va ac ci ió ón n ú út ti il l. . e Ha n tr an ns sc cu ur rr ri id do o cu ar re en nt ta a añ os s, , y la br ri ic ca a de lh he ei im m se H an t ra c ua a ño l a fá f áb d e Mu M ul s e ha h a tr an ns sf fo or rm ma ad do o en go o gi ga an nt te es sc co o: : 7. 00 00 0 ob re er ro os s y 80 0 em pl le ea ad do os s tr ab ba aj ja a t ra e n al a lg g ig 7 .0 o br 8 00 e mp t ra en la a, , y su s pr od du uc ct to os s se ti ie en nd de en n po r to do o el nd do o. . Di vi id di id da a en e n el e ll s us p ro s e ex e xt p or t od e l mu m un D iv e n un u n pr in nc ci ip pi io o en at tr ro o de pa ar rt ta am me en nt to os s, , se ad di ió ó el in nt to o, , un ll le er r de p ri e n cu c ua d ep s e le l e añ a ña e l qu q ui u n ta t al d e co ns st tr ru uc cc ci ió ón n d de e m má áq qu ui in na as s y y u un na a f fu un nd di ic ci ió ón n d de e c co ob br re e. .
c on 22 No st ta an nt te e, , ha cí ía a ya em mp po o qu e co mp pr re en nd dí ía a qu e pa ra a ll eg ga ar r a N o ob o bs h ac y a ti t ie q ue c om q ue p ar l le ad qu ui ir ri ir r el te en nc ci ia al l in du us st tr ri ia al l de se ea ad do o, , ne ce es si it ta ab ba a se r pr op pi ie et ta ar ri io o de s a dq e l po p ot i nd d es n ec s er p ro d e la l as mi na as s de ll la a; ; pu so o su s mi ra as s en ri ia as s co nc ce es si io on ne es s, , de s qu e pu do o m in d e hu h ul p us s us m ir e n va v ar c on d e la l as q ue p ud ha ce er rs se e du eñ ño o co mp pr ra an nd do o pa ul la at ti in na am me en nt te e lo s tí tu ul lo os s (1 88 87 7) ). . Es ta a fe ch ha a h ac d ue c om p au l os t ít ( 18 E st f ec se ña al la a e el l o or ri ig ge en n d de e s su u p pr ro od di ig gi io os so o a au ug ge e. . S Se e p pe er rf fo or ra ar ro on n n nu ue ev ve e p po oz zo os s u un no o t tr ra as s s eñ ot ro o, , y y s su u p pr ro od du uc cc ci ió ón n h hu ul ll le er ra a s se e e el le ev va a a an nu ua al lm me en nt te e a a m má ás s d de e c cu ua at tr ro o m mi il ll lo on ne es s o tr de ne el la ad da as s mé tr ri ic ca as s, , ex tr ra aí íd da as s po r 15 .0 00 00 0 mi ne er ro os s. . Ca si i to da a es ta a d e to t on m ét e xt p or 1 5. m in C as t od e st en or rm me e ma sa a es ns su um mi id da a po r su s fá br ri ic ca as s o po r su s 81 8 ho rn no os s de e no m as e s co c on p or s us f áb p or s us 8 18 h or d e co qu ue e, , qu e pr od du uc ce en n un ll ló ón n de ne el la ad da as s mé tr ri ic ca as s, , y cu yo os s ga se es s, , c oq q ue p ro u n mi m il d e to t on m ét c uy g as ll le ev va ad do os s a a t tr ra av vé és s d de e u un na a t tu ub be er rí ía a d de e 5 52 2 k ki il ló óm me et tr ro os s d de e l lo on ng gi it tu ud d, , d da an n c ca al lo or r, , l lu uz z l y f ue er rz za a a a t to od da a l la a c ci iu ud da ad d d de e B Ba ar rm me en n. . y fu La fá áb br ri ic ca a D De eu ut ts sc ch he e K Ka ai is se er r, , o o B Br rü üc ck kh ha au us se en n, , s se e e ex xt ti ie en nd de e a a l lo o la rg go o d de el l L a f l ar Rh in n; ; en a se n lo s úl ti im mo os s pe rf fe ec cc ci io on na am mi ie en nt to os s qu e se ed de en n ap li ic ca ar r a R hi e n ll l la s e da d an l os ú lt p er q ue s e pu p ue a pl la ta al lu ur rg gi ia a mo de er rn na a; ; la er rg gí ía a se pa ar rt te e gr ac ci ia as s a un a ba te er rí ía a ce nt tr ra al l l a me m et m od l a en e ne s e re r ep g ra u na b at c en de 68 8 h ho or rn no os s d de e c co oq qu ue e. . A Ad de em má ás s, , e en n 1 19 91 10 0 s se e a añ ña ad di ió ó l la a f fa ab br ri ic ca ac ci ió ón n d de e h hi ie er rr ro o d e 6 en rn no os s el éc ct tr ri ic co os s co n un id da ad de es s de . Fi na al lm me en nt te e se au ug gu ur ra ar ro on n, , en e n ho h or e lé c on u ni d e 5 Tm T m. F in s e in i na e n 19 12 2, , nu ev va as s e in me en ns sa as s sa la as s qu e co nt ti ie en ne en n un a ac er rí ía a Th om ma as s; ; el 1 91 n ue i nm s al q ue c on u na a ce T ho e l nú me er ro o d de e t tr ra ab ba aj ja ad do or re es s e es s d de e 8 8. .5 50 00 0. . N No o m mu uy y l le ej jo os s d de e e es st te e e es st ta ab bl le ec ci im mi ie en nt to o, , n úm Th ys ss se en n to da av ví ía a mo nt tó ó la s la mi in na ad do or ra as s de ns sl la ak ke en n pa ra a hi er rr ro os s ll an no os s y T hy t od m on l as l am d e De D en p ar h ie l la re do on nd do os s, , ch ap pa as s on du ul la ad da as s y tu be er rí ía as s. . Lu eg go o, , pa ra a ut il li iz za ar r la ll la a de s r ed c ha o nd t ub L ue p ar u ti l a hu h ul d e la l as nu ev va as s mi na as s de rb bó ón n co mp pr ra ad da as s en ed de ez za ar r, , ce rc ca a de is sb bu ur rg go o, , n ue m in d e ca c ar c om e n Mo M oe c er d e Du D ui Th ys ss se en n a ac ca ab ba a d de e i in na au ug gu ur ra ar r c ci in nc co o a al lt to os s h ho or rn no os s q qu ue e h ha an n p pr ro od du uc ci id do o e en n 1 19 91 12 2, , T hy 35 2 t to on ne el la ad da as s m mé ét tr ri ic ca as s d de e f fu un nd di ic ci ió ón n p pa ar ra a e el l a ap pr ro ov vi is si io on na am mi ie en nt to o d de e M Mu ul lh he ei im m. . 3 52 A fi n de ne er r en mu un ni ic ca ac ci ió ón n su s fá br ri ic ca as s, , ha ni id do o qu e cr ea ar r f in d e po p on e n co c om s us f áb h a te t en q ue c re su ce es si iv va am me en nt te e en in n y el ur r, , lo s pu er rt to os s de su um m (1 90 02 2) ) y s uc e n el e l Rh R hi e l Rh R hu l os p ue d e Al A ls ( 19 Sw el lg ge er rn n (1 90 07 7) ). . Un a nu me er ro os sa a fl ot ta a de al la an na as s y re mo ol lc ca ad do or re es s de S we ( 19 U na n um f lo d e ch c ha r em d e su s u pr op pi ie ed da ad d t tr ra an ns sp po or rt ta an n s su us s m ma at te er ri ia as s p pr ri im ma as s y y s su us s p pr ro od du uc ct to os s. . p ro De sd de e ha ce e va ri io os s añ os s, , la s pr eo oc cu up pa ac ci io on ne es s de ys ss se en n se n D es h ac v ar a ño l as p re d e Th T hy s e ha h an ba as sa ad do o en n en n lo os s me er rc ca ad do os s de el l mi in ne er ra al l de e hi ie er rr ro o en n to od do os s lo os s pa aí ís se es s. . Le b e e l m d m d h e t l p L e as eg gu ur ró ó e en n 1 19 90 01 1 y y e en n l lo os s a añ ño os s p po os st te er ri io or re es s l lo os s y ya ac ci im mi ie en nt to os s d de e P Pi ie er rr re e V Vi il ll le er rs s, , a se de ve es s y de en ni ir r en re en na a an ex xi io on na ad da a, , y lu eg go o lo s de ua av vi il ll le e y d e Fè F èv d e Av A ve e n la l a Lo L or a ne l ue l os d e Jo J ou Ba ti il ll ly y e en n la re en na a fr an nc ce es sa a, , si n co nt ta ar r co n la s im po or rt ta an nt te es s pa rt ti ic ci ip pa ac ci io on ne es s B at l a Lo L or f ra s in c on c on l as i mp p ar en s fo rj ja as s fr an nc ce es sa as s d de e Sa mb br re e y M os se el la a. .. .. . Su co on nt tr ro ol l s se e e ex xt ti ie en nd de e, , pu es s, , e n la l as f or f ra S am y Mo S u c p ue en la as s d do os s L Lo or re en na as s s so ob br re e m má ás s d de e 6 6. .0 00 00 0 h he ec ct tá ár re ea as s. . e n l Mi en nt tr ra as s ta nt to o Th ys ss se en n hi zo o so ci ie ed da ad d en 10 0 co n ca pi it ta al li is st ta as s M ie t an T hy h iz s oc e n 19 1 91 c on c ap fr an nc ce es se es s pa ra a la pl lo ot ta ac ci ió ón n de ne er ra al le es s fé rr re eo os s en rm ma an nd dí ía a y de s f ra p ar l a ex e xp d e mi m in f ér e n No N or d e lo l os al to os s ho rn no os s de en n. . Su s pa ci ie en nt te es s in ve es st ti ig ga ac ci io on ne es s en uc ca as so o le n a lt h or d e Ca C ae S us p ac i nv e n el e l Cá C áu l e ha h an da do o co mo o r re es su ul lt ta ad do o el de es sc cu ub br ri im mi ie en nt to o y c om mp pr ra a en si ia a me ri id di io on na al l d de e d ad c om e l d y co e n la l a Ru R us m er po de er ro os so os s y ya ac ci im mi ie en nt to os s d de e h hi ie er rr ro o. .. .. . p od Pa ra al le el la am me en nt te e, , su fl lu ue en nc ci ia a es ta al l en me er ro os sa as s y va ri ia as s P ar s u in i nf e s to t ot e n nu n um v ar so ci ie ed da ad de es s: : en lc ca an n, , en is sb bu ur rg go o, , de e es es si id de en nt te e y qu e s oc e n la l a Vu V ul e n Du D ui d e la l a qu q ue e s pr p re q ue fu si io on nó ó c co on n S Sc ch ha al lk k, , y y l lu ue eg go o c co on n l la a C Co om mp pa añ ñí ía a P Pl lu ut to o ( (m mi in na as s d de e c ca ar rb bó ón n y y a al lt to os s f us ho rn no os s) ). . Es es si id de en nt te e, , as ím mi is sm mo o, , de l co ns se ej jo o de na as s de rb bó ón n de af f h or E s pr p re a sí d el c on d e mi m in d e ca c ar d e Gr G ra vo n Mo lt tk ke e, , un id do o a la te en nt te e co mp pa añ ñí ía a de l Fé ni ix x. . Es mi in ni is st tr ra ad do or r de v on M ol u ni l a po p ot c om d el F én E s ad a dm d e la l a gr an n s so oc ci ie ed da ad d d de e G Ge el ls se en nk ki ir rc ch he en n. . g ra Fu nd dó ó y y d di ir ri ig ge e e el l b ba an nc co o r re en na an no o d de e M Mu ul lh he ei im m. .. .. . F un (V íc ct to or r C CA AM MB BO ON N: : L Le es s d de er rn ni ie er rs s p pr ro og gr ré és s d de e l l’ ’A Al ll le em ma ag gn ne e. P ar ri is s, , 1 19 91 14 4. . ( Ví . Pa Fr ag gm me en nt to o t to om ma ad do o d de e G GI IR RA AL LT T­ ­O OR RT TE EG GA A­ ­R RO OI IG G: : T Te ex xt to os s, , m ma ap pa as s y y c cr ro on no ol lo og gí ía a. F ra Te id de e) )
T ei 23 1. ENCUADRE o CLASI FI CACI ÓN Naturaleza del texto: historiográfico o narrativo, que va describiendo de forma cronológica los hitos principales de una concentración industrial durante la 2ª fase de la revolución industrial. Autor: Víctor Cambon fue un ingeniero y publicista francés (Lyon 1852­ París 1927) que llevó a cabo investigaciones económicas sobre la actividad industrial alemana, estadounidense y francesa , así como sobre el taylorismo. Su profundo conocimiento de las fuerzas productoras de todas las naciones y de su desarrollo económico (hizo numerosos viajes) le llevó a la publicación de diversas obras en las que divulgó sus conocimientos. Entre ellas, además de Les dernières progrès d’ Allemande (París, 1914 ó 1916), destacan las siguientes: Allemande au travail; Lállemande novuelle; Comment parlait Napoleón; Etats­Unis, France; L’industrie organisée d’apreès les méthods américaines; notre avenir; oú allons­nous?; vers l’expansion industrielle Cronológico: Fecha: 1914. Circunstancias: era del gran capitalismo e imperialismo (último cuarto del XIX y primeros años del s. XX). Precisamente, el fin de esta época coincide con la Iª Guerra Mundial, fecha en que está datado el texto Destino del documento (público francés, en especial) 2. ANÁLI SI S I NTERNO (convendría comentar antes el punto 2.2. en este caso y seguir con el 2.1.) 2.2. I NSTI TUCI ONES, HECHOS Y P ERSONAJ ES P ersonajes: August Thyssen y los “ pudientes” : arquetipo de hombre de empresa, con buena educación técnica (tras la escuela primaria de su ciudad, frecuentó la escuela municipal superior de Aquisgrán, luego el Politécnico de Karlsruhe y finalmente la Escuela de comercio de Amberes) que, partiendo de una posición modesta, se convierte en el fundador y motor de un importante “trust”, interviniendo en la gestión de empresas y bancos. Es, por tanto, una de las figuras en la época, los “reyes de la industria”. Como el texto expone la trayectoria de un miembro de la alta burguesía de negocios (grandes industriales y banqueros) que se convierte en la verdadera clase dirigente (al disponer de un enorme potencial económico y, como consecuencia, político) se puede hablar de la sociedad clasista de la época (sobre todo de las clases dominantes “pudientes”) y del sistema capitalista de la época que permite que determinados hombres “capaces” puedan acceder a los altos cargos de la dirección económica y que implica, también, unas enormes desigualdades sociales (“pudientes” versus “desfavorecidos”) Hechos: guerra austro­prusiana: Thyssen luchó como soldado en esta guerra iniciada en junio de 1866, entre Prusia y Austria, que debe encuadrarse en la estrategia unificadora prusiana. Estalló por las tensiones suscitadas a raíz de la administración (Convención de Gastein, de 1865) de los ducados de Schleswig (de Prusia) y Holstein (de Austria) y concluyó con la derrota austríaca en Sadowa (3 julio), pues la potencia militar prusiana liquidó la guerra en pocas semanas. Mediante el Tratado de Praga, se disuelve la Confederación Germánica y termina el predominio austríaco en Alemania, pues tanto Austria como los estados alemanes al Sur del rio Main
24 son excluidos de la nueva Confederación de Alemania del Norte (integrada por 22 estados), que será presidida por el rey de Prusia, asistido por un canciller federal (Bismarck) I nstituciones: se puede hablar de las distintas empresas que aparecen aquí: fábrica Deutsche Kaiser, o Brückausenk o las sociedades Vulcan (en Duisburgo, luego fusionada con la Schalk y después con la Compañía Pluto), minas de carbón de Graf von Moltke, gran sociedad de Gelsenkirchen, etc. Ésta última (Gelsenkirchen Bergeweks­AG) era el mayor consorcio alemán de la industria pesada, ligada al Diskonto bank de Berlín. Conceptos industriales: Trefilería: industria que reduce un metal a alambre, para enrollarlo luego sobre el tambor tractor a medida que éste gira Laminería: proceso que utiliza un laminador, esto es, una máquina con dos cilindros que giran en sentido contrario para comprimir y estirar en láminas o planchas masas de metales maleables. Galvanización: recubrimiento de piezas de hierro y acero en baño de cinc fundido para evitar la acción corrosiva. Hornos M artin­Siemens; procedimientos Thomas y Gilchrist: el acero era difícil de lograr antes de la revolución industrial. Pero los sistemas Bessemer, primero, el Siemens­Martin (consiste en fundir juntos el hierro formado y la fundición, en un horno de reverbero cuya plaza esta cubierta por una capa de arena cuarzosa y que también posee un sistema de recuperadores de calor), después y el Thomas­Gichrist luego vinieron a revolucionar el afino del acero, que se conseguirá ahora en cantidades masivas y con mayor precisión. 2.1. ANÁLI SI S: seguiremos el método lógico (agrupando las ideas en un conjunto ordenado) desdeñando el literario (párrafo a párrafo) I dea principal: proceso de concentración industrial realizado por August Thyssen como ejemplo de la industrialización en Alemania durante la 2ª fase de la revolución industrial y un fiel representante de los “reyes de la industria”. I deas secundarias: A) Crecimiento de empresas y formación de trusts : mientras en los primeros párrafos nos describe sus comienzos modestos, en los siguientes va desgranando el autor las sucesivas ampliaciones de empresas y capital en un crecimiento ininterrumpido, pasando de trusts horizontales a otros verticales. La trefilería de su padre representaba un ejemplo del escaso desarrollo industrial localizado en la Renania alemana y de dimensiones reducidas, ejemplo de la primera revolución industrial, que apenas había llegado a la Alemania previa a la unificación. Los inicios de su labor empresarial también fueron modestos con una “empresa matriz” (Thyssen y Cía) situada en Mulheim, en el Rhur, en 1871, con apenas 70 obreros y dedicada a la forja y laminería. Pero ésta se va ampliando (proceso de concentración horizontal) mediante adquisiciones en los años siguientes (taller de galvanización de cinc, 1881; nueva forja y
25 chapistería, 1882; nueva fundición y fábrica de máquinas, 1884). Es un claro exponente del marco económico que desde la década de los 70 refleja las consecuencias de las innovaciones técnicas y las profundas modificaciones en el proceso de producción, que imponía la ampliación de plantas industriales y la difusión de sociedades anónimas (que sustituyen a la empresa individual en los sectores punta de la producción en un sector como el siderúrgico, en un proceso tal de expansión que se habla de la edad del acero). Posteriormente, sobre todo en los primeros años del s. XX (que es cuando el capitalismo monopolista se desarrolló más), se produce el mayor crecimiento de sus empresas, ahora ya a través de un proceso de concentración vertical, que abarca desde las materias primas (minas de hulla y de hierro), fabricación de productos principales y derivados (párrafo 6º, adquiriendo altos hornos e industrias metalúrgicas) y también transporte (puertos de Alsum y Swelgern, así como una numerosa flota de chalanas y remolcadores, como se cita en el 7º párrafo) y venta de sus productos. Como consecuencia, estos monopolios revolucionan el volumen y el papel de las empresas anteriores, típicas de la primera fase de la revolución industrial B) La revolución científico­tecnológica: en la Segunda Revolución industrial se produce una estrecha relación entre el laboratorio y la fábrica, adquiriendo un papel esencial los avances tecnológicos, que van a estar en la base del crecimiento de la producción industrial y en la necesidad de tender a la concentración empresarial y a la búsqueda de nuevos recursos financieros. Thyssen fue consciente de los cambios tecnológicos y, como dice en el 3º párrafo, “fue empleando todos los procedimientos nuevos y todos los perfeccionamientos” aplicados a la siderurgia. El autor resalta los siguientes adelantos: laminadoras de gran rendimiento, hornos Martin­ Siemens, procedimientos Thomas y Gischrist, etc. C) Los progresos del capitalismo financiero: en el último párrafo, se alude a la participación e influencia del industrial alemán en diversas empresas o sociedades (Vulcan, Schalk, compañía Pluto, Gelsenkirchen) así como a la dirección del banco renano de Mulheim. Todo ello representa el ensamblaje del capital financiero con el industrial mediante ese instrumento que son los holdings (sociedad financiera que controla varias empresas mediante la adquisición de la mayoría de sus acciones. Normalmente es el instrumento de penetración financiera más utilizado por los bancos). Con el volumen y orientación de las empresas de Thyssen, es normal que necesitara nuevas formas de financiación (constantes aportaciones de capital) para ampliar sus empresas, adquirir nuevos negocios, potenciar la comercialización de sus productos y lograr precios bajos para hundir a sus posibles competidores El capital era proporcionado por los bancos, en especial por el que él mismo dirigía. Los bancos proporcionaban capital a las empresas, pero también los empresarios participan en la capitalización de los bancos (doble dirección en la interrelación banca/industria) D) La internacionalización de la economía: en el texto se describe el interés de este industrial por obtener explotaciones de mineral de hierro,
26 vitales para su trust siderúrgico. Así, interviene en compañías mineras extranjeras (Lorena, Normandía, etc.) a través de sociedades anónimas; compra yacimientos de hierro a otros países (como Bélgica). Y paralelamente, la comercialización de sus productos rebasa las fronteras alemanas (en el párrafo 4º dice que “sus productos se extienden por todo el mundo”). Aquí habría que ampliar la idea insistiendo en que la internacionalización de la economía fue una de las claves del período a consecuencia de la relativa libertad de los intercambios y de los movimientos de capitales, el desarrollo del patrón oro “internacional” a fines del XIX y el crecimiento del volumen de los intercambios. Pero esta integración fue relativa y asimétrica: los países productores de materias primas y de productos primarios fueron dependientes en alto grado de los países industrializados debido a la organización de las relaciones comerciales y de los movimientos de capitales, la estructura del sistema monetario internacional y amparado todo ello en la “fuerza” política y militar del nuevo imperialismo colonial. 3. ANÁLI SI S EXTERNO o COM ENTARI O Se puede hablar en este punto de los fundamentos de la Segunda Revolución I ndustrial y, en especial, mencionar aquéllos que no aparecen en el texto: proteccionismo, estados como agentes económicos, nuevas fuentes de energía, los medios de comunicación, etc.). Sus consecuencias (en especial sociales y económicas) conviene también comentarlas aquí. Y, por supuesto, el modelo industrializador alemán. 4. J UI CI O CRÍ TI CO o CONCLUSI ONES I nterés: deriva de la contemporaneidad de los hechos que relata. Autenticidad, exactitud, sinceridad. ¿Es una fuente fiable para la investigación y el conocimiento histórico? El autor no emite juicios de valor ni introduce interpretaciones propias del fenómeno económico, sino que se limita a una mera narración de los hechos. No obstante, se percibe difusamente una cierta admiración por Thyssen como hombre de negocios. Lo cual es chocante dado que el autor es francés y el biografiado alemán (es conocido el odio nacionalista entre ambos países en la época). Por eso el único desliz subjetivo se produce al hablar de la “Lorena anexionada”. ¿Qué aporta al mejor conocimiento del tema?: ofrece un buen ejemplo de las transformaciones económicas alemanas y del ascenso social de un arquetípico “hombre de empresa”. Tono del documento (enfático, apasionado, si tiene tópicos, etc): no es apasionado aunque parece admirar al biografiado Vacíos, silencios (es decir, lo que no dice) o deformaciones: refleja dos de los fundamentos principales de la II Revolución industrial (concentración de capitales y empresas; y la revolución científico­ tecnológica) pero no hable de otros fundamentos ni refleja las consecuencias sociales sobre las clase más desfavorecidas ******************** EL LUGAR HI STORI CO DEL IM P ERI ALI SM O
27 (...), el imperialismo, por su esencia económica, es el capitalismo monopolista. Con ello queda ya determinado el lugar histórico del imperialismo, pues el monopolio, que nace única y precisamente de la libre concurrencia, es el tránsito del capitalismo a un orden social­económico más elevado. Hay que poner de relieve particularmente cuatro variedades principales del monopolio o manifestaciones principales del capitalismo monopolista característicos del período que nos ocupa. Primero: El monopolio es un producto de la concentración de la producción en un grado muy elevado de su desarrollo. Son las alianzas monopolistas de los capitalistas, cartels, sindicatos, trusts. Hemos visto, qué inmenso papel desempeñan en la vida económica contemporánea. Hacia principios del siglo XX, alcanzaron pleno predominio en los países avanzados, y si los primeros pasos en el sentido de la cartelización fueron dados con anterioridad por los países con tarifas arancelarias proteccionistas elevadas (Alemania, Estados Unidos), Inglaterra, con su sistema de librecambio, mostró, sólo un poco más tarde, ese mismo hecho fundamental: el nacimiento del monopolio como consecuencia de la concentración de la producción. Segundo: Los monopolios han conducido a la conquista recrudecida de las más importantes fuentes de materias primas, particularmente para la industria fundamental y más cartelizada de la sociedad capitalista: la hullera y la siderúrgica. La posesión monopolista de las fuentes más importantes de materias primas ha aumentado en proporciones inmensas el poderío del gran capital y ha agudizado las contradicciones entre la industria cartelizada y la no cartelizada. Tercero: El monopolio ha surgido de los bancos, los cuales, de modestas empresas intermediarias que eran antes, se han convertido en monopolistas del capital financiero. Tres o cinco bancos más importantes de cualquiera de las naciones capitalistas más avanzadas han realizado la "unión personal" del capital industrial y bancario, han concentrado en sus manos miles y miles de millones que constituyen la mayor parte de los capitales y de los ingresos en dinero de todo el país. Una oligarquía financiera que tiende una espesa red de relaciones de dependencia sobre todas las instituciones económicas y políticas de la sociedad burguesa contemporánea sin excepción: he aquí la manifestación de más relieve de este monopolio. Cuarto: El monopolio ha nacido de la política colonial. A los numerosos "viejos" motivos de la política colonial, el capital financiero ha añadido la lucha por las fuentes de materias primas, por la exportación de capital, por las "esferas de influencia", esto es, las esferas de transacciones lucrativas, concesiones, beneficios monopolistas, etc., y, finalmente, por el territorio económico en general. Cuando las potencias europeas ocupaban, por ejemplo, con sus colonias, una décima parte de Africa, como fue aún el caso en 1876, la política colonial podía desarrollarse de un modo no monopolista, por la "libre conquista", por decirlo así, de territorios. Pero cuando resultó que las 9/10 de Africa estaban ocupadas (hacia 1900), cuando resultó que todo el mundo estaba repartido, empezó inevitablemente la era de posesión monopolista de las colonias y, por consiguiente, de lucha particularmente aguda por la partición y el nuevo reparto del mundo.
28 Todo el mundo conoce hasta qué punto el capital monopolista ha agudizado todas las contradicciones del capitalismo. Basta indicar la carestía de la vida y el yugo de los cartels. Esta agudización de las contradicciones es la fuerza motriz más potente del período histórico de transición iniciado con la victoria definitiva del capital financiero mundial. Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación en vez de la tendencia a la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes: todo esto ha originado los rasgos distintivos del imperialismo que obligan a caracterizarlo como capitalismo parasitario o en estado de descomposición. Cada día se manifiesta con más relieve, como una de las tendencias del imperialismo, la creación de "Estados­rentistas", de Estados­ usureros, cuya burguesía vive cada día más de la exportación del capital y de "cortar el cupón". Sería un error creer que esta tendencia a la descomposición descarta el rápido crecimiento del capitalismo. No; ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países, manifiestan, en la época del imperialismo, con mayor o menor fuerza, ya una, ya otra de estas tendencias. En su conjunto, el capitalismo crece con una rapidez incomparablemente mayor que antes, pero este crecimiento no sólo es cada vez más desigual, sino que esa desigualdad se manifiesta asimismo, de un modo particular, en la descomposición de los países más fuertes en capital (Inglaterra). (V. I. Lenin. El Imperialismo, fase superior del capitalismo. Pekin, 1975, pp. 159­161) MANIFIESTO FUTURISTA (1909) 1. Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad. 2. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía. 3. La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo. 4. Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia. 5. Queremos ensalzar al hombre que lleva el volante, cuya lanza ideal atraviesa la tierra, lanzada también ella a la carrera, sobre el circuito de su órbita.
