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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
En la comunión compruebo también que a mayor presencia del otro a mí y mía al
otro corresponde mayor presencia auténtica de cada uno de los dos con respecto a sí
mismo. Cuanto más se abre el yo al tú, cuanto más lo acoge y más se entrega a él, tanto
más se hace accesible a sí mismo y más descubre el sentido de la profundidad ontológica.
Interioridad y exterioridad, conocimiento de sí mismo y conocimiento del otro,
poseerse y darse, son sólo tres aspectos de una única realidad: la relación interpersonal,
que es una intercomunicación que es al mismo tiempo amor. Por consiguiente, todo lo
anteriormente expuesto nos lleva a considerar el amor como fuente y origen de la relación
interpersonal, como su constitutivo primero y más radical.
Si la convivencia es auténticamente interpersonal, si incluye el respeto de la
libertad del otro, procede del amor. El amor es necesario por ambas partes. Bajo el
impulso del amor, la relación interpersonal se nos presenta como tarea que debemos
realizar en común. Pero es tarea que presupone la donación. No tiene la frialdad del deber
que ha de ser cumplido como obediencia a unos principios abstractos, sino el gozo del
amor que ha de ser realizado en la libertad de la comunión o unión interpersonal.
Quien ama no da a la persona amada algo que él tiene o algo que él hace, sino que
le da lo que él es, se da a sí mismo en persona. Esta consideración inicial nos preserva de
caer en una concepción sentimentalista del amor y, por otra parte, nos aclara que el
verdadero amor no se da en el nivel del tener o del hacer, sino en el nivel del ser. No es
cuestión de dar, sino de darse. Es la donación mutua del yo al tú y del tú al yo, cada uno
de ellos en su realidad personal. La entrega personal a la persona del otro es el don total
de sí en orden a la perfección propia y del otro como persona: es la entrega de persona a
persona. Porque el amor es entrega mutua, por esto precisamente es intercomunicación.
La capacidad misma de amar es tan esencial al hombre que, según hemos
comentado, incluso puede definirse al hombre como el único ser capaz de amar y ser
amado con amor de amistad. Sin embargo, sólo aceptamos de veras el amor del tú cuando
renunciamos a nuestro egoísmo, cuando nos abrimos al tú rompiendo la cerrazón de
nuestro yo sobre sí mismo. En el amor interpersonal perdemos nuestro yo superficial y
centrado sobre sí, para reencontrarlo como yo profundo abierto al tú y, en el tú, abierto a
todo el ser. Y es el amor del tú el que nos hace capaces de esa renuncia y de esa apertura.
El amor nos descubre lo que sin amor quedaría oculto, sobre el otro, sobre nosotros
mismos y sobre el mundo.
El verdadero amor, el amor al otro como persona no sólo trasciende sus cualidades
sino también su condición y su función. El verdadero amor es absolutamente inmotivado
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