Download la guerra del 98 y mayagüez

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Juan Hernández y Martínez, quien estaba al mando de la otra compañía a la
extrema retaguardia, para que protegiese la retirada del grupo de la primera.
El Segundo Teniente don Juan Hernández y Martínez fue el único oficial de su
rango que se batió con el enemigo, y lo hizo, revólver en mano, mientras tuvo
municiones, fue el único de los jefes que fue atacado por el fuego de fusil, cañón y
ametralladoras del enemigo y aún en medio de los amagos de indecisión que
surgieron en medio de la confusión imperante, consiguió conservar intacta la
disciplina de la tropa que mandaba y no abandonó a su jefe enfermo, aún a riesgo
de caer él prisionero, como en efecto acabó por ocurrirle al día siguiente, pues en el
combate mismo nadie cayó prisionero.
Al ver que la situación era insostenible mandó a tocar retirada para el grupo más
avanzado, y se volvió para dar órdenes al resto de la columna, que suponía acudiría
al fuego o hubiese hecho un alto esperando por sus instrucciones, pero al no verlos,
decidió detener al enemigo con los ocho o diez hombres que logró reunir,
contestando el nutrido fuego del enemigo hasta que se le unió el Segundo Teniente
don Juan Hernández y Martínez con parte de su sección, y juntos continuaron el
fuego en retirada hasta media hora después. Los pocos mayagüezanos que aún
quedaban sin cruzar el río, se vieron finalmente obligados a economizar sus
municiones, pues éstas se les estaban terminando, disparando a discreción
solamente cuando les parecía asegurada la efectividad de cada disparo.
Entre ambos, reunieron y arengaron a los casi cincuenta soldados que no habían
podido cruzar aún el río, organizando el grupo y contestando, el fuego del enemigo
desde la espesura de los matorrales del bosque, sosteniendo el más nutrido tiroteo
durante un cuarto de hora con el apoyo de los guerrilleros de Bascarán, quienes
estaban aún más cerca todavía del enemigo, en las laderas de la misma loma en
cuya cima éste había emplazado sus cañones.
El tiroteo a orillas del Guasio fue tan vivo y el combate fue tan fuerte que nadie
hubiese podido creer que un pequeño grupo de apenas cincuenta soldados y
guerrilleros hubiesen opuesto tal resistencia a sus perseguidores, contestando sólo
con sus revólveres o rifles, el fuego de las ametralladoras y de los potentes cañones
estadounidenses, cuyo sordo retumbar se escuchaba ya hasta en San Sebastián.
Ese desigual combate, bajo el incesante fuego de ametralladoras, tercerolas y
cañones enemigos, se prolongó durante dos horas, desde las once de la mañana
hasta la una de la tarde, cuando se les acabaron las municiones a muchos de los
mayagüezanos, no tan sólo las que cada uno llevaba consigo, sino hasta las que
recogían del suelo, según iban encontrando las que los soldados de la columna, en
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