29 6. Es necesario que el poeta se prodigue, con ardor, boato y liberalidad, para aumentar el fervor entusiasta de los elementos primordiales. 7. No existe belleza alguna si no es en la lucha. Ninguna obra que no tenga un carácter agresivo puede ser una obra maestra. La poesía debe ser concebida como un asalto violento contra las fuerzas desconocidas, para forzarlas a postrarse ante el hombre. 8. ¡Nos encontramos sobre el promontorio más elevado de los siglos!... ¿Porqué deberíamos cuidarnos las espaldas, si queremos derribar las misteriosas puertas de lo imposible? El Tiempo y el Espacio murieron ayer. Nosotros vivimos ya en el absoluto, porque hemos creado ya la eterna velocidad omnipresente. 9. Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo– el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer. 10. Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria. 11. Nosotros cantaremos a las grandes masas agitadas por el trabajo, por el placer o por la revuelta: cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas; a las estaciones ávidas, devoradoras de serpientes que humean; a las fábricas suspendidas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; a los puentes semejantes a gimnastas gigantes que husmean el horizonte, y a las locomotoras de pecho amplio, que patalean sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados con tubos, y al vuelo resbaloso de los aeroplanos, cuya hélice flamea al viento como una bandera y parece aplaudir sobre una masa entusiasta. Es desde Italia que lanzamos al mundo este nuestro manifiesto de violencia arrolladora e incendiaria con el cual fundamos hoy el FUTURISMO porque queremos liberar a este país de su fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios. Ya por demasiado tiempo Italia ha sido un mercado de ropavejeros. Nosotros queremos liberarla de los innumerables museos que la cubren por completo de cementerios. Filippo Tommasso Marinetti Bibliografía básica: HOBSBAWM, E. J. La era del imperio (1875­1914). Barcelona: Crítica, 2001. JUARRANZ DE LA FUENTE, J. M. Las transformaciones científicas, técnicas y económicas (1850­1914). Madrid: Akal, 1984. “Víspera de nuestro siglo: sociedad, política y cultura en los 98, La”. Madrid: Historia 16, 1983. (Historia Universal siglo XX, núm. 1)
30 Bibliografía complementaria: BAHAMONDE MAGRO, A. Las comunicaciones del siglo XIX al XX: correo, telégrafo y teléfono. Madrid: Santillana, 1996. BALDÓ LACOMBA, M. La revolución industrial. Madrid: Síntesis, 1993. CARDWELL, D. Historia de la tecnología. Madrid: Alianza, 1996. FISCHER, W. El fin de una era de estabilidad 1900­1914. Barcelona: Crítica, 1986. KE NW WO OO OD D, , A. UG GH HE EE ED D, , A. st to or ri ia a de l de sa ar rr ro ol ll lo o ec on nó óm mi ic co o K EN A . G. G . y LO L OU A . L. L . Hi H is d el d es e co in te er rn na ac ci io on na al l. . 1. sd de e 18 20 0 ha st ta a la im me er ra a Gu er rr ra a Mu nd di ia al l. Ma dr ri id d: : i nt 1 . De D es 1 82 h as l a Pr P ri G ue M un M ad Is tm mo o, , 1 19 97 72 2. . I st MARTÍNEZ DE VELASCO, A. Las revoluciones industriales. Madrid: Santillana, 1997. RAMÍREZ, J. A. Medios de masas e historia del arte. Madrid: Cátedra, 1981. REINHARD, M. y ARMENGAUD, A. Historia general de la población mundial. Madrid: Istmo, 1970. VILLACAÑAS, J. L. Historia de la filosofía contemporánea. Madrid: Akal, 1987. Enlaces en Inter net http://www.historiasiglo20.org/enlaces/revindustrial.htm 7. M OVI M I ENTO OBRERO Y CUESTI ÓN SOCI AL. LAS P RI M ERAS LUCHAS DE LA M UJ ER LA P OLÉM I CA DEL REVI SI ONI SM O EN EL SP D ALEMÁN Eduard Bernstein (1850­1932) nació en Berlín, de padres judíos (...) Fue secretario particular de Karl Höchberg, un rico patrocinador del Partido Social­Demócrata. Tres años más tarde, después de haber sido aprobadas las leyes antisocialistas, tuvo que marcharse de Alemania y establecerse en Suiza, donde dirigió El Social Demócrata, el periódico órgano del partido (...) Expulsado de Suiza en 1888, fue a Londres, y allí permaneció hasta 1901, como corresponsal en Inglaterra del periódico Vorwaerts. En Londres estuvo en relación estrecha con Engels en sus últimos años. Influyeron mucho en él tanto los fabianos como el Partido Laborista Independiente, que gozaba de las simpatías de Engels en contra de la Federación Social­ Demócrata, que declaradamente se consideraba a sí misma como marxista. Bernstein fue consultado acerca de la redacción del programa de Erfurt, y Kautsky le agradeció su ayuda en la elaboración del libro en que Kautsky lo exponía.. Entonces no parece que ninguno de ellos se diese cuenta de que estaban en desacuerdo en nada importante; pero en 1896 Bernstein colaboró en el periódico de Kautsky, el Neue Zeit, con una serie de artículos que provocó una viva controversia dentro del partido, y que poco después hizo objeto al autor de una censura oficial. Bernstein replicó en un volumen titulado Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie (1899, traducido al inglés con el título de Evolutionary Socialims). Durante la controversia que siguió, Kautsky replicó en representación de los marxistas ortodoxos en su Brnstein und das Sozialdemokratische Programm (1899), y Rosa Luxemburgo en su Sozialreform oder Revolution? (1899). Los revisionistas fueron derrotados
31 en las votaciones del congreso del partido que se celebró en Hannover el mismo año; pero no fueron expulsados del partido. Benstein, después de tomada esta decisión, continuó insistiendo en su punto de vista y encontrando un apoyo importante de la minoría (....) Lejos de ser expulsado del partido, Bernstein, que desde 1900 había vivido en Alemania, fue poco después elegido por el Reichstag, con la ayuda conjunta de los que habían estado frente a frente en la controversia revisionista. Continuó actuando en el partido, y se halló, durante la primera Guerra Mundial, unido otra vez con Kautsky en la minoría contraria a la guerra. (G.D.H. COLE: Historia del pensamiento socialista. III. La Segunda Internacional, 1889­1914. México: FCE, 1974, pp. 260­261)
32 LAS DI STI NTAS P OSTURAS SOCI ALI STAS ANTE LA GUERRA Esta guerra no la hemos deseado. Los que la han desencadenado, déspotas de intenciones sanguinarias, de sueños de hegemonía universal, deberían pagar su culpa [...]. Acorralados por las circunstancias para luchar, nos levantamos para expulsar al invasor, para salvaguardar el patrimonio de civilización e ideología que nos ha legado la historia [...J No, camaradas, nuestro ideal de reconciliación humana y de bús­ queda de la felicidad social no se oscurece. Detenido por unos momentos en su marcha, prepara, a pesar de todo, mejores condiciones de desarrollo en el mundo para el futuro. Es el espíritu de Jaurès el que nos lo confirma [...]. (Palahras de Leon Johaux 1 en el sepelio de Jaurès, en Jacques Droz: Le socialisme démocratique, 1864­1960, París, Armand Colin, 1966, pág. 164.) «Los resultados de una política imperialista [...] acaban de abatirse, como una marejada, sobre Europa [...]. La social­democracia ha combatido con todas sus fuerzas el desarrollo catastrófico de esta política [...] Pero su esfuerzo para salvar la paz ha sido infructuoso [...] No hemos de plantearnos ahora el pro o contra la guerra, sino la cuestión de los medios necesarios para asegurar la defensa del país [...]. Haremos, pues, lo que hemos prometido hacer siempre: a la hora del peligro, no aban­ donaremos a nuestra patria.» (Discurso de Hugo Haase 2 en el Reichstag, 4 de agosto de 1914, en Jacques Droz: Le socialisme..., pp. 164­165) 1 Leon Jouhaux (1879­1954). Sindicalista francés, secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) desde 1909. Sus posiciones reformistas, contrarias a la revolución rusa, originarán la escisión de los comunistas, que formarán en 1921 la CGTU. En 1936, forzado por los acontecimientos, aceptó la reconstrucción de la unidad sindical. En 1951 se le concedió el Premio Nobel de la Paz. 2 Hugo Haase (1863­1919). Dirigente político del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) tras la muerte de Bebel. En 1914 votó los créditos de guerra, pero pronto se colocará, a partir de 1915, a la cabeza de un grupo minoritario que apoyará la causa de la paz. En 1917 fue expulsado del SPD y se convirtió en uno de los dirigentes del USPD (socialistas independientes). Apoyará al gobierno de Ebert durante sus primeras semanas, pero a fines de diciembre de 1918 se retiró del mismo y volvió a la posición. Fue asesinado en 1919.
33 Bibliografía básica: AIZPURU, M. y RIVERA, A. Manual de historia social del trabajo. Madrid: Siglo XXI, 1994. HOBSBAWM, E. La era del Imperio (1875­1914). Barcelona: Crítica, 2001. PÁEZ CAMINO, F. y LLORENTE HERRERO, P. Los movimientos sociales (hasta 1914). Madrid: Akal, 1984 Bibliografía complementaria: ABENDROTH, W. Historia social del movimiento obrero europeo. Barcelona: Laia, 1976. DOLLEANS, E. Historia del movimiento obrero. Madrid: ZYX, 1969. 3 v. EVANS, R. J. Las feministas. Los movimientos de emancipación de la mujer en Europa, América y Australasia (1840­1920). Madrid: Siglo XXI, 1985. HOBSBAWM, E. J. (et al.). Historia del marxismo. El marxismo en la época de la II Internacional. Barcelona: Bruguera, 1980­1981, (v. 3, 4, 5 y 6). JOLL, J. La Segunda Internacional, 1889­1914. Barcelona: Icaria, 1976. KOLAKOWSKY, L. Las principales corrientes del marxismo. II. La edad de oro. Madrid: Alianza, 1982. LICHTHEIM, G. Breve historia del Socialismo. Madrid: Alianza, 1975. Movimientos obreros y socialistas en Europa antes de 1914. Madrid: Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1992. PÉREZ LEDESMA, M.; ROBLES, A. y TUÑÓN, M. La Segunda Internacional. Madrid: Historia 16, 1985. (Cuadernos de Historia 16, núm. 297) SERRALLONGA, J. La lucha de clases: orígenes del movimiento obrero. Madrid: Eudema, 1993 WOODCOK, G. El anarquismo. Historia de las ideas y movimientos libertarios. Barcelona: Ariel, 1979. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/movsociales.htm http://www.historiasiglo20.org/enlaces/sufragismo.htm 8. LA DIFÍCIL TRANSICIÓN DEL LIBERALISMO A LA DEMOCRACI A ENTRE DOS SIGLOS EN P OS DE LA I GUALDAD: DEM OCRACI A Y CI UDADANÍ A Desde los tiempos de la Revolución Francesa, la lucha por la libertad estuvo acompañada de la lucha por la igualdad. Los resultados de esta doble lucha se vieron plasmados en la aparición del concepto de ciudadanía nacido con la propia experiencia revolucionaria, pero de desarrollo relativamente lento a lo largo del siglo XIX. De acuerdo con una conocida interpretación de Marshall, los logros de la ciudadanía habrían seguido un recorrido de tres fases, todas ellas vinculadas estrechamente al logro de la igualdad. En primer lugar, la igualdad civil, que garantiza la posesión de los derechos individuales (pensamiento, expresión, etc.), que es fruto directo de la propia Revolución Francesa; en segundo lugar, una igualdad política, que se plasma en la posesión de derechos políticos (en especial, los
34 electorales), por parte del ciudadano, que registra un demorado avance durante todo el siglo XIX; y, en tercer lugar, la igualdad social, que sería uno de los logros del Estado de bienestar, durante el siglo XX. Según este esquema, la ciudadanía civil fue el objetivo del periodo revolucionario, mientras que la ciudadanía política fue consecuencia de un proceso que se prolongó durante todo el siglo XIX, especialmente en sus últimos decenios. En efecto, en el periodo que va desde los años 1870 hasta el estallido de la Gran Guerra se produce un avance significativo de la política democrática en la mayoría de los países europeos. Las profundas trans­ formaciones sociales que acompañan a la segunda revolución industrial, así como la creciente urbanización y los cambios culturales, provocan una progresiva ampliación de las bases sociales sobre las que se sustenta la legitimidad del ejercicio de la política. Esto supone la lenta transición desde el liberalismo moderado, de carácter restringido o censitario, propio de los notables rurales, hacia la adopción de prácticas democráticas, en las que se integran cada vez con mayor fuerza las clases medias urbanas. Este rumbo no fue seguido por igual en todos los países, pero existen abundantes síntomas del cambio de tendencia desde las últimas décadas del siglo XIX, que luego se profundizarán en el periodo de entreguerras. VILLARES, R. y BAHAMONDE, A. El mundo contemporáneo, Siglos XIX y XX. Madrid: Taurus, 2001, pp. 77­79
35 EL P ROBLEM A I RLANDÉS EN EL TRÁNSI TO DEL XI X Y EL XX Moderados frente a radicales, autonomistas frente a independentistas, pacíficos frente a violentos, eran las diferentes caras de un nacionalismo irlandés dividido en el tránsito de los siglos XIX a XX. Pues bien, apoyándose en el sector más moderado del nacionalismo (el representado por el Partido Parlamentario Irlandés, liderado por el anglicano Parnell), que había conseguido la mayoría de las actas irlandesas en las elecciones generales británicas de 1885, el liberal Gladstone intentará sortear el obstáculo más fuerte con el que se topaba la política británica (de una estabilidad indiscutible en los demás asuntos) en el último tercio del siglo XIX. (…) Por eso, en su tercera presidencia del gobierno, Gladstone pretendió conceder una suerte de autonomía política a la isla en 1886, que, sin embargo, encontró una oposición tan fuerte (incluso en su propio partido) que no sólo fracasó su proyecto sino que le arrastró a su caída política y con él quedó dañada también la articulación de un nacionalismo
36 irlandés no violento y autonomista. Frente a los nacionalistas irlandeses de distinto signo, desde el protestantismo unionista surgió la Liga de Defensa del Ulster en 1893 y la revitalización de sociedades secretas tradicionales como la Orden de Orange. Ahora bien, la pretendida división religiosa entre el Norte y el Sur de la isla no era sino una cortina de humo que cubría las diferentes situaciones económicas del primero, más industrializado y próspero, en contraste con un Sur más agrícola y empobrecido. Tras el debilitamiento del nacionalismo irlandés moderado (que, no obstante, se reagrupó tras una breve escisión en la Liga Irlandesa Unida), se reestructuraron los grupos más radicales dando origen en 1900­02 a un nuevo partido, el Sinn Féin (Nosotros Solos), liderado por Arthur Griffitth y William Rooney que, originariamente, no reivindicaba la independencia sino una especie de autogobierno para Irlanda dentro de un marco dual parecido al austro­húngaro, con ejecutivo y legislativo propio e interesado especialmente por la industrialización del país y la recuperación del gaélico. Junto a él, apareció el Partido Socialista Republicano Irlandés, que a la vez que mitificaba un pretendido comunismo primitivo anterior a la invasión normanda, consideraba la independencia de Irlanda como el primer paso para la destrucción del capitalismo mundial. En cualquier caso, el proceso hacia unas mayores cuotas de autogobierno resultaba ya prácticamente imparable a principios del siglo XX y el gobierno británico intentó controlarlo a través de un nuevo proyecto de autonomía (Home Rule) que se pondría en marcha en 1914. Paralelamente, esta estrategia británica había reactivado la reacción antinacionalista de los unionistas del Ulster, que habían creado en 1912 una fuerza paramilitar llamada Fuerza de Voluntarios del Ulster (UVF) que abogaba por la separación de los condados del norte ante la inminente autonomía de una Irlanda confesionalmente católica. Como contrapartida, en el resto de la isla proliferaron otros grupos nacionalistas irlandeses (Voluntarios Nacionales Irlandeses). Pero el estallido de la I Guerra Mundial no sólo paralizó la prometida autonomía sino que volvió a dividir a los diferentes grupos nacionalistas. Frente a los unionistas del Ulster y los autonomistas irlandeses, que declararon su fidelidad al gobierno británico, el sector más radical de los Voluntarios Irlandeses con el apoyo de numerosos sinfféiners y la ayuda alemana prepararon una rebelión armada para el lunes de Pascua de 1916 en Dublin. La autoproclamada República de Irlanda duró apenas cinco días y provocó un nuevo episodio represivo británico (con miles de detenciones y deportaciones y la ejecución de varios de sus inductores), que dio amplios réditos políticos al Sinn Féin en los años siguientes (Sinn Féin League desde 1907­08 al absorber a otros grupos), convirtiéndose en el mejor referente político del independentismo irlandés. Mas el levantamiento de Pascua y la necesidad de cerrar las heridas internas en plena guerra impulsó al premier británico Lloyd George a intentar el “más difícil todavía”: contentar a la vez a los autonomistas católicos y a los unionistas protestantes, con la exclusión del proyecto de autonomía de seis condados del Ulster, prometiéndoles a aquéllos que sería algo provisional mientras a los otros les aseguraba la exclusión permanente de la autónoma Irlanda. Lógicamente, esta táctica no se pudo mantener y el singular George perdió una ocasión de oro para solucionar el problema,
37 arrastrando con él a su partido, dividido desde entonces y en proceso de deterioro en los años siguientes, lo que benefició como alternativa a los laboristas.
38 LA CONSTI TUCI ÓN FRANCESA DE 1875 Artículo 1. El poder legislativo será ejercido por dos Asambleas: la Cámara de Diputados y el Senado. La Cámara de Diputados será elegida por sufragio universal, en las condiciones determinadas por la ley electoral. La composición, forma de nombramiento y atribuciones Senado se regularán por medio de una ley especial. Artículo 2. El Presidente de la República será elegido, por mayoría absoluta de sufragios, por el Senado y por la Cámara de Diputados reunidos en Asamblea Nacional. Su nombramiento durará siete años y podrá ser reelegido. Artículo 3. El Presidente de la República tendrá la iniciativa de las leyes, en concurrencia con los miembros de ambas Cámaras. Promulgará las leyes una vez que hayan sido votadas por ambas Cámaras, y vigilará y asegurará la ejecución de las mismas. Tendrá el derecho de gracia, pero las amnistías sólo serán concedidas por ley. Mandará sobre la fuerza armada. Nombrará todos los empleos, civiles y militares. Presidirá las solemnidades nacionales, y los enviados y embajadores de las potencias extranjeras estarán acreditados ante él. Cada uno de los actos del Presidente deberá ser refrendado por un ministro. Artículo 4. A medida que vayan produciéndose vacantes a partir de la promulgación de la presente ley, el Presidente de la Republica nombrará, en Consejo de Ministros, a los Consejeros de Estado en servicio ordinario. Los Consejeros de Estado así nombrados sólo podrán ser revocados por decreto aprobado en Consejo de Ministros [...]. Artículo 5. El Presidente de la República, previa conformidad del Senado, puede disolver la Cámara de Diputados antes de la expiración de su mandato. En este caso, los colegios electorales serán convocados para nuevas elecciones en el plazo de tres meses. Artículo 6. Los ministros son solidariamente responsables ante las Cámaras de la política general del Gobierno, e individualmente de sus actos personales. El Presidente de la República sólo es responsable en caso de alta traición. Artículo 7. En caso de vacante por muerte o por cualquier otra causa, las dos Cámaras reunidas procederán inmediatamente a la elección de un nuevo Presidente. En el intervalo, el Consejo de Ministros quedará investido del poder ejecutivo. Articulo 8. Las Cámaras tendrán derecho a declarar, bien espontáneamente, bien mediante petición del Presidente de la República, que ha lugar a la revisión de las leyes constitucionales. A tal objeto, las Cámaras deliberarán separadamente, resolviendo cada una de ellas por mayoría absoluta de votos. Una vez que cada una de las dos Cámaras haya adoptado tal resolución se reunirán ambas en Asamblea Nacional para proceder a la revisión. Las deliberaciones que comporten revisión, total o parcial, de las leyes constitucionales, requerirán para su aprobación e! voto de la mayoría absoluta de los miembros que integran la Asamblea Nacional. Esta revisión no podrá tener lugar sino a propuesta del Presidente de la República en tanto estén en vigor los poderes conferidos por la ley del 20 de noviembre de 1873 al señor mariscal de Mac Mahon.
39 En QUEROL INSA, M. P. y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la historia contemporánea. Zaragoza: ICE de la Universidad, 1982, pp. 286­287 6/ EL M UNDO LA ESFERA
Sábalo 3 de diciembre de 1954 Hace 100 años estalló un «affaire» que conmovió Francia. Alfred. Dreyfus, judío, fue procesado por alta
traición. Zola salió en su defensa y se convirtió en el precursor de una nueva fuerza: la cultural.
UN SI GLO DE P ULSO ENTRE LOS I NTELECTUALES Y LA RAZÓN DE ESTADO José Manuel Fajardo Un traidor. Un militar. Una víctima del sistema. Un símbolo de la injusticia. Una excusa para la guerra. Un antipatriota. Todos estos personajes son en realidad uno sólo: el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, El hombre a quien defendió Emile Zola y cuyo caso judicial convulsionó Francia a partir de 1894. En cuanto a los intelectuales... no tienen por qué intervenir en una querella cuyo sentido profundo no conocen». ¿Unas palabras familiares? Desde luego, pero no se trata de los reproches cíe ningún alto cargo gubernamental durante la polémica sobre la Guerra del Golfo o a propósito de las denuncias de corrupción. Estas palabras son centenarias. Las escribió el escritor Maurice Barres, ullraderechista abanderado del nacionalismo francés. Y la querella en cuestión también tenía que ver con el ejército y con la corrupción. Toda Francia se había sobresaltado en la semana del jueves 1 de noviembre de 1894 ante los titulares del diario nacionalista y antisemita La Libre Parole: «¡Alta traición! ¡Detención del capitán Dreyfus, un oficial judío!». El servicio de contraespionaje francés había robado un mes antes, de un cesto de basura en la Embajada de Alemania en París. un documento manuscrito en el que se proponía la venta al conde de Schwartzkoppen, agregado militar de la embajada, de información sobre planes militares franceses. Todo indicaba, en opinión del contraespionaje, que un militar francés, posiblemente de artillería, espiaba para los alemanes, tradi­ cionales enemigos de Francia. Y el hecho de que uno de ¡os oficiales del Estado Mayor francés reconociese la letra del documento como la de un capitán de origen judío hizo que el odio al traidor se combinara con el odio al otro, de la mano de un rabioso sentimiento antisemita. El 15 de octubre, Dreyfus había sido detenido pero no se hizo público porque las pruebas realizadas no acaban de confirmar las sospechas. Mientras algunos peritos afirman que. efectivamente, la letra del documento es la de Dreyfus, otros lo niegan. Pero la filtración de la noticia del arresto hace que la prensa de derechas desencadene una ola de artículos exigiendo el castigo ejemplar para
40 «el oficial judío». El 19 de diciembre de 1894 comenzó el Consejo de Guerra, pero seguían faltando pruebas. En vez de considerarlo como signo de inocencia, la conclusión del ministro de la Guerra, el general Mercier, fue que «la escasa fuerza de las pruebas acusatorias sólo demostraban la inteligencia con que el delincuente había actuado», según señala Georgc D. Painter, en su biografía de Marcel Proust. Y para asegurarse que fuera castigado recurrió a un procedimiento ilegal: hizo llegar al jurado un informe secreto que incluía una carta dirigida al agregado militar alemán en París en la que se decía: «Adjunto doce planos que ese canalla de D... me ha entregado para usted. Le dije que no tenía la intención de reanudar las relaciones». Mientras el jurado recibía tales noticias y presiones, no se comunicó nada a la defensa de Dreyfus. En ese clima, Alfred Dreyfus era condenado a cadena perpetua en la remota y terrible Isla del Diablo, en la Guayana francesa. ¿Que debían buscar sus familiares y amigos? Desde luego, al verdadero responsable de la traición, al hombre que encajara en el retrato robot del traidor dibujado por la prensa de la derecha: un militar de vida disipada, jugador, rodeado de amantes y cargado de deudas. Porque el circunspecto, tímido e inteligente Alfred Dreyfus estaba en las antípodas de tal estereotipo. Una serie de coincidencias hicieron que el caso Dreyfus se convirtiera en la piedra angular de la vida política francesa en el fin de siglo. El nuevo jefe del contraespionaje francés, el general Picquart, ordenó revisar la investigación del caso, para buscar pruebas más sólidas. Su sorpresa fue mayúscula al enterarse, primero, de la existencia del informe secreto y, después, al comprobar que en dicho informe no había ninguna verdadera prueba contra Dreyfus (resultó que el «canalla de D...» de que hablaban los alemanes era un simple vendedor de planos llamado Dubois). Lo peor estaba por venir: en marzo de 1896, un nuevo papel robado en la Embajada alemana resulta ser un telegrama del conde Schwartzkoppen a un tal comandante Esterhazy. Picquart descubre que la letra de Esterhazy es idéntica a la del documento que en su día se imputó a Dreyfus. Pero, cuando expone los hechos al Estado Mayor francés, recibe la orden de que «olvide el caso». Corroído por su mala conciencia, el general Picquart cuenta lo que sabe sobre el caso a un buen amigo, el abogado Leblois, y por esta vía el escándalo salta a la prensa. Comienza un formidable pulso entre los llamados «dreyfusards» (partidarios de la revisión del proceso) y ¡os «antidreyfusards» (que exigen el cumplimiento de la condena en nombre del honor del Ejército francés y los intereses nacionales). El combate de ideas llegó incluso a combate callejero, con muertos incluidos. El día 10 de enero de 1898 se inició el juicio al
41 comandante Estcrhazy pero éste sale absuelto pese a las pruebas en su contra. Entonces se publica en el periódico L'Aurore un artículo titulado Yo acuso y firmado por el más prestigioso novelista de Francia: Emile Zola. En aquel interregno había habido una revisión del caso Dreyfus que se había limitado a confirmar la condena, empleando esta vez documentos falsificados por el mayor Henry, del Estado Mayor. Zola arremetía en su artículo contra los militares, con nombres y apellidos, y denunciaba la ilegalidad del procedimiento. Con este Yo acuso, dirigido directamente al presidente de la República, Zola ponía contra las cuerdas a quienes habían intentado ocultar la verdad sobre el caso Dreyfus y se convertía en el ariete de una poderosa y nueva fuerza que irrumpía en la vida pública. Esa fuerza encontró nombre al día siguiente, en las páginas del mismo periódico. Se publicaba una lista de escritores, profesores y artistas que apoyaban la inocencia de Dreyfus y la revisión de su caso. El director del periódico, Clemenceau, la tituló como Manifiesto de los intelectuales, término éste que se utilizaba por primera vez. Allí figuraban Anatole France, André Gide, Marcel Proust y el pintor Monet. Por fin, la izquierda política se comprometió con la causa de Dreyfus y, al llegar al Gobierno en 1899, Alfred Dreyfus fue indultado. Una solución humanitaria, pues, ponía fin al martirio del preso de la Isla del Diablo, pero que no suponía la revisión de la condena. Hasta 1906, calmadas va las aguas, no se produciría la rehabilitación pública de Dreyfus, que regresaría al Ejército con el grado de jefe de batallón. La memoria del caso Dreyfus tiene la virtud de remitir a procesos mentales, en el orden político y en el cultural, que conservan plena vigencia en este otro fin de siglo. El primero es, sin duda, la aparición de la prensa como poder de la opinión pública, capaz de determinar !a acción política. Un papel tanto negativo (la incitación al linchamiento de la prensa de derechas) como positivo (la valiente defensa de Dreyfus llevada a cabo, por ejemplo, por L'Aurore}. Junto a ello, la invocación constatable de la «razón de Estado»; el ominoso peligro, impreciso y fatal, que acecha al país si se rompe el secreto de ciertas acciones oscuras del propio Estado. Y, como argumento de orden moral, la invocación del honor de los hombres del poder criticados, en comparación a los criminales que les acusan, ya sean estos criminales reales o ficticios. E incluso, más allá, la tesis de que, aun cuando el individuo maltratado sea inocente o la corrupción denunciada sea cierta, los defensores de aquél o los denunciados de ésta «seguirán siendo criminales», como señalaba el incendiario Barras. ¿Su crimen? Anteponer la verdad a la patria.
42 Porque en el fondo del caso Dreyfus late la presencia de un nacionalismo ultramontano que, por citar al mismo autor, se rige por el siguiente principio: «No puedo vivir sino en concordancia con mis muertos. Ellos y mi tierra me imponen determinada actividad». Y ¿qué institución encarna a esos muertos venerables sino el Ejército, en los Estados constituidos, o las organizaciones paramilitares en las naciones sin Estado? Lo militar, en ambos casos, se identifica con la patria y su defensa se antepone a la búsqueda de la verdad. El principal contrapeso de este círculo vicioso fue la irrupción de los intelectuales en la vida pública, o sea, la irrupción de la conciencia del individuo.
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LA CORRUP CI ÓN ELECTORAL EN I TALI A “En algunas provincias, especialmente en el sur, donde la camorra y mafia ejercen todavía una gran influencia, es cierto que el gobierno y sus agentes a veces aprovechan su ayuda en las elecciones y la compensan con la concesión de una semiimpunidad. En Sicilia (...) y en la provincia Tal el prefecto Fulano deja en sus cargos a muchos alcaldes y concejales de pequeños pueblos, a pesar de ser (...) concusionarios, con tal de que actúen a sus órdenes en las contiendas electorales. En las elecciones de octubre de 1882, en muchos pueblos, se dejó libre de cargos a todos los enjuiciados y se entregaron licencias de armas a muchos notorios delincuentes para asegurar el éxito de los candidatos ministeriales.” (...) ........................................................................ “Generalmente en nuestros distritos las elecciones se hacen a través de relaciones más personales que políticas. En cada pueblo o aldea hay dos o tres prohombres o grandes electores: quien tenga a éstos a su lado, tiene la elección asegurada (...). El gran elector debe mantener su influencia a expensas del diputado por el que la usó en el día de las elecciones. Y ¿en qué manera? En un sistema centralista como el nuestro, en que todo negocio depende nueve décimas partes de los agentes de poder ejecutivo, la respuesta es demasiado fácil y evidente. Aquí hay que nombrar o separar el alcalde o el juez municipal, allí hay que suspender un ayuntamiento o una diputación provincial, allá hay que reformar una institución benéfica; aquí hay que transferir un magistrado, allí hay que ascender otro funcionario, allá hay que encontrar un puesto para otro agente”. G. Ranzato. “La forja de la soberanía nacional: las elecciones en los sistemas liberales italiano y español”, en J. Tusell (ed.), El sufragio universal. Madrid: Marcial Pons/Asociación de Historia Contemporánea, 1991 (Ayer, núm. 3), pp. 121 y 129).
