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La persona humana
aquel hacia el que se dirige sino, fundamentalmente, para quienes lo experimentan
afectiva y tendencialmente. Entre el amor y el odio situamos la indiferencia que, lejos de
ser un virtuoso justo término medio, genera el individualismo destructor del entramado
social y de las denominadas virtudes públicas42. Ambos, odio e indiferencia, tienen una
misma raíz y denominador común: el egoísmo. Indudablemente, el egoísmo no conduce
necesariamente al odio, pero sí que podemos afirmar que el egoísmo es el enemigo del
amor, en cuanto es la causa de su destrucción e imposibilita su surgimiento. Por
consiguiente, el egoísmo y los sentimientos que lo acompañan, constituyen la mayor
dificultad en aras de la convivencia y de la relación interpersonal.
No debemos confundir el egoísmo con el amor de sí. Propiamente hablando, no
hay amistad para con uno mismo, sino algo que es superior a la amistad. La amistad, en
efecto, supone la unión; pero, de uno consigo mismo lo que hay es unidad, que es superior
a la unión con otro. Con respecto a sí mismo no se tiene amistad, sino amor de sí. Este
amor con que uno se ama a sí mismo es forma y raíz de la amistad, pues tenemos amistad
con los demás en cuanto que con ellos nos comportamos como con nosotros mismos. El
amor de sí es bueno y obligatorio, siempre que no esté desordenado, porque es entonces
cuando se convierte en mal.
El amor para consigo mismo está relacionado con el llamado instinto de
conservación del individuo, y no debe ser confundido con el egoísmo, que es el obstáculo
más grave que impide la comunicación interpersonal, la mutua donación de la vida
personal, en definitiva, la amistad. El egoísta no sólo quiere conservar la vida, sino
además tener una buena vida, mucho mejor que la de los otros. El egoísmo es un amor
desordenado de sí mismo, un amor a sí con prioridad o exclusión de todos los demás. Por
tanto, el amor de sí es legítimo, pero si está desordenado se convierte en egoísmo, que es
el cerrarse a todo otro amor, el no respetar ninguna jerarquía en el orden natural del amor
y, en definitiva, el convertirse a sí mismo en el fin absoluto de la propia vida. Así, puede
hablarse del amor ordenado de sí mismo, natural e incluso obligatorio, y de la "egolatría",
o amor de sí desordenado e ilegítimo.
Esta incapacidad para la amistad y el amor, en general, que engendra el egoísmo,
aparece frente al prójimo como una falta de bondad, simpatía y amor, de consideración y
de comprensión. En lugar de estas tendencias se encuentran en la actitud del ególatra
hacia su prójimo, la de utilizarlo incluso sin escrúpulos, el no respetar su dignidad
42
Ya Tocqueville (1985 [1840]: 88-92) advirtió acerca de los peligros del individualismo, al tiempo que
expuso un sugerente análisis y distinción entre éste y el egoísmo (Tomar 2004a).
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