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Himnos del cielo y de los ferrocarriles,
por Parra del Riego
UN LIBRO DE VÉRTIGO, DE CANSANCIO Y DE LOCURA
“Es un valor rico –dice Filartigas- que se incorpora a los ya muchos nuestros”1
Lujoso poeta este de las imágenes, que realiza círculo mágico de las palabras en
la acrobacia de los colores. Banville el funambulesco, se dirá. No, Banville es el pasado.
El vértigo de la materia y del espacio de Marinetti… Tampoco, Marinetti es el futuro, y
Parra del Riego es la hora que marca Hoy en el ciclo novel. Es la Actualidad escrita con
luz de estrellas en las paredes del verbo. Es la lámpara que nos da día artificial en tanto
esperamos el alba, y a cuya luz escarlata, vamos contando la riqueza que hay en las
sustancias de nuestros sueños. El arte de Parra es lo artificial, lo cerebral; es lo
alucinante que llena de joyas finas nuestras manos vacías.
En esta América de torbellinos y de confusos cosmopolitismos, nos hacía falta
un arte que estuviese más allá de las matemáticas de los caminos establecidos, un arte
que fuese la permanente expresión de esta nuestra vida violenta y trágica; la poesía de
los múltiples sentidos en la agilidad caleidoscópica de la adaptación. Más allá de
nuestro conocimiento rutinario de existir, debemos inventar nuestra actitud de ser; el
artista debe enriquecer la vida conquistando un ritmo nuevo para su espíritu.
Difícil es la originalidad en un mundo de burladores, pero dichosos son los
artistas que no tienen la amargura de los aplausos. Lo que se aplaude, lo que gusta, es lo
que no es nuestro. ¡Oh, pesadumbre de los que triunfan fácilmente! El aplauso fácil nos
significa que hemos recogido la imbecilidad colectiva para expresarla; derrota grande es
para los de fácil triunfo, para los que son premiados de inmediato con la simpatía; asco
de nosotros mismos debe darnos eso que es la demostración de nuestra inferioridad.
¡Oh, artistas aplaudidos, que os envaneceis con el elogio fácil, que no conoceis la
censura, ni el desprecio! Frente a todas las negaciones existe lo real de nuestra
personalidad, existe la sustancia de nuestra originalidad, que nos significa siempre
futuro; la lógica es el hoy y el ayer, y lo que es realmente nuestra creación es para
nosotros el mañana, por eso debemos tener fe y esperar.
La aparición de este libro ha de celebrarse cordialmente. Es un valor rico que se
incorpora a los ya muchos nuestros. La crítica en casos como este no se debe aplicar
como procedimiento de laboratorio, sino la comprensión amplia que este libro merece,
ya que todo él es una expresión viva de la sensibilidad actual, en ese estado de
aturdimiento y de anarquía que se halla el mundo entero. La estética de la hora es de
síntesis y de despreocupación espiritual; estética que se llena en la tarea de
documentarse en los pequeños hechos, en la motivación distinta de todos los útiles de
que el hombre se sirve para realizar su vida en el menor tiempo posible y de mayor
utilidad en el rendimiento; y que hizo aparición exótica en nuestra América con el poeta
chileno Vicente Huidobro. Pero este tono múltiple, glorificador de ferrocarriles y de
aeroplanos, de motores y de electricidades; esta “pose” atlética de los latinos del sur
“influenciados” por Walt Whitman, el poeta del martillo sobre la fragua del futuro; el
exaltador de esa vitalidad ruidosa y animal de los hombres rubios del continente norte,
1
Publicado el 16 de mayo de 1925 en la página 13, correspondiente al Suplemento.
1
es una nota exótica que no resuelve ningún aspecto para el valor de nuestro arte y que
no puede tener ninguna consecuencia, ni traernos tampoco el beneficio de lo nuevo que
tanta falta hace a las generaciones iniciales de esta nuestra América latina; un factor de
constitución espiritual le niega ambiente; la psicología del hombre de nuestros pueblos
no es la aturdida actitud del que quiere vivir mejor y más de prisa, con la sonrisa
insolente del que se halla satisfecho al realizar plenamente su misión animal de vivir.
