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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
El ser se vuelve transparente, dejando asomar una dimensionalidad metafísica” (1990b:
255). En los momentos de sufrimiento, en la cercanía de la muerte o en la vivencia de la
muerte de un ser querido, en efecto, el ser humano toma conciencia plena de la realidad
contingente y de la limitación radical de su ser, al mismo tiempo que el mundo se nos
revela y se transforma la percepción que de él tenemos.
Cabría decir —observa Laín en un análisis de la enfermedad que es perfectamente
aplicable en nuestro caso— que ésta es un suspiro de la creatureidad del homo sapiens —
alteración perturbadora de su estructura, sí, mas también iluminadora de su destino— en
su pretensión cósmica y personal de autoposeerse en plenitud. Por tanto, uno de los modos
de «probación» del hombre, una de las vías por las cuales el hombre «prueba» si su
realidad es como él se la había figurado y «es probado» respecto de su personal instalación
en la realidad.
Pero la enfermedad —añade— es siempre aflictiva; hasta cuando el enfermo se ha
refugiado subconscientemente en ella. Entonces, ¿por qué la criatura se ve obligada a
suspirar, no sólo a causa de su deficiencia, también a causa de su dolor? ¿Por qué ha de
probar doloridamente, y dolorosamente ser probada? Mirada desde el punto de vista de
su sentido en el todo de la realidad, la enfermedad nos abre la mente a un nuevo problema:
el hondo, último problema de saber si la realidad intramundana puede o no puede ser
entendida sin de algún modo trascenderla (Laín Entralgo 1985: 337).
La respuesta que a este último interrogante hay que dar es, en nuestra opinión,
negativa. Ya hemos desarrollado este asunto en el epígrafe anterior, pero ahora podemos
perfilarlo y profundizarlo aún más al compás de nuestro análisis del sufrimiento y de la
muerte. Ciertamente, hay un modo meramente humano —si se quiere decir así— de
afrontar la experiencia del dolor, de la muerte y del mal: hemos visto su valor pedagógico
y podríamos añadir multitud de argumentos para sacar brillo a su “utilidad” tanto en el
orden individual como en el de la especie, o para afrontar el momento final de la vida con
realismo y hasta con una cierta gallardía y elegancia.
Sin embargo, es evidente que del mismo modo que hay sufrimientos útiles y aun
necesarios, también hay sufrimientos que se nos aparecen como absolutamente
innecesarios o cuya “utilidad” produce naturalmente escándalo por la instrumentalización
que en ese caso habríamos de hacer de la persona doliente para proseguir esta línea de
reflexión (por ejemplo, el sufrimiento de un recién nacido). Y respecto de la muerte, que
trasciende el ámbito biológico quebrando dramáticamente nuestros proyectos y nuestro
mundo de relaciones, sólo se puede decir que siempre “llega a destiempo”.
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