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Lecciones de Antropología para la psicología clínica
humana es porque “es una vida normada de acuerdo con el ser más, no con el ser ya”
(Polo 1993: 123) o con el mero hacer-no hacer. Lo que quiero decir con ello es que,
aunque de la ética sólo se haya tenido en cuenta muchas veces la actitud normativa, y aun
esta sólo en sus aspectos prohibitivos, en realidad, lejos de poder reducirse a un mero
código restrictivo de conducta tiene un carácter esencialmente proactivo y positivo que
se manifiesta claramente en el concepto de virtud y en la importancia que ésta tiene para
la fecundidad de la vida humana. Incluso lo normativo, si se asume libremente como algo
propio, tiene una dimensión creativa profundamente enriquecedora.
Por otra parte, tampoco está de más recordar que del mismo modo que no hay
oposición entre naturaleza y libertad, tampoco la hay entre una norma ética emanada de
mi naturaleza (y tendente a mi plena realización) y mi condición libre. Conviene no
olvidar aquí que el libre albedrío es libertad “inicial” y que la libertad plena que el hombre
ansía lo es “terminal”. Por eso, no existe una libertad lograda y completa —ni una vida
con tales rasgos— que no se vea revestida de una dimensión ética. Como ha dicho Barrio,
de forma muy ilustrativa:
pretender que la moral (la ética) anula la libertad [...] es análogo a pensar que un taxi es
muy libre porque lleva un cartel en que se lee «libre», es decir, porque puede ir a cualquier
sitio. La supuesta libertad del taxi estriba precisamente en que está vacío. Una vida
puramente veleidosa ordinariamente acaba «llena de vacío», y si se piensa a sí misma
como no condicionada se equivoca, pues lo que en el fondo significa el poder conducirse
de cualquier manera es el no ir de hecho a ninguna parte (Barrio Maestre 1999: 55).
Oí en una ocasión al profesor Alfonso López Quintás contar dos anécdotas que
ilustran muy bien lo que hemos dicho hasta el momento. En relación con el primer punto,
recordaba este gran maestro cómo, cuando era niño, su madre le decía: “Toma este
bocadillo y dáselo al pobre que llamó a la puerta”. Él se resistía porque era un señor de
barba larga y le daba miedo. Pero su madre insistía: “No es un delincuente; es un
necesitado. Vete y dáselo”. Su madre quería que se adentrara en el campo de irradiación
del valor de la piedad. Y, ciertamente, ese valor le venía sugerido (casi impuesto, pero
con profundas razones) desde fuera. No obstante, reaccionó positivamente ante esta
sugerencia y fue asumiendo poco a poco la riqueza de ese valor hasta que se convirtió en
una voz interior. Entonces, ese valor dejó de estar fuera de él para convertirse en un
impulso interno de su conducta reconocido, querido y propiciado de manera que pasó a
ser un elemento más de autoformación.
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