Nuestro individuo de América es de actitud pensativa y es compañero del hombre en la
sabiduría de su generosidad.
Y aunque Parra del Riego quisiera disfrazarse con la alegría aturdente del latir
convulsivo de los motores; aunque celebre la fiesta alegre y fuerte de las tardes de
football; hay en él la fatiga ancha de un cansancio de raza y una melancolía profunda
pero permanente enturbia su vino de alegría; y esa sangre le moja las manos aún en los
momentos de mayor coraje cuando alza su copa para brindar por un sentido de victoria
en la voluntad imperiosa de la energía.
Pero la raza es triste. Nuestra América no es alegre, a pesar de sus cielos tan
anchos, de sus mares de puño rudo, de la frente alta de sus montañas; nuestra América
es viril pero no es alegre, carece de esa frívola despreocupación, de ese optimismo. El
americano tiene una melancolía fina, una tristeza que no es dolor; es algo así como una
nostalgia inconsciente, un algo místico que moja el alma de todas las cosas, como esas
flores de los campos a plena luz, que tienen no sé qué dulzura, a pesar de la fiesta de
todo su color bajo el agua del sol. Así el latino americano, a pesar de la potencia
radiante de su salud, tiene mojada el alma de una tristeza que no es dolor y que los
artistas nuestros aún no han expresado, y que, sin embargo, vive latente en nuestras
vidalitas y cielitos y en los cantos populares de la gente de los campos. Este fenómeno
psicológico, de pueblos tristes, replegados sobre sí mismo, de actitud pensativa, lo
observamos en todos los países de grandes extensiones, donde la Naturaleza se enfrenta
al hombre y curva el espíritu con el espectáculo único de su omnipotencia, la majestad
latente de todas sus fuerzas; es una derrota de alma la que se experimenta ante eso tan
superior a nuestras fuerzas de hombre y que nos hace pensar en nuestra insignificancia,
así el hombre de las pampas, el hombre de las montañas es melancólico, con una
propensión natural al misticismo, con una dignidad de vida que es virilidad pero no
soberbia.
Todas las condiciones naturales favorecen a esta raza altanera para tener esa
inconciencia interior que es la alegría ruidosa, el aspecto avasallante de los que se saben
dueños de su destino; y por el contrario el hombre de nuestra raza es reconcentrado, de
elocuencia desnuda y sobria y la imaginación siempre pronta a la fiesta del paisaje que
encierra a su alma como una caja de música, vive con los ojos mojados de vino en la
embriaguez perfecta de su facultad de ser. Hay en el hombre de nuestra raza una
aristocrática actitud desdeñosa para el problema inmediato de la utilidad, y tienen esa
generosidad característica de los que se saben ricos de alma. Europa es el egoísmo, el
personalismo y Norte América el orgullo insolente del que tiene más en los visibles
bienes materiales. A América no le preocupan esas situaciones. Sabe que vivir es
realizar su belleza; desprecia los apresuramientos porque tiene confianza en la calidad
de sus fuerzas. Y en América hay la tendencia a vivir su belleza porque es la única
riqueza existente. Romanticismo, dirán los hombres de la realidad. ¡Quizás! Pero la
historia del mundo certifica que el valor más alto que ha existido ha sido el de la
belleza.
Juan Parra del Riego, en este libro tan desconcertante para la sensibilidad vulgar,
nos expresa todo el cansancio de la raza americana, y toda la fantasía maravillosa de los
países de los soles perpendiculares; este poeta que obedece al llamado trágico de las
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campanas de todos los horizontes, que acude al grito de todos los caminos, y sufre la
embriaguez de los puertos desconocidos y de las ciudades altas; con su corazón de
música que es instrumento rico para los dedos finos de los vientos desnudos, en la
infinita tristeza de ir, ir siempre, con los ojos mojados de estrellas y la boca herida de
sed, nos expresa en su libro de gritos violentos y de locuras trágicas, todo el dolor de
eso que no es reposo.