45 P ETI CI ÓN DE LOS OBREROS AL ZAR, FEBRERO 1905 «Señor: nosotros, obreros de San Petersburgo, nuestras mujeres; nuestros hijos y nuestros ancianos padres inválidos, venimos a ti a buscar justicia y protección [...]. El límite de la paciencia ha sido sobrepasado; hemos llegado a ese momento terrible en el que más vale morir que prolongar sufrimientos insoportables. Nos hemos declarado en huelga y advertido a nuestros patronos que no volveremos a trabajar en tanto no se satisfagan nuestras peticiones. Lo que pedimos es bien poco. No deseamos más que aquello sin lo cual la vida no es vida, sino una mazmorra y una tortura infinita. Nuestra primera pretensión era que nuestros patronos examinaran con nosotros nuestras necesidades; pero incluso eso nos lo han rehusado; se nos ha negado el derecho a hablar de nuestros problemas alegando que la ley no nos lo reconoce. También se ha considerado ilegal nuestra demanda de disminuir el número de horas de trabajo a ocho por jornada, establecer el salario conjuntamente [...]. Según nuestros patronos, todo es ilegal, todo cuanto pedimos es un crimen. Señor: estamos aquí más de 300.000 almas; todos somos hombres, pero sólo por la apariencia, por el aspecto. Cualquiera de entre nosotros que se atreva a levantar la voz para defender los intereses de la clase obrera es encarcelado, enviado al exilio [...].
46 Rusia es demasiado grande y sus necesidades diversas e importantes para que los funcionarios puedan gobernarla por sí solos [...]. Ordena inmediatamente la convocatoria de representantes de Rusia, de todas las clases y órdenes [...]. Y para ello, dispón que las elecciones a la Asamblea Constituyente se hagan sobre la base del sufragio universal, secreto e igual. Esta es nuestra demanda más importante.» 9. LA EXP ANSI ÓN I MP ERI ALI STA Y LAS RELACI ONES I NTERNACI ONALES EN LA ERA DEL I MP ERI O EL I M P ERI ALI SM O FRANCÉS «La primera forma de colonización es aquella que ofrece un lugar donde vivir, y trabajo al excedente de población de los países pobres o de los que tienen un contingente humano excepcional. Pero hay otra forma de colonización que afecta a los pueblos que cuentan con excedente de capitales o de productos. Esta es la forma moderna. Las colonias constituyen para los países ricos una inversión de las más ventajosas [...]. Afirmo que la política colonial de Francia, que la política de expansión colonial, la que nos ha impulsado a ir, bajo el Imperio, a Saigón, a la Cochinchina, la que nos conduce en Tunicia, la que nos ha llevado a Madagascar, afirmo que esta política de expansión colonial está fundada en una realidad sobre la que es necesario llamar por un instante vuestra atención, a saber, que una marina como la nuestra no puede navegar sobre la superficie de los mares sin refugios sólidos, defensas, centros de avituallamiento. Las naciones, en nuestro tiempo, no son grandes por la actividad que desarrollan ni por el brillo pacífico de sus instituciones. Es necesario que nuestro país se ponga a hacer lo que los demás y, puesto que la política de expansión colonial es el móvil general que importa en el momento actual a las potencias europeas, hay que tomar partido en su favor». (Jules Ferry, Discursos, en Documents d'histoire vivante. París, Les Editions Sociales, dossier VI, ficha 31. En Calero Amor, A. y otros: Historía..., p. 155] «La política colonial se impone en primer lugar en las naciones que deben recurrir a la emigración, ya por ser pobre su población, ya por ser excesiva. Pero también se impone en las que tienen o bien superabundancia de capitales o bien excedente de productos; ésta es la forma moderna actual más extendida y mas fecunda. Francia, que siempre ha estado sobrante de capitales y ha exportado cantidades considerables de él al extranjero [...] tiene particular interés en considerar la cuestión colonial bajo este punto de vista [...]. Pero hay otro aspecto de esta cuestión mucho más importante: la cuestión colonial es, para países como el nuestro, dedicados, por la naturaleza misma de su industria, a una gran exportación, el problema mismo de los mercados. Allí donde se tenga predominio político, se tendrá también predominio de los productos, predominio económico».
47 «¿Dejarán que otros que no seamos nosotros se establezcan en Túnez, que otros que no seamos nosotros se sitúen en la desembocadura del río Rojo [...], que otros que no seamos nosotros se disputen las regiones del África ecuatorial? [...]. En esta Europa nuestra, en esta competencia de tantos rivales que crecen a nuestro alrededor [...] la política de recogimiento o de abstención no es otra cosa que el camino de la deca­ dencia. » Discursos de Jules Ferry.. (Duroselle: Europa de 1815 hasta nuestros días. Barcelona, Labor, 1975, págs. 218, 226.)
48 EL M I LI TARI SMO ALEMÁN El ejército alemán no sólo dispone de número, sino que también tiene una educación guerrera de la mayor calidad. Puede decirse que esta educación comenzó para el soldado antes de su llegada al cuerpo que le correspondiera. En efecto, en todas las regiones del Imperio se han constituido sociedades de preparación militar, que forman a la juventud en los ejercicios de marcha, de gimnasia, de equitación, de tiro, de maniobras o de campamento. Estas sociedades, cuya dirección corre a cargo de una de las máximas autoridades militares de Alemania, el mariscal von der Goltz, disponen de un presupuesto de varios millones y no tienen menos de 800.000 miembros. Los alemanes tienen, pues, la juventud mejor prepara­ da, física y moralmente, para el servicio militar.Y, cuando se ha cumplido el servicio activo, prosigue la educación para los reservistas. Los períodos de ejercicios a los que los reservistas están sujetos no se cumplen —en la mayor parte del tiempo— en los cuarteles, sino en los campos de instrucción militar. Alemania posee 24 campos de éstos [...] Los reservistas se ejercitan en verdaderos servicios de campaña en los que ejecutan maniobras de tiro, efectúan grandes movimientos de masas y se inician en todos los nuevos procedimientos, ofensivos o defensivos, de la táctica moderna (...) Hay que reconocer que el Imperio ha multiplicado sus esfuerzos para asegurar un cuerpo de oficiales al nivel de su cometido. Desde la edad de 10 años, los hijos de los oficiales o de los funcionarios que quieren dedicarse a la carrera de las armas entran en una de las diez escuelas de cadetes (...) En la escuela de cadetes reciben ya una instrucción táctica importante; la prosiguen durante tres años estudiando en una de las seis escuelas de guerra (...) La instrucción táctica se da en un cierto número de escuelas de prácticas (...) Finalmente, la élite. los que tendrán reservadas en el futuro las funciones del alto mando, acaban su educación militar en el Estado Mayor. Su acceso a él es particularmente difícil. La cantera para el reclutamiento del Estado Mayor es la Academia de Guerra de Berlín. Cada año esta escuela de alta enseñanza táctica recibe alrededor de 150 oficiales; los cursos tienen una duración en ella de tres años (...) Alemania tiene, así, un personal muy limitado de oficiales de Estado Mayor, pero es un personal inmejorablemente instruido, enterado de todos los problemas de táctica y de estrategia (...) «La próxima guerra —decía el mariscal Moltke— será sobre todo una guerra en la que la ciencia estratégica del mando tendrá la mayor importancia.» Y añadía: «Nuestra fuerza se halla en la dirección, en el mando, en una palabra: en nuestro gran Estado Mayor, al que he consagrado los últimos años de mi vida. Esta fuerza ya la pueden envidiar nuestros vecinos, pero no la tienen.» (ETIENNE FLANDIN: L'Allemagne en 1914(París, 19J5), pp. 87­91. En J. TUSELL (et al.). Historia del mundo contemporáneo. Curso de acceso directo (U.N.E.D.). Madrid: Universitas, 2001, p. 196)
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Bibliografia básica: FIELDHOUSE, D. K. Economía e Imperio. La expansión de Europa, 1830­1914. Madrid: Siglo XXI, 1977. MIRALLES, R. Equilibrio, hegemonía y reparto. Las relaciones internacionales entre 1870 y 1945. Madrid: Síntesis, 1996. PEREIRA CASTAÑARES, J. C. (coord.). Historia de las relaciones internacionales contemporáneas. Barcelona: Ariel, 2001. Para una ampliación de los contenidos sobre el imperialismo, remitimos a los capítulos que el profesor J. U. Martínez Carreras realiza en los manuales siguientes: LACOMBA y otros: Historia contemporánea. I. De las revoluciones burguesas a 1914. Madrid, Alhambra, 1988, capítulos 26 (“La expansión y el colonialismo europeos. La colonización de Asia. El Japón Meijí”) y 27 (“La colonización y el reparto de África”); con más amplitud trata estos temas en su manual MARTÍNEZ CARRERAS, J. U.: Introducción a la historia contemporánea. I. 1770­1918: la era de las revoluciones. Madrid, Istmo, 1983, cap. 17 (“La expansión y el colonialismo europeos. El Japón Meijí”), 18 (“La colonización de Asia Oriental y Meridional. Oceanía”), 19 (“La colonización de África. El África islámica”) y 20 (“La colonización y el reparto de África subsahariana”). También los capítulos 17 (“El Extremo Oriente”) y 18 (“El imperialismo”) del manual de PAREDES, J. (coord.): Historia Universal contemporánea. I: de las revoluciones liberales a la Primera Guerra Mundial. Barcelona, Ariel, 1999 ofrecen una información complementaria. Para quienes quieran profundizar en el tema, la monografía más adecuada es la de HERNÁNDEZ SANDOICA, E.: El colonialismo (1815­1873). Madrid, Síntesis, 1992. Entre las muchas novelas históricas que ayudan a la mejor comprensión del tema, se recomiendan las siguientes: FORSTER, E. M.: Pasaje a la India. Madrid, Alianza, 1985, y CONRAD, J.: El corazón de las tinieblas. Madrid, Alianza, 1984. Una breve aproximación al tema de las relaciones internacionales se puede seguir en los capítulos IV (“La diplomacia de Bismarck, 1871­1890”) y V (“El endurecimiento de las alianzas y las crisis, 1890­1914”) del ya clásico manual de J. B. DUROSELLE: Europa de 1815 a nuestros días: vida política y relaciones internacionales. Barcelona, Labor, 1983. Más amplia es la información que proporciona el también clásico de P. RENOUVIN: Historia de las relaciones internacionales. Siglos XIX y XX, Madrid, Akal, 1990, fundamentalmente en las páginas406­428 y 491­522. En cuanto a las monografías, la más recomendada y puesta al día es la de R. MIRALLES: Equilibrio, hegemonía y reparto. Las relaciones internacionales entre 1870 y 1945. Madrid, Síntesis, 1996. Bibliografía complementaria: CHESNEAUX, J. Asia oriental en los siglos XIX y XX. Barcelona: Labor, 1969. COQUERY­VIDROVITCH, C. y MONIOT, H. África negra de 1800 a nuestros días. Barcelona: Labor, 1976. HERNÁNDEZ SANDOICA, E. El colonialismo (1815­1873). Madrid: Síntesis, 1992.
51 “Imperios frente a frente, Los”. Madrid: Historia 16, 1983. (Historia Universal siglo XX, núm. 3) KI­ZERBO, J. Historia del África negra. 1.. Madrid: Alianza, 1980. LENIN, V. I. El imperialismo, fase superior del capitalismo. Madrid: Fundamentos, 1974. MARTÍNEZ CARRERAS, J. U. África subsahariana, 1885­1990. Del colonialismo a la descolonización. Madrid: Síntesis, 1993. MIEGE, J. L. Expansión europea y descolonización. De 1870 a nuestros días. Barcelona: Labor, 1975. MORALES LEZCANO, V. El colonialismo hispano­francés en Marruecos, 1898­ 1927. Madrid: Siglo XXI, 1976. OLIVER, R. África desde 1800. Madrid: Alianza, 1997. RENOUVIN, P. La crisis europea y la Iª Guerra Mundial (1904­1918). Madrid: Akal, 1990. SEGURA I MAS, A. El Magreb: del colonialismo al islamismo. Barcelona: Universitat de Barcelona, 1994. WALLER, B. Bismarck. Barcelona: Ariel, 1999. WESSELING, H. L. Divide y vencerás. El reparto de África (1880­1914). Barcelona: Península, 1999. ZORGBIBE, C. Historia de las relaciones internacionales. I. De la Europa de Bismarck hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Madrid: Alianza, 1997. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/colonialismo.htm 10. Guerra y revolución: la I Guerra Mundial, la revolución rusa y el reajuste internacional EL AM BI ENTE BELI CI STA EN EUROP A Francia no está aún preparada para el combate. Inglaterra se enfrenta con dificultades interiores y coloniales. Rusia rechaza la guerra, porque teme la revolución interior. ¿Vamos a esperar a que nuestros adversarios estén preparados o debemos aprovecharnos del momento favorable para provocar la decisión? Esta es la grave cuestión que hay que zanjar. El ejército austriaco es aún fiel y útil. Italia está todavía firmemente ligada a la Triple Alianza e incluso si prefiere (...) mantener la paz para restañar las heridas de la última guerra, sabe (...) que si Alemania es derrotada, quedará sin remedio a merced de la violencia de Francia e Inglaterra y perderá su posición independiente en el Mediterráneo (...) Podemos igualmente contar llegado el caso con Turquía y Rumania (...) Podríamos tener la dirección de la política europea mediante una ofensiva resuelta, y podríamos asegurar nuestro porvenir. Esto no quiere decir que debamos provocar la guerra; pero allá donde se manifieste un conflicto de intereses (...) no debemos retroceder, si no solucionarlo mediante la guerra y comenzarla con una ofensiva resuelta, poco importa el pretexto, porque no se trata de ese conflicto, sino de nuestro porvenir, lo que está en juego. (Extracto de un artículo aparecido en el diario alemán Die Post, el 24­2­1914) http://clio.rediris.es/udidactica/IGM/textos.htm#EL%20AMBIENTE%20BELICISTA% 20EN%20EUROPA
52 EL FRENTE OCCIDENTAL El ejército alemán penetró en Francia por diversas rutas (...) y sólo fue detenido a algunos kilómetros al este de París, en el río Marne, cinco o seis semanas después de que se hubieran declarado las hostilidades (...) ambos bandos improvisaron líneas paralelas de trincheras y fortificaciones defensivas que se extendían sin solución de continuidad desde la costa del canal de La Mancha hasta la frontera suiza, dejando en manos de los alemanes una extensa zona de la parte oriental de Francia y Bélgica. Las posiciones apenas se modificaron durante los tres años y medio siguientes. Ese era el "frente occidental", que se convirtió probablemente en la maquinaría más mortífera que había conocido hasta entonces la historia del arte de la guerra. Millones de hombres se enfrentaban desde los parapetos de las trincheras formadas por sacos de arena, bajo los que vivían como ratas y piojos (y con ellos). De vez en cuando, sus generales intentaban poner fin a esa situación de parálisis. Durante días, o incluso semanas, la artillería realizaba un bombardeo incesante (...) para "ablandar" al enemigo y obligarle a protegerse en los refugios subterráneos hasta que en el momento oportuno oleadas de soldados saltaban por encima del parapeto, protegido por alambre de espino, hacia la "tierra de nadie", un caos de cráteres de obuses anegados, troncos de árboles caídos, barro y cadáveres abandonados, para lanzarse contra las ametralladoras que, como ya sabían, iban a segar sus vidas. En 1916 (febrero­julio) los alemanes intentaron sin éxito romper la línea defensiva en Verdún, en una batalla en la que se enfrentaron dos millones de soldados y en la que hubo un millón de bajas. La ofensiva británica en el Somme (...) costó a Gran Bretaña 420.000 muertos (60.000 sólo el primer día de la batalla). No es sorprendente que para los británicos y los franceses (...) aquella fuera la "gran guerra", más terrible y traumática que la segunda guerra mundial. Los franceses perdieron casi el 20 por 100 de sus hombres en edad militar, y si se incluye a los prisioneros de guerra, los heridos y los inválidos permanentes y desfigurados ­ los gueules cassés ("caras partidas") que al acabar la guerra serían un vívido recuerdo de la guerra­, sólo algo más de un tercio de soldados franceses salieron indemnes del conflicto. Esa misma proporción puede aplicarse a los cinco millones de soldados británicos (...) (Eric HOBSBAWM. Historia del Siglo XX. Madrid: Crítica, 1995) CARTA DESDE EL FRENTE DE UN SOLDADO I NGLÉS 5/2/18. Francia, por la noche. Cariño mío, Ahora, si no hay problemas, vas a saber todo acerca de lo que ocurre aquí. Sé que te llevarás una gran sorpresa cuando te llegue esta carta... ¡Si alguna autoridad la ve! (...) Quizá te gustara saber como está el ánimo de los hombres aquí. Bien la verdad es que (y como te dije antes, me fusilarán si alguien de importancia pilla esta misiva) todo el mundo está totalmente harto y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo. A nadie le importa un rábano si Alemania tiene Alsacia, Bélgica o Francia. Lo único que quiere todo el mundo es acabar con esto de una vez e irse a casa. Esta es honestamente la verdad, y cualquiera que haya estado en los últimos meses te dirá lo mismo. De hecho, y esto no es una exageración, la mayor esperanza de la gran mayoría de los hombres es que los disturbios y las protestas en casa obliguen al gobierno a acabar como sea. Ahora ya sabes el estado real de la situación. Yo también puedo añadir que he perdido prácticamente todo el patriotismo que me quedaba, solo me queda el
53 pensar en todos los que estáis allí, todos a los que amo y que confían en mí para que contribuya al esfuerzo necesario para vuestra seguridad y libertad. Esto es lo único que mantiene y me da fuerzas para aguantarlo. En cuanto a la religión, que Dios me perdone, no es algo que ocupe ni uno entre un millón de todos los pensamientos que ocupan las mentes de los hombres aquí. Dios te bendiga cariño y a todos los que amo y me aman, porque sin su amor y confianza, desfallecería y fracasaría. Pero no te preocupes corazón mío porque continuaré hasta el final, sea bueno o malo (...) Laurie FUENTE: BBC News ­ World War I Remembered http://clio.rediris.es/udidactica/IGM/textos.htm#EL%20AMBIENTE%20BELICISTA% 20EN%20EUROPA LA P ROP AGANDA Las balas alemanas Excepto cinco no matan. minutos al mes, el Nuestros soldados pelígro es mínimo, se han incluso en las acostumbrado a las situaciones críticas. balas alemanas (...) No sé como me las Y la ineficacia de los voy a apañar sin proyectiles es el pegarme esta vida objeto de todas las cuando la guerra conversaciones. acabe. Esperábamos la hora La verdad es que del ataque como el que algunos (los refugios de Verdún) espera una fiesta son relativamente confortables: P etit Journal, 3 calefacción central y octubre 1915 electricidad (...) La verdad es que uno A propósito de Verdún: no se aburría Las pérdidas han sido mucho. mínimas. L'I ntransigent, 17 P etit P arisien, 22 agosto 1914 mayo 1915 P etit Journal, 1 marzo 1916 Écho de P aris, 25 febrero 1916 FUENTE: VV.AA.; Histoire Première, 1880­1945, Naissance du monde contemporain http://clio.rediris.es/udidactica/IGM/textos.htm#EL%20AMBIENTE%20BELICISTA% 20EN%20EUROPA
54 TESI S DE ABRI L DE LENI N 1. En nuestra actitud ante la guerra, que por parte de Rusia sigue siendo indiscutiblemente una guerra imperialista, de rapiña, también bajo el nuevo gobierno de Lvov y Cía., en virtud del carácter capitalista de este gobierno, es intolerable la más pequeña concesión al "defensismo revolucionario". El proletariado consciente sólo puede dar su asentimiento a una guerra revolucionaria, que justifique verdaderamente el defensismo revolucionario, bajo las siguientes condiciones: a) paso del poder a manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado a él adheridos; b) renuncia de hecho y no de palabra, a todas las anexiones; c) ruptura completa de hecho con todos los intereses del capital. (...) 2. La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado (...) 2. Ningún apoyo al Gobierno Provisional; explicar la completa falsedad de todas sus promesas, sobre todo de la renuncia a las anexiones. Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria "exigencia" de que deje de ser imperialista. 3. Reconocer que, en la mayor parte de los Soviets de diputados obreros, nuestro partido está en minoría y, por el momento, en una minoría reducida, frente al bloque de todos los elementos pequeñoburgueses y oportunistas ­sometidos a la influencia de la burguesía y que llevan dicha influencia al seno del proletariado­, desde los socialistas populares y los socialistas revolucionarios hasta el Comité de Organización (Chjeídze, Tsereteli, etc), Steklov, etc. Explicar a las masas que los Soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas. Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo, la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores. 4. No una república parlamentaria ­volver a ella desde los Soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás­ sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba (...) 5. En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros. Confiscación de todas las tierras de los latifundios. Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los Soviets locales de diputados braceros y campesinos. Creación de Soviets especiales de diputados campesinos pobres. Hacer de cada gran finca (con una extensión de 100 a 300 deciatinas, según las condiciones locales y de otro género y a juicio de las instituciones locales) una hacienda modelo bajo el control de diputados braceros y a cuenta de la administración local. 6. Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Soviets de diputados obreros. 7. No "implantación" del socialismo como nuestra tarea inmediata, sino pasar únicamente a la instauración inmediata del control de la producción social y de la distribución de los productos por los Soviets de diputados obreros. 8. Tareas del partido:
55 1. Celebración inmediata de un congreso del partido; 2. Modificación del programa del partido, principalmente: a. Sobre el imperialismo y la guerra imperialista, b. Sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de un "Estado­ Comuna"
c. Reforma del programa mínimo, ya anticuado; 3. Cambio de denominación del partido: En lugar de "socialdemocracia", cuyos líderes oficiales han traicionado al socialismo en el mundo entero, pasándose a la burguesía (lo mismo los "defensistas" que los vacilantes "kautskianos"), debemos denominarnos P artido Comunista ) 10. Renovación de la Internacional. BALANCE DE OCTUBRE. VI SI ÓN M ARXI STA Numerosos testigos de todos los partidos dan fe del extraordinario grado de participación de las masas. En palabras de Marc Ferro: "Los ciudadanos de la nueva Rusia, habiendo derrocado el capitalismo, estaban en un estado de movilización permanente" (Ibid, p. 201). El destacado menchevique Nikolai Sujanov recuerda que "toda Rusia... estaba constantemente manifestándose en esos días. Todas las provincias se habían acostumbrado a las manifestaciones callejeras" (Ibid, p. 201). Nadezha Krupskaya, la esposa de Lenin, recuerda: "Aquellos días, las calles presentaban un aspecto interesante, en todas partes se reunían los grupos y discutían acaloradamente la situación política y los acontecimientos. Solía internarme en la multitud y escuchar. Una vez estuve caminando más de tres horas desde la calle Shirokaya hasta la mansión de Kshesinsky, de tan interesantes que eran las conversaciones. Había un patio trasero en casa y, desde allí, con la ventana abierta por la noche, oíamos excitadas discusiones; era un viejo soldado que se sentaba allí y hablaba con la cocinera, y las sirvientas de las casas vecinas. A la una de la madrugada aún se oían palabras sueltas: bolcheviques, mencheviques... A las tres: Miliukov, bolcheviques... A las cinco, lo mismo: política y asambleas. Las blancas noches de Petrogrado se asocian ahora con estas reuniones nocturnas" (N. Krupskaya, Mi vida con Lenin, pp. 289­ 90). John Reed nos presenta la misma imagen: "En el frente los soldados peleaban con sus oficiales y aprendían a autogobernarse a través de sus comités. En las fábricas adquirían experiencia y fuerza y la comprensión de su misión histórica en la lucha contra el viejo orden los comités de empresa, organizaciones rusas sin parangón. Toda Rusia aprendía a leer y efectivamente leía libros de política, economía e historia, leía porque la gente quería saber... En cada ciudad, en la mayoría de las ciudades inmediatas al frente cada partido político sacaba su periódico y a veces varios. Miles de organizaciones imprimían miles de folletos políticos, inundando con ellos las trincheras y aldeas, las fábricas y las calles de las ciudades. La sed de instrucción tanto tiempo frenada abrióse paso al mismo tiempo que la revolución con fuerza espontánea. En los primeros seis meses de la revolución tan sólo del Instituto Smolny se enviaba a todos los confines del país toneladas, camiones y trenes de publicaciones. Rusia se tragaba el material impreso con la misma insaciabilidad con que la arena seca absorbe el agua. Y todo aquello no eran fábulas, no era la historia falsificada, diluida por la religión, no era maculatura, barata y corruptora, sino teorías sociales y económicas, filosofía, obras de Tolstói, Gógol y Gorki...
