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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
¿Es posible atisbar en él y en la muerte algún sentido razonable que nos permitan vivir y
aun hacerlo de modo esperanzado?
Lo que se ha de tener claro de antemano, si se quiere plantear bien el asunto y, por
tanto, vislumbrar alguna vía de respuesta, es que se trata de un misterio, no de un
problema. La diferencia entre problema y misterio ha sido propuesta por la filosofía
personalista del siglo XX. Un problema —ha venido a decir por ejemplo Gabriel
Marcel— es una cuestión que tiene solución y que me lleva a otras soluciones o a otros
problemas, una temática acerca de la cual es posible, por tanto, un progreso lineal y
acumulativo en su conocimiento, una fórmula cuya incógnita puede ser despejada
siguiendo un método determinado; en definitiva, algo respecto de lo cual podemos
alcanzar una certeza universal y objetiva. En cambio, el misterio no es ininteligible pero
sí inagotable pues no tiene límites definidos ante la razón humana, no es una cuestión que
nos sobrepasa sino más bien algo que nos comprehende, en lo que estamos inmersos y
frente a lo cual no podemos adoptar una actitud neutral y contemplarlo desde fuera con
la suficiente distancia de perspectiva, algo en lo que a fin de cuentas estamos
comprometidos y que se sitúa sobre todo en el plano de la experiencia vivencial.
Si esto es un misterio (y todo apunta a que el mal lo es), es comprensible que
siempre nos inquiete y desconcierte, y que carezca de una solución matemática. Eso no
significa que no se pueda atisbar una respuesta o que todas las hipótesis valgan lo mismo,
que carezca de interés reflexionar acerca de él y que la investigación no pueda arrojarnos
algo de luz; significa, ni más ni menos, que esa luz no ilumina por entero la cuestión, que
deja siempre aspectos en la penumbra y que, en última instancia, el misterio interpela a
nuestra libertad y no sólo a nuestra razón.
Por otra parte, en cuanto que misterio particular, el mal se me presenta a la
conciencia desde la experiencia doliente, ya sea de orden físico o moral. No es el
escándalo del mal algo que se suscite primeramente en el plano de la razón sino en el
orden de la experiencia. Y eso tiene también consecuencias de largo alcance.
Aclarado esto, ahora sí podemos intentar delimitar su realidad de algún modo
intentando buscar una respuesta a nuestra pregunta. En sentido clásico, el mal se ha
definido como “la privación de un bien debido a una naturaleza en el orden físico y/o
consideramos el “dolor” como una mera sensación biológica, distinta por tanto de la “experiencia dolorosa”
cuyo contenido es el “sufrimiento” y cuya causa es el “mal”. Lo que nos interesa es, obviamente, esa
misteriosa vivencia sufriente que hace del hombre un ser “doliente” y que —unida a la realidad de su ser
mortal— implica y amenaza toda su existencia.
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