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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
respuesta a este amor del que es objeto, a esta llamada, a este nombramiento y misión. La
persona no tiene la última palabra sobre su vida sino la penúltima.
Ahora bien, para reconocer este hecho quizás haga falta desenmascarar un
prejuicio ilustrado al que nos ha llevado toda nuestra cultura occidental: concebir a los
humanos como seres autónomos, omnipotentes, dueños y señores de su propia vida, de
su destino y del destino del mundo. Pues hay momentos en la vida de toda persona que
nos muestran que nuestra vida tal vez no esté tan en nuestras manos como imaginábamos:
unos, dolorosos (una grave enfermedad, un desorden psíquico, la muerte de un amigo, la
pérdida o ruptura con un ser dilecto, un fracaso profesional o personal); y otros,
inesperados (un encuentro decisivo, un enamoramiento, una propuesta profesional que
parecía imposible, un golpe de fortuna). Se produce, por tanto, un choque entre nuestras
ideas de suficiencia y nuestras experiencias radicales. Pero, por falta de fidelidad a la
realidad o por comodidad preferimos asirnos a la ilusión de la omnipotencia y la radical
autonomía, pretendiendo ser lo que no somos: dioses.
El dolor, el fracaso, la muerte y todas las llamadas por Jaspers “experiencias
límite”, nos muestran claramente y nos hacen asumir que no somos los protagonistas
absolutos de nuestra vida. La destrucción de “lo nuestro”, de nuestras perspectivas, de
nuestras ambiciones, nos sustrae a nosotros y nos muestra que no somos los protagonistas
absolutos de nuestra vida. Nos hace más libres porque nos descentra (o, mejor, excentra).
Cuando llega la enfermedad, el desorden psíquico, la muerte, la pérdida, la limitación,
perdemos pie en nosotros mismos, nos vemos obligados a vaciarnos, sucede aquello con
lo que no contábamos y se nos abre a la realidad tal cual es.
Esto tiene una repercusión clara en el ámbito psíquico, pues se abre la posibilidad
(y la realidad) del desorden y la desintegración personal, y con ello, de todas las
psicopatologías. ¿En dónde radica el desorden y la desintegración personal? En la pérdida
de armonía consigo mismo, con el mundo, con los demás y con Dios105.
105
Dichas pérdidas de armonía son las que la antropología teológica denomina las rupturas producidas por
el pecado: el alma ya no gobierna sobre el cuerpo, se rompe la armonía entre hombre y mujer, se rompe la
armonía con la creación y con Dios. Se rompe el ordo amoris y la tranquilitas ordinis en el interior del
hombre (Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 95, a. 1). Tras el pecado, la naturaleza queda sibi relicta,
y por tanto, en desorden. Aquí encontramos la raíz última de la infirmidad (Lorda 2009: cap. 14). Todo
desorden, desde la antropología teológica, revela una misma causa profunda: el hecho de que la persona
pretende alcanzar su plenitud, su fin, su felicidad, al margen de Dios. Se trata de que el hombre se quiere
divinizar pero sin Dios (al margen de Dios o, incluso, contra Dios). Este alejamiento de Dios, este pretender
la excelencia sin Dios es la raíz del pecado y de todo daño personal. Orgullo y concupiscencia son las
maneras en las que el hombre procura la salvación por sí mismo, ignorando a Dios. Pero necesariamente
termina degradándose y descubriendo que no puede darse la plenitud anhelada. El hombre está hecho para
su plenitud. La plenitud no puede proceder de su relación con las cosas, sino de su relación con personas.
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