56 "Luego la palabra. Rusia vióse inundada de tal torrente de discursos que, en comparación, 'la avalancha de locuacidad francesa', de que habla Carlyle, no pasa de ser un arroyuelo. Conferencias, controversias, discursos en los teatros, circos, escuelas, clubes, salas de los sóviets, locales sindicales, cuarteles... Mítines en las trincheras del frente, en las plazuelas aldeanas, en los patios de las fábricas. ¡Qué asombroso espectáculo ofrece la fábrica Putílov cuando de sus muros salen cuarenta mil obreros para oír a los socialdemócratas, eseristas, anarquistas, a quien sea, hable de lo que hable y por mucho tiempo que hable! Durante meses enteros, cada encrucijada de Petrogrado y otras ciudades rusas era una constante tribuna pública. Surgían discusiones y mítines espontáneos en los trenes, en los tranvías, en todas partes..." (J. Reed, Diez días que estremecieron el mundo, pp. 42­3). La sed de ideas se reflejaba en un interés enorme por la palabra escrita. John Reed describe la situación con los soldados en el frente: "Llegamos al frente, al XII Ejército, que se hallaba cerca de Riga, donde los hombres descalzos y extenuados se morían de hambre y enfermedades entre la inmundicia de las trincheras. Al vernos se levantaron a nuestro encuentro. Tenían los rostros demacrados; a través de los agujeros de la ropa azuleaban las carnes. Y la primera pregunta fue: '¿Han traído algo para leer?" (Ibid., p. 43). El Partido Bolchevique ganó porque defendía el único programa que mostraba una salida a la situación. La famosa consigna de Lenin era: "!Explicar pacientemente!". Las masas fueron capaces de poner a prueba los programas de los mencheviques y de los eseristas, y los dejaron de lado. Los votos de los candidatos bolcheviques a los sóviets aumentaron de manera sostenida hasta el punto que, en septiembre, habían ganado la mayoría en Petrogrado, Moscú, Kiev, Odessa y las demás ciudades principales. En ese momento, la cuestión de la transferencia del poder del desprestigiado Gobierno Provisional, que sólo se representaba a sí mismo, a los sóviets, los organismos democráticos de las masas de obreros y soldados (aplastantemente de extracción campesina), era una necesidad imperiosa. El crecimiento del Partido Bolchevique en este periodo es algo sin precedentes en la historia de los partido políticos: de unos 8.000 miembros en febrero, pasó a 177.000 en el 6º Congreso, cinco meses más tarde. Es más, hay que recordar que esto se consiguió a pesar de tener un aparato extremadamente débil y en condiciones de severa represión. Krupskaya escribe: "No cabía duda del aumento de la influencia bolchevique, particularmente en el ejército, y el 6º Congreso contribuyó todavía más a una concentración de fuerzas. El congreso publicó un manifiesto en el que se llamaba la atención sobre la posición contrarrevolucionaria adoptada por el Gobierno Provisional. 'La revolución mundial y la lucha de clases son inminentes', afirmaba el manifiesto" (N. Krupskaya, Mi vida con Lenin, p. 303). El crecimiento numérico del Partido sólo reflejaba parcialmente el rápido crecimiento de su influencia de masas, sobre todo en los sóviets de obreros y soldados. Marcel Liebman describe de esta manera su progreso: "Durante todo el año 1917, el partido de Lenin registró éxitos electorales destacables y casi constantes. Mientras que al principio de la revolución sólo tenía una pequeña representación en el sóviet de Petrogrado, en mayo, el grupo bolchevique en la sección obrera de esa institución tenía una mayoría casi absoluta. Un mes más tarde, durante la 1ª Conferencia de comités de fábrica de Petrogrado, tres cuartas partes de los 568 delegados expresaron su apoyo a las tesis bolcheviques. Sin embargo, fue a finales del verano cuando los leninistas cosecharon el fruto completo de su política de oposición al Gobierno Provisional. En las elecciones municipales de Petrogrado, en junio, los bolcheviques recibieron entre el 20 y el 21% de los votos; en agosto, cuando el partido todavía estaba sufriendo las consecuencias de las Jornadas de Julio, recibieron el 33%. En Moscú, en junio, recibieron poco más del 12%; en septiembre obtuvieron mayoría absoluta, con el 51% de los votos. Con el incremento de su representación en las conferencias de los comités de fábrica, queda claro que su influencia era
57 especialmente fuerte entre la clase obrera. En Petrogrado, en septiembre, ya no quedaban ni mencheviques ni eseristas presentes en las reuniones regionales de estos organismos, habiendo sido ocupados sus puestos por los bolcheviques" (Liebman, op. cit., p. 206). Daremos la última palabra sobre este tema a un destacado oponente del bolchevismo, que también fue testigo presencial e historiador de la Revolución Rusa, el menchevique Sujanov. Describiendo la situación en los últimos días de septiembre, escribe: "Los bolcheviques estaban trabajando obstinadamente sin descanso. Estaban entre las masas, en las fábricas, todos los días, sin pausa. Decenas de oradores, grandes y pequeños, estaban hablando en Petersburgo, en las fábricas y en los cuarteles, todos y cada uno de los días. Para las masas se habían convertido en su propia gente porque siempre estaban allí, tomando la iniciativa en los pequeños detalles al igual que en los asuntos más importantes de la fábrica o el cuartel. Se habían convertido en la única esperanza... Las masas vivían y respiraban al unísono con los bolcheviques" (Ibid., p. 207, énfasis en el original). Ted GRANT. Rusia de la revolución a la contrarrevolución. Un análisis marxista. Fundación Federico Engels. http://www.engels.org/libros/rusia/capitulo1/R_c1_3.htm GOLP E DE ESTADO, N O REVOLUCI ÓN. UNA VI SI ÓN CONSERVADORA La gran diferencia entre la segunda revolución —también llamada bolchevique— y todas las revoluciones anteriores estuvo en la presencia de Lenin, un hombre decidido que se imponía fácilmente sobre los demás. No disponía de la fuerza oratoria de Trotski pero convencía a sus seguidores y a las grandes masas del pueblo ruso gracias a su personalidad. Tenía gran confianza en sí mismo, supo hacer muchos partidarios y llegó a convertirse, aún en vida, en una figura mítica. Lenin decía ser el más ortodoxo de los marxistas y tuvo ocasión de demostrarlo en septiembre de 1917, poco antes de la revolución bolchevique, escribiendo El estado y la revolución y sin desviarse ni un ápice de los textos sagrados de Marx y Engels, aunque tal vez inconscientemente repitió lo que ya habían dicho otros revolucionarios. Estaba tan convencido como Blanqui de poder hacer una revolución en cuarenta y ocho horas. La única diferencia entre Lenin y Blanqui fue que Lenin lo consiguió. Lenin tomó la idea referente a la dictadura del proletariado y la interpretó como Marx había hecho. El proletariado podía opinar por medio del Partido Comunista, de ahí que la dictadura del proletariado significara en realidad la dictadura del Partido Comunista; éste podía opinar a su vez a través de Lenin, por lo que la dictadura del Partido Comunista era más bien la dictadura de Lenin, a pesar de alguna esporádica oposición. Lenin no dudaba en absoluto de su habilidad para gobernar. Cuando en junio de aquel año se reunió el primer soviet de toda Rusia, un portavoz se quejó de que no había ningún partido capaz de llevar las riendas de Rusia. «Ese partido existe», contestó Lenin. En aquella época muy pocos le creyeron. Rusia mantuvo una situación revolucionaria durante el verano de 1917, aunque más que una situación revolucionaria habría que decir una situación de creciente desorden y confusión. El antiguo sistema estaba prácticamente destruido pero nada lo sustituyó. El gobierno provisional era poco más que un símbolo de impotencia. El ejército, que se había mantenido como una fuerza efectiva antes de la revolución, empezó a romperse bajo el impacto de la nueva visión que los revolucionarios tenían sobre Rusia. Cuando en julio de 1917 Kerenski trató de
58 devolver algún prestigio al gobierno provisional realizando una ofensiva contra los alemanes, se produjo la derrota militar definitiva señalando el fin del antiguo ejér­ cito y marchándose los soldados a casa. (…) En julio se produjeron más revueltas por el problema de los víveres. La inflación era cada vez mayor, y no parecía haber ninguna esperanza de recuperación exceptuando el viejo sueño de que algún general poderoso restaurara el orden. Pero tal general no existía. Todos los generales compartían el descrédito que ya había abrumado al zar. El pueblo ruso pedía cada vez con más insistencia la salida de la guerra y ésta fue la exigencia más fuerte de Lenin. El gobierno provisional se consideraba democrático y trataba por todos los medios de mostrarse fiel a la democracia permaneciendo al lado de los aliados de Rusia que estaban luchando por un mundo más democrático. Lenin tenía la firme convicción de que si los bolcheviques se hacían con el poder y anunciaban el fin de la guerra, el efecto sería inmediato en toda Europa. Los soldados alemanes dejarían las armas, y lo mismo harían después los ingleses y los franceses. De esta forma se podía conseguir al mismo tiempo la paz y la revolución internacional. Lenin estaba más preocupado en acabar con lo que él llamaba la guerra imperialista que en establecer una dictadura bolchevique en Rusia. No hay que olvidar que era un marxista de talante internacional que había vivido casi toda su vida en el extranjero y que tenía una mentalidad europea. Llegó a acercarse a la opinión de los bolcheviques sobre la imposibilidad de establecer el socialismo sin ayuda exterior en un país tan atrasado como Rusia. La segunda revolución rusa debía ser la chispa que encendiera la bomba de la revolución internacional. Una vez conseguido esto, el centro de la revolución se trasladaría hacia occidente de modo que Rusia podría sostenerse con la ayuda de los países socialistas más avanzados hasta que ella recuperara el camino perdido en el crecimiento industrial. Cuando en 1919 se convocó en Moscú la Tercera Internacional, también llamada Comunista, Lenin dijo: «Tenemos que empezar en alguna parte», y añadió: «Estoy seguro de que nuestra próxima reunión será en Berlín», dando por supuesto el éxito de la revolución en Alemania. Esta fe en una posible revolución internacional fue el motor de la revolución bolchevique, pero también fue su perdición. La revolución bolchevique tuvo lugar el 7 de noviembre de 1917, pero ésta no era una revolución de las masas como la primera. Fue el asalto al poder de un pequeño grupo tal y como Blanqui había hecho en 1848. Aunque los bolcheviques habían hablado con frecuencia de tomar el poder, aquello también les cogió por sorpresa. Fue Kerenski quien dio la señal para la revolución bolchevique al decidir llevar a cabo una ofensiva contra ellos. Los bolcheviques resistieron bajo el liderazgo de Trotski, y ante su perplejidad, Kerenski y su gobierno se derrumbaron. El 7 de noviembre de 1917 el gobierno provisional había quedado reducido a una reunión de ministros en el Palacio de Invierno. A pesar de lo que muestran las dramáticas escenas de la famosa película de Eisenstein, el gobierno provisional no fue derrocado por un ataque masivo al Palacio de Invierno. Unos pocos miembros de la Guardia Roja subieron por la entrada de servicio, encontraron al gobierno provisional en plena sesión y detuvieron a los ministros en nombre del pueblo. Y así fue la revolución bolchevique, con un saldo de seis muertos, cinco de ellos de la Guardia Roja, víctimas de la mala puntería de sus propios camaradas. Hubo una segunda toma del poder durante la segunda reunión del soviet de toda Rusia. Se decía que el poder del país estaba ahora en manos de los soviets, y al cabo de unos minutos Lenin subió al estrado para leer los nombres de los Comisarios del Pueblo, es decir, del nuevo gobierno soviético. Sin embargo no fue el soviet quien nombró a los Comisarios del Pueblo y la mayoría de los presentes tenían una idea muy vaga de quiénes eran todas aquellas personas.
59 Lenin anunció dos decretos revolucionarios. El primero fue el de la paz, y preveía el fin inmediato de la guerra y el logro de una paz basada en el principio de «sin anexiones y sin indemnizaciones». Ésta era la chispa que debía iniciar la revolución internacional. El segundo decreto trataba de la tierra. Los bolcheviques carecían de una política propia referida al problema de la tierra. Nunca habían sido partidarios de dar la tierra a los campesinos, pero esto es precisamente lo que Lenin hizo. Un revolucionario social se lo recriminó lleno de indignación: «Llevan años enteros oponiéndose a esa parte de nuestro programa y ahora., nos la roban.» El decreto sobre la tierra fue muy oportunista y se pensó para lograr el apoyo de los campesinos. El éxito fue total. En la posterior guerra civil y en las guerras de intervención los campesinos rusos, a pesar de que no sentían ningún entusiasmo por el socialismo, prefirieron a los bolcheviques, de quienes habían recibido la tierra, antes que a los reaccionarios, seguros de que éstos se las arrebatarían para devolverlas a la aristocracia terrateniente. La Rusia bolchevique logró sobrevivir. Las grandes esperanzas de Lenin no se cumplieron y la revolución internacional no triunfó en Europa. Al finalizar la guerra en noviembre de 1918 los países derrotados sufrieron alguna revolución de este tipo, pero no hubo ningún cambio fundamental. El kaiser fue destronado en Alemania para acabar estableciendo, después de algunas alarmas, una república democrática encabezada por unos socialdemócratas muy moderados. La verdad es que no hubo ninguna revolución social. Hubo una efímera revolución comunista en Hungría, pero sólo se preocupó de preservar el territorio histórico de Hungría, lo cual era en el fondo otro eco de 1848. Hacia 1920 el impulso revolucionario había decaído en Europa. El mapa del continente había sufrido algún cambio con la aparición de nuevos estados, pero el capitalismo seguía prácticamente intacto. Lenin había contado con la revolución internacional; ¿cómo iba a sobrevivir la Rusia comunista en un mundo de estados capitalistas?, a lo que Trotski contestó: «Con una revolución permanente y tratando de provocar más revoluciones en cualquier parte.» Lenin sabía que el socialismo era imposible en un solo país, y decidió que la solución estaba en esperar de la misma forma que los revolucionarios que habían fracasado en 1848 esperaron la nueva revolución que debía producirse en 1857. También los bolcheviques se convirtieron en revolucionarios sin revolución. Con Lenin muerto y Trotski en el exilio, Stalin decidió llevar a cabo el socialismo en un solo país. También esto fue una especie de revolución, aunque ninguno de los viejos revolucionarios la habría aceptado. Rusia se convirtió en una potencia mundial gracias a Stalin, y después de la segunda guerra mundial impuso sobre sus vecinos inferiores un sistema de satélites comunistas. En Europa, aunque no en otras partes del mundo, la antigua inspiración revolucionaria se extinguió cuando la revolución socialista fracasó en su intento de hacerse internacional tras la toma de poder de los bolcheviques en 1917. (A.J.P. TAYLOR. Revoluciones y revolucionarios. Barcelona: Planeta, 1990, pp. 162­ 174.) LOS SOVI ETS EN ACCI ÓN P ARA UN OBSERVADOR MARXI STA El Estado Soviético está basado en los Soviets ­o Consejos­ de trabajadores y en los Soviets de campesinos. Estos Consejos ­instituciones características de la Revolución Rusia­ se originaron en 1905, cuando durante la primera huelga general de los trabajadores, las fábricas de Petrogrado y las organizaciones obreras enviaron delegados al Comité Central. Este Comité de Huelga fue llamado Consejo de Diputados Obreros. Convocó la segunda huelga general en el otoño de 1905,
60 mandó organizaciones a toda Rusia y por un breve lapso de tiempo fue reconocido por el Gobierno Imperial como el interlocutor autorizado de la clase trabajadora revolucionaria rusa. Con el fracaso de la revolución de 1905, los miembros del Consejo huyeron o fueron deportados a Siberia. Pero ese tipo de unión resultó tan sorprendentemente efectiva como órgano político que todos los partidos revolucionarios incluyeron un Consejo de Diputados Obreros en su planes para un futuro levantamiento. En marzo de 1917, cuando ante una Rusia que brama como un océano, el zar abdicó, el Gran Duque Miguel rechazó el trono y la reclutante Duma (el seudoparlamento zarista) fue forzada a tomar las riendas del gobierno, el Consejo de Diputados Obreros renació de nuevo. En pocos días fue ampliado par incluir delegados del Ejército, pasando a llamarse Consejo de Diputados de Obreros y Soldados. Excepto Kerensky, la Duma estaba compuesta de burgueses y no tenía conexión alguna con las masas revolucionarias. La lucha había de continuar, debía restablecerse el orden, mantenerse el frente ...los miembros del Comité de la Duma no estaban en condiciones de llevar a cabo esas tareas; se vieron obligados a llamar a los representantes de los trabajadores y los soldados ­ en otras palabras­ al Consejo. El Consejo se hizo cargo del trabajo de la revolución, de la coordinación de las actividades del pueblo, de la preservación del orden. Además asumió la tarea de asegurar la revolución contra la traición de la burguesía. Desde el momento en que la Duma se vio forzada a apelar al Consejo, en Rusia existieron dos gobiernos, y dos gobiernos lucharon por el poder hasta noviembre de 1917, cuando los soviets, bajo el control bolchevique, derribaron a la coalición de gobierno. Había, como he dicho, Soviets de diputados tanto obreros como soldados. Algo más tarde surgieron los soviets de Diputados Campesinos. En la mayoría de las ciudades los Soviets Obreros y Soldados se reunían juntos; también convocaban sus Congresos Panrusos conjuntamente. Los soviets de Campesinos, sin embrago, estaban dominados por elementos reaccionarios y no se unieron a los obreros y soldados hasta la revolución de Noviembre y el establecimiento del Gobierno Soviético. ¿Quiénes eran los miembros de los Soviets? El soviet se basa directamente en los trabajadores en las fábricas y en los campesinos en los campos. Al principio los delegados de los soviets de Obreros, Soldados y Campesinos, eran elegidos de acuerdo con reglas que variaban según las necesidades y la población de las diferentes localidades. En algunos pueblos los campesinos elegían un delegado por cada cincuenta electores. Los soldados en los cuarteles tenían derecho a un cierto número de delegados por regimiento, sin consideración a su fuerza; las tropas en el frente, sin embargo, elegían a sus soviets de manera diferente. En cuanto a los trabajadores en las grandes ciudades, pronto descubrieron que los soviets eran difíciles de manejar a menos que los delegados fuesen limitados a uno cada quinientos. De la misma manera, los primeros Congresos Panrusos de los Soviets se basaron aproximadamente en un delegado por cada veinticinco mil votantes, aunque de hecho los delegados representaban circunscripciones de varios tamaños. Hasta febrero de 1918 cualquiera podía votar delegados para los Soviets. Incluso si los burgueses hubieran organizado y solicitado representación en los Soviets, se les hubiera otorgado. Por ejemplo, durante los mandatos del Gobierno
61 Provisional, hubo una representación burguesa en el Soviet de Petrogrado ­un delegado de la Unión de Hombres Profesionales, que comprendía doctores, juristas, profesores, etc.­. El pasado marzo la constitución de los Soviets fue desarrollada con detalle y aplicada universalmente. Restringía el derecho de voto a: Ciudadanos de todas las Repúblicas Socialistas Soviéticas de ambos sexos que hayan cumplido dieciocho años el día de las elecciones ... Todos aquéllos que se ganen la vida a través del trabajo productivo y útil de la sociedad y que sean miembros de los sindicatos ... Quedaban excluidos del derecho a voto: los que emplean fuerza de trabajo par obtener beneficio; las personas que viven de plusvalías; comerciantes y agentes privados de negocios; empresarios de comunidades religiosas; ex­ miembros de la policía y de la gendarmería; la antigua dinastía reinante; los deficientes mentales; los sordomudos; y todos los condenados por delitos menores mezquinos e indignos. En cuanto a los campesinos, cada cien de ellos en lo pueblos eligen un representante para el Soviet del Volost, o Municipio. Los Soviets de los Volost envían delegados a los Soviets del Uyezd, o condado, el cual a su vez envía delegados al Soviet del Oblast, o provincia, para el cual también se eligen delegados de los Soviets de Trabajadores de las ciudades. (...) Autor: John Reed. Primera edición: The Liberator, oct. 1918. Versión Digital: Izquierda Revolucionaria ­ En Lucha. Esta Edición: Marxists Internet Archive, 2000. http://www.marxists.org/espanol/reed/sovacc.htm EL ESTADO SOVI ÉTI CO P ARA UN OBSERVADOR M ARXI STA Al menos dos veces al año se eligen delegados de toda Rusia para el Congreso de Soviets Panruso. Teóricamente estos delegados se eligen por designación popular directa; en las provincias uno por cada 125.000 votantes; en las ciudades uno por cada 25.000; sin embargo en la práctica, son normalmente elegidos por los soviets provinciales y urbanos. Se puede convocar una sesión extraordinaria del congreso en cualquier momento, a iniciativa del Comité Central Ejecutivo Panruso, o a petición de soviets que representen un tercio de la población trabajadora de Rusia. Este órgano, formado por unos 2.000 delegados, se reúne en la capital en forma de gran soviet y decide sobre los asuntos esenciales de la política nacional. Elige un Comité Central Ejecutivo, como el Comité Central del Soviet de Petrogrado, que invita a los delegados de los comités centrales de todas las organizaciones democráticas. Este Comité Central Ejecutivo de los Soviets Panruso aumentado, es el parlamento de la República Rusa. Está formado por unas 350 personas. Entre los Congresos Panrusos es la autoridad suprema, pero no debe actuar al margen de las
62 líneas dictadas por el último Congreso y es absolutamente responsable de todos sus actos ante el siguiente Congreso. (...) La principal función de los soviets es la defensa y consolidación de la revolución. Expresan la voluntad política de las masas no sólo en los Congresos Panrusos, donde su autoridad es casi suprema. Esta centralización existe porque los soviets locales crean el gobierno central y no el gobierno central los soviets locales. A pesar de la autonomía local, sin embargo, los decretos del comité Central Ejecutivo y las órdenes de los delegados son válidos para todo el país, porque en la república Soviética no hay intereses sectoriales privados que servir, y la causa de la Revolución es en todas partes la misma. (...) Los Soviets pueden aprobar decretos que supongan cambios económicos fundamentales, pero deben llevarse a cabo por las propias organizaciones populares locales. La confiscación y distribución de la tierra, por ejemplo, se dejó en manos de los Comités de la Tierra de los Campesinos. Estos Comités de la Tierra fueron elegidos por los campesinos a propuesta del Príncipe Lvov, el primer jefe del gobierno provisional. Con respecto a la cuestión de la tierra, fue inevitable llegar a un acuerdo, según el cual, las grandes haciendas debían ser fraccionadas y distribuidas entre los campesinos. El Príncipe Lvov pidió a los campesinos que eligieran Comités de Tierra, que no sólo debían determinar sus propias necesidades agrícolas, sino también medir y hacer avalúo de las grandes fincas. Pero cuando estos comités de la Tierra intentaron funcionar, los propietarios los habían detenidos. Cuando los Soviets tomaron el poder su primera acción fue promulgar el Decreto de la Tierra. Este Decreto no era siquiera un proyecto bolchevique, sino el programa del ala derecha (o moderada) del Partido Socialista Revolucionario, desarrollado a partir de varios centenares de peticiones de campesinos. El decreto abolió para siempre los títulos privados de la tierra o recursos naturales de Rusia y dejó a los Comités de Tierra la tarea de distribuir la tierra entre los campesinos, hasta que la Asamblea Constituyente resolviera finalmente la cuestión. Tras la disolución de la asamblea constituyente, el decreto se hizo definitivo (...) Por supuesto ningún campesino podía poseer su tierra, no obstante, podía tomar lo que la tierra le ofrecía y tratarlo como propiedad privada. Pero la política del gobierno, actuando a través del Comité Local de la Tierra, es desalentar esta tendencia. Los campesinos que quieren convertirse en propietarios pueden hacerlo, pero no son ayudados por el gobierno. Por el contrario, a los campesinos que cultivan cooperativamente se les dan créditos, simientes, herramientas, y formación en técnicas modernas. (...) Autor: John Reed. (...) http://www.marxists.org/espanol/reed/sovacc.htm LOS CATORCE P UNTOS DE W I LSON (Mensaje de 8­1­1918) 1. Acuerdos de paz negociados abiertamente (...) La diplomacia procederá siempre (...) públicamente. 2. Libertad absoluta de navegación sobre los mares (...)
63 3. Supresión, hasta donde sea posible, de todas las barreras económicas (...) 4. Suficientes garantías recíprocas de que los armamentos nacionales serán reducidos al límite compatible con la seguridad interior del país. 5. Libre ajuste (...) de todas las reivindicaciones coloniales (...) 6. Evacuación de todos los territorios rusos (...) 7. Bélgica (...) deberá ser evacuada y restaurada. 8. Todo el territorio francés deberá ser liberado (...) El daño hecho a Francia en 1871, en lo que se refiere a Alsacia­Lorena (...), deberá ser reparado. 9. Deberá efectuarse un reajuste de las fronteras de Italia, siguiendo las líneas de las nacionalidades claramente reconocibles. 10. A los pueblos de Austria­Hungría (...) deberá serles permitido, con la mayor premura, la posibilidad de un desarrollo autónomo. 11. Rumania, Serbia y Montenegro deberán ser evacuados (...) A Serbia se le concederá libre acceso al mar (...) 12. A los territorios turcos del actual Imperio otomano se les garantizará plenamente la soberanía (...), pero las otras nacionalidades que viven actualmente bajo el régimen de este Imperio deben (...) disfrutar de una total seguridad de existencia y de poderse desarrollar sin obstáculos. 13. Deberá constituirse un Estado polaco independiente, que comprenda los territorios incontestablemente habitados por polacos, los cuales deberán tener asegurado el acceso al mar (...) 14. Deberá crearse una Sociedad general de las Naciones en virtud de acuerdos formales, que tenga por objeto ofrecer garantías recíprocas de independencia política y territorial tanto a los pequeños como a los grandes estados. http://clio.rediris.es/udidactica/IGM/textos.htm#LOS 14 PUNTOS DE WILSON) LAS P OSTURAS DI VERGENTES DE LOS VENCEDORES Memorandum de Lloyd George, 25 marzo 1919 El P residente W ilson El jefe de gobierno francés, dirigiéndose a Georges Clemenceau, Clemenceau en el Consejo dirigiéndose al Consejo de los 4 Desde todos los puntos de vista, de los 4 me parece que debemos esforzarnos por establecer un acuerdo de paz como si fuéramos árbitros imparciales, olvidándonos de las pasiones de la guerra. Este acuerdo deberá tener tres objetivos: ante todo, hacer justicia a los Aliados, teniendo en cuenta la responsabilidad de Alemania en Tomo acta de las palabras y de las Espero que Vd. esté de excelentes intenciones del Presidente acuerdo, en principio, com el Wilson. Él elimina el sentimiento y el Sr. Lloyd George en la recuerdo: es ahí donde tengo una moderación que es necesario observación que hacer respecto a lo mostrar con Alemania. No que acaba de decir. El presidente de queremos ni podríamos EE.UU. desconoce el fondo de la destruirla: nuestro mayor naturaleza humana. El hecho de la error sería darle razones guerra no puede ser olvidado. poderosas para que qusiera América no ha visto esta guerra de
64 los orígenes de la guerra y en los un día tomarse la revancha. cerca durante los tres primeros años; métodos de guerra; Cláusulas excesivas nosotros, durante ese tiempo, seguidamente, el acuerdo debe sembrarían la semilla segura perdimos un millón y medio de ser de tal manera que un de la guerra (...) Es hombres. No nos queda mano de gobierno alemán consciente de necesario que evitemos dar obra. Nuestros amigos ingleses, que sus responsabilidades pueda a nuestros enemigos la han perdido menos que nosotros, firmarlo estimando que podrá impresión de injusticia. No pero lo bastante para haber también cumplir las obligacione que hay temo para el futuro las sufrido mucho, me comprenderán. suscrito; por último, este guerras preparadas por Las pruebas que hemos debido pasar acuerdo no deberá tener ninguna complots secretos de los han creado un sentimiento profundo cláusula cuya naturaleza pueda gobiernos, sino más bien los sobre las reparaciones que nos son provocar nuevas guerras, y conflictos creados por el debidas; y no se trata sólo de deberá ofrecer una alternativa al descontento de las reparaciones materiales: la necesidad bolchevismo, porque será para poblaciones. Si nos hacemos de reparaciones morales no es menos las gentes razonables una a nosotros mísmo culpables fuerte (...) solución igualitaria del problema de injusticia, ese Buscáis hacer justicia a los alemanes. europeo. descontento es inevitable. No penséis que ellos nos van a perdonar, buscarán la ocasión de la revancha, nada destruirá la rabia de David Lloyd George, Some P . M ANTOUX, Les considerations for the P eace Délibérations du conseil aquellos que han querido establecer su dominación en el mundo y que se conference, 1919 des Quatre, C.N.R.S., han creído tan cerca de conseguirlo. 1955. P ierre Renouvin, Le traité de Versailles, P aris, Flammarion, 1969, pp. 118 à 123 passim FUENTE: Cliotexte. Textes en lien avec le Traité de Versailles http://clio.rediris.es/udidactica/IGM/textos.htm#EL%20AMBIENTE%20BELICISTA% 20EN%20EUROPA
65 LA P OLÉM I CA SOBRE LA RESP ONSABI LI DAD DE LA GUERRA En noviembre de 1918 el socialista Kaustky, que junto con el historiador Wolff, había manejado la documentación, estaba convencido de la responsabilidad del pueblo alemán. Pero el artículo 231 del tratado de Versalles provocó una intensa emoción; la delegación alemana publicó un memorándum rechazando la culpabilidad exclusiva. En noviembre de 1919 se formó una comisión de encuesta —germana—, que trabajó hasta agosto de 1932. En ella trabajaron hombres como Günther Sass, que olvidaban sistemáticamente los documentos desfavorables para Alemania. Hans von Delbrück llega a defender la inocencia completa y acusa a Francia de que desea conquistar Alsacia. En Francia, el gran maestro Renouvin, publicó en 1925 su libro Les origins inmediates de la guerre, en el que se concluye la responsabilidad de Alemania de manera mitigada: la movilización rusa se produce en el momento en que las potencias centrales habían renunciado a negociar. Jules Isaac en vez de responsabilidad unilateral de Alemania prefiere hablar de responsabilidad desigualmente compartida, y cree que la movilización rusa hizo la guerra inevitable. Renouvin ha replicado: Francia no pudo evitar el conflicto, intervino para evitar el hundimiento de Rusia y la prepotencia continental de Alemania. Algunos historiadores han considerado que el artículo 231 de Versalles no hace a Alemania responsable moral de la guerra sino que únicamente constata el inicio de las operaciones militares. En octubre de 1951, en Mayence, se celebraron encuentros entre profesores franceses y alemanes, presididos respectivamente por Renouvin y Ritter. Conclusión: los documentos no permiten asegurar en ningún pueblo ni gobierno una voluntad deliberada de guerra; los pueblos alemán y francés no querían la guerra, pero en Alemania los círculos militares estaban más dispuestos que en Francia a aceptar la eventualidad de un conflicto. Una bomba historiográfica. El alemán Fischer, de la Universidad de Hamburgo, publica Griff nach der Weltmacht («Los objetivos de guerra de la Alemania imperial»), Dusseldorf, 1961, libro en el que acepta realmente la responsabilidad alemana [...]. En 1969 publica Fischer su segundo gran libro, La guerra de lasilusiones. Tres conclusiones principales: la guerra es para el gobierno alemán una salvaguardia contra el peligro socialista interior; la guerra estimula una situación económica cada vez más difícil; existen muchos testimonios de que Alemania está decidida a una guerra preventiva, que destruya el cerco de la Triple Entente. A pesar de la dura acusación del historiador alemán, los historiadores franceses introducen varias matizaciones. Así Droz cree que también hubo responsabilidad por parte del gobierno austríaco y que habría que estudiar más a fondo la actitud de otros hombres de estado, como Poincaré y Salandra. Responsabilidad alemana, sin duda, pero quizás no exclusiva. (Antonio FERNÁNDEZ. Historia contemporánea, pp. 412­413. En M. P. QUEROL INSA y R. CEBOLLADA LANGA. Documentos para la comprensión de la historia contemporánea. Zaragoza: ICE de la Universidad, 1982, pp. pp. 219­220)
66 Bibliografía básica: AVILÉS FARRÉ, J. La revolución rusa. Madrid: Santillana, 1997. RENOUVIN, P. La crisis europea y la Primera Guerra Mundial (1904­1918). Madrid: Akal, 1990. Hay que incluir aquí algunos libros que serán también básicos para otros temas como: HOBSBAWM, E. J. Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica, 2001. KITCHEN, M. El periodo de entreguerras en Europa. Madrid: Alianza, 1998. MAYER, A. La persistencia del Antiguo Régimen. Europa hasta la gran guerra. Madrid: Alianza, 1986. Bibliografía complementaria: ANWEILER, O. Los soviets en Rusia, 1905­1921. Madrid: Zero Zyx, 1975. CARANTOÑA, F. y PUENTE, G. La revolución rusa setenta años después. León: Universidad de León, 1988. CARR, E. H. La revolución rusa, de Lenin a Stalin (1917­1929). Madrid: Alianza, 1981. FERRO, M. La Gran Guerra (1914­1918). Madrid: Alianza, 1994. –– La revolución de 1917. La caída del zarismo y los orígenes de octubre. Barcelona: Laia, 1975. FIGES, O. La revolución rusa: la tragedia de un pueblo. Barcelona: Edhasa, 2001. FERNÁNDEZ GARCÍA, A. La Revolución rusa. Madrid: Istmo, 1990 (Colección “La Historia en sus textos”). FIGES, O. y KOLONTSKII, B. Interpretar la Revolución Rusa. El lenguaje y los símbolos de 1917. Madrid: 2001. GIL PECHARROMÁN, J. La I Guerra Mundial. Madrid: Historia 16, 1985. (Cuadernos de Historia 16, núm. 35 y 36) HARDACH, G. La Primera Guerra Mundial. Barcelona: Crítica, 1985, (v. 2 de Historia económica mundial del siglo XX). HILL, Ch. La revolución rusa. Barcelona: Ariel, 1969. LEVISEY, A. Grandes batallas de la I Guerra Mundial. Barcelona: 1995. WINTER, J. M. La Primera Guerra Mundial. Madrid: Aguilar, 1991. Filmografía y literatura a) Filmografía: Acorazado Potemkin, El (URSS, 1925), Sergei M. Eisenstein. Argumento de Nina Agadjanova­Choutko y S.M. Eisenstein, basado en El año 1905. Doctor Zhivago (USA, 1965), David Lean (epopeya de la situación prerrevolucionaria, la revolución rusa y la guerra civil posterior. Basada en la novela homónima de Boris Pasternak) Gallipoli (Australia, 1981), Peter Weir (I Guerra Mundial) Gran desfile, El (USA, 1925), King Vidor. (I Guerra Mundial. Argumento basado en un relato autobiográfico de Laurence Stallings.
