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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
implicadas. Así, es conocido el papel regulador del tálamo y el hipotálamo en los procesos
conductuales y afectivos, o del cortex prefrontal en los procesos cognitivos y lingüísticos.
Sin embargo, el neurocentrismo o cerebrocentrismo en el abordaje del psiquismo
humano resulta reductivo79. Resulta ya demostrado que es de una simpleza científica
inaceptable afirmar que hay una relación causal absoluta y unívoca entre las alteraciones
de los neurotransmisores y las patologías psíquicas. Sin duda, son un factor presente en
las mismas, pero no el único ni, en la mayor parte de los casos, el más determinante.
Asimismo, es sabido que la actividad del cerebro es un hecho correlativo con las
experiencias psíquicas, pero no su causa. Ya Nauta, en los años 70 del siglo pasado, tras
descubrir la relación del cortex prefrontal con el sistema límbico, mostró que la persona,
desde la conciencia, y de modo voluntario, puede influir y modificar los estados afectivos,
de modo que sería un factor libre y extracerebral que puede controlar la actividad del
sistema límbico (Nauta 1971). Asimismo, en su conocido El yo y su cerebro80, Eccles
muestra que la conciencia, de modo libre y voluntario, y como fenómeno distinto a los
cerebrales, puede modificar procesos neuronales, de modo que el cerebro es, en parte,
“producto” del yo. También Mario Bunge había hablado en su momento de la plasticidad
del cerebro y la capacidad del yo consciente de modificar circuitos sinápticos en función
de los intereses, deseos y decisiones del sujeto consciente (Bunge 1985). Las sinapsis no
están determinada genéticamente, por lo que pueden ser realizadas y modificadas por
factores epigenéticos como la experiencia o la voluntad del sujeto (Kandell 2001). Para
ambos neurólogos, el pensamiento consciente, en tanto que vivencia psíquica, tiene la
capacidad de cambiar los patrones operativos del propio cerebro y modificar procesos
bioquímicos. Y así, por ejemplo, como un trauma afectivo en la infancia produce un
decremento de la norepinefrina, lo cual da lugar a su vez a hiperactividad, a pesadillas y
a reacciones violentas, también una “sanación personal o espiritual” de dicho trauma
modifica al alza los niveles de norepinefrina como resultado. Incluso se ha mostrado la
influencia de la sociedad en la configuración del cerebro (Eisenberg 1995). Y, del mismo
modo, los pathways neuronales pueden ser interrumpidos y restaurados por la plasticidad
neuronal.
79
Recordemos, a este respecto, las críticas a aquellos autores que, desde la neurociencia, pretenden reducir
la libertad a un fenómeno del cerebro en el epígrafe 2.2 del capítulo III en este mismo libro.
80
Repárese en que el título del libro no reza “El yo y el cerebro” sino “El yo y su cerebro”, pues muestra
Eccles que el cerebro es instrumento y no causa del psiquismo humano, a diferencia de lo que pretenden
los emergentismos materialistas (Popper y Eccles 1982).
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