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La persona humana
la confidencia no es un mero saberse conocido, sino un pleno sentirse
comprendido que, a su vez, me permite conocerme a mí mismo. Precisamente nos
percatamos de que una persona nos comprende porque, a su lado, nos entendemos
mejor a nosotros mismos. Sin amor por ambas partes no hay confidencia posible,
y el primer presupuesto que nos abre a la confidencia es este salir de nosotros
mismos que el verdadero amor trae consigo, y este olvido propio que no sólo nos
hace ser más nosotros mismos, sino que nos permite formar parte del otro
participando de una comunión o unión superior.
En relación con el tema que nos ocupa, parece adecuado recordar las reflexiones
de Gabriel Marcel sobre el amor. De acuerdo con su talante asistemático, lo cierto es que
Marcel no dedica directamente a este tema ninguna obra, ensayo o conferencia; pero,
implícitamente, esta experiencia de plenitud que constituye el amor se halla presente en
toda su obra ya desde el propio Diario Metafísico, en el que las referencias al amor son
numerosas. Marcel piensa que el amor únicamente puede plantearse en una dialéctica de
la participación. Por eso el amor no es ni un estado de ánimo del sujeto ni la imagen
mental que me formo del otro, ya que una postura así falsearía la realidad misma del amor,
pues sería tratar al otro como a un él, objetivándolo y caracterizándolo. Por el contrario,
el amor es creativo: crea al amante y al amado porque es un nosotros. No te amo por lo
que tienes —dice el amante— sino porque eres tú. En definitiva, la relación amorosa es
un misterio, de modo que cuanto más la vivimos, menos nos preguntamos sobre ella. Pero
lo que es propiamente misterioso, según Marcel, no es el objeto del amor, sino la relación,
la comunicación amorosa. El amor está por encima de todo juicio, más allá de las
categorías lógicas y de cualquier posibilidad de verificación. El amor está muy distante
de cualquier construcción intelectual, porque no versa sobre la idea del ser, sino sobre el
ser. De ahí que Marcel afirme que "si mi amor puede ejercer una acción sobre el ser
amado, es sólo en cuanto que ese amor no es un deseo", pues en el deseo tendemos,
consciente o inconscientemente, a subordinar al ser amado a nuestros propios fines, lo
convertimos en un objeto. Pero, "si yo participo de ese amor, ya no intentaré hacerlo
entrar en mis casilleros lógicos: todo lo contrario, yo mismo entero me refundiré para
penetrar en él: no lo subordino a mí, sino que me subordino a él. Amamos participando"
(Marcel 1956: 220). Amar, pues, no es conocer adecuadamente, sino que el amor surge
como invocación, como llamamiento del "yo" al "tú". Esta participación subyacente a
toda relación amorosa implica el reconocimiento de cierta permanencia supratemporal
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