Cuánta sangre de afectos ha dejado este extravagante artista en su destino de
andar, de andar siempre, bajo el magnetismo de lo no conocido; y así fue como un día la
mano salvaje de la pampa argentina, oprimió por la emoción con sus dedos velludos de
pasos altos, la fruta roja de su pecho de hombre, y que otro día la bandera celeste del
cielo uruguayo le brindara sus colores puros; y así un día y otro, bajo las estrellas, hasta
que una vez el frío cielo de París fue para su alma la seda violeta de una desilusión; y
después otros países… Y entre tanto un amor, lágrimas con luz de luna en el pañuelo de
una muchacha romántica. Y después mucho camino largo… con los cascabeles de luz
de sus sueños paseó su tristeza incurable de indio americano por los boulevares
descoloridos e insignificantes de cosmopolitismo. Y los “zapatos rojos” de su corazón
dejaron una hebra de sangre en el camino andado, fina hebra de dolor y de desengaño,
en el paisaje gris de tanta vulgaridad que obliga a nuestra vida a una soledad infinita.
En este libro que tiene jugo dulce de fruta, hebras finas de música y la imagen
cambiante de todos los paisajes; hay el sonar del mundo dentro de un corazón.
El poeta nos dice y nos define:
“Yo soy el que ha corrido
con un corazón loco de confianzas,
a fraternizar por todos los caminos con los hombres.
Yo soy amigo de acróbatas,
de tipógrafos, de enfermos, de campesinos y boxeadores.
Yo soy el que puede, de repente,
tirarlo todo atrás, libros, familia, amor, casa y amigos,
sólo por el placer viril
de ensayar mi corazón
en otros días solos y dramáticos.”
Vagabundo, dirán con desprecio los hombres del hogar fijo. Sin embargo…
Lanzarse a lo desconocido, he ahí una actitud fecunda en el hombre. Quien no se juega
no Es. ¿Qué significa un puñado de horas grises ante un solo minuto luminoso por un
sacrificio santo? ¿Qué vale toda una vida ante un acto de generosidad?
Nada puede haber que equivalga a un instante de belleza. ¡Qué desprecio tan
grande deben merecernos las vidas sin dolor, sin sacrificio, sin generosidad, sin amor!
¡Oh! misterio luminoso el de las grandes almas; las que pretenden el cielo o nada. ¡Oh,
corazón humano tan pequeñito! eres, sin embargo, en el Destino como una semilla de
esperanza; una gota luminosa de fe en el vacío inmenso de la Eternidad. ¡Oh! corazón
humano, eres como un grito inmenso en mano de los héroes, como una gota de Dios en
mano de los santos, como un ojo vivo que mira con Eternidad en mano de los locos,
como un pedazo de cielo en mano de los enamorados, y que eres todo de música en
mano de los artistas. ¡Corazón! Corazón mío, ¡alerta!, no duermas nunca, aunque tu
desvelo te traiga la locura, la locura es la única prueba que tiene el hombre de su vida;
sin ella no existirían los santos, ni los héroes, ni los enamorados, ni los elegidos en el
resplandor de Dios.
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¿Oh, corazón mío! no duermas nunca; vela, viaja, aunque encuentres cerrada la
puerta de todos los hoteles… viaja, aunque tengas que hacerlo a pie y muy despacio;
que no te inquiete el tiempo, un solo minuto basta para realizar un mundo, para efectuar
un milagro, con un solo minuto de locura podemos llegar a ser tan grandes que no
quepamos en el mundo. No te interese el tiempo, desprecia a los aeroplanos y a los
ferrocarriles, ellos significan el egoísmo en lucha con el tiempo; expresan la
mediocridad que se resigna el éxito de lo material; en tu ruta mi corazón, sólo se puede
andar a pie; ¡qué importa que sangres en los guijarros de la vulgaridad y de la
incomprensión! Derrama mucha sangre, toda la que puedas, que cuanto más sea, más
luminosas serán tus alas; únicamente con mucha sangre vertida puedes hacer ¡oh,
corazón! que no se borre tu paso. Jesús perdió mucha sangre de hombre para poder
hacer este viaje de dos mil años en el destino de la humanidad. Oh, corazón, mi corazón,
no te detengas nunca, vela, anda, anda, estas palabras de loca confianza en los caminos
del mundo que el poeta nos significa, debemos repetirla en todos los instantes para que
el vicio de nuestra cobardía no nos rompa la vida. Hay una sola manera de ser hombres
y es teniendo el valor de nosotros mismos; nos asustamos de nuestra voluntad de ser;
tememos ser independientes y por la poca actitud que tenemos nuestra vida es la
negación de toda belleza, de toda cosa significativa.
