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Psicología de la persona
Constatamos en nosotros mismos y en cualquier persona que, de una forma u otra,
por un camino u otro, existe un deseo de plenitud, de dar-de-sí, aspiración a existir en
plenitud. Y no sólo constatamos el deseo sino que sentimos el impulso y realizamos las
acciones conducentes hacia esa plenitud. Este deseo es un deseo que va más allá de todos
sus deseos particulares, de los deseos naturales y los promovidos socialmente. Es una
querencia de ir más allá de sí misma y sobrepasarse. No siempre se tiene conciencia de
él, pero siempre se quiere ir a más en la propia vida. La satisfacción de los deseos
particulares nunca calma la querencia de plenitud. Incluso, descubrimos hondas
frustraciones cuando se ha tomado por fuente de plenitud algo que no lo era (éxito
profesional, incremento económico, poder, tener, carrera profesional). También está
condenada al fracaso la búsqueda de equilibrio (hoy tan en boga en psicologías y ámbitos
orientalistas), pues la plenitud supone un continuo desequilibrio hacia lo que va más allá
de uno mismo: es tendencia a sobrepasarse. Pero es que, más allá de los deseos concretos
de la persona, la persona es querencia que nunca se sacia ni satisface. Esta querencia de
plenitud es la que le lleva a poner en juego todas las dimensiones antropológicas a las que
han hecho referencia los apartados anteriores de este trabajo: inteligencia, voluntad libre,
capacidad de desarrollar un proyecto de vida en función de un sentido existencial, su
capacidad de encuentro, de amor, de amistad…101
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Todas estas dimensiones corresponden, en el orden de la antropología teológica, al proyecto original del
hombre en la creación. Pero esta naturaleza humana, a causa de la rebelión del hombre contra Dios, se ha
visto dañada. El pecado ha introducido diversos desórdenes en la misma. Interesa reseñar ambos aspectos:
cómo es el hombre y el daño que ha sufrido su naturaleza por el pecado (que, en última instancia, es la
clave última de las psicopatologías). De Lubac en El misterio de lo sobrenatural (1991: 67-96), nuestra
como lo sobrenatural (la llamada a vivir el hombre en plenitud en comunión con Dios e invitación a la
filiación divina) no se puede separar de su naturaleza (que viene dada por ser criatura imago Dei). No se
puede separar en nuestra condición de hombres nuestra creaturalidad y la llamada a la comunión con Dios.
Ambos son constitutivos de la naturaleza humana. Por tanto para el teólogo no tiene sentido hablar de
“naturaleza pura” al margen de Dios. Sin embargo, la naturaleza del hombre que tratamos de describir en
la presente obra colectiva es la naturaleza real, tal y como estaba en el plan de Dios, pero modulada por
este desorden posterior. Según aquel plan original, el hombre estaba llamado a trabajar por su perfección
mediante el trabajo, la creatividad y su obrar. El hombre estaba en situación de excelencia (santidad) y
justicia (ajustamiento al plan de Dios) para acometer dicha tarea de perfeccionamiento. Pero este plan quedó
oscurecido —aunque no aniquilado— por el pecado. Por su inteligencia y libertad el hombre pudo —y lo
hizo— rechazar la llamada de Dios a su plena realización en amistad con él, dando lugar a su malogro. Sin
embargo, la redención de Cristo pone de nuevo al hombre en disposición de realizar esta plenitud originaria.
Lo que estaba propuesto al principio, los dones naturales y sobrenaturales, siguen estando presentes, aunque
oscurecidos. Sólo los dones preternaturales desaparecieron (Ladaira 2007: 43ss.). Esto supuso la posibilidad
de desorden de la concupiscencia y la debilitación de todos las capacidades naturales: debilitamiento de la
libertad (Ladaira 2007: 34, 49), oscurecimiento de la inteligencia y dificultad para descubrir la verdad,
corporeidad desintegrada de lo espiritual, desavenencias en la relación con los demás… Como hemos
señalado, en estas faltas de armonía se encuentra la raíz de las psicopatologías. Por lo mismo, la sanación
integral de la persona, como veremos, ha de ser también espiritual: la redención de Cristo sana la naturaleza
caída, fortalece lo natural y recupera lo sobrenatural, esto es, la amistad con Dios.
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