67 Gran ilusión, La (Francia, 1937), Jean Renoir (parábola del pacifismo a partir de una fuga de un campo de concentración alemán durante la Primera Guerra Mundial). Madre, La (URSS, 1926), Vsevold Pudovkin (toma de conciencia de una madre ante la acción revolucionaria de su hijo en la Rusia zarista. Argumento basado en la novela homónima de Gorki) Nicolás y Alejandra (USA­G. Bretaña, 1971), Franklin Schaffner (relato de la caída del final del zarismo y el inicio de la revolución rusa) Octubre (URSS, 1927), Sergei M. Eisenstein (revolución rusa. Argumento basado en el relato de John Reed Diez días que estremecieron al mundo). Rojos, (USA, 1981), Warren Beatty (el triunfo de la revolución rusa) Sargento York. El (USA, 1941). Howard Hawks (alegato propagandístico norteamericano de la Primera Guerra Mundial). Senderos de Gloria, (USA, 1957), Stanley Kubrick (alegato antibelicista basado en la lucha en las trincheras en el frente francés durante la I Guerra Mundial. Argumento basado en la novela homónima de Humphrey Cobb.) Sin novedad en el frente (USA, 1930), Lewis Milestone. (vida cotidiana de un grupo de combatientes en la Primera Guerra Mundial. Argumento basado en la novela homónima de Erich Maria Remarque). b) Literatura: BULGAKOV, M. La guardia blanca. Barcelona: Destino, 1991. (la evolución de la capital ucraniana desde la ocupación alemana hasta la llegada del Ejército Rojo) CONRAD, J. Bajo la mirada de Occidente. Madrid: Alianza, 1984. (ambientada en la Rusia represiva del siglo XIX) GORKI, M. La madre. Madrid: Promoción y Ediciones, 1992. HEMINGWAY, E. Adiós a las armas. Barcelona: Luis de Caralt, 1982. (historia de amor entre un oficial estadounidense y una enfermera inglesa en Italia durante la guerra) PASTERNAK, B. Doctor Zhivago. Barcelona: Orbis, 1987 REED, J. Diez días que estremecieron el mundo. Madrid: Akal, 1986. (relato de primera mano sobre la revolución bolchevique) REED, J. La guerra Europa oriental. Barcelona: Curso, 1998. (fruto de su trabajo como corresponsal de guerra) SOLJENITSIN, A. Agosto, 1914. Barcelona: Barral, 1972. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/IGM.htm http://www.historiasiglo20.org/enlaces/revrusa.htm http://clio.rediris.es/udidactica/IGM/tratados.htm 11. EL DERRUMBE DE LA CI VI LI ZACI ÓN OCCI DENTAL Y LA CRI SI S
68 DEL CAP I TALI SM O. LA CULTURA EN TI EM P OS DE P AZ Y DE GUERRA
Compromisos financieros internacionales tras I GM
Producción industrial comparada,
1922-37
La expansión de la crisis Fuente: http://www.indexnet.santillana.es/rcs/_archivos/Recursos/geografiahistoria/h08.pd f
69 LA CRI SI S DE 1929 Y LA GRAN DEP RESI ÓN, SEGÚN H. HOOVER En un sentido amplio, la causa primera de la Gran Depresión fue la guerra de 1914­1918. Sin la guerra, no se hubiera producido una depresión de análoga dimensión. Hubiera podido producirse una recesión cíclica normal, pero, con la periodicidad habitual, este reajuste incluso no se habría localizado probablemente en esta época particular, y r.: se habría transformado en la Gran Depresión. La Gran Depresión constituyó un proceso en dos etapas, compuestas de varías fases. Nosotros tuvimos una recesión normal debido a causas internas, que se inicia con el krack bursátil de octubre de 1929 y nos encontrábamos en camino de recuperarnos cuando las dificultades europeas se alzaron con la fuerza de un huracán y nos alcanzaron en abril de 1931. Así, la Gran Depresión no había comenzado verdaderamente en Estados Unidos antes del hundimiento europeo. Se ha afirmado que el krack bursátil americano había demolido la economía mundial. De hecho no es así. Un estudio de la Oficina Nacional de Investigación Económica afirma: «Varios países habían entrad: en una fase de recesión en 1927 y en 1928, bastante antes de la fecha tomada de ordinario para marcar el comienzo de la crisis en Estados Unidos, es decir, el krack de Wall Street en octubre de 1929.» El informe enumera entre los países que se encontraban en una fase de recesic ­antes del krack bursátil americano a Bolivia, Australia, Alemania, Brasil, India y Bulgaria [...] Gran Bretaña, Canadá, Holanda, Suecia y Japón se encontraban también en recesión antes del krack bursátil [...]. Francia también había mostrado signos de quiebra antes del krack americano. El índice del curso de las acciones francesas había caído de 543 en enero a 491 en junio. En todo el mundo, vastas zonas no son muy sensibles a las fluctuaciones económicas, como China, Rusia, Asia central y África Central. Si no se tiene en cuenta a estos países, la situación económica mundial ha comenzado a declinar en más de las cuatro quintas partes de la; naciones que son sensibles a tales fluctuaciones, antes del comienzo ¿e la recesión americana. Nosotros no podíamos dejar de ser afectados por estas fuerzas qu. en otros lugares del mundo, engendraron una degradación de la situación económica. Nuestro punto débil inmediato era la orgía de especulación bursátil que comenzaba a hundirse en octubre de 1929. La inflación que conlleva esta situación fue una causa importante de nuestras propias dificultades. Las causas secundarias nacieron de ocho años ce producción creciente. Gracias al dinamismo de nuestro espíritu de invención y de empresa, habíamos elevado nuestra producción por cabeza a niveles todavía desconocidos en el mundo [...]. De este progreso se derivan distorsiones, algunos reajustes se produjeron necesariamente. Durante los diecisiete primeros meses, la intensidad de la recesión no era tal que constituyese una depresión mayor; nuestra fuerza interna nos permitía comenzar a entrar ciertamente en convalecencia durante los tres primeros meses de 1931. Si ninguna influencia externa nos hubiera afectado, es cierto que habríamos salido a poco de la depresión. El gran centro de la tempestad fue Europa. Esta tempestad se puso en marcha lentamente hasta la primavera de 1931, fecha en la que estalla bajo la forma de un tifón financiero. En este momento, las enormes destrucciones de la guerra, las consecuencias económicas del Tratado de Versalles, de las revoluciones, de los presupuestos en desequilibrio, los gastos de armamento fuertemente aumentados, la inflación, la superproducción gigantesca de caucho, de café y de otras materias primas engendrada por el exceso de controles artificiales del mercado, y de otras numerosas consecuencias de la guerra [...], acabaron por hacer inútiles todos los esfuerzos que tendían a contener estas fuerzas explosivas. Las heridas de Europa eran tan profundas, que el hundimiento total de la mayor
70 parte de las economías europeas, a mediados de 1931, nos hunde en los abismos nunca vistos desde nuestras depresiones de 1820, 1837 y 1872. Es interesante hacer notar que la época en la que se ha producido la depresión europea correspondía al ritmo aproximadamente decenal de los hundimientos económicos que siguieron a las guerras napoleónicas y las guerras de los años 1860 y 1870 en Europa y en América. [The Memoirs of Herbert Hoover, N. York, Mc Millan, 1951­52, T III.En M. P. Querol Insa y R. Cebollada Langa. Documentos para la comprensión..., pp. 350­351] CONSECUENCI AS SOCI ALES DE LA GRAN DEP RESI ÓN: EM I GRACI ÓN Y P ARO El sucesor de Hoover, Franklin Delano Roosevelt, hombre de valor y de extraordinario encanto personal, heredó una situación sumamente trágica. No sólo catorce millones de parados forzosos esperaban socorro, sino que seis millones de granjeros se veían abrumados por diez mil deudas hipotecarias. Un diario propuso la siguiente definición de las granjas agrícolas: « GRANJA AGRÍCOLA: Extensión de tierra arable, rodeada por todos lados de acreedores y cubierta de hipotecas, en la cual una familia de siete personas intenta en vano subvenir a las necesidades de un coche de ocasión cuyo depósito de gasolina está vacío­». El algodón había bajado a cinco centavos y el trigo a treinta y siete. Los granjeros se veían expulsados de sus propiedades por los acreedores, debido a que los préstamos sobre tierras y solares no podían ser satisfechos, y varios millares de Bancos locales habían quebrado. Los propietarios de depósitos en los grandes Bancos se asustaron mucho retiraron su oro. El mismo día de la toma de posesión de Roosevelt fueron suspendidos los pagos nada menos que en veintidós Estados. En el discurso del Capitolio, el Presidente declaró: «Gracias a Dios, nuestras dificultades sólo son de orden material. Los valores se han reducido hasta niveles fantásticamente bajos; los medios de trueque, congelados, bloquean los movimientos de intercambio; las hojas muertas de nuestras empresas cubren el suelo; nuestros granjeros no encuentran ya mercado para sus productos; los ahorros de millones de familias se han evaporado; un ejército de ciudadanos sin trabajo se halla frente a frente con el duro problema de vivir. Hay que ser un optimista muy liviano para negar las trágicas realidades del momento [...]. Los cambistas han huido, han abandonado sus elevados asientos, en el templo de nuestra civilización. Podemos ahora devolver este templo al culto de sus antiguas verdades [...]. La nación reclama actos, y actos inmediatos. Nuestra primera tarea será lograr que nuestro pueblo vuelva al trabajo [...]». Jamás, desde Lincoln, un presidente había iniciado su poder en circunstancias tan dramáticas. Catorce millones de obreros sin trabajo, número que aumentaba cada día; los granjeros en revolución; los Bancos cerrados; todas las paredes maestras de una estructura social, derrumbándose una tras otra con terrorífica rapidez; éste era el telón de fondo que se adivinaba en la sombra tras largas banderas estrelladas. [En MAUROIS, A., Obras completas (op. cit.), t. II, pp. 1673­1674.] «Los que habían salido de sus tierras, los que andaban buscando trabajo, ahora eran emigrantes. Aquellas familias que habían vivido y muerto en cuarenta acres (1 acre = 0,4 ha.), que habían comido o sufrido hambre con el producto de cuarenta acres, ahora tenían todo el Oeste para vagar. Y andaban escabullándose, buscando trabajo; y las carreteras fueron corrientes de seres errantes, y las márgenes de los caminos hileras de tiendas y chozas. [...] En el Oeste creció el pánico cuando los emigrantes se multiplicaron en las carreteras. Los propietarios tuvieron miedo por sus propiedades Hombres que nunca habían sentido hambre conocieron las miradas de los hambrientos. Hombres
71 que nunca habían sentido ansias por nada vieron en los ojos de los emigrantes la llamarada de la necesidad. [...]" (J. STEINBECK, Las uvas de la ira, Barcelona, Planeta, 1969, 9ª ed. pp. 358­359.) «¿Cuál es la suerte del parado alemán? El 1 de marzo de 1932 había registrados 6.128.000 parados. El número de los realmente parados podría estimarse en unos 600.000 más. [...] Por desgracia no hay estadísticas detalladas acerca de la duración de su período de desempleo. Sin embargo, un considerable contingente debió estar sin trabajo por espacio de dos años o más [...]. Cientos de miles de jóvenes quedan sin trabajo así que terminan su aprendizaje; permanecen en esta situación largos períodos de tiempo pierden así la pericia que adquirieron en su preparación y que nunca llevaron a la práctica. ¿En qué se convertirá la economía alemana, pregunto yo, si no hay una nueva generación que conserve las mundialmente famosas cualidades del pueblo alemán?» [Discurso de Wilhelm Eggert, secretario del XV Congreso de la Unión de Sindicatos alemanes. En M. P. Querol Insa y R. Cebollada Langa. Documentos para la comprensión..., pp. 352­354] LAS CORRECCI ONES KEY NESI ANAS AL SI STEM A LI BERAL «Aunque mi teoría apunta la importancia vital de atribuir a los organismos centrales ciertos poderes de dirección hoy confiados en su mayor parte a la iniciativa privada, le reconoce un amplio dominio de la actividad económica. En lo que concierne a la propensión al consumo, el Estado se verá obligado a ejercer sobre ella una acción directa por su política fiscal a través de la determinación de la tasa de interés y quizás también por otros medios. En cuanto a los flujos de inversión, parece poco probable que la influencia de la política bancaria sobre la tasa de interés baste para llevarlos a su nivel óptimo. También pienso que una muy amplia socialización de la inversión se revelará como el único medio de asegurar la proximidad al pleno empleo, lo que no implica excluir los compromisos y fórmulas de todas clases que permitan al Estado cooperar con la iniciativa privada. Pero, al margen de lo dicho, no hay razón alguna que justifique un socialismo de Estado abarcando la mayor parte de la vida económica de la comunidad [...]; las medidas de socialización pueden, por lo demás, ser aplicadas de un modo gradual y sin trastornar las tradiciones generales de la sociedad [...]. Pero tan pronto como los organismos centrales hayan conseguido restablecer un régimen de producción que se corresponda con una situación lo más cercana posible al pleno empleo, la teoría clásica volverá a tener vigencia [...]. La existencia de organismos centrales de dirección necesarios para asegurar el pleno empleo, acarreará, como es de suponer, una amplia extensión de las funciones tradicionales del Estado. El aumento de la esfera de competencias, imprescindible para el ajuste recíproco de la propensión al consumo y el estímulo a la inversión, parecería a un tratadista del XIX o a un financiero americano de hoy una flagrante violación de los principios individualistas. Y, sin embargo, esa ampliación de funciones se nos muestra no sólo como el único medio de evitar una completa destrucción de las instituciones económicas actuales, sino como la condición de una práctica acertada de la iniciativa privada.» (John M. KEYNES, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, París, Payot, 1936, pp. 391 y ss.). En M. P. Querol Insa y R. Cebollada Langa. Documentos para la comprensión..., pp. 356­357]
72 Bibliografia básica: ALDCROFT, D. H. De Versalles a Wall Street, 1919­1929. Barcelona: Crítica, 1985, (v. 3 de Historia económica mundial del siglo XX). KINDLEBERGER, Ch. P. La crisis económica, 1929­1939. Barcelona: Crítica, 1985, (v. 4 de Historia económica mundial del siglo XX). MOSSE, G. L. La cultura europea del siglo XX. Barcelona: Ariel, 1997. Bibliografía complementaria ALONSO GARCIA, T. La economía de entreguerras: la gran depresión. Madrid: Akal, 1990. ÁLVAREZ, J. T. Historia y modelos de comunicación en el siglo XX. El nuevo orden informativo. Barcelona: Ariel, 1987. AMBROSIUS, G. y HUBBARD, W. H. Historia social y económica de Europa en el siglo XX. Madrid: Alianza, 1992. ARTAUD, D. L´Amerique en crise. Roosevelt et le New Deal. Paris: A. Colin, 1987. –– La reconstruction de l'Europe, 1919­1929. Paris: P.U.F., 1973. BAHAMONDE MAGRO, A. El crack de 1929. Madrid: Historia 16, 1985. (Cuadernos de Historia 16, núm. 81) DUPEUX, G. (dir.). Guerras y crisis, 1914­1947. Madrid: Encuentro, 1979 (v. 5 de Historia económica y social del mundo). “Felices años veinte: entre la guerra y la crisis, Los”. Madrid: Historia 16, 1983 (Historia Universal Siglo XX, núm. 8). FUSI, J. P. “La cultura europea, 1919­1939”. En Desde Occidente. 70 años de Revista de Occidente. Madrid, 1993, pp. 28­41. GALBRAITH, J. K. El crac del 29. Barcelona: Ariel, 1976. MAIER, Ch. S. La refundación de la Europa burguesa. Estabilización en Francia, Alemania e Italia en la década posterior a la I Guerra mundial. Madrid: Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1988. MORILLA, J. La crisis económica de 1929. Madrid: Pirámide, 1984. NERÉ, J. 1929, Análisis y estructura de una crisis. Madrid: Guadiana, 1984. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/dep1929.htm Filmografía y literatura de interés a) Filmografía: Al este del edén (USA, 1955), Elia Kazan (melodrama de la América de entreguerras) Berlin Alexanderplatz (Alemania, 1980), Reiner Werner Fassbinder (vida en un barrio marginal berlinés, con delicuentes, prostitutas, drogadicción y miseria) Caballero sin espada (USA, 1939). Frank Capra. (período de entreguerras. Argumento basado en la historia The Gentleman from Montana, de Lewis R. Foster). Chinatowm (USA, 1974), Roman Polanski (corrupción y especulación en Los Ángeles de los años treinta)
73 Ciudadano Kane (USA, 1941), Orson Welles (el poder de la prensa americana) F.I.S.T. (USA, 1978), Norman Jewison (auge y caída del sindicalismo norteamericano) Gran Gatsby, El (USA, 1974), Jack Clayton. (período de entreguerras. Argumento basado en la novela homónima de Francis Scott Fitzgerald). Ley del silencio, La (USA, 1954), Elia Kazan (el sindicalismo norteamericano: rebelión contra el hampa. Argumento basado en los artículos de Malcolm Johnson, publicados en New York Times.) Locura del dólar, La (USA, 1932), Frank Capra. Mujer de París, Una (USA, 1923), Charles Chaplin (sátira de la vida cotidiana de la Francia de los años veinte) Pan nuestro de cada día, El (USA, 1934), King Vidor (paro en los Estados Unidos tras la depresión). Último, El (Alemania, 1924), Friedrich Wilhelm Murnau (sátira de la crisis alemana durante la República de Weimar). Uvas de la ira, Las (USA, 1940), John Ford (efectos de la depresión de los treinta sobre el campo norteamericano. Basada en la novela homónima de John Steinbeck) b) Literatura: DOBLIN, A. Berlin Alexanderplatz. Barcelona: Bruguera, 1982. DOS PASSOS, J. Manhattan Transfer. Madrid: Debate, 1999 (problemas socioculturales de la vida neoyorkina, descompuestos en fragmentos de conversaciones, recortes de prensa, etc.) ISHERWOOD, Ch. Adiós a Berlín. Barcelona: Seix Barral, 1973. (mundo del cabaret y personajes que son una especie de antihéroes en la Alemania de preguerra) LEBERT, H. La piel del lobo. Barcelona: Muchnik, 1993. (sociedad austríaca de postguerra) MALAPARTE, C. La piel. Barcelona: Orbis, 1988. (sobre la degradación a que puede llegar un pueblo hambriento). ORWELL, G. El camino hacia Wigan Pier. Barcelona: Destino, 1982.(sobre la vida de los mineros de Wigan en los años de la depresión) SOLMSSEN, A. R. G. Una princesa en Berlín. Barcelona: Tusquets, 1996. (problemas socioeconómicos y políticos en los primeros años de la República de Weimar) STEINBECK, J. Las uvas de la ira. Barcelona: Planeta, 1977. TOLLER, E. Una juventud en Alemania. Barcelona: Muchnick, 1987. (Alemania del primer tercio del XX). 12. FASCI SM O, NAZI SM O Y AUTORI TARI SM O LA CRI SI S DEL LI BERALI SMO
74 El fin de la guerra habría de suponer, como quería el presidente Wilson, el triunfo de la democracia o, dicho de otro modo, la sustitución del liberalismo como sistema político dirigido por una minoría de gobernantes ilustrados, por un sistema de carácter democrático, en el que los parlamentos y la opinión pública ejerzan su capacidad de controlar el poder. Ciertamente, entre 1918 y 1920 se crearon en Europa, a partir de los imperios derrotados, numerosos estados dotados de constituciones formalmente democráticas. En aquel momento había 35 gobiernos constitucionales de un total de 64; veinte años más tarde, habían quedado reducidos a menos de una docena. Si en 1919 todos los países del continente europeo, salvo Hungría y Rusia, tenían regímenes formalmente democráticos, hacia 1940 se habían reducido a sólo seis. ¿Por qué retrocedió tan claramente la democracia? Las razones hay que buscarlas en la profunda modificación de la estructura social y de las normas por las que se debe regir la actividad política, tanto en la forma de organizar la representación de los ciudadanos como en el proceso seguido para la toma de decisiones. Como sucedió también en el ámbito de la economía, los cauces clásicos del liberalismo político quedaron desbordados por la incorporación de las masas a la vida pública, pero, al propio tiempo, las avenidas abiertas por las democracias no eran capaces de acoger la pluralidad de tensiones e intereses que este nuevo panorama social y político trajo consigo en la época de entreguerras. Más que de crisis del liberalismo, habría que hablar de lenta génesis de las democracias, sólo robustecidas plenamente a partir de la segunda posguerra. Uno de los principales indicadores de este difícil tránsito del liberalismo hacia la democracia está en el curso seguido por el parlamentarismo, ejercido con pasión en muchos países, pero también objeto de las más feroces críticas por parte de los intelectuales pertenecientes a la "revolución conservadora" y elitista, forjada en la crisis del positivismo desde fines del siglo XIX. La existencia de regímenes políticos fundados en el control del poder ejecutivo por parte del Parlamento se había ido consolidando durante el siglo XIX en Europa occidental y América. Pero la naturaleza de estos sistemas políticos liberales era de carácter restringido, dada la hegemonía política que ejercían la nobleza y la burguesía. En general, las masas obreras y campesinas estaban al margen de la vida política. Como recuerda el poeta inglés Stephen Spender (Un mundo dentro del mundo, 1951) a propósito de su experiencia familiar en los años inmediatos a la guerra, para "un europeo liberal", lo más "temible era que esos 'salvajes de izquierda' irrumpiesen en la vida política". Sin embargo, con el final de la I Guerra Mundial, este momento parecía haber llegado, con la generalización de las democracias y la puesta en cuestión del viejo parlamentarismo liberal. Las causas que explican la crisis del parlamentarismo son varias, pero todas ellas se pueden considerar derivaciones de la propia contienda bélica. El reforzamiento del papel del Estado, la irrupción de las masas en la vida pública o el fortalecimiento de la vía corporativista como medio más eficaz para la defensa de intereses particulares son algunas de estas consecuencias surgidas de la guerra y desarrolladas ampliamente durante la década de los años veinte. En primer lugar, esta crisis se explica por la ampliación de las bases sociales de la representación parlamentaria y de la participación política. El carácter censitario del sufragio, característico del liberalismo político, es
75 sustituido por el sufragio universal. Las masas acceden directamente a la participación política. Por otra parte, los partidos políticos dejan de ser clubes de notables o federaciones de comités loca­.es para convertirse en partidos de masas, con nuevos dirigentes y miles de afiliados. La expresión más adecuada de este nuevo tipo de organización política son los partidos socialistas y de raíz obrera, como los partidos socialdemócratas en Alemania y Austria, el partido laborista r n Inglaterra o los partidos radical y socialista en Francia. De hecho, el principal sostén de la democracia en toda Europa en el periodo de entreguerras fue la socialdemocracia. Esto supuso para los partidos tradicionales, generalmente vinculados a sectores de la burguesía, una creciente dificultad de adecuación a las nuevas reglas de juego. Reglas que no fueron aceptadas de forma pacífica y generalizada. De hecho, la falta de aceptación por parte de la burguesía de los regímenes democráticos surgidos de la posguerra es la causa más frecuente de su destrucción o debilitamiento. Ningún régimen político liberal y democrático fue destruido durante este periodo por partidos de izquierda. Como recuerda Eric Hobsbawm, "el peligro venía exclusivamente de la derecha", aunque —añadimos nosotros— el acicate procediese del miedo a los efectos de la revolución social que propugnaba la izquierda. Un segundo elemento central en la crisis de las democracias de entreguerras fue, precisamente, el mal uso que los sistemas políticos aca­ baron por hacer de las prácticas parlamentarias, lo que propició que se recurriese de modo cada vez más frecuente a vías no parlamentarias para la resolución de los problemas sociales y políticos. En esencia, ésta es la práctica del llamado corporatismo (en la acepción de Charles S. Maier, que lo diferencia del "corporativismo" propio de los regímenes autoritarios), que consiste en el desplazamiento del principal poder de decisión desde los representantes elegidos (parlamentos) a las fuerzas organizadas de la vida económica y social (sindicatos obreros, organizaciones patronales y ligas de intereses). Muchos conflictos sociales y políticos acabaron por ser negociados al margen de los parlamentos que, de este modo, abonaban la imagen de instituciones estériles habitadas por charlatanes políticos. Esto supuso una frecuente inestabilidad política, manifestada no sólo en la abundancia de elecciones, sino en los frecuentes cambios de gobierno. Los casos de la III República francesa o de la Alemania de Weimar, con un promedio de más de un gobierno por año, son bastante significativos. Los parlamentos estaban deslegitimados y los gobiernos carecían del respaldo suficiente. Esta capacidad de mediación entre intereses organizados al margen de los parlamentos tuvo dos efectos complementarios. Por una parte, reforzó el papel de los sindicatos, que experimentan una gran expansión desde finales de la guerra. Según los cálculos de Aldo Agosti, se pasaría en Europa de menos de 16 millones de afiliados en 1913 a más de 46 millones en 1921. La capacidad de negociación sindical fue muy fuerte incluso en países de bajo desarrollo corporativo, como EE UU o Francia. La generalización de la práctica del "convenio colectivo" fue la expresión de este nuevo modo de regular las relaciones laborales. Por otra parte, puso cada vez más de manifiesto la separación entre sectores sociales organizados, que eran capaces de hacer frente a la inflación y la crisis económica posterior a la guerra, y los "perdedores no organizados" (en general, las clases medias), que desarrollaron así una gran hostilidad al
76 liberalismo y al parlamentarismo, a quienes hacían responsables de su situación. El ejemplo de la Alemania de Weimar es bien ilustrativo, donde el caldo de cultivo del nazismo estuvo en esta crítica frontal al sistema político parlamentario. Por otra parte, hay que tener en cuenta la enorme contradicción existente entre este modo nuevo de regular las relaciones sociales y la política económica seguida en el periodo. La fortaleza de los sindicatos hacía inevitable la constante subida de salarios y, por tanto, de una política inflacionista que evitase el estallido de conflictos sociales. Sin embargo, la obsesión de los políticos europeos de la época era la vuelta al patrón oro, lo que sólo era posible mediante una política económica deflacionaria que permitiera obtener los recursos suficientes para pagar a Estados Unidos las deudas de guerra contraídas por los países europeos. Una enorme contradicción que la Gran Depresión del 29 pondría al descubierto de forma descarnada. Paradoja de la que se había dado cuenta el economista británico Keynes durante las negociaciones de la paz. Un tercer elemento importante está en el propio mapa político surgido de la posguerra. Las democracias más estables correspondieron a países vencedores de la contienda (o neutrales), mientras que la mayor fragilidad se observa en el seno de los países derrotados. Es evidente que esta debilidad de los regímenes democráticos establecidos en los estados surgidos de la descomposición de los imperios vencidos deriva de la ausencia de tradición democrática y constitucional, así como de la enorme separación social entre clases dominantes tradicionales y masas campesinas. La ausencia de tradición política liberal fue un lastre para muchos países de la Mitteleuropa del periodo de entreguerras, que se encontraron de repente con la doble tarea de establecer la democracia y construir la nación. Pero también hay que tener en cuenta otro factor importante, como es la enorme heterogeneidad de tipo étnico, lingüístico y religioso que tenían estos nuevos estados. La necesidad de establecer economías nacionales y administraciones sobre territorios desarrollados de forma muy desigual fue un problema decisivo para la mayoría de los países de la Europa oriental y balcánica. Además, la diversidad étnica propició movimientos irredentistas y conflictos entre minorías, lo que contribuía a debilitar el sistema político establecido a partir de 1918. El final de la guerra había supuesto la desaparición de estados plurinacionales, como el de Austria­Hungría, sin que la proliferación de los pequeños estados­nación que se crearon fueran capaces de lograr la legitimidad suficiente a causa, precisamente, de su carácter multiétnico. Como ha señalado el sociólogo J. J. Linz, "sin referencia al nacionalismo no es posible entender la crisis europea" de entreguerras. La tradición del parlamentarismo liberal sufre, pues, un importante reajuste durante la posguerra, debido a los cambios profundos que la guerra había provocado. También entran en crisis los instrumentos en que se había sustentado la causa de la democracia liberal antes de 1914, al producirse un desplazamiento hacia los extremos de la representación política. En el Reino Unido, los laboristas sustituyen a los liberales en la alternancia en el gobierno; en Francia, el Partido Radical, que había sido el eje de la III República hasta 1914, se ve desplazado por los socialistas; en
77 muchos de los países vencidos, los partidos conservadores son sustituidos a su vez por la corriente del cristianismo social. Las transformaciones políticas en la época de entreguerras son, pues, profundas y cruciales. Pero no se manifiestan por igual en todas partes. Hay democracias que resisten y otras que no son capaces de asentarse. Ejemplo de lo primero son Francia, el Reino Unido o Estados Unidos; de lo segundo, la Alemania de Weimar o, en general, la Europa central y balcánica. VILLARES, R. y BAHAMONDE MAGRO, A. El mundo contemporáneo, Siglos XIX y XX. Madrid: Taurus, 2001, pp. 260­264 LA A LEMA NI A DE W EI MAR El fin de la guerra y la proclamación de la República abre un periodo nuevo en la historia de Alemania, que es conocido por el nombre de una pequeña y bella ciudad de Sajonia, Weimar, donde se aprobó la nueva Constitución, considerada entonces como una de las más democráticas del mundo. Es una etapa breve, de apenas quince años, que termina abruptamente con la llegada de los nazis al poder (aunque éstos no derogaron la Constitución). Pero al mismo tiempo es una época de grandes transformaciones, tanto en el ámbito económico como, sobre todo, en el cultural y artístico. La República de Weimar fue el gran laboratorio ideológico de la Europa de entreguerras y Berlín, la capital emblemática del mismo. El cine, el teatro, la arquitectura o la pintura de estos años van unidos a los nombres de Fritz Lang, Erwin Piscator, Mies van der Rohe, Paul Klee o George Grosz. Muchos europeos (escritores, artistas, científicos e incluso políticos) de fines del XIX, que habían tenido a París y Londres como sus referencias preferidas de ciudades modernas e innovadoras cultural y artísticamente, hubieron de volver su mirada hacia Berlín en estos años de entreguerras, como muestra una abundante literatura de obras de ficción o de relatos de viajes. La aspiración esencial de la Alemania de la posguerra estuvo centrada en dos objetivos. El primero fue luchar contra las consecuencias del Tratado de Versalles, bien a través de la resistencia al pago de las reparaciones exigidas y a la prohibición de un rearme militar, bien a través de una intensa acción diplomática, que se puede personalizar en la figura de Gustav Stresemann, ministro de Exteriores entre 1923 y 1929. Acoplar la nueva Alemania al marco de las relaciones internacionales fue el gran problema de entreguerras. El segundo objetivo consiste en el establecimiento de una democracia política y económica que, superando los defectos del Imperio fundado por Bismarck, enlazara con la tradición política representada por el Parlamento de Francfort de 1848. Ambas aspiraciones lograron cierta satisfacción durante los años de prosperidad (1924­1929), pero pronto la Gran Depresión iniciada en 1929 las dejaría bloqueadas. De aquí arrancan las dos líneas de fuerza que, desde luego con otros métodos, seguirá el nazismo durante la década de los treinta. El establecimiento de un régimen de democracia política se resume en la Constitución de Weimar, redactada por una comisión presidida por Hugo Preuss. Este texto recoge los principios clásicos de las libertades individuales (de expresión, de reunión, etc.), pero también regula derechos