El poeta en su libro nos va expresando el rojo y el negro, del carnaval de esta
vida nuestra, tan absurda y tan bella, tan dolorosa y tan imprevista, con sus días
amarillentos de tedio, violentos y encendidos otros… Un continuo dar de dados, con el
cubilete de nuestro corazón, y un día se nos da fortuna más amor, y en otros
hipotecamos todo nuestro destino con estas manos torpes para jugar a vivir en la
ingenuidad de aspirar a ser lo que nunca se podrá. Así esta poesía tan fina y tan
dolorosa, del adolescente de pecho roto que muere en una casa de hospital.
Solo, olvidado se quedó muerto
junto a mi cama del hospital;
nariz de hielo, párpado abierto,
solo, olvidado, se quedó muerto
junto a mi cama del hospital.
Diez y nueve años solo tenía
la tisis trágica se lo llevó.
Luna y acero su alma… ¡alegría!
diez y nueve años sólo tenía
la tisis trágica se lo llevó.
Su novia joven se irá a la vida
con otro novio de voz azul.
Solo se muere lo que se olvida…
Su novia joven se irá a la vida
con otro novio de voz azul.
Junto a ese poema de dolor y de tisis, pájaro muerto por frío de amor; este
aristocrático poema de la “Canción de la cabecita elegante y dorada”.
Cabecita elegante y dorada
-trigo en música y oro en chispa matinalque yo descubrí de repente en el cine
con una nerviosa mirada
4
sentimental.
La mano
joya viva de cristal y rosa y seda
como para que en un cuento se la robase un enano,
sube, se agita, se enreda
y es como una blanca y loca golondrina
que ha llegado toda inquieta
a aletear
junto a la diminuta jaula en flor de la peineta
que no la deja entrar.
Y es la danza de los volatineros
dedos con sus sortijas que yo pienso que son
un tropel bailarín de duendes sepultureros
que se han llevado allí mi corazón.
Cabecita elegante y dorada
cabecita antigua, cabecita alada,
en qué telas
de otra América Española, yo te he visto alguna vez
con el sud-americano
peinetón colonial de las abuelas
en las tertulias del patio con glicinas
y lunas de magnolias y soles de tanjarinas.
Cabecita elegante y dorada
de qué mina arrancó Dios tu tembloroso
mineral que ha entristecido para siempre mi mirada.
Después nos dice lleno de audacias y de electricidades hechizantes, su “Marcha
a Unamuno”, que es como una bandera de juventud desplegada ante los ojos atónitos de
los indiferentes.
¡Unamuno! En pechos de los hombres nuevos,
los americanos hombres soñadores
de vertiginosos vinos de colores
que zumban al cálido paso viril.
Y a la calle pura de estrellas eléctricas
corre la dramática columna civil.
¡Saludos! ¡Sombreros!
¡Miguel de Unamuno! ¡Miguel de Unamuno!
Las flautas ardientes de los automóviles
junto a los obreros
y los estudiantes
llaman a las viejas y aladas Victorias
de senos agudos
en los primitivos cielos de la Historia.
¡Sombreros! ¡Saludos!
Los ojos triunfantes
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rompen el camino con su rosa azul.
Frentes de alegría, pechos de confianza.
¡Juventud de América de luz en la luz!
Largos abanicos de amor y esperanza
bajo el aeroplano de la Cruz del Sur.
Y así en un espectáculo único y cambiante como en un abanico multicolor, nos
va enseñando su espíritu tan diverso y tan atormentado, lleno de contrastes, de locura y
de tragedia; místico unas veces, nos dice del alma fina de un adolescente enhebrada en
el huso de la muerte; trágico otras, enciende nuestros sentidos con la cantarida loca de
unos labios pintados que ponen fiebre en el sueño amargo de los presidiarios; después,
rosas amarillas y gotas de sangre de un payaso tísico. Múltiple y novedoso este Parra
del Riego, nos ha dado este libro, que desde el título al final, es desconcertante.
Juan M. Filartigas
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