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La libertad humana. Biografía y sentido. El problema del dolor
moral”. Lo que esto significa, en primer lugar, es que no tiene un carácter sustantivo sino
privativo, pero es real en lo que de suyo es bueno. Pueden extraerse de aquí implicaciones
teológicas de gran importancia, pero lo que nos importa ahora es caer en la cuenta de que,
además, así se explica que sea ambivalente en sus efectos, lo que permite que podamos
afrontarlo en su aspecto vivencial desde una determinada convicción y experiencia
personales.
La actitud y disposición son, en este sentido, muy importantes. Como dice Monge,
“el sufrimiento es un experiencia mala en la que se puede vivir algo positivo. El
sufrimiento se me ofrece como posibilidad. Soy yo quien ha de decidir qué voy a ser, qué
voy a vivir en el interior de esa experiencia dolorosa” (2010: 144). Contra el mal hay que
luchar. De hecho este debe ser uno de los objetivos hacia el que se han de dirigir los
esfuerzos de la humanidad. Hay mucho por hacer en esta dirección y todos podemos
participar de un modo u otro en esta empresa. Sabemos, no obstante, que el progreso en
este orden genera paradójicamente nuevas causas de sufrimiento y que esa lucha no tendrá
fin pues el sufrimiento y la enfermedad forman parte de la condición de un ser corpóreo
como lo es el hombre y de las limitaciones inherentes a su naturaleza creada, contingente.
Por eso, ante esta situación no hay más que dos salidas: la huida, que es imposible;
o la aceptación y la superación. Podemos aprender de él: el sufrimiento, físico o moral,
tiene un dimensión pedagógica que no podemos olvidar. En este sentido, Viktor Frankl
mostró con claridad hasta qué punto el sufrimiento sirve a la acción humana, al
crecimiento y maduración personal, incluso al enriquecimiento espiritual propio y ajeno
(1990b: 249-266)74.
La experiencia dolorosa nunca nos deja indiferentes y siempre nos marca de algún
modo. En algunas personas deja huellas de humanidad, comprensión, entereza y valentía.
En otros, de amargura, rencor y rebelión. Todos tenemos ejemplos conocidos de los
posibles efectos humanizadores del sufrimiento (de carácter personal y social). A menudo
esos mismos ejemplos muestran también que se puede ser feliz en medio del sufrimiento.
Y es que ni el sufrimiento es sinónimo de infelicidad ni su ausencia supone de por sí la
felicidad.
Podemos ilustrar lo que queremos decir con un ejemplo tomado de la vida del
propio Frankl durante su estancia como prisionero en el campo de concentración de
Auschwitz. Ante el dolor, viene a decir este autor, el hombre puede elegir entre dejarse
Laín Entralgo, refiriéndose en este caso a la enfermedad, dirá que es al mismo tiempo “instancia”
motivadora y “recurso” utilizable tanto por parte del enfermo como del médico (1985: 336-337).
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