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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
voluntades y afectos, que pertenecen a la propia intimidad personal y son sus mejores
bienes.
En la amistad, sin embargo, no es necesaria esta comunicación real, lo que se
requiere es la tendencia a esta comunicación actual, efectiva con el amigo, sin que sea
preciso que se alcance el fin. Por tanto, por no ser un constitutivo de la amistad, sino sólo
uno de sus efectos, la comunicación de la vida personal entre los amigos no siempre se
da realmente. No obstante, aunque esta comunicación interamistosa sea efecto de la
amistad, contribuye eficazmente a la consolidación de la misma e incluso con su ejercicio
se ve incrementada, porque permite el descubrimiento de nuevos valores que aporta cada
amigo.
En definitiva, la amistad admite grados y, por ello, no siempre esta convivencia
alcanza la perfección y se consigue la compenetración con el amigo. Sin embargo, esta
comunicación de vida se desea y se busca. Es imposible la amistad sin que de ella
aparezca el deseo de la comunicación. Amigos que no tuviesen ninguna necesidad de
saber uno del otro, de hablarse nunca, de escribirse, de verse, etc., no serían
auténticamente amigos.
Para que exista amistad tienen que estar las dos vidas de los que se aman
unificadas afectivamente y tendiendo a unificarse entitativamente en la proximidad, en el
coloquio, o en la convivencia personal. En la amistad es necesaria esta comunicación, o
por lo menos la tendencia a la misma. Por ello afirma Aristóteles que muchas amistades
las disuelve la falta de trato, es decir, el no frecuentarse con el amigo o no conversar con
él (Ética a Nicómaco, VIII, 5, 1157 b 13).
Con la amistad las alegrías son mayores y las desgracias menores o más
llevaderas. La sabiduría de la tradición clásica, como se ha podido ver, contiene grandes
enseñanzas sobre la amistad. Necesitamos de los amigos en la prosperidad para compartir
juntos las alegrías y favorecerlos, pues la misma posesión del bien no es agradable sin
ningún amigo copartícipe (Séneca, Epístolas morales a Lucilio, 6, 4; 9, 5-16; y 19). En
las desgracias nos son necesarios para la ayuda y el consuelo. Además de desinteresada,
la amistad es fiel y permanente, pues se conserva en todas las circunstancias, ya sean
favorables o adversas. El amigo acogerá favorablemente nuestros secretos, compartiendo
nuestras alegrías y nuestros pesares. Sus palabras nos ayudarán en nuestras decisiones, y
nos animarán en nuestras acciones. Su mera presencia nos reconfortará. En la amistad hay
verdadera sinceridad; todo es veraz y voluntario, nada falso ni forzado.
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