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Una de las explicaciones más usadas para el experimento que presentamos es el
denominado efecto Biefeld-Brown.
¿En qué consiste el efecto Biefeld-Brown? Bien, imaginemos un objeto conductor con
determinada carga eléctrica positiva. Sabemos que los electrones de los átomos tienen
carga negativa, y que cargas eléctricas de distinto signo se atraen. Así, los electrones de
los átomos de aire muy cercanos al conductor, son atraídos por el objeto de carga
positiva, e incluso “arrancados” de algunos de ellos, ionizando el aire. Este aire ionizado
tiene carga eléctrica neta positiva (ha perdido electrones), y por tanto puede hacer lo
mismo con átomos de aire que estén más alejados del conductor, aunque en menor
medida. Si el objeto es estrecho y puntiagudo, el aire cercano al objeto se ionizará
muchísimo. El gradiente de potencial eléctrico en esa zona (es decir, la variación de
potencial eléctrico con la distancia) será muy alto, o dicho de otra forma, habrá una
variación muy brusca de potencial. Desde el punto de vista eléctrico, parecerá que el
objeto ha crecido, ya que el aire ionizado de alrededor afecta de la misma manera a las
cargas eléctricas, que el propio objeto. Esto es lo que se conoce como efecto corona.
Bien, imaginemos ahora que ese objeto no está ahí solito, sino que forma parte de un
circuito eléctrico. Concretamente, sería el electrodo positivo. Como electrodo negativo,
utilizaríamos cualquier otro objeto, con formas más redondeadas. Resulta que al
ionizarse el aire alrededor del electrodo positivo (el que tiene forma puntiaguda) y
adquirir carga positiva (recordad, que pierde electrones), esas moléculas tienden a
desplazarse desde el electrodo positivo (donde se originaron) al negativo, y en su
recorrido, chocarán con otras moléculas de aire eléctricamente neutras, produciendo una
transferencia de cantidad de movimiento entre ellas. El resultado global es que el aire
que se encuentra entre los electrodos, se verá «empujado» en la dirección del
movimiento de los iones, y por tanto, el sistema con los electrodos sentirá una fuerza en
sentido contrario (por la famosa Tercera Ley de Newton). Es decir, la simple presencia
del campo eléctrico, empuja nuestro invento. Pues bien, eso es el efecto Biefeld-Brown.
Cuanto mayor sea el gradiente de potencial, mayor será la fuerza neta ejercida sobre los
electrodos, pero si superamos la tensión de ruptura eléctrica del aire (momento en el
cual el aire se comporta como un conductor), se producirá un arco voltaico (como en los
rayos de tormenta) y perderemos el efecto.
Una vez entendido esto, parece obvia una aplicación inmediata de este efecto: la
propulsión. Si somos capaces de desplazar aire en una dirección, nuestro vehículo se
moverá en sentido contrario. De hecho, un avión funciona de forma parecida. Bien sea
de hélice, bien a reacción, lo que hace es empujar el aire hacia detrás, de forma que el
avión se mueve hacia delante. Si lo que hacemos es empujar el aire hacia abajo, como
un helicóptero, podremos hacer flotar nuestro vehículo en el aire, sin moverse. Y
precisamente por eso, hay quien piensa que lo que hace este efecto es crear una especie
de anti-gravedad. El propio co-descubridor de este efecto, Thomas Townsend Brown,
pensó que podría ser el medio de propulsión de platillos volantes.
Sin embargo, como podéis ver, la realidad es bien diferente. No hay ninguna relación
entre el campo eléctrico y el gravitatorio. Simplemente se produce un desplazamiento
de aire, igual que podría hacerlo una sencilla hélice (con la ventaja añadida de no
necesitar partes móviles). No tiene más misterio. Y obviamente, no sirve para
propulsarnos en el vacío del espacio, ya que no tenemos aire que ionizar y empujar.
Hay otra corriente de pensamiento que afirma y mantiene que el levitador se eleva
debido a la conservación de la cantidad de movimiento y no por movimiento de masas
de aire; la corona, al emitir iones, funciona exactamente igual que la mítica bomba que
estalla en varios fragmentos en los problemas elementales de Física, al ser partículas
muy pequeñas y poco másicas pero de gran velocidad (se estima que 1/3 de la velocidad
de la luz aproximadamente), su producto m·v es relativamente elevado, especialmente si
tenemos en cuenta la gran cantidad de partículas emitidas, ello implica que para
conservar la suma total de cantidad de movimiento del sistema, el levitador reaccione
con una velocidad en sentido contrario, elevándose sobre la placa.
Los defensores de esta teoría han llevado a cabo experimentos en el vacío, obteniendo
levitación de mayor rendimiento incluso que en condiciones atmosféricas, lo que en
teoría rebatiría su fundamento en el efecto BB y abriría la puerta a un nuevo mundo de
mecanismos de propulsión espaciales basados en la emisión iónica.
También han realizado experimentos dividiendo el levitador horizontalmente en dos
partes, una con la corona y otra con el faldón, encerrando ésta última en una caja,
observando igualmente levitación.
El asunto es tan importante que incluso la NASA tomó parte alrededor del año 2003,
con la publicación de un artículo en el que refería los experimentos que el ejército
americano, alrededor de 1950 y conducidos por von Neumann (del equipo de von
Braun) llevó a cabo con motores de propulsión iónica para cohetes espaciales, que
finalmente fueron descartados por no considerarse factibles a gran escala.
A partir de este punto las explicaciones digamos científicas o razonables pierden algo de
peso y la literatura a respecto de este efecto se adentra en experimentos sólo
documentados por declaraciones de personal implicado, que van desde un proyecto de
platillos volantes de Andreas Epp (Científico alemán durante la 2º Guerra Mundial), los
experimentos del valle del Rhin llevados a cabo bajo el mando del general de la SS
Hans Kammler o la desaparición del buque de guerra Philadelphia en el experimento
anti-radar del mismo nombre en el bando aliado.