78 económicos y sociales (al trabajo, a la vida digna, a la vivienda...). Ello refleja la voluntad de construir en Alemania un "Estado social de derecho" y una democracia económica, precedentes del Estado de bienestar generalizado en la segunda posguerra. La Constitución diseña asimismo la estructura del Estado y la organización del poder sobre la herencia del Imperio guillermino. La República mantiene una doble organización territorial: por una parte, el Reich como administración central que se ocupa de los asuntos exteriores, ejército, comunicaciones y moneda; por otra parte, 17 estados o lánder, con amplias competencias sobre policía, justicia o sanidad. Sólo la administración del estado o land de Prusia tenía seis veces más funcionarios que el Reich. En cuanto a la organización del poder, aunque se afirma que deriva del pueblo, en la división de poderes se concede una gran relevancia al presidente del Reich, de elección directa y con grandes competencias, incluidas algunas de carácter excepcional (como el artículo 48, que le autorizaba a proclamar el estado de excepción y recurrir al ejército), que fueron ampliamente usadas por los dos presidentes habidos en Weimar: el socialdemócrata Eriedrich Ebert (1918­1925) y el militar conservador Paul von Hin­denburg( 1925­1934). En la aprobación de la Constitución se diseñaron claramente las fuerzas políticas que protagonizaron la Alemania de Weimar. El texto fue apoyado por los partidos conocidos como la "coalición de Weimar" (socialdemócratas, liberales, centro católico), mientras que recibió el rechazo de las fuerzas extremas de derecha e izquierda, que se colocan así, desde el principio, al margen del sistema. La Constitución de Weimar sirve desde 1919 de elemento definidor de la dinámica política de la República, al establecer claramente los partidarios del sistema o los que no se sentían leales al mismo —partidos de extrema derecha e izquierda, pero también militares y organizaciones paramilitares, como la SA (Sturmabteilung, División de Asalto)— dirigida por el nazi Ernest Rohm. El principal problema radica en que si en 1919 la oposición a la Constitución representaba un porcentaje electoral bajo (15 por ciento del electorado), en 1932 había subido hasta un 44 por ciento. El régimen de Weimar sufría un acoso por ambos flancos, ya que tanto comunistas como nazis comenzaron a hacer a la República de Weimar responsable del estado de crisis desatado a partir del año 1929. La vida política de la Alemania de Weimar se puede dividir en tres periodos internos. Una etapa inicial, hasta 1923, de frecuentes revueltas y putsch, de inflación y resistencia pasiva a las exigencias de pago de las reparaciones. Una etapa de mayor estabilidad, entre 1924 y 1929, de clara expansión económica y recuperación del protagonismo de los grupos industriales. Y un tercer momento de crisis, en el que se combinan alguno de los efectos del crack de 1929, como el desempleo masivo, o el espectacular ascenso electoral del partido de Hitler, con una progresiva deslealtad respecto de la República por parte de los partidos liberales y del centro católico. Con todo, el problema central de la Alemania de Weimar fue la constante limitación a que se enfrentaron sus organizaciones políticas. Los partidos del centro y de la derecha no lograban vincular a todo su electorado con los ideales republicanos, viendo cómo a partir de 1930 emerge repentinamente el Partido Nazi; y el Partido Socialdemócrata, eje fundamental del sistema de Weimar, estaba demasiado atenazado por su
79 tradición de representante de la clase obrera organizada y empleada. A su izquierda creció un poderoso Partido Comunista, en paralelo con el ascenso nazi, que trata de encauzar las aspiraciones de desempleados y clase media abatida por la crisis. En 1932, los partidos de la "coalición de Weimar" sólo representan al 36 por ciento del electorado. Su colapso estaba próximo. La destrucción de la democracia de Weimar fue, pues, fruto de varias fuerzas concurrentes, que se fueron decantando progresivamente durante los años veinte y estallaron a principios de los treinta. Los intereses agrarios, tradicionalmente organizados en Ligas de propietarios, se sentían marginados frente a la política económica de inspiración industrialista practicada por los dirigentes de Weimar. Las clases medias de profesionales y del pequeño comercio e industria se creían perjudicadas frente a la gran industria y a las organizaciones obreras, mucho más fuertes en la negociación y defensas de sus intereses. Los grandes industriales temían la fuerza de los sindicatos y el retorno del "peligro rojo". En medio de esta pluralidad de conflictos solapados, la acción política del Parlamento y de los gobiernos no era capaz de conciliar tantos intereses contrapuestos. Los efectos de la crisis económica, con la aparición en escena de millones de desempleados, acumuló un nuevo problema: la llegada del nazismo. La primera potencia económica del continente europeo, con la quiebra de su régimen democrático, inclinó la balanza de la política en la Europa de los años treinta. Fue entonces cuando el fascismo, vinculado a la experiencia de la Italia de Mussolini, adquiere una dimensión de alcance mundial. Alemania lo hizo posible. VILLARES, R. y BAHAMONDE MAGRO, A. El mundo contemporáneo…, pp. 270­273 LA OLEADA FASCI STA Del mismo modo que se ha podido hablar de diversas ondas u olea­ das democratizadoras, también se puede decir que, en el periodo de entreguerras, tuvo lugar en Europa (e incluso fuera de ella, en Japón o en América Latina) una verdadera eclosión de regímenes políticos de naturaleza fascista. En la crisis de los regímenes democráticos y la emer­ gencia de los fascismos, sea en forma de dictaduras autoritarias, sea como totalitarismos, se combinan varios elementos concurrentes. Ya ^e ha aludido a algunos de ellos al explicar el difícil arraigo de la democracia parlamentaria en los estados europeos surgidos de los tratados de paz. Hay otros no menos importantes que se han visto en otros capítulos. Por una parte, la crisis económica mundial de 1929, sin cuyo estallido serían difíciles de explicar fenómenos decisivos, como el ascenso del nazismo alemán. Por otra, la influencia ejercida por la Revolución Rusa y por el "peligro bolchevique", que amplios sectores de las clases medias y acomodadas europeas sintieron como una amenaza. Este temor explica no sólo la resistencia a admitir a los partidos socialistas en los gobiernos, sino la decantación general de las fuerzas conservadora hacia posiciones autoritarias o fascistas. La aparición y naturaleza de los fascismos es uno de los hechos his­ tóricos recientes que ha merecido mayor número de obras e interpre­ taciones. Incluso no existe un acuerdo sobre los conceptos a utilizar, dado que se emplean, de forma alternativa o selectiva y gradual, términos como fascismo, totalitarismo, autoritarismo o dictadura, para definir todos
80 aquellos regímenes políticos que se caracterizan por su negación del pluralismo político y el ejercicio carismático del poder. Aunque el elenco de problemas que suscita este asunto es enorme, hay dos cuestiones básicas en cualquier análisis del fascismo. En primer lugar, cuáles han sido sus características como sistema político; y, en segundo lugar, cuáles son las razones y el contexto histórico que explica esta oleada fascista en la época de entreguerras. El análisis de las diversas formas de fascismo revela que, bajo esta denominación, se engloban movimientos políticos antiliberales, opuestos a la tradición política surgida de las revoluciones burguesas de 1789 y de 1848, que tenían, como hemos visto en su lugar, su principal pilar en el reconocimiento de la persona humana como sujeto político poseedor de derechos inalienables (libertad, propiedad, igualdad jurídica). Frente a esta tradición liberal, el fascismo desplaza el centro de gravedad de su concepción de la política desde el individuo hacia el Estado o, al menos, hacia organizaciones supraindividuales de carácter orgánico y corporativo. Es su respuesta a la necesidad de encuadrar políticamente a las masas, haciendo depender a los individuos de una voluntad externa. Dentro de la variedad de regímenes fascistas (o totalitarios, según la acepción de Friedrich y Brzezinski) se pueden observar algunos elementos comunes que, con mayor o menor intensidad, se encuentran en los fascismos europeos de entreguerras. El fascismo se caracteriza, en general, por tratarse de una ideología política de carácter totalizador, aplicable a todos los aspectos de la existencia humana, y con una concepción milenarista que aspira a la creación de una nueva sociedad, habitada por un hombre nuevo. Su mensaje es radical, en el sentido de aspirar a la transformación de la sociedad, de sus símbolos y de sus vías tradicionales de organización política. Pero esta revolución no podía llevarla a cabo el individuo aislado, sino que debía ser el Estado o, en su defecto, un conglomerado de organizaciones intermedias de naturaleza corporativa. El individuo debe someterse al Estado, actor que monopoliza el ejercicio del poder. Para llevar a cabo este objetivo, el primer instrumento es la negación del pluralismo político y la adopción del modelo de un partido único, que sustituye lo que se considera una de las principales lacras del liberalismo, como es el "Estado de partidos" y su corolario, que es el parlamentarismo. Al partido único le corresponde un líder fuerte y con carisma, que encarna las principales cualidades de la comunidad política y ejecuta la voluntad de las masas. En todos los regímenes fascistas afloró un dirigente o jefe, denominado generalmente guía o conductor del pueblo: "Führer" en Alemania, "Duce" en Italia, "Conducator" en Rumania o "Caudillo" en España. Característica común de los movimientos fascistas fue la intensa movilización de las masas, buscando no sólo la destrucción de la identidad personal, sino la adhesión entusiasta y emocional a valores como la patria, la raza o el jefe. Este encuadramiento de la población en los valores propugnados por la ideología fascista se realizó por muy diversos medios, desde los meramente persuasivos de la propaganda o la enseñanza hasta los más coercitivos del uso de la violencia y la técnica del terror. Aunque gran parte de la población adoptó de forma voluntaria los presupuestos de
81 la ideología fascista, todos los regímenes fascistas emplearon la violencia física, psíquica o moral para lograr sus fines. De hecho, uno de los principales objetivos del fascismo fue la destrucción de la dignidad moral de los individuos, lo que en grados extremos sólo podría lograrse mediante la violencia política. La plasmación de estos principios se encuentra no sólo en el antisemitismo, sino en la legitimidad moral con que se llevaron a cabo limpiezas étnicas o genocidios como los practicados en los campos de concentración. A estos presupuestos de orden ideológico y moral del fascismo, ha­ bría que añadir algunos rasgos comunes perceptibles en su acción de gobierno, una vez alcanzado el poder. El ejercicio del poder en los re­ gímenes fascistas no fue, sin embargo, tan simple como pudiera pensarse. A pesar de la negación (o aniquilación) de la oposición política interna, y de la existencia de una fuerte jerarquía simbolizada en la figura del Jefe, el poder fue ejercido, incluso en el caso del nazismo alemán, a través de prácticas policráticas, en las que el poder se hallaba repartido o distribuido según una lógica muy diferente a la de los sistemas políticos parlamentarios. Las diversas organizaciones de los Estados fascistas, fuesen éstas administrativas, sindicales, militares o policiales, desplegaron una intensa competencia mutua, sólo atenuada por el poder carismático del líder. En cuanto a su política económica, los regímenes fascistas practicaron un constante nacionalismo económico. La necesidad de responder con medidas urgentes a la crisis económica de 1929 o a carencias históricas de más larga trayectoria (caso de Italia o incluso España), aceleró el control de la economía por parte del Estado y facilitó la adopción de una política económica intervencionista y, en buena medida, de carácter autárquico. La economía nacional debía ser capaz de lograr el autoabastecimiento y de suplir las carencias internas mediante la creación de organismos encargados de pilotar una producción sustitutiva, tanto en el ámbito industrial como en el agrario. En este sentido, los estados fascistas fueron la expresión máxima del principio de territorialidad que caracteriza buena parte del mundo contemporáneo. Las razones que explican la aparición de regímenes fascistas también han suscitado numerosas interpretaciones. Las explicaciones más clásicas son las que vinculan la emergencia del fascismo con la necesidad del gran capital de recurrir a la dictadura política para garantizar su supervivencia o, en otra perspectiva, como un modo de acceder a la modernización en aquellos países cuya industrialización había sido tardía, débil o bien muy dependiente de sectores tradicionales. La primera interpretación ha sido la más frecuente en el seno de la tradición marxista. La segunda ha tenido, tanto en Italia como en Alemania, muchos sostenedores, como los historiadores Renzo de Felice o Hans Ulrich Wheler. En el caso alemán, además, se ha insistido mucho en el carácter excepcional de su evolución histórica (el denominado Sonderweg o camino especial), en la que hubieron de convivir estructuras muy arcaicas de carácter político con otras muy avanzadas en el plano económico. Esta contradicción sería la explicación básica de la aparición del nazismo alemán. A estas interpretaciones, conviene añadir la concepción del fascismo como un fenómeno inexplicable fuera de la época de entreguerras. Los
82 efectos de la Guerra Mundial fueron decisivos, no sólo en el modo en que trastocaron las estructuras de la sociedad, sino en haber forjado una mística belicista que, en tiempos de paz, mantuvieron vigentes las legiones de ex combatientes, que tanto protagonismo tuvieron en los primeros pasos dados por los partidos y organizaciones fascistas, fuesen los Freikarps alemanes o los Fasci di combattimento italianos. La guerra, larga y cruenta en las trincheras, había fomentado, en palabras del Jünger de Tempestades de acero (1920), "el deseo abrumador de matar". Apología de la acción y de los instintos básicos del hombre que rige buena parte de la moral de la sociedad de entreguerras. Por otra parte, el impacto de la depresión de 1929 fue, asimismo, decisivo en la quiebra de la República de Weimar y en el ascenso del nazismo en Alemania. Y es evidente que sin el triunfo de Hitler, el fascismo no hubiera alcanzado una dimensión mundial, a pesar de su amplia difusión ya desde la década de los veinte en numerosos países europeos. El principal soporte sociológico de los fascismos fue, casi de forma universal, la clase media. Estos estratos medios, urbanos y rurales, habían perdido seguridad y estabilidad desde el fin de la guerra, les habían surgido nuevos competidores entre la nueva burocracia y los trabajadores de "cuello blanco" y, además, carecían de instrumentos organizativos propios. Lo que da coherencia a la pequeña y mediana burguesía europea es la crítica al parlamentarismo y al Estado liberal, así como a los efectos de la guerra, sea en forma de diktat de Versalles para los alemanes, de "victoria mutilada" para los italianos o de fronteras artificiales en la mayoría de los estados surgidos del Imperio austro­húngaro y del Imperio otomano. Otro ingrediente fundamental en el ascenso de los fascismos fue el creciente poder que alcanzaron los sindicatos de clase y los partidos obreros a la salida de la guerra. A pesar de la escisión de los partidos comunistas del tronco común socialista y de la orientación reformista de la socialdemocracia europea, el acceso al poder de esta última era considerado como el anuncio de un peligro bolchevique. De hecho, los movimientos fascistas más fuertes se forjaron en aquellos países en los que la clase obrera había alcanzado mayores cotas de poder o había intentado, a través de movimientos insurreccionales, instaurar regímenes socialistas. El fascismo tuvo, pues, mucho de movimiento de reacción contra el liberalismo democrático y de oposición al posible avance de las fuerzas obreras organizadas. Fue la expresión de la incapacidad de las viejas clases dominantes para mantener su hegemonía y fue, al tiempo, la ocasión de incorporarse a la vida política para amplias masas de ciudadanos desencantados de unos Estados liberales que no eran capaces de satisfacer sus necesidades. El radicalismo de los movimientos fascistas fue proporcional al grado de profundización democrática de la sociedad que trataba de cambiar. En los estados débilmente desarrollados, el fascismo se apoyó en sectores clericales o militares para alcanzar el poder o sostenerse en él (Hungría, Polonia, Portugal o España); en cambio, allí donde la movilización democrática había sido profunda, como en la Alemania de Weimar, fue donde adquirió mayor capilaridad social, alcanzando hasta los últimos confines de la sociedad. Algunos elementos definidores del fascismo, como pueden ser el ra­ dicalismo xenófobo y antisemita, el gusto por lo irracional y la crítica al
83 liberalismo, ya existían antes de la guerra. La novedad del periodo de entreguerras es que estas ideas encuentran arraigo sociológico. Los ele­ mentos potenciales para el desarrollo del fascismo existían, pero éstos no conducían necesariamente al mismo. Fueron la guerra, la crisis social subsiguiente, el miedo bolchevique y, finalmente, la crisis de 1929, los elementos que precipitaron la difusión por toda Europa de los regímenes fascistas. Esta diversidad de orígenes y de procesos es lo que explica no sólo su triunfo, sino las manifestaciones que presenta y su diferente implantación en el tiempo. VILLARES, R. y BAHAMONDE MAGRO, A. El mundo contemporáneo…, pp. 273­278 LA CRI SI S I TALI ANA Y EL TRI UNFO FASCI STA A pesar de su prestigio cultural y de su peso en la política interna­ cional, Italia era en 1918 un país semidesarrollado, con una renta per capita equivalente a la tercera parte de la de Estado Unidos y un 50 por 100 de la población activa empleada en el sector agrario. Las diferencias regionales eran por otra parte muy marcadas, ya que, en el norte, donde se concentraba la industria, la renta per capita superaba en un 20 por 100 la media nacional, mientras que en el sur quedaba un 30 por 100 por debajo de ella. Italia había entrado en guerra tardíamente, en mayo de 1915, por decisión del rey Víctor M anuel I I I y del gobierno, sin tener en cuenta el parlamento ni la opinión pública, y sin considerar su falta de preparación militar. Tras haber sufrido 600.000 muertos, el tratado de paz supuso una decepción para las aspiraciones italianas. Aunque sus fronteras se extendieron, las promesas franco­británicas de entregarle la costa yugoeslava y darle participación en el reparto de Turquía y de las colonias alemanas, no fueron cumplidas, lo que dio lugar a un fuerte re­ sentimiento de la opinión nacionalista. Como en otros países la inmediata posguerra estuvo caracterizada por una difícil situación económica y social. Los extraordinarios gastos bélicos habían elevado considerablemente la deuda exterior y desenca­ denado una fuerte tendencia inflacionista, con grave perjuicio para muchos sectores de la clase media cuyos ingresos no aumentaron al ritmo dé los precios. La gran industria, que se había desarrollado durante la guerra debido a la demanda militar, se veía en dificultades por la necesidad de reconvertir su producción hacia fines pacíficos, mientras que la desmovilización originó un aumento del desempleo. En noviembre de 1919 se celebraron las primeras elecciones no fal­ seadas por la intervención gubernamental. Dos partidos fueron los grandes vencedores: sobre un total de 500 escaños el Partido Socialista obtuvo 156, el triple que en las anteriores elecciones, y el P artido P opular 100. Este último, fundado en enero de 1919 y dirigido por un sacerdote, Luigi Sturzo, incluía desde sinceros demócratas cristianos hasta conservadores, unidos por el ideal católico y por la hostilidad hacia los liberales anticlericales que desde la unidad italiana habían monopolizado el poder. En cuanto al P artido Socialista, que contaba con el apoyo de la Confederación General del Trabajo, obtuvo sus mayores triunfos entre los
84 obreros de los grandes centros industriales como Milán, Turín y Génova y entre los trabajadores agrícolas del valle del Po, Al igual que los populares, los socialistas se hallaban muy divididos internamente. En 1914 uno de los principales dirigentes del ala izquierda socialista, Benito M ussolini había sido expulsado del partido por haber apoyado la guerra, en contra de la posición antibelicista del socialismo italiano. En 1919 Mussolini fundó en Milán el P artido Fascista con un programa radical que incluía la participación obrera en la administración de las empresas y la confiscación de los bienes eclesiásticos. En las elecciones ni un sólo candidato fascista fue elegido, por lo que su líder pronto adoptó una orientación política muy distinta, erigiéndose en defensor del orden frente a las agitaciones obreras. Durante 1919 y 1920 los campesinos revolucionarios ocuparon ilegalmente algunos latifundios, sobre todo en el valle del Po. En septiembre de 1920 un lock out de los empresarios metalúrgicos llevó a la ocupación de algunas grandes fábricas del norte por los obreros, que se mantuvo durante ocho semanas. El gobierno, presidido por el liberal Giolitti decidió no hacer intervenir a la policía y dejar que el movimiento se extinguiera por sí solo, como, en efecto, sucedió. Los numerosos conflictos sociales no respondían a un plan revolucionario, sino que eran estallidos de protesta espontáneos y sin coordinación, A partir de 1921, hubo un marcado descenso de la agitación social. Tales conflictos, y la pasividad del gobierno ante ellos, preocuparon, sin embargo, a los propietarios. Algunas ocupaciones de tierras habían sido legalizadas por el gobierno, y no sólo los socialistas sino los populares, incluían en su programa la división de los latifundios, mientras que Giolitti se proponía aumentar los impuestos sobre la propiedad y establecer una semana laboral de 48 horas. Este conjunto de hechos fue lo que impulsó a algunos empresarios agrícolas industriales a subvencionar a bandas (en italiano, squadre) de hombres armados que hicieran frente violentamente a las organizaciones obreras. Entre estos squadristi pronto destacarían los miembros del partido fascista. Entre los políticos liberales, muchos pensaron, incluido Giolitti, que el fascismo podría ser útil para combatir al socialismo, y que posteriormente los fascistas se dejarían asimilar en el marco de la política liberal. En tanto, el P artido Socialista se dividía. La corriente comunista, siguiendo las orientaciones de la Internacional, quería la expulsión de los reformistas y la decidida orientación del partido hacia una revolución violenta. Las elecciones de mayo de 1921, en las que el gobierno permitió todo tipo de violencias, dieron sin embargo a la coalición liberal de Giolitti tan sólo poco más de 100 escaños, de los que 35 correspondieron a los fascistas. Los populares obtuvieron 107, los socialistas oficiales 120 y 15 los comunistas. Los años 1921 y 1922 se caracterizaron por la violencia fascista. Cada domingo grupos de squadristi se concentraban en tal o cual pueblo, destruyendo las sedes de las cooperativas y de los sindicatos obreros y expulsando a los alcaldes. La porra (en italiano manganello) y el aceite de ricino, que se administraba en grandes dosis a las víctimas, eran los argumentos preferidos por los fascistas, que también empleaban a menudo
85 las armas de fuego. La complicidad del gobierno liberal se manifestó en la impunidad de estos crímenes. Las represalias socialistas se fueron haciendo cada vez más esporádicas y tras haberse asegurado el control de las zonas rurales, el fascismo comenzó a aplicar los mismos métodos en las ciudades. ¿Qué era el fascismo? Es difícil dar una respuesta, ya que dentro del mismo había monárquicos y republicanos, católicos y masones, .conser­ vadores y reformistas. M ussolini mismo, antiguo socialista, fue sucesi­ vamente republicano y monárquico, anticlerical y aliado de la Iglesia. Bá­ sicamente era un movimiento de pequeños burgueses y miembros de la clase media, pero también de obreros decepcionados en sus ilusiones nacionalistas por el tratado de paz, ferozmente hostiles al mundo, e in­ fluidos por una cultura antiliberal. Muchos excombatientes habituados a la violencia y poco dispuestos a volver a la monotonía de la vida civil; constituyeron lo esencial de sus tropas de choque, mientras que algunos propietarios agrarios y grandes industriales fueron sus fuentes de financiación. Giolitti dimitió a mediados de 1921 y los gobiernos que le sucedieron fueron cada vez más inoperantes. Pero a la altura de 1922 el número de huelgas había descendido considerablemente, la balanza comercial había mejorado y el turismo había experimentado una fuerte recuperación. La situación mejoraba y los fascistas podían resultar perjudicados por ello. Finalmente, en octubre de 1922, Mussolini ordenó a sus milicias que marcharan sobre Roma. Era una jugada peligrosa, ya que los fascistas estaban precariamente armados y Mussolini les ordenó que no dispararan contra el ejército en caso de que les hiciera frente. Este era en su mayoría fiel al rey. Tras alguna indecisión, el gobierno acordó hacer frente a la insurrección, declarando el estado de sitio. Pero el rey optó por dar el encargo de formar nuevo gobierno a Mussolini, quien llegó a Roma el 31 de octubre en coche cama, unas horas antes que sus milicias. El parlamento otorgó la confianza al gobierno de Mussolini, en el que junto a cuatro fascistas había diez no fascistas, incluidos varios liberales y populares, y le concedió incluso plenos poderes por diez meses. Lentamente liberales y populares se darían cuenta de que el objetivo del fascismo era establecer una dictadura total. En abril de 1924, en unas elecciones en que las violencias y asesina­ tos de los squadristi marcaron la pauta, una coalición del fascismo con algunos sectores liberales obtuvo cuatro millones y medio de votos frente a los dos y medio de los partidos no fascistas. Entre estos últimos los dos principales seguían siendo el socialista y el popular. El paso decisivo hacia la dictadura se dio en junio de 1924, cuando Giacomo M atteotti, diputado socialista que tuvo el valor de denunciar a Mussolini en pleno parlamento, fue secuestrado y asesinado. Por primera vez hicieron entonces frente común contra el fascismo los diputados socialistas, populares y parte de los liberales, abandonando el parlamento como protesta. Pero era demasiado tarde. Tras un período de indecisión, en que pareció posible la caída de su gobierno, en enero de 1925, Mussolini asumió públicamente la responsabilidad del asesinato. A continuación vendría la prohibición de los partidos no fascistas, la exclusión del parlamento de los diputados de oposición, la eliminación de la prensa
86 liberal, incluso de aquella que había aprobado las primeras violencias antisocialistas del fascismo. Los políticos liberales que habían permitido la violencia fascista para eliminar el socialismo, se veían a su vez excluidos de la vida política. El liberalismo italiano no pereció a manos del fascismo. Sino que sencillamente se suicidó. LA ERA FASCI STA EN I TALI A En 1926, Benito M ussolini, presidente del Consejo de ministros, mi­ nistro de Asuntos Exteriores, del Interior, de las Corporaciones, del Ejército de la Marina, del Aire, comandante en jefe de la milicias y Caudillo (en italiano Duce) del Partido Fascista, concentraba en sus manos todo el poder. El Rey había perdido buena parte de sus prerrogativas, el parlamento sólo servía para aplaudir, los alcaldes elegidos democráticos había sido sustituidos por otros designados por el gobierno y los sindicatos libres habían sido prohibidos. El mismo Partido Fascista, que antaño en ocasiones había podido manifestar su desacuerdo con el Duce, estaba ahora rígidamente controlado y todos sus jefes era nombrados desde arriba. Ciertos órganos del partido se convirtieron en órganos del Estado. Así, el Gran Consejo fascista obtuvo la prerrogativa, antaño correspon­ diente al Rey, de nombrar al jefe del gobierno, y las squadre fascistas se convirtieron en milicias oficiales con el mismo rango que el propio ejército. Empresarios y trabajadores fueron encuadrados en las corporaciones fascistas, organizaciones oficiales de carácter sindical que permitían un estricto control de mundo laboral por parte del Estado. Sin embargo, la represión nunca alcanzó la intensidad que tuvo en la Rusia de Stalin o la Alemania de Hitler. Era, por otra parte, tan arbitraria que la misma persona que en una ciudad habría de temer por su vida, en otra podía llegar a ser respetada e influyente. La resistencia antifascista fue eliminada, y tan sólo los comunistas lograron mantener un embrión de organización clandestina. La masa del pueblo italiano, aunque pudiera estar en desacuerdo con tal o cual aspecto del nuevo régimen, básicamente lo aceptaba pasivamente. La paz pública, el relativo bienestar económico y una política exterior que satisfacía el orgullo nacionalista, compensaban para muchos la pérdida de libertad y las arbitrariedades fascistas. Las relaciones del régimen con la I glesia católica fueron en general buenas, a pesar del inicial anticlericalismo fascista y de que casi ninguno de los dirigentes del partido era católico practicante. Mussolini logró de la Iglesia el reconocimiento, después de cincuenta años, de la existencia misma del estado italiano en los Pactos de Letrán de 1929. El Duce, por su parte, adoptó numerosas medidas grates a la Iglesia: prohibición de la masonería, medidas contra el protestantismo, aumento de la enseñanza de la religión en las escuelas, una importante subvención y exención de impuestos para las instituciones eclesiásticas. No obstante hubo conflictos como el motivado por la campaña que el fascismo, que aspiraba al monopolio de las organizaciones de masas, lanzó contra Acción Católica (1931). Con el mundo de los negocios las relaciones fueron cordiales. Res­ pecto a los intelectuales, algunos se opusieron, pero los más se inte­ graron. El gran filósofo liberal y patriarca de la cultura italiana Benedetto Croce, tras una inicial simpatía por el fascismo, rompió radicalmente con él
87 en 1925. Enrico Fermi, uno de los mayores físicos de nuestro siglo, se exilió a Estados Unidos en 1938, debido a la aprobación de leyes racistas en Italia, que afectaban a su esposa. En cambio, literatos como Luigi P irandello y científicos como Guglielmo M arconi no tuvieron reparo en colaborar con el régimen y este último presidió la institución cultural. Estos apoyos hicieron posible que el Duce desarrollara una megalomanía rayana en el ridículo. Mientras que toda Italia se llenaba de cartelones con el lema «Mussolini tiene siempre razón», los periódicos re­ producían fotografías en que, desnudo hasta la cintura, segaba las mieses para dar inicio, como primer trabajador de Italia, a la «batalla del trigo». Mussolini tuvo especial empeño en que las nuevas generaciones se educaran conforme a los principios de la doctrina fascista, aunque sus continuos cambios de opinión hicieran un tanto difícil saber en qué consistía tal doctrina. En esencia se pretendía formar una juventud más disciplinada y más marcial. Por ello, una parte básica de la educación corría a cargo de unidades paramilitares en que los niños eran encuadrados desde los cuatro años. La política económica, tras una primera etapa liberal y librecambis­ ta, se orientó desde 1925 cada vez más hacia la intervención estatal y él proteccionismo. La crisis económica mundial se tradujo en Italia a partir de 1929 en un incremento del número de parados, que llegó a superar el millón en 1933. Pero la depresión no fue tan marcada como en otros países. Uno de los principales objetivos de la política económica fue la au­ tarquía, esto es, la autosuficiencia económica, objetivo inalcanzable en un país que en 1925 importaba la casi totalidad del petróleo, el 95 por 100 del carbón y más de la mitad del mineral de hierro que consumía. Sin embargo, se logró que entre 1922 y 1938 las importaciones se redujeran a un ritmo medio del 2,5 por 100 anual. En agricultura la tendencia autárquica se manifestó en la «batalla del trigo», que logró doblar la producción de este cereal, haciendo posible que las importaciones del mismo, antaño importantes, casi desaparecieran. Para ello se pusieron en cultivo nuevas tierras, roturándose zonas pantanosas, pero también se dedicaron al trigo tierras que antes se uti­ lizaban, con un rendimiento mucho más elevado, para ganado, frutales u olivo. Por otra parte, no se hizo ningún esfuerzo para reducir la población activa agraria (que todavía a fines de los años treinta representaba el 40 por 100 de la población activa total). Respecto a la industria, un fuerte proteccionismo, el estímulo a la creación de trust, la tendencia autárquica y una fuerte intervención estatal fueron los rasgos más destacados. En 1933 se creó el Instituto de Reconstrucción Estatal (IRI), con la función de ayudar a las empresas en dificultades, y que terminó absorbiendo a muchas de ellas, con el resultado de que en 1936 Italia era el país europeo, excluida la Unión Soviética, en que mayor porcentaje de propiedad industrial correspondía al Estado. La tendencia autárquica se tradujo en una fuerte expansión de las centrales hidroeléctricas. Las principales medidas de política laboral fueron la supresión del derecho de huelga, la sustitución de los sindicatos libres por corporaciones fascistas obligatorias, la limitación de la libertad de movimiento del
