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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
“Tener sentido” y “dar sentido”, como aspectos inseparablemente unidos, son
precisamente las dos dimensiones que dan a la vida de un ser consciente y libre como el
hombre su carácter sustantivo, pleno y diferenciador. Podríamos decir que la vida humana
sólo es completa si aúna en sí dos ingredientes básicos: el uno de orden metafísico, el otro
artístico. Que la vida tiene sentido significa que es verdadera, es decir, que tal como me
ha sido dada es susceptible ser conocida en lo que es; que se le pueda dar sentido implica
que me corresponde a mí en cuanto que agente libre configurar su contenido concreto, la
trama que la constituye y el objetivo que la orienta. Lo primero apunta a mi condición
racional, frente a la cual mi vida y yo mismo se me muestran como inteligibles. Aquí se
trata de responder a una pregunta radical respecto de mi propia identidad: ¿quién soy? Lo
segundo apunta a mi libertad y hace de mí el autor y responsable último de lo que pueda
llegar a ser. La pregunta que entonces emerge tiene que ver con mi obrar: ¿qué he de
hacer de mi vida? Y ambas cuestiones confluyen en otra referida a mi destino: ¿qué me
cabe esperar?
Obviamente, responder a estas cuestiones de forma adecuada a nuestra naturaleza,
condición personal, estado o situación; no responder; hacerlo de forma inadecuada,
ambigua, inestable o incoherente; o incluso plasmar en el orden práctico de forma habitual
conductas que no se correspondan con dichas respuestas, no puede no tener consecuencias
—diversas, pero en todo caso importantes— desde el punto de vista de nuestra salud
mental.
Aunque, ciertamente, disponer de un sólido y equilibrado proyecto vital no
garantiza un saludable estado psíquico (que depende, en realidad, de muchos factores), lo
que sí se puede decir es que
sin un proyecto existencial, al menos implícito, la vida del ser humano o bien se asoma a
la nada o bien se mete en una dinámica de activismo no pensante que, en cualquier caso,
son un riesgo para la salud psíquica al cerrar las puertas al futuro y albergar la
desesperanza o la ansiedad. Algo parecido pasaría cuando la meta no se termina de
definir, se desdibuja o se pierde. En menor grado, también podría ocurrir cuando no se
identifican bien los pasos que hay que dar, o son pasos muy cambiantes o poco constantes.
La pérdida del sentido de la vida tiene, en bastantes ocasiones, una base médica en forma
de agotamiento psicofísico o de verdadero estado ansioso-depresivo. En estos casos, la
primera medida es médica. Pero en otros casos es consecuencia de no haber
fundamentado bien el proyecto vital (punto de partida poco sólido o poco claro), haberlo
llevado a cabo de forma inadecuada (centrado en las formas y no en el fondo, o con mero
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