Download la guerra del 98 y mayagüez

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Al llegar a la esquina de la calle Candelaria163, las tropas invasoras continuaron su
marcha al compás de "The Stars and Stripes Forever", que era en sí, en la última
palabra de su título, toda una profecía, doblando a la derecha por dicha calle en
dirección Este, cuesta arriba, hacia la plaza principal de la ciudad abierta. Todas las
puertas que daban a los balcones de las residencias permanecían cerradas al paso
de las tropas invasoras, incluyendo las de la alta casa de vivienda de don Eugenio
María de Hostos, hijo de Mayagüez, a la sazón exiliado, quien fallecería
desilusionado en Santo Domingo, también por estos aconteceres, precisamente en
un día como ese, once de agosto, cinco años después.
Construida en mampostería, la casa de Hostos entre las calles Méndez Vigo y
Candelaria era una de las edificaciones de gran planta más antiguas de la ciudad.
Era una construcción de líneas rectas y formas adinteladas y angulosas, con
ventanas muy rectangulares. Sus ventanas cerradas y sus desiertos balcones al
descubierto atestiguaban el abatimiento exánime y la desolación de una ciudad
emprendedora, laboriosa y culta, pero sumida desde el amanecer en la
incertidumbre y la desesperanza, huérfana del espíritu de su ausente patriciado y de
su liderato patrio, el cual estaba en el exilio, una población civil abandonada por
sus tropas, las cuales no quisieron atraer sobre la ciudad el bombardeo de la
escuadra naval enemiga, la cual traía planes de bombardearla, como en efecto ya
había bombardeado a San Juan y como había amenazado con hacerlo con Ponce164
y reducirla a cenizas si no se les rendía en el brevísimo plazo de media hora.
Mayagüez, ciudad renuentemente desamparada por su guarnición a causa de las
insufribles desventuras de la madre patria que, inerme y sin poder hacer nada por
evitarlo, en el más lóbrego y desesperado de los desconsuelos, apenas si se sostenía
viendo caer los muy queridos remanentes de su otrora vasto imperio mientras
perdía las últimas y más preciadas joyas de su corona.
La orgullosa y moderna ciudad, hija derelicta de la Hispania fecunda, nieta
póstuma de una Roma ya lejana en la bruma de los tiempos, aunque siempre
presente en las preclaras virtudes de sus hijos, en las sofisticadas manifestaciones
de sus rituales sacros, en las exaltadas tradiciones de sus fiestas populares, en las
esotéricas manifestaciones de su cultura y en sus oscuros vicios, había quedado en
el más ignominioso y completo estado de indefensión, ante la desafección de su
resentida nobleza criolla, que al volverse contra la corona que secularmente y aun
valiéndose de ella, la había mantenido a raya, ahora entraba cabalgando por sus
163
Luego denominada calle McKinley y a la que un siglo después le fue restituido su nombre original.
164
La guarnición de Ponce se retiró igualmente, rumbo a Coamo, para evitar la destrucción de la ciudad..
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