88 trabajador (sobre todo, para evitar el éxodo rural) y una legislación de se­ guridad social más espectacular en el papel que en la realidad. Los salarios reales en 1939 eran inferiores a los de 1922 y escasamente superiores a los de 1913. Otro rasgo característico de la política fascista fueron las campañas para el incremento de la natalidad. La tasa de natalidad en Italia era muy elevada, poco inferior al 30 por 1.000, pero en los años de preguerra era compensada por una fuerte emigración. Por ello, cuando a comienzos de los años veinte los países de ultramar restringieron la inmigración, el ritmo de crecimiento de la población aumentó. Resulta sorprendente la decisión de Mussolini de elevar a toda costa la natalidad. Para M ussolini más población equivalía a más soldados. Sin embargo, en 1 932, por primera vez desde 1876, hubo en un año de paz menos de un millón de nacimientos, demostrando al Duce que los italianos no dejaban que el Estado decidiera su vida privada. TUSELL, J. Introducción a la Historia del mundo contemporáneo. Curso de acceso directo. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces, 1988, pp. 334­339. EL NAZI SM O ALEM ÁN De los muchos imitadores que en distintos países tuvo Mussolini, ninguno dejó una huella tan profunda en la historia como Adolfo Hitler. El que un nombre como él pudiera llegar a convertirse en el idolatrado líder de la culta y desarrollada Alemania constituye, por otra parte, un enigma que desafía la capacidad de comprensión humana. Sus inicios fueron bien poco prometedores. En 1923 el fracaso de un intento de golpe de Estado le condujo por una temporada a la cárcel y le convenció de que era preferible intentar alcanzar el poder por medios legales. En las elecciones de 1924, su P artido Nacional Socialista obrero Alemán, más conocido por la abreviatura nazi obtuvo un modesto 6,5 por 100 del voto popular, reducido en las de 1928 al 2,6 por 100. Pero el año siguiente comenzó la gran depresión que iba a dar a Hitler su gran oportunidad. La próspera economía alemana de fines de los veinte presentaba una serie de puntos débiles. El desempleo alcanzaba al 10 por 100 de los trabajadores, la agricultura se veía afectada por el descenso mundial de los precios, y, sobre todo, tanto el pago de reparaciones como la expansión económica se basaban en un creciente endeudamiento exterior. Bastaría que el flujo de capital extranjero que sostenía la economía desapareciera, para que ésta se viniera abajo. Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando la crisis de 1929 acabó con la importación de capital norteamericano. En 1932 la renta nacional alemana equivalía al 58 por 100 de la de 1928, mientras que el 30 por 100 de los trabajadores estaba en paro. En las primeras elecciones celebradas tras el comienzo de la depresión, en 1930, los nazis obtuvieron el 18 por 100 de los votos, aumentando el número de sus diputados de 12 a 107. Un considerable sector de la clase media y también de la obrera, nacionalista y gravemente afectada por la crisis, había prestado oídos a la propaganda nazi que culpaba de todos los males a las potencias extranjeras que habían impuesto
89 a Alemania el tratado de Versalles, a los políticos alemanes que habían aceptado tal tratado y a la democracia que dividía y debilitaba al país. La negativa de los partidos conservadores, orientados cada vez más a la derecha, a colaborar con los socialistas, y el importante número de diputados nazis y comunistas, hacía imposible un gobierno con mayoría parlamentaria. Por ello el canciller Heinrich Brüning, del partido católico del centro, recurrió a gobernar mediante decretos de emergencia. Su política económica, severamente deflacionaria, se basaba en la esperanza de que un marcado descenso en los precios alemanes estimularía las exportaciones, y el auge de éstas permitiría la recuperación industrial. Brüning logró un éxito al convencer a Francia y Gran Bretaña de la imposibilidad de que Alemania continuara efectuando pagos de reparacio­ nes, que finalmente serían anulados en la conferencia internacional de Lausana en julio de 1932. Pero el coste económico y social de su política deflacionista fue muy elevado, ya que su plan de recuperación a través del aumento de las exportaciones fracasó, al descender los precios mundiales más rápidamente que los de las exportaciones alemanas. En los dos años de gobierno de Brüning el número de desempleados se elevó de dos a seis millones. Su política supuso además severas reducciones en los servicios sociales, lo que la hacía todavía más inaceptable para los socialistas, que, sin embargó, temiendo que la caída del gobierno de Brüning diera paso a la dictadura, no utilizaron sus votos parlamentarios para derribarle. En las elecciones presidenciales de marzo de 1932 el ex monárquico Hindenburg, apoyado por todas las fuerzas democráticas, obtuvo en la segunda vuelta 19,3 millones de votos frente a los 13,4 de Hitler. Unas semanas después Hindenburg destituyó a Bruning. El nuevo gobierno presidido por Franz von P apen, carecía casi totalmente de apoyo parlamentario, y se basaba en un pequeño grupo de elementos reaccionarios, que incluía a poderosos terratenientes prusianos, grandes industriales de Renania y dirigentes del ejército. Su principal objetivo era llegar a un acuerdo con los nazis, pero Hitler se negó a entrar en ningún gobierno de coalición. Dos elecciones tuvieron lugar en 1932, en el vano intento de dar una base parlamentaria al gobierno Von Papen. En ambas, socialistas y centristas mantuvieron sus posiciones, los comunistas aumentaron sus votos y los nazis se convirtieron en el principal partido del país, consiguien­ do el 37 por 100 de los votos en julio y el 33 en noviembre. En enero de 1933, de manera absolutamente legal, Hitler fue encargado de formar gobierno por el presidente Hindenburg. Las cualidades que habían llevado a Hitler al poder eran una formidable energía, una irrefrenable voluntad, una inquebrantable fe en sí mismo, una total carencia de sentido moral y un talento extraordinario para la demagogia. Sus discursos, que nunca apelaban a la razón, sino a los sentimientos y en los que simplificaba al máximo las cuestiones, electrizaban a sus seguidores. El nazismo se inspiraba en el fascismo italiano, del que tomó incluso símbolos como el saludo romano, o la designación de Caudillo (en italiano Duce, en alemán Führer) para su jefe. Su doctrina era como la de Mussolini,
90 lo suficientemente vaga como para poder atraer a sectores diversos por motivos contradictorios, pero tenía un carácter más sitemático que la de aquél. Su totalitarismo fue, también, mucho mayor. En la base de la doctrina nazi se encuentra un culto de la acción por la acción y un desprecio del intelecto, que constituye una forma extrema de rebelión contra la razón característica de la primera mitad del siglo XX. Se ha señalado su carácter paranoico: el nazismo se siente dominado por deseos insaciables, de expansión como resulta patente en su lema: «Hoy Alemania, mañana el mundo». Un carácter aparentemente contradictorio del nazismo es que, a la vez que se basaba en el masivo apoyo de millones de personas, en las que era capaz de desarrollar un notable espíritu de sacrificio, nutría un abierto desdén hacia las masas, a las que sólo consideraba dignas de ser guiadas por una élite dirigida por el supremo Führer. El control de las masas se realizaba a través de una propaganda, elemento básico de la cual era la utilización de una serie de chivos expiatorios a los que se culpaba de todos los males. El chivo expiatorio par excelencia era el judío. El antisemitismo, que tiene hondas raíces en la historia europea, era un elemento clave del nazismo. Aquellos que nunca habían comprendido gran cosa de los problemas políticos y económicos, sintieron la íntima satisfacción de comprenderlos al fin, ahora que Hitler les había dado la clave: todo era culpa de los judíos. Estos a su vez eran lo suficientemente minoritarios (600.000 en toda Alemania) para poder ser atacados impunemente. La actitud del nazismo frente al cristianismo era ambivalente. La doctrina oficial expresaba su apoyo a un «cristianismo positivo» y entre los más entusiastas seguidores de Hitler había católicos y protestantes. Sin embargo, la moral cristiana era ajena totalmente al nazismo, que no tenía la menor comprensión hacia los valores como la humildad, la caridad o la misericordia. Por su parte, algún ideólogo proclamó, a la vez que el rechazo de los valores antes citados, considerados «judaicos», el carácter «ario» del propio Cristo. El mito ario es, en efecto, uno de los más decisivos elementos del nazismo. La doctrina proclamaba la existencia de una raza «aria» superior esencialmente a todas las demás, y que en la práctica sé identificaba con todos aquellos alemanes que no tuvieran un abuelo judío. La lógica interna de la doctrina sufrió, por otra parte, mucho cuando las necesidades políticas obligaron a hacer un sitio entre las razas privilegiadas a los italianos mediterráneos y a los amarillos japoneses. El nacionalismo, por supuesto, era básico en la ideología nazi, pero, ¿qué significado real tenía el término «socialista», incluido, asimismo, en la denominación del partido? Respondía, en realidad, a un anticapitalismo atractivo para los pequeños industriales y comerciantes que sufrían por la competencia de los monopolios, para los arruinados y los desempleados. Incluso muchos obreros, sobre todo aquellos a los que los sindicatos no habían podido salvar del paro, se sintieron atraídos por este «genuino socialismo alemán». ¿Por qué esta peculiar doctrina tuvo tan extraordinario éxito? La durísima depresión económica y el desempleo masivo proporcionaron un
91 ambiente adecuado, pero dicha depresión fue también aguda en Gran Bretaña, lo que no evitó el completo fracaso del fascismo inglés, y lo mismo se puede decir de Estados Unidos y otros países desarrollados. Aunque no hay, en realidad, una respuesta satisfactoria, la tradición histórica alemana debe ser tenida en cuenta. Alemania, como Italia, ha­ bía logrado tardíamente su unidad nacional, lo que implicaba un nacio­ nalismo mucho más vivo, que por otra parte se había sentido profunda­ mente herido por la derrota de 1918. La democracia, delicado sistema de gobierno basado en la capacidad de diálogo y de compromiso y, por tanto difícil de mantener en situaciones de crisis, como tenía por otra parte, raíces poco profundas en Alemania, incluso podía ser considerada como otra de las consecuencias de la derrota de 1918. Por último, el nazismo tomó suficientes elementos de los más grandes pensadores alemanes, tales como Fichte, Hegel, Goethe y Nietzsche, para poder entroncar con aspectos profundos de la cultura nacional, aunque en realidad significaba una corrupción del pensamiento de todos ellos. La concreción práctica de tal doctrina no podía ser sino la más completa dictadura y Hitler, una vez en el poder, procedió a establecerla con toda rapidez. En febrero de 1933, los nazis prendieron fuego al edificio del Parlamento y, acusando de ello a los comunistas, lo tomaron como pretexto para suspender las garantías constitucionales, Al mes siguiente unas elecciones, en las que las milicias nazis, las SA, cumplieron debidamente con su papel de intimidadores, dieron el 43,9 por 100 de los votos al partido nazi que, unidos al 8 por 100 de sus aliados nacionalistas, le daban mayoría parlamentaria. Pocos días después de las elecciones, el Parlamento institucionalizó la dictadura, aprobando el traspaso de su poder legislativo al gobierno, y dando a éste capacidad para vulnerar la Constitución. Puesto que a los diputados comunistas no se les permitió ocupar sus escaños, fueron los socialistas los únicos que votaron en contra. Uno tras otro todos los demás partidos fueron puestos fuera de la ley, lo mismo que los sindicatos, cuyos bienes pasaron al sindicato obligatorio nazi. Luego, en junio de 1934, en una noche, todos los posibles enemigos de Hitler entre sus propios camaradas y aliados fueron asesinados, incluidos Ernst Röhm, íntimo colaborador del Führer desde los primeros tiempos. Y el general Shleicher, uno de los líderes más influyentes del ejército. Poco después, la muerte de Hindenburg permitía al Führer concentrar todos los poderes en su persona. Tras la purga de 1934, las milicias del partido perdieron toda importancia y el elemento clave del Estado lo constituirían otras milicias, las SS, dirigidas por el siniestro Heinrich Himmler (1900­19457, que como jefe también de la nueva policía secreta estatal, la Gestapo, se conyirtió en dirigente principal del aparato represivo. Como tal, fue el máximo responsable de los campos de concentración, a los que fueron enviados miles de oponentes al régimen. Bien pronto toda resistencia se hizo imposible y sólo algunos individuos heroicos testimoniaron el apego alemán por la libertad. A diferencia de la Italia fascista, las relaciones con la Iglesia católica fueron difíciles. En 1937, el papa Pió XI condenó en la encíclica Mit Brenender Sorge la doctrina racista de los nazis. Para aquel entonces a los judíos se les había privado de todos los derechos políticos y civiles, y el 1O
92 de noviembre de 1938 la Gestapo organizó motines «espontáneos» en que judíos fueron asesinados, apaleados y arrestados, y sus sinagogas incendiadas. A pesar de que en adelante los emigrantes no pudieron llevar nada consigo, unos 40.000 judíos de Alemania y de la anexionada Austria huyeron al extranjero. La política económica seguida por el gobierno nazi fue eficaz. El triunfo de Hitler llenó de confianza a los empresarios alemanes, con beneficiosas consecuencias para el aumento de la inversión. A fines de 1933 el número de desempleados se había reducido de seis millones a cuatro y para 1936 el paro había desaparecido por completo. La renta per capita se elevó, aproximadamente, en un 40 por 100 y aunque los salarios reales sólo lo hicieron en un 20 por 100, esto, unido a la desaparición del desempleo, la mejora de las condiciones de trabajo y vivienda y el presunto «socialismo» del régimen, hizo que éste sé ganará el apoyo de muchos obreros. En esta recuperación jugó un papel clave la política de rearme, ya que los gastos militares, que se multiplicaron por nueve entre 1933 y 1938, supusieron un gran aumento de la demanda. Siguiendo una política análoga a la propugnada por Keynes, el gasto público se elevó sin preocupación por el incremento del déficit presupuestario, lo que permitió poner en marcha a pleno rendimiento los factores productivos hasta entonces paralizados. El hecho de que después de conseguido el pleno empleo se pudiera mantener un masivo programa de rearme, sin que esto se tradujera en la reducción del nivel de vida ni en el alza de precios fue un éxito notable. La clave del mismo estaba en la combinación de los postulados de la economía planificada y de la economía de mercado. Los empresarios conservaron la propiedad, la dirección y los beneficios de sus empresas, pero el gobierno controlaba los salarios, los precios, el empleo de las materias primas, el mercado de trabajo y el comercio exterior, todo ello gracias a la eficacia del funcionariado, la cooperación de las asociaciones empresariales y, en último término, en el caso de empresarios recalcitrantes, gracias a la Gestapo. Un esfuerzo se hizo para lograr la máxima autarquía, fundamental­ mente debido a consideraciones estratégicas. La bien engrasada máquina económica y militar de Alemania iba a ser bien pronto utilizada, en frenesí bélico desencadenado por Hitler. TUSELL, J. Introducción a la Historia…, pp. 340­344. No menos de catorce Estados europeos sufrieron entre 1,920 y 1939 el establecimiento de dictaduras. La mayor parte de las mismas tenían un carácter más tradicional que las dictaduras fascistas antes estudiadas y afectaron a países menos desarrollados que Alemania, e incluso que la misma Italia. En muchos casos fueron dirigentes militares los que se convirtieron en dictadores: así, entre otros, el mariscal P ilsudski en Polonia, el almirante Horthy en Hungría, el general M etaxas en Grecia. En otros países fueron los propios monarcas los que establecieron regímenes dictatoriales, es el caso de Yugoslavia, Rumania y Bulgaria. En Austria el político católico Dollfuss estableció en 1933 una dictadura y reprimió violentamente los intentos de resistencia socialista, para ser luego asesinado por los nazis. En Latinoamérica se dieron numerosas dictaduras de carácter parecido.
93 Todos estos regímenes suprimieron las libertades individuales y el derecho de huelga, prohibieron los partidos de oposición y los sindicatos libres y anularon el sistema parlamentario. En mayor o menor grado en los años treinta adoptaron ideas semejantes a las fascistas, y Hungría, Rumania y Polonia llegaron a tomar medidas antisemitas. Pero sería erróneo utilizar el término fascismo para designar algunos de ellos, por ejemplo, las dictaduras de P rimo de Rivera en España, o de Oliveira Salazar en P ortugal. Ambos Estados ibéricos, especialmente Portugal, estaban muy poco desarrollados económicamente, incluso en comparación con Italia. El consumo de energía eléctrica per capita era, por ejemplo, en 1925 de 29 kw en Portugal, frente a 180 en Italia y 238 en Francia. En ambos países se habían establecido desde la primera mitad del siglo XIX monarquías liberales que no lograron nunca transformarse en democráticas, y en ambos, tras sendas experiencias republicanas, acabarían por instaurarse dictaduras. En Portugal la república se proclamó en 1910, y en 1911 fue apro­ bada una constitución democrática. Pero la división de los republicanos en facciones rivales y, sobre todo, el atraso estructural del país hicieron muy difícil la consolidación de la democracia, cuya breve, pero turbulenta historia estuvo jalonada por numerosos golpes de Estado. En 1926 un pronunciamiento militar supuso el final del régimen parlamentario. Sus dirigentes no tenían, por otra parte, ideas claras sobre la política a seguir, y, aparte de las usuales medidas restrictivas de las libertades y de la represión de las sucesivas rebeliones demócratas, poco se hizo hasta que un profesor de Economía, católico, Antonio Oliveira Salazar (1889­1970) se convirtió en el hombre fuerte del régimen. En 1932 Salazar fue nombrado primer ministro. Al año siguiente una nueva constitución redujo radicalmente el censo electoral; a través de un sufragio restringido, estableció la responsabilidad del gobierno hacia el presidente y no hacia el Parlamento e introdujo un sistema corporativo más o menos similar al italiano. Sin embargo, el Movimiento Nacional Sindicalista fundado en 1932 y principal exponente del fascismo portugués, fue desautorizado por Salazar en julio de 1934, al tiempo que éste marcaba las distancias de su «corporativismo católico» respecto al fascismo. TUSELL, J. Introducción a la Historia…, pp. 340­344. Bibliografia básica: KITCHEN, M. El periodo de entreguerras en Europa. Madrid: Alianza, 1998. PAYNE, S. G. Historia del fascismo. Barcelona: Planeta, 1995. Bibliografía complementaria: BILBENY, N. El idiota moral. Barcelona: Anagrama, 1993. BOREJSZA, J. W. La escalada del odio: movimientos y sistemas autoritarios y fascistas en Europa, 1919­1945. Madrid: Siglo XXI, 2002.
94 BRACHER, K. D. Controversias de historia contemporánea sobre fascismo, totalitarismo y democracia. Barcelona: Alfa, 1983. BURLEIGH, M. El Tercer Reich. Una nueva historia. Madrid: Taurus, 2002. “Europa de las dictaduras: de Mussolini a Primo de Rivera y Salazar (La)”. Madrid: Historia 16, 1983 (Historia Universal Siglo XX, núm. 9). CERVERA JOVER, C. Los fascismos. Madrid: Akal, 1993. FERNÁNDEZ GARCÍA, A. y RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, J. L. Fascismo y neofascismo. Madrid: Arco Libros, 1996. HERNÁNDEZ SANDOICA, E. Los fascismos europeos. Madrid: Istmo, 1992. HILDEBRAND, K. El Tercer Reich. Barcelona: Cátedra, 1988. KERSHAW, I. Hitler. Barcelona: Península, 1999­2000, 2 v. NOLTE, E. La crisis de los sistemas liberales y los movimientos fascistas. Barcelona: Península, 1971. NORLING, E. Fascismo revolucionario. Barcelona: Ediciones Nueva República, 2000. SIMPSON, W. Hitler y Alemania. Madrid: Akal, 1994. TANNENBAUM, E. F. La experiencia fascista. Sociedad y cultura en Italia, 1922­1945. Madrid: Alianza, 1975. “Terremoto nazi. Europa. Europa: fascismos y Frentes Populares, El”. Madrid: Historia 16, 1984 (Historia Universal Siglo XX, núm. 13). TORRE GÓMEZ, H. de la. El Portugal de Salazar. Madrid: Arco Libros, 1997. TOYNBEE, A. J. La Europa de Hitler. Madrid: Sarpe, 1985. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/fascinazismo.htm Filmografía: Caída de los dioses, La (Italia, 1969), Luchino Visconti (élites alemanas en el ascenso del nazismo) Delito Matteotti, El (Italia, 1973), Florestano Vancini (ascensión del fascismo italiano) Gran dictador, El (USA, 1940), Charles Chaplin (nazismo en clave satírica) Marcha hacia Roma, La (Italia, 1962), Dino Risi (fascismo italiano) Novecento (Italia, 1976), Bernardo Bertolucci (repaso de la historia de la Italia de las primeras décadas del XX a partir de las relaciones de dos familias, una de terratenientes y otra de jornaleros, en una finca de Emilia) Proceso de Verona, El (Italia/Francia, 1962­63), Carlo Lizzani (tragedia política del fascismo italiano tras ser destituido Mussolini y el drama existencial de los protagonistas) Ser o no ser (USA, 1942), Ernst Lubitsch (la invasión de Polonia sirve para montar una parodia del nazismo) Tambor de hojalata, El (Alemania­Francia, 1979), Volker Schlöndorff (narra la historia de Alemania desde el fin de la I Guerra Mundial hasta la postguerra, vista por los ojos de un niño. Basado en la novela homónica de Günther Grass) To be or not to be (USA, 1942), Ernst Lubitsch (nazismo)
95 Triunfo de la voluntad, El (Alemania, 1934­35), Leni Riefensthal (documental propagandístico nazi) b) Literatura: GRASS, G. El tambor de hojalata. Madrid: Alfaguara, 1998. GRASS, G. Años de perro. Madrid: Alfaguara, 1999. (cuestión de la participación de los alemanes en los abusos de la guerra) MANN, T. Mario y el mago. Barcelona: Plaza & Janés, 1990. (parodia del ascenso del nazismo) 13. LA URSS: DE LENI N A STALI N LA LUCHA P OR EL P ODER: EL “ GRAN DEBATE” (1924­1926) La « revolución permanente» La dictadura del proletariado, que sube al Poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente. La conquista del Poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio decisivo del régimen capitalista en la palestra mundial, esta lucha tiene que conducir inevitablemente a explosiones de guerra interna, es decir, civil, y exterior, revolucionaria. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal, independientemente del hecho de que se trate de un país atrasado, que haya realizado ayer todavía su transformación democrática, o de un viejo país capitalista que haya pasado por una larga época de democracia y parlamentarismo. El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los limites del Estado nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por tanto, la revolución socialista se convierte en perma­ nente en un sentido muy nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.
96 L. TROSTKI: La revolución permanente (1923­1927). México, Índice Rojo, 1961, p. 194 El « socialismo en un solo país» El XIV Congreso del Partido ha procedido con todo acierto al dejar sentado que «la lucha por el triunfo de la edificación socialista en la U.R.S.S. es la tarea fundamental de nuestro partido», que una de las condiciones para cumplir esta tarea es «la lucha contra las falta de fe en la edificación del socialismo en nuestro país y contra las tentativas de considerar a nuestras empresas, que son empresas de tipo consecuentemente socialista (Lenin), como empresas capitalistas de estado», que «semejantes comentes ideológicas, al hacer imposible una actitud consciente de las masas ante la edificación del socialismo en general y de la industria socialista en particular, sólo sirven para frenar el desarrollo de los elementos socialistas de la economía y para facilitar la lucha del capital privado contra ellos»; y que «el congreso considera, por tanto, necesario desplegar una amplia labor educativa con el fin de eliminar estas tergiversaciones del leninismo» (v. la resolución sobre el informe al CC del PC (b) de la U.R.S.S.). La significación histórica del XIV Congreso del PC(b) de la U.R.S.S. consiste en que ha sabido poner al desnudo hasta sus raíces los errores de la «nueva oposición», en que ha repudiado su falta de fe y sus lamentaciones, en que ha trazado clara y nítidamente el camino para seguir luchando por el socialismo, en que ha dado al partido perspectivas de triunfo y, con ello, ha infundido al proletariado una fe inquebrantable en el triunfo de la edificación socialista. I. STALIN: Cuestiones del leninismo (1926). En G. PROCACCI: El gran debate (1924­1926). Madrid, Siglo XXI, 1976, vol. II, pp. 134­135 En J. MIRA, D. ARIAS y L. ESTEBAN. Documentos de Historia del Mundo Contemporáneo. Madrid, Alambra, 1986, pp. 290­291 EL NACI M I ENTO DEL ESTALI NI SM O: LA CRI SI S SOVI ÉTI CA La cuestión principal para una comprensión del estalinismo es no perder de vista (...) que no fue producto de un desarrollo social positivo, del desarrollo positivo de alguna doctrina o concepción social, sino el resultado de una crisis social profunda y global, una salida específica de esta crisis. Tales situaciones no conducen por regla general a inflexiones favorables en las relaciones sociales o al desarrollo de los aspectos positivos de los sistemas políticos y sociales (...) La formación del estalinismo no puede comprenderse sin considerar la profunda crisis político­social y económica que se
97 desencadenó en la URSS en el momento culminante del periodo de la NEP (...) El problema consistía en que el estado general tanto de las fuerzas productivas como de las condiciones necesarias para la elevación de la productividad del trabajo social no ofrecía posibilidades para garantizar en la medida requerida el efecto productivo esperado al poner en marcha la reestructuración. Tal como estaban las cosas, una remodelación así debía convertirse principalmente en un instrumento adicional para la movilización administrativa de los recursos, había de conducir al aumento intensivo de las formas administrativas de la dirección y la aparición de un sistema global de control estatal sobre la vida de la sociedad. El contenido de la crisis determinó sus posibles consecuencias: la superación de la crisis estaba innegablemente vinculada con un reformismo extremo de todas las formas posibles de presión y con ello se orientaba tanto contra los resultados esenciales de la Revolución de Octubre como contra su naturaleza y sentido genuino. Creció el peligro de la aparición de formas específicas de contrarrevolución social, que subsistieron en el marco del régimen. La crisis determinó la orientación de la acelerada evolución social del poder y configuró su profundo conflicto con los intereses de las más amplias capas del pueblo. Así se formó el marco social y el contexto histórico del estalinismo. M. REIMAN: El nacimiento del estalinismo. Barcelona, Crítica, 1982, pp. 207, 15 y 209. En J. MIRA, D. ARIAS y L. ESTEBAN. Documentos de Historia… p. 298 P OLÍ TI CA Y ECONOM Í A DE LA ÉP OCA DE STALI N Finalmente, el porqué de la consigna de depuración del Partido. Sería ridículo pensar en la posibilidad de fortalecer nuestras organizaciones soviéticas, económicas, sindicales y cooperativas, en la posibilidad de limpiarlas de la basura del burocratismo, sin aguzar el filo del Partido mismo [...] ¿Son casuales estas consignas? No, no son casuales. Vosotros mismos veis que no lo son. Estas consignas son eslabones necesarios de una cadena ininterrumpida, que se llama ofensiva del socialismo contra los elementos del capitalismo. Estas consignas responden, ante todo, al período de la reestructuración de nuestra industria y de nuestra agricultura sobre las bases del socialismo. ¿Y qué es la reestructuración de la economía nacional sobre la base del socialismo? Es la ofensiva del socialismo desplegada en todo el frente contra los elementos capitalistas de la economía nacional. Es un avance importantísimo de la clase obrera
98 de nuestro país hacia la edificación del socialismo. Ahora bien, para poder llevar a cabo dicha reestructuración, lo primero es mejorar y fortalecer los cuadros de la edificación socialista, tanto los cuadros dirigentes de la economía, de los Soviets y de los sindicatos, como los del Partido y de las cooperativas; es necesario aguzar el filo de todas nuestras organizaciones, limpiarlas de basura, redoblar la actividad de las grandes masas de la clase obrera y del campesinado.» (José STALIN, Sobre la desviación derechista en el Partido Comunista de la URSS, recogido por Francois Chátelet en «Los marxistas y la política», II, Madrid, Taurus, 1977, pág. 140.) «En el dominio de la construcción de la agricultura, el éxito sin precedentes de la constitución de los koljoses se explica por una serie de causas, entre las cuales se podrían anotar al menos las siguientes: Ante todo, se explica por el hecho de que el partido ha seguido la política leninista de educación de las masas y, por consiguiente, ha conducido a las masas a los koljoses pasando por la implantación de organizaciones cooperativas. Se explica, igualmente, por el hecho de que el partido ha seguido una lucha victoriosa tanto contra los que han intentado sobrepasar el movimiento y desarrollar los koljoses por decreto (charlatanes de izquierda) como contra quienes han intentado arrastrar al partido hacia atrás y quedar a la cola de él.» (José STALIN, Obras completas, Moscú, 1949, XII, págs. 126­127.) «La tarea principal del plan quinquenal consistía en hacer pasar a nuestro país, con su técnica atrasada, a veces medieval, a la vía de una tecnología nueva, moderna. La tarea esencial del plan quinquenal estribaba en transformar la URSS de país agrario y débil, que depende de los caprichos de los países capitalistas, en un país industrial y potente, libre e independiente [...]. La tarea esencial del plan quinquenal consistía en transformar la URSS en un país industrial, en eliminar por completo los elementos capitalistas, en ampliar el frente de las formas socialistas de economía y en crear una base económica para la supresión de las clases en la URSS, para la construcción de una sociedad socialista [...]. La tarea del plan quinquenal consistía en hacer pasar la pequeña propiedad rural fragmentada a la gran economía colectivizada, asegurar por ella la base económica del socialismo en el campo y liquidar así la posibilidad de restauración del capitalismo en la URSS [...]. Todo esto ha conseguido de hecho que los elementos capitalistas hayan sido eliminados de la industria definitivamente e irreversiblemente, por lo que la industria socialista se ha convertido en la única forma de industria de la URSS.
