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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
Pero aunque la persona está hecha para su plenitud, descubrimos la grave paradoja
de que su vida queda truncada por la muerte, de que junto a su capacidad de crecer en
plenitud, frecuentemente sufre reversiones en este proceso, que su cuerpo enferma, que
su psique sufre diversos desórdenes, que es capaz de obrar el mal y obrar con malicia.
Hay vidas que se van logrando y otras que se van malogrando. Y aun las que se van
logrando o madurando, sufren debilidades físicas, psíquicas y morales, son limitadas, son
objeto de injusticias o las cometen ellos, cooperan o realizan el mal que no quieren, llevan
a cabo o los sufren, actos de egoísmo, no puede evitar los diversos tipos de daño y
dolor102… Está llamado a plenitud y no tiene en sí las fuerzas suficientes para lograrlo.
Desea la felicidad y no puede alcanzarla, anhela su perfección y no está en sus manos
lograrla definitivamente (Blondel 1996 [1893]).
Las visiones racionalistas, naturalistas, ilustradas, materialistas y positivistas del
ser humano ignoran o son ciegas para este hecho paradójico. Por eso, al no comprender
que la persona está dañada interiormente, íntimamente desordenada, son incapaces no
sólo de comprender el mal y los desórdenes que sufren los humanos (incluidos las
psicopatologías y los desórdenes morales) sino también de ponerles un remedio adecuado.
No entendiendo que el ser humano está dañado en su estructura más íntima (aunque no
corrompido)103, no acertarán jamás a entender el sentido de la sanación (ni comprenderán,
en el ámbito teológico, el sentido de la salvación). Junto con la pérdida histórica del
sentido del pecado se ha dado la pérdida de la necesidad de salvación.
Para entender mejor esta paradoja desde el nivel epistemológico de la
antropología, hay que retomar la categoría aristótélica de pathein o pasión y darse cuenta
de que es constitutiva de la persona y no meramente un accidente (Aristóteles, Metafísica,
1068 a 9-11). Sin duda la acción, como lo ha mostrado Wojtyla (2011 [1979]), se
convierte en una manifestación esencial de la persona. Sin embargo, creemos que toda la
102
Desde la antropología teológica cristiana se explica dicha tendencia al desorden, aun estando orientados
naturalmente al orden y la plenitud, a causa del pecado original, hecho que sólo se puede esclarecer a la luz
de la Revelación (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), aunque podemos suponer su existencia a partir
de las consecuencias paradójicas en el ser humano, especialmente a través del sufrimiento y la muerte. En
cuanto el hombre se aparta de Dios, se produce un interno desorden que se hace escandalosamente patente:
las fuerzas corporales se oponen a las espirituales en el hombre, se desintegran las diversas facultades
humanas y surge el desorden con las otras personas (Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, 52).
En todo caso, este daño y desorden afecta a cada hombre y a la humanidad: “los desequilibrios que fatigan
el mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el
corazón humano” (Gaudium et spes: 10).
103
Como dejó establecido con claridad el Concilio de Trento, en su Decreto sobre el pecado original
(1546), aquí radicaría la principal diferencia entre católicos y luteranos o calvinistas. Para los primeros, el
ser humano está dañado por el pecado original, pero no radicalmente corrompido e incapaz de ningún bien,
como proponen los segundos.
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