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Psicología de la persona
implicación afectiva intensa y sin control con el acompañado porque no se podría ejercer
como terapeuta).
III.
Aceptación positiva incondicional. Consiste en sentir y manifestar el
terapeuta que “está de parte” del acompañado y que lo valora como persona y como
siendo “esta persona concreta”. Es aceptar al otro sin juzgarle, acompañándole para
buscar juntos nuevas formas de pensar, sentir y actuar. Se reconoce su dignidad personal
y se lo hace ver, más allá de su comportamiento concreto o de sus reacciones hacia el
terapeuta. Pero esta aceptación también la ha de aplicar el terapeuta a sí mismo, lo cual
no quiere decir aprobar todo lo que hace y creerse ya perfecto, sino aceptar que es como
es, como punto de partida de su propio proceso de cambio. El conocimiento y el respeto
de uno mismo son condiciones del conocimiento y respeto a los otros.
Todo esto redunda en su autoestima, en su filautía, elemento clave en toda
recuperación y maduración personal (Polaino-Lorente 2003). Afirmando a la persona del
acompañado, recupera éste su firmeza y sube un primer peldaño en la superación de su
situación. Siendo reconocido como persona y afirmado como persona concreta por parte
del terapeuta, el acompañado encuentra el lugar para su autoafirmación y autoaceptación.
b) Las competencias adquiridas del terapeuta
No nos referiremos en este apartado a las competencias adquiridas de carácter
técnico o formativo (grado en psicología o afines, máster, formación en dinámica de
grupos, capacitación para la entrevista, para la relación de ayuda, conocimientos
específicos sobre drogodependencias, informática, conocimiento de terapias de conducta
o sobre farmacología), sino a aquellas competencias de carácter personal que son
importantes para una labor terapéutica eficaz y personalizante.
Competencias del terapeuta respecto de sí mismo:
I.
Madurez personal. El terapeuta debe contar con una madurez personal que
le proporciona estabilidad, lo que implica que se conoce, se acepta, vive conscientemente
desde su propio sentido existencial y no desde sus roles o personajes, está abierto a la
realidad y a los otros. Asimismo, la madurez supone que actúa de modo reflexivo y libre,
libertad que ejerce en mediante compromisos y asumiendo responsabilidades.
II.
Estabilidad afectiva. La madurez implica estabilidad emocional, pues
quien es maduro es capaz de afrontar las propias perturbaciones en el encuentro con el
acompañado, dominando las emociones y sentimientos para que no paralicen o perturben
la tarea terapéutica. Asimismo, implica capacidad para conocer los propios sentimientos,
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