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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
tiene un carácter totalizante (abarca todas las dimensiones de la vida), apunta en una
dirección que me supera y resulta inseparable de la aspiración humana a ser feliz que
conecta con la eternidad. Pero intentemos plantear el asunto desde el principio.
Que el hombre se pregunte por el sentido de su vida significa que puede
cuestionarse y trascenderse a sí mismo, que es capaz de enfrentarse a ella, de tomar
distancia para evaluarla, hacer balance o proyectarla; en definitiva, que puede
“considerarla como una totalidad con la que el sujeto no se identifica absolutamente”
(Vicente Arregui y Choza 2002: 459).
Probablemente desde el convencimiento de su carácter religioso, muchos autores
han pretendido quitar valor a esta cuestión, relativizando o negando su sentido. Desde
este punto de vista, la pregunta por el sentido sería un sinsentido. “El ser no tiene sentido
y el sentido no tiene ser”, así tituló Mario Bunge un famoso artículo hace algunos años
(Bunge 1976).
Sin llegar a esos extremos, para Wittgenstein la pregunta por el sentido es un buen
ejemplo de lo que no puede decirse y, en realidad, no constituye un verdadero problema.
Si lo fuera, podría ser resuelta por la ciencia, que trata de hechos y busca una explicación
de los mismos. Pero no es así:
Sentimos que, incluso si todas las posibles preguntas científicas pudieran responderse, el
problema de nuestra vida ni siquiera habría sido tocado. Desde luego, entonces ya no
queda pregunta alguna; y esta es precisamente la respuesta. La solución del problema de
la vida está en la desaparición de este problema (Wittgenstein 2003 [1921]: 275).
Ocurre, sin embargo, que —como ha mostrado la psicología de corte existencial—
la cuestión del sentido de la vida es básica para el ser humano: ni es disoluble ni basta
con que se considere una pseudocuestión para que su aguijón deje de punzar. Ciertamente,
no se trata de una temática puramente teórica, funcional o económica, que pueda
resolverse con una fórmula. Es, más bien, una exigencia práctica. Pero eso no significa
que no pueda ser objeto de reflexión y aun de meditación. Sólo si soy capaz de
comprender mi vida en alguna medida, y de proyectarla y vivirla a partir de esa
comprensión, puedo esperar la plenitud de una vida lograda a la que no puedo dejar de
aspirar, que llamamos felicidad: “el sentido de la vida —han dicho Yepes y Aranguren
(2001: 164)— no se identifica con la felicidad, pero es condición de ella”69.
De hecho —el diagnóstico es de Julián Marías—, “la ausencia de sentido puede tener dos desenlaces o
salidas: una posibilidad es la atomización de la vida, la equivalencia, siempre fraudulenta, de los placeres
o los éxitos con la felicidad; y esto conduce a la inautenticidad, a la vida en hueco [...] indicio de infelicidad.
La otra posibilidad es el reconocimiento de ésta, […] y puede llevar a la desesperación” (1987: 334).
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