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La libertad humana. Biografía y sentido. El problema del dolor
Si el mal ha aparecido ante el hombre en todas las épocas como una realidad
paradójica y difícil de aceptar, el llamado “sufrimiento y muerte de los inocentes” viene
a ser una especie de extremo que solemos percibir como algo especialmente absurdo. El
mal se nos presenta, entonces, como una realidad insufrible e insoportable, de todo punto
inexplicable e inasumible. Este es el planteamiento, por ejemplo, que llevó a Albert
Camus a rechazar la soberanía de Dios sobre el mundo sustituyéndolo por el hombre y a
considerar la vida como un sinsentido.
Sin embargo, lo cierto es que mientras que frente al “tribunal” del mal, del
sufrimiento y de la muerte, los no creyentes siempre salen, en mayor o menor medida,
malparados, los creyentes al menos atisban una luz de inteligibilidad y esperanza en
medio del misterio. Ya Voltaire advertía que “el sistema que admite la existencia de un
Dios tropieza con dificultades que tiene que resolver. Pero todos los demás sistemas se
encuentran con absurdos que tienen que devorar” (Elementos de la filosofía de Newton, I,
I).
El mal sólo se puede “entender” y abrazar por la existencia de Dios y del más allá,
y —desde la perspectiva cristiana— por la cercanía de un Dios personal que, haciéndose
un hombre como nosotros, ha participado y compartido nuestro propio sufrimiento para
mostrarnos que si es objeto de su permisión es porque respeta y valora hasta el fin nuestra
condición de criatura libre y porque también el sufrimiento es una realidad fructífera con
tal de que el hombre sepa afrontarla, en el ejercicio de su libertad, como Él y con Él. De
forma paralela, como ya apuntamos al tratar de la vida eterna75, aún siendo la muerte
natural al hombre “está claro que no es posible sostener que la vida tiene un sentido sin
la afirmación de la inmortalidad personal como estructura intrínseca de la existencia
humana, no menos constitutiva que la misma muerte” (Lucas Lucas 2008: 79).
¿Quiere eso decir que los cristianos, a diferencia del resto de los hombres, son
capaces de descifrar el jeroglífico del mal y pueden vivir y morir con la serenidad de aquél
que tiene sus problemas resueltos? No. Del mismo modo que el hombre rebelde de
Camus, aunque en otro sentido, también el creyente tiene preguntas y rebelión. Se
pregunta por el misterio de la vida humana, llena de sufrimientos y destinada en el orden
natural a la muerte, y no vive de seguridades materiales sino de fe, de una fe que no le
exime de sufrir y de morir. También él
75
Sobre los argumentos a favor de la espiritualidad e inmortalidad del alma, ver el parágrafo 3.2 del capítulo
I en este libro.
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