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La libertad humana. Biografía y sentido. El problema del dolor
La segunda anécdota se refiere a la relación entre libertad y norma. Siendo ya
profesor universitario, un día, una alumna le espetó en clase lo siguiente: “En la vida hay
que escoger: o somos libres o aceptamos normas; o actuamos conforme a lo que nos sale
de dentro o conforme a lo que nos viene impuesto de fuera. Como yo quiero ser libre,
dejo de lado las normas”. La joven había entendido el esquema libertad-norma en forma
dilemática (o una cosa o la otra, pero no ambas) e interpretaba que si quería ser libre no
tenía más remedio que rechazar toda norma: ser auténticamente ella y gozar de plena
libertad, según su forma de ver las cosas, le exigía prescindir de todo cuanto le decían sus
padres, profesores, gobernantes o cualquier otra autoridad externa. Pero, ¿tenía razón esta
chica? Sólo en el caso de que frente a una propuesta ajena uno adopte una actitud
meramente pasiva. Recordemos la primera anécdota: uno puede obedecer a sus padres
única y exclusivamente por coacción, forzado por las circunstancias y sin asumir esa
decisión como propia. Si así lo hace, efectivamente su libertad habrá sido violentada y la
decisión no será propiamente suya. Pero, ¿no puede darse el caso de que el hijo vislumbre
las razones de los padres, las asuma como buenas para sí mismo y obre en consecuencia
adoptando por sí mismo esa decisión? Eso es justamente lo que pasó cuando López
Quintás era niño. Y, si este es el caso, ¿se puede decir que la libertad ha sido violentada
y la persona rebajada en dignidad? Sin dudarlo, no.
Así pues, la libertad y la vida humanas —consideradas en el plano ético— no
pueden concebirse sin relación a mi naturaleza y las normas que emanan de ella. Con ello
no se incurre en la llamada falacia naturalista pues —José María Barrio lo ha explicado
muy bien—, “dicha falacia no consiste, como alguna vez se dice, en deducir los deberes
a partir de la naturaleza humana y sus inclinaciones espontáneas, sino en identificar el
deber con la necesidad natural”. De modo que, si concebimos la libertad como algo
natural en el hombre, como una dimensión necesaria pero no constitutiva sino consecutiva
de su naturaleza, y a ésta, es decir, a su “esencia —dinámicamente considerada— como
principio de operaciones y pasiones específicas del ser humano”, no hay razón para
rechazar que esa naturaleza sea para el hombre “una instancia moral de apelación, de
suerte que el deber-ser aparezca como la asíntota del ser humano, como aquello a lo que
este tiende, si bien no necesaria sino libremente”. Pues esas normas me son “apropiadas”
—se orientan hacia mi plenitud y corresponden a lo que Maritain llamó de forma un tanto
impropia pero muy ilustrativa mi normalidad de funcionamiento— y en mi adhesión a
ellas las “hago mías”, me las “apropio”, ahora de un modo consciente y libre.
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