99 Todo esto ha conseguido que al final del cuarto año del quinquenio, hayamos logrado cumplir el programa de conjunto de la producción industrial, establecido hace cinco años en un 93,7 por 100, aumentando así el volumen de la producción industrial en más del triple en relación al nivel de antes de la guerra y más del doble en relación al nivel de 1928.» (José STALIN, Doctrina de la URSS, París, Flammarion, 1938, páginas 183­195. En QUEROL INSA, M. P. Y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la Historia Contemporánea…, pp. 259­261 LA P OLÍ TI CA ESTALI NI STA: LA “ ÉP OCA DEL TERROR” Stalin, habéis iniciado una nueva etapa, que en la historia de nuestra revolución se llamará «época del terror». Nadie se siente seguro en la Unión Soviética. Nadie sabe al acostarse sí se escapará de ser arrestado durante el sueño... Empezasteis con venganzas sangrientas sobre los antiguos trotskistas, sinovietistas y bujarinistas; luego aniquilando a los viejos bolcheviques, y seguidamente asesinando a los cuadros del Partido y del Estado, que salieron de la guerra civil y llevaron a cabo los primeros Planes Quin­ quenales; incluso asesinasteis al Komsomol. Escondisteis todo esto bajo la consigna de una lucha contra los «espías» trotskistas y bujarinistas. Pero no estáis en el poder solamente desde ayer. Nadie pudo ocupar un puesto importante sin vuestro permiso. ¿Quién situó a los llamados «enemigos del pueblo» en los puestos de más confianza del Gobierno, del Ejército, del Partido y de la Diplomacia?... ¡Joseph Stalin! ¿Quién colocó a los llamados «saboteadores» en cada poro del apparat del Soviet y del Partido?... ¡Joseph Stalin! A fuerza de sucias invenciones, habéis montado procesos que, a juzgar por lo absurdo de las acusaciones, superan a los procesos de brujas que vos conocéis a través de los libros de texto del seminario... Habéis difamado y ejecutado a personas que fueron durante largo tiempo de Lenin, a sabiendas de que eran inocentes. Les habéis forzado a que antes de morir confesasen crímenes que jamás cometieron, a fin de que se hundiesen a sí mismos en el lodo de pies a cabeza. ... Habéis forzado a los que los acompañan a caminar con pesar y con asco entre charcos de sangre de sus camaradas y amigos. En la historia falsificada del Partido, que se escribe bajo vuestra dirección, habéis pillado a todos cuantos matasteis y difamasteis. Sus obras y éxitos os los habéis atribuido a vos mismo. En vísperas de la guerra, estáis destruyendo al Ejército Rojo... En el momento de mayor peligro militar, continuáis asesinando a los jefes del Ejército, a los oficiales de los grados intermedios y a los jóvenes mandos.
100 ... Bajo la presión del pueblo soviético, estáis resucitando hipócritamente el culto de los héroes de la historia de Rusia: Alexander Nevski, Dmitri Donskoi, Mikhail Kutuzov, esperando que todos juntos os van a valer más que la guerra que se está aproximando que todos los mariscales y generales ajusticiados. F. F. RASKOLNIKOW: Carta abierta a Stalin (1939 . En J. MIRA, D. ARIAS y L. ESTEBAN. Documentos de Historia… p. 299 EL NACI M I ENTO DE UNA NUEVA CLASE DOM I NANTE: LA “ NOM ENKLATURA” El revolucionario Lenin inventó la organización de los revolucionarios profesionales El aparatchick Stalin inventó la Nomenklatura. La invención de Lenin fue la palanca que permitió dar vuelta a Rusia; una palanca que entró muy pronto en el museo de la Revolución (...) La invención de Stalin fue la herramienta que le permitió dirigir a Rusia. Y se mostró infinitamente más duradera: (...) La organización de los revolucionarios profesionales no disponía de efectivos suficientes para ejercer ella sola la dirección del enorme Imperio y ocupar todos los puestos de responsabilidad del creciente Partido y del aparato estatal. En el vacío existente entre las distintas esferas del poder, se agolpaba la muchedumbre de los arribistas. En esta realidad trivial reside la clave del ascenso histórico de Stalin; en efecto, él supo concentrar entre sus manos y las de su aparato todas las designaciones para los cargos de dirección del país. Así fue cómo Stalin se aseguró, bajo el pretexto del «perfil político», la completa devoción del conjunto de la nueva clase dominante: la Nomenklatura. (...) Los protegidos de Stalin estaban hechos a su imagen. Pero, inversamente, él era une creación de sus protegidos, que formaban la base social de su dictadura (...) La expresión «construcción del socialismo en un solo país» adquirió la celebridad de todos conocida. Esa expresión no sirvió de fundamento teórico para la creación de un socialismo marxista abstracto, sino para la creación de lo que se ha dado en llamar el «socialismo real».
101 M. WOSLENSKY: La Nomenklatura. Los privilegiados en la U.R.S.S. Buenos Aires: Ed. Crea, 1981, pp. 58,62 y 63. En J. MIRA, D. ARIAS y L. ESTEBAN. Documentos de Historia del Mundo…, p. 304.
102 Bibliografia básica: KITCHEN, M. El periodo de entreguerras en Europa. Madrid: Alianza, 1998. RODRÍGUEZ FIERRO, A. La revolución rusa y el desarrollo de la URSS (1917­1939). Madrid: Akal, 1991. TAIBO, C. La Unión Soviética (1917­1991) . Madrid: Síntesis, 1993. Bibliografía complementaria: BETTELHEIM, Ch. La lucha de clases en la URSS. Madrid: Siglo XXI, 1976, 2 v. CARR, E. H.. La revolución rusa, de Lenin a Stalin, 1917­1929. Madrid: Alianza, 1985. DABORN, J. Rusia, revolución y contrarrevolución, 1914­1974. Madrid: Akal, 1996. FRANK, P. El Stalinismo. Barcelona: Fontamara, 1977. NOVE, A. Historia económica de la Unión Soviética (1917­1991). Londres: Penguin, 1973. PROCACCI, G. El partido en la U.R.S.S. (1917­1945). Barcelona: Laia, 1977. REIMAN, M. El nacimiento del stalinismo. Barcelona: Crítica, 1982. RUBEL, M. Stalin. Barcelona: Plaza y Janés, 1989. SERVICE, R. Lenin: una biografía. Madrid: El Viejo Topo, 2001. “URSS de Lenin a Stalin. Guerra civil, economía y arte (La)”. Madrid: Historia 16, 1983 (Historia Universal Siglo XX, núm. 10). VOLKOGÓNOV, D. El verdadero Lenin. Anaya & Mario Muchnik,1996. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/mundocomunista.htm Filmografía Círculo del poder, El (USA/Italia, 1991), Andrei Konchalovsky (sobre el control de todos los ámbitos de la vida y el culto a la personalidad durante el estalinismo) Línea general, La/Lo viejo y lo nuevo (URSS, 1929), S. M. Eisenstein (vida rural soviética en la época de la NEP) Literatura GIDE, A. Regreso de la URSS. Barcelona: Muchnik, 1982. (sobre su desilusión del experimento soviético) KADARÉ,I. El palacio de los sueños. Madrid: Cátedra, 1999. (descripción angustiosa de los horrores del totalitarismo) KOESTLER, A. El cero y el infinito. Barcelona: Destino, 1988 (considera la URSS estalinista como un engaño) ORWELL, G. Rebelión en la granja. Barcelona: Destino, 1990. (alegato contra el estalinismo) ORWELL, G. 1984. Barcelona: Destino, 1980. (basada en el modelo alienante del totalitarismo y la dictadura de un partido)
103 RIBAKOV. A. Los hijos del Arbat. Barcelona: Planeta, 1987. (crítica de la sociedad soviética de los años treinta) SOLJENITSIN, A. Archipiélago Gulag. Barcelona: Tusquets, 1998. (el sistema de prisiones soviético, el terrorismo y la policía secreta) SOLJENITSIN, A. Un día en la vida de Ivan Denisovich. Barcelona: Plaza y Janés, 1975. (describe sus experiencias en la cárcel) 14. LAS RELACI ONES I NTERNACI ONALES, ENTRE LA QUI MERA DE LA P AZ Y EL ABI SMO DE LA GUERRA. LA I I GUERRA MUNDI AL
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EL ACUERDO DE LOCARNO «Artículo 1. Las altas partes contratantes garantizan individual y colectivamente, junto con los artículos que se expresan a continuación, el mantenimiento del «statu quo» territorial resultante de las fronteras entre Alemania y Bélgica, y entre Alemania y Francia, así como la inviolabilidad de dichas fronteras tal y como fueron fijadas en ejecución del tratado de paz suscrito en Versalles el 28 de junio de 1919, y el cumplimiento de las disposiciones de los artículos 42 y 43 de dicho Tratado, concernientes a la zona desmilitarizada. Artículo 2. Alemania y Bélgica, así como Alemania y Francia, se comprometen recíprocamente a no intervenir en ataques o invasiones, ni apoyar la guerra [...]. Artículo 3. De acuerdo con el artículo anterior, las tres potencias se comprometen a resolver por vía pacífica todas las cuestiones de cual­ quier naturaleza que pueda dividirlas y no queden resueltas por los procedimientos diplomáticos ordinarios. Artículo 4. Si una de las altas partes contratantes estima que se ha cometido la violación del artículo 2 del presente tratado o contravenido los artículos 42 y 43 del de Versalles, llevará
107 inmediatamente la cuestión ante el Consejo de la Sociedad de Naciones. (M. LARAN, J. VILLEQUET, L'epoque contemporaine, 1871­1965, París, 1969, págs. 326­327. En QUEROL INSA, M. P. Y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la Historia Contemporánea. Zaragoza, ICE, 1982, p. 325) CLI M A DE DI STENSI ÓN E I DEAS EUROP EÍ STAS DE BRI AND­KELLOG Artículo 1. Las altas partes contratantes declaran solemnemente en nombre de sus pueblos respectivos que condenan el recurso a la guerra para regular las diferencias internacionales y renuncian a ella en tanto que instrumento de política nacional en sus relaciones mutuas (....) Artículo 3. El presente tratado será ratificado por las altas partes contratantes citadas en el preámbulo, conforme a las exigencias de sus constituciones respectivas y tendrá efecto entre ellas cuando todos los instrumentos de ratificación hayan sido depositados en Washington. El presente tratado, una vez en vigor, según lo expuesto en la cláusula anterior, quedará abierto el tiempo necesario para la adhesión de todas la potencias del mundo. (Pacto de Briand­Kellog, publicado el 28 de agosto de 1928. En Javier Tusell (el al.): Historia del mundo contemporáneo. Curso de acceso directo (UNED). Madrid, Universitas, 1997, pág. 268) P ACTO TRI P ARTI TO DE BERLÍ N Los Gobiernos de A lemania, I talia y Japón, considerando la condición primordial de una paz duradera consiste en que cada nación del mundo reciba el espacio que le corresponde, han decidido ayudarse mutuamente y colaborar en sus aspiraciones relativas al espacio de la Gran A sia Oriental y a los territorios de Europa, siendo su principal finalidad en una y otro la creación y el mantenimiento de un nuevo orden de cosas capaz de promover la prosperidad y el bienestar de los pueblos de estas regiones. P or otra parte, los tres Gobiernos mencionados desean extender esta colaboración a las naciones que, en otras partes del mundo, estén dispuestas a orientar sus aspiraciones en una dirección análoga, de manera que sus esfuerzos encaminados en última instancia a la paz del mundo, logren la realización de esta última. En consecuencia, los Gobiernos de A lemania, I talia y Japón han convenido lo siguiente: A rtículo 1. Japón reconoce y respeta la dirección de A lemania y de I talia en la creación de un nuevo orden en Europa. A rtículo 2. A lemania e I talia reconocen y respetan la dirección de Japón en la creación de un nuevo orden en el espacio de la Gran Asia Oriental. A rtículo 3. A lemania, I talia y Japón convienen cooperar en sus esfuerzos sobre las bases indicadas. A sumen, por otra parte, la obligación de apoyarse recíprocamente con todos sus recursos políticos, económicos y militares en caso de que una de las tres partes contratantes fuese atacada
108 por una potencia aún no comprometida, en la actualidad, en la guerra europea o en el conflicto chino­japonés... Hecho en Berlín, en triple original, en 27 de septiembre de 1940, año XVI I I de la Era Fascista, correspondiente al 27 del noveno mes del año 15 de la Era Show a. (Von Ribbentrop, Ciano, Kurusu: P acto Tripartito de Berlín , septiembre de 1940. En J. Tusell (el al.): Historia del mundo contemporáneo . M adrid, Universitas, 1997, págs. 332­333.) EL P ÓRTI CO DE LA SEGUNDA GUERRA M UNDI AL «Yo comencé la conversación diciendo que Alemania deseaba un cambio en las relaciones germanosoviéticas, así como llegar, en todos los terrenos, a un acuerdo satisfactorio para los intereses de los dos países. Recordé que, a través del discurso pronunciado por Stalin en primavera, habíamos llegado a la conclusión de que Rusia tenía los mismos deseos que nosotros. Stalin se volvió hacia Molotov y le pre­ guntó si deseaba contestarme en seguida. Molotov le rogó a Stalin que lo hiciera él mismo. Luego habló Stalin y se expresó de una manera breve, concisa, sin ninguna retórica. Lo que dijo fue claro y a mí me dio la impresión de que deseaba llegar a un acuerdo con Alemania [...]. La respuesta de Stalin fue tan positiva que, tras la primera conversación, acordamos establecer un Pacto de no agresión y en seguida tuvimos en cuenta el aspecto material de los mutuos intereses que pudiéramos sostener frente a la cuestión de la crisis germano­polaca [...]. Aunque los rusos tenían fama de duros diplomáticos, desde el principio reinó una atmósfera por demás favorable. Se determinaron los recíprocos intereses acerca de los países situados entre Rusia y Alemania. Finlandia, gran parte de los países bálticos y Besarabia se fijaron como zonas de influencia rusa. Para el caso de que se produjera un conflicto armado entre Alemania y Polonia, conflicto que en aquellas circunstancias no era del todo improbable, se señaló una línea de «demarcación». Durante la primera parte de las conversaciones, Stalin dijo que deseaba determinadas zonas de influencia. En esas zonas de influencia el Estado interesado en ellas trataría con absoluta independencia con los gobiernos de las mismas, sin que la otra parte interviniera para nada. Stalin me dijo, no obstante, que no tenía intención de modificar la estructura interior de tales Estados. Aprovechando que se trataba del tema de las zonas de influencia — tema suscitado por Stalin— y considerando que los polacos redoblaban su actitud agresiva, lo cual podía desembocar en un conflicto armado con Alemania, creí conveniente fiar una línea de demarcación polaca, con lo cual se podía evitar un choque de
109 intereses germano­rusos. La línea de demarcación siguió el curso de los ríos Weichel, San y Bug [...]. Es natural que deban permanecer secretos aquellos acuerdos que afectan a terceros países. Nosotros, empero, teníamos otras razones para que nuestro tratado permaneciera secreto: el pacto germano­ruso contravenía en cierto modo el pacto ruso­polaco y el acuerdo cerrado en 1936 entre Francia y Rusia, así como determinadas cláusulas de otros tratados existentes entre Rusia y ciertos países, en virtud de las cuales aquélla se comprometía a no pactar, sin el consentimiento de éstos, con otros Estados.» (Joachim vom RIBBENTROP, Entre Londres y Moscú, Barcelona, 1955. En QUEROL INSA, M. P. Y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la Historia Contemporánea…, p. 343) “ NADA TENGO QUE OFRECER, SALVO SANGRE, P ENALI DADES, SUDOR Y LÁGRI M AS” (Discurso de W . Churchill, 13 mayo 1940) En la tarde del viernes Su Majestad me encomendó la formación de un nuevo Gobierno. Según el deseo expreso y la voluntad del Parlamento y de la Nación se debería formar ese Gobierno sobre la base más amplia posible; es decir, con la participación de todos los partidos, tanto los del Gobierno recientemente disuelto como los de la oposición. Ya he cumplido la parte más importante de esa misión. Se ha constituido un Gabinete de guerra compuesto por cinco Ministerios que, con la incorporación del partido oposicionista liberal, simboliza la unidad de la nación. Los jefes de los tres partidos se han declarado ya dispuestos a asumir las funciones de Gobierno, tanto si es en el Gabinete de guerra como en altos cargos gubernamentales. Formar un Gobierno de tal magnitud y pluralidad constituye ya de por sí una ardua tarea; reflexionemos, sin embargo, que esta es una de las mayores contiendas de la Historia universal y sólo nos hallamos en su fase preliminar, que hemos de aprestarnos al combate en el mar Mediterráneo, que la guerra aérea sigue su marcha sin interrupción y que aquí, en nuestro país, hemos de hacer muchos preparativos. Confío que se me perdone si en esta situación crítica no me dirijo hoy a la Cámara con palabras enjundiosas. Confío que cada uno de mis amigos y cada uno de mis actuales o antiguos colegas que se vean afectados de una forma u otra por la formación del Gobierno, se muestren tolerantes con esta pasajera, aunque necesaria, carencia de ceremonia en nuestro proceder. Quisiera repetir a la Cámara lo que he dicho a los miembros de este Gobierno: «Nada tengo que ofrecer, salvo sangre, penalidades, sudor y lágrimas». Nos espera una de las pruebas más penosas que cabe imaginar. Ante nosotros tenemos muchos, muchos y largos meses de lucha y de sufrimiento. Sin duda os preguntaréis: ¿Cuál es nuestra política?
110 Yo respondo: Nuestra política consiste en hacer la guerra por tierra, mar y aire con todo el poder y la fuerza que Dios quiera otorgarnos; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, sin precedentes en el sombrío y desalentador panorama de la delincuencia humana. Esa es nuestra política. También os preguntaréis: ¿Cuál es nuestro objetivo? Lo puedo nombrar con una sola palabra: Victoria..., victoria a cualquier precio, victoria a despecho del terror, victoria por muy largo y penoso que sea el camino; pues sin victoria no habrá supervivencia. A ese respecto, es necesario disipar toda sombra de duda: no habrá supervivencia para el Imperio británico, no habrá supervivencia para nada de lo que encarna y defiende el Imperio británico, no habrá supervivencia para el afán e impulso secular de la raza humana en su marcha hacia una meta. Acepto, pues, mi misión lleno de energía y esperanza. De una cosa estoy seguro: no se permitirá que nuestra causa naufrague. Por tanto, me creo en estos momentos con derecho a exigir la ayuda de todos y gritar: ¡Así, pues, aunemos nuestras fuerzas y avancemos juntos! JACOBSEN, H.­A.; DOLLINGER, H. La Segunda Guerra Mundial... En QUEROL INSA, M. P. Y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la Historia Contemporánea…, pp. 374­375 P ROY ECTO DE DECLA RA CI ÓN DE LA S RESI STEN CI A S EUROP EAS (MA RZO­ JUL. DE 1944) La resistencia a la opresión nazi que une a los pueblos de Europa en un mismo combate ha creado entre ellos una solidaridad y una comunidad de fines y de intereses que adquiere todo su significado y todo su alcance en el hecho de que los delegados de los movimientos de resistencia europeos se hayan reunido para redactar la presente declaración en la que pretenden expresar sus esperanzas e intenciones en cuanto al destino de la civilización y de la paz [...J. II Estas finalidades sólo pueden ser alcanzadas si los distintos países del mundo aceptan superar el dogma de la soberanía absoluta de los Estados integrándose en una única organización federal [...]. III La paz europea es la clave de la bóveda de la paz mundial. En efecto en el espacio de una sola generación Europa ha sido el epicentro de dos conflictos mundiales que tuvieron ante todo por causa la existencia en este continente de treinta Estados soberanos. Importa remediar esta anarquía mediante la creación de una unión federal entre los pueblos europeos Sólo una Unión Federal permitirá la participación del pueblo alemán en la vida europea sin que sea un peligro para los demás pueblos. Sólo una Unión Federal permitirá resolver los problemas del trazado de fronteras en las zonas de población mixta, que así cesarán de ser objeto de locas codicias nacionalistas y se convertirán en simples problemas de delimitación territorial, de pura competencia administrativa. Sólo una Unión Federal permitirá la salvaguardia de las instituciones democráticas, de manera que impidan que los países carentes de una madurez política suficiente puedan poner en peligro el orden general. Sólo una Unión Federal permitirá la reconstrucción económica del Continente
111 y la supresión de los monopolios y de las autarquías nacionales. Sólo una Unión Federal permitirá la solución lógica y natural de los problemas de acceso al mar de los países situados en el interior del Continente, de la utilización racional de los ríos que atraviesan varios Estados , del control de los estrechos y, de una manera general , de la mayor parte de los problemas que han perturbado las relaciones internacionales en el transcurso de estos últimos años. IV No es posible prever desde ahora los límites geográficos de la Unión Federal que podrá asegurar la paz en Europa. Sin embargo, conviene precisar que desde el principio deberá ser lo bastante fuerte y lo bastante amplia para no correr el riesgo de no ser más que una zona de influencia de un Estado extranjero o de convertirse en el instrumento de la política hegemónica de uno de los Estados miembros. Además, deberá estar abierta desde el principio a los países pertenecientes enteramente o en parte a Europa, que puedan y quieran convertirse en miembros [...]. La Unión Federal deberá poseer esencialmente: Un gobierno responsable no ante los gobiernos de los diversos Estados miembros, sino ante sus pueblos, por lo cual deberá poder ejercer una jurisdicción directa en los límites de sus atribuciones. 2. Un ejército puesto bajo las órdenes de este gobierno y con la exclusión de otro ejército nacional. 3. Un tribunal supremo que juzgará todas las cuestiones relativas a la interpretación de la Constitución federal y zanjará las diferencias eventuales entre los Estados miembros o entre los Estados y la Federación. (Fuente: A. Truyol: La integración europea. Idea y realidad. Madrid, 1972, pp. 89­ 92.) Bibliografia básica: ARTOLA, R. La segunda guerra mundial. Madrid: Alianza, 1998. CUENCA TORIBIO, J. M. Historia de la segunda guerra mundial. Madrid: Espasa, 1989. HOBSBAWM, E. Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica, 1995. MIRALLES, R. Equilibrio, hegemonía y reparto. Las relaciones internacionales entre 1870 y 1945. Madrid: Síntesis, 1996. Bibliografía complementaria: ARÓSTEGUI, J. La Europa de las grandes Grandes Guerras (1914­1945). Madrid: Anaya, 1994. CALVOCORESSI, P. y WINT, G. Guerra total. La Segunda Guerra Mundial en Occidente y en Oriente. Madrid: Alianza, 1979, 2 v. CARDONA, G. La II Guerra Mundial. Madrid: Historia 16, 1985. (Cuadernos de Historia 16, núm. 71­74). CHURCHILL, W. La Segunda Guerra Mundial: memorias. Barcelona: Orbis, 1985. 6 v. COMA, J. Aquellas guerras desde aquel Hollywood. 100 películas memorables sobre la II Guerra Mundial. Madrid: 1998. DUROSELLE, J. B. Política exterior de los Estados Unidos, 1913­1945. México: Fondo de Cultura Económica, 1965. GOLDHAGEN, D. J. La Iglesia católica y el holocausto. Madrid: Taurus, 2002. HILLGRUBER, A. La Segunda Guerra Mundial 1939­1945. Objetivos de guerra y estrategia de las grandes potencias. Madrid: Alianza, 1995.
112 KERSHAW, I. Hitler. Barcelona: Península, 1999­2000, 2 v. MICHEL, H. Cómo empezó la II Guerra Mundial. Madrid: Narcea, 1983. –– La Segunda Guerra Mundial. Villassar de Mar: Oikos­Tau, 1983. MILZA, P. De Versailles à Berlin, 1919­1945. Paris: Masson, 1979. NEILA, J. L. La Sociedad de Naciones. Madrid: Arco Libros, 1997. TOYNBEE, A. J. La Europa de Hitler. Madrid: Sarpe, 1985. WEINBERG, G. L. Un mundo en armas. La Segunda Guerra Mundial: una visión de conjunto. Barcelona: 1995, 2 v. Filmografía Au revoir les enfants (1987), Louis Malle (persecución judía en Francia) Cabezas cortadas (Francia, 196?), Costa Gavras (Francia de Vichy) Calle del adiós, La(USA,1979), Peter Hyams (misiones secretas y situación británica durante II Guerra Mundial) Creadores de sombra (USA, 1989), Roland Joffé (fabricación de la bomba atómica en Fuerte Álamo) Día más largo, El (USA, 1962), A. Marton, K. Annakin, B. Wicki y G. Oswald (desembarco de Normandía) Diario de Ana Frank, El (USA, 1959), George Stevens (documento desgarrador sobre el cautiverio de una familia judía escondida en un cuarto para evitar la represión nazí) Esta tierra es mía (USA, 1943), Jean Renoir (sobre la Resistencia en la Francia ocupada) Lista de Schindler, La (USA, 1993), Stephen Spielberg (sobre el industrial que salvó a centenares de judíos polacos de perecer en los campos de exterminio) Patton (USA, 1970), Franklin J. Schaffner (sobre este gran estratega de las fuerzas norteamericanas en el frente occidental durante la II Guerra Mundial. Argumento basado en las biografías de Ladislas Farago, Ordela and Triumph, y Omar N. Bradley, A Soldier’s Story.) Puente sobre el río Kwai, El (Gran Bretaña, 1957), David Lean (frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial. Argumento basado en la novela de Pierre Boulle.) Roma, ciudad abierta (Italia, 1945), Roberto Rosellini (sobre la resistencia italiana y la lucha por la supervivencia en los últimos momentos de la Segunda Guerra Mundial) Sangre, sudor y lágrimas (Gran Bretaña, 1942), Noël Coward y David Lean (exaltación de la marina y del espíritu británicos durante la Segunda Guerra Mundial). Vida es bella, La (Italia, 1998), Roberto Begnini (persecución judía en Italia y vida en campos de concentración en clave satírica) Literatura BOULLE, P. El puente sobre el río Kwai. Madrid: Celeste, 2001. FRANK, A. El diario de Ana Frank. Barcelona: Plaza & Janés, 1999.
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