Download Apuntes de antropología para la psicología clínica

Survey
yes no Was this document useful for you?
   Thank you for your participation!

* Your assessment is very important for improving the work of artificial intelligence, which forms the content of this project

Transcript
Lecciones de Antropología para la psicología clínica
No hay mejor forma de que el hombre sienta pisar terreno firme, aun en las misteriosas
estancias de su conciencia, que vivir esa convicción. Y cuando se da esta radical confianza
[...], el fondo donde esa actitud se enraíza no es otro que la seguridad de ser amado de
una forma tan insuperablemente eficaz y verdadera (Pieper 1997: 451).
Así entendida, la caridad, lejos de anular lo que por sus propias fuerzas hay en el
hombre como posible y presente en capacidad de amor y bondad, comprende en sí misma
todas las configuraciones del amor humano. Además, si la caridad es la savia de la vida
humana y sustancia de la vida divina, de alguna manera se puede decir también que será
el “ingrediente” esencial de la vida eterna. La eternidad, —podemos atrevernos a
afirmarlo—, será el Amor alcanzado, conocido y gozado, el cumplimiento de nuestra
vocación humana. Y, por eso, será también Libertad plena, Justicia, Verdad, Belleza y
Bondad, perfecciones todas ellas convertibles con el Ser, que es Amor.
El que piensa y acepta esto no se sorprenderá de que toda la concepción de la
caridad tenga como manifestación un signo estelar que la marca siempre: felicidad. Pues
si, como antes dijimos, la felicidad más plena es la felicidad del amor, el fruto de la
versión más sublime que existe del amor tiene que ser también lo más grande que pueda
haber en felicidad de cuanto los hombres han podido imaginar para aplicar ese nombre.
Conviene, no obstante, advertir contra una interpretación —¿cómo decir?—
demasiado “espiritualista” y abstracta de la beatitud, que ha propiciado todo tipo de
confusiones y caricaturas. Ni la vida eterna es aburrida, ni Dios es un anciano empalagoso
al que nos dedicaremos a contemplar amorosamente de forma pasiva e interminable.
Como diría San Agustín, “Dios es más joven que todos” (De Genesi, VII, 26, 48). Su
Vida es el reino de la novedad, el Misterio insondable e inagotable del que participaremos
activa, intelectual y fruitivamente, con todo nuestro ser. En él se recogerán y
perfeccionarán sin fin todos los valores positivos de la vida humana, tendrán satisfacción
todas nuestras aspiraciones más profundas sin sombra alguna de dolor ni de mal.
Me parece que tiene razón Julián Marías cuando afirma que
hay que entender la otra vida desde esta, como su plenitud. La visión inconexa la deja
empobrecida, exangüe, sea lo que sea lo prometido, no por deficiencia de esto, sino del
quién a quien se promete [...]. La teología —prosigue— ha puesto el acento, como es
justo, en la visión de Dios; acaso no ha insistido tanto en el sujeto a quien se promete esa
visión [...].
Al insistir en la resurrección de Cristo y de todos los hombres, ha reclamado y consagrado
las perfecciones del cuerpo, de la carne. Pero ni siquiera todo esto es suficiente. Es
menester la afirmación de la vida en lo que tiene de humano, argumental, dramático,
147