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las facultades de la legislatura insular para formalizar con entera libertad tratados
de comercio con otras naciones, la cual era ya casi total, la limitación de los gastos
de soberanía, en especial los que concernían a Guerra y Marina, que se autorizase
al parlamento insular a legislar sobre la organización militar y judicial, etc. las
cuales rayaban en la independencia.
Es curioso y ha de ser mirado con sumo recelo, que estos ricos terratenientes
azucareros de privilegiada posición socio-económica y radicales posturas
separatistas o independentistas frente a España y que tantos derechos exigían y
habían obtenido de ésta, no quedando satisfechos ni conformes con ello, acabaran
después conformándose pasivamente con la dictadura militar impuesta por las
tropas de ocupación estadounidenses, durante la cual fueron suprimidas todas las
instituciones, libertades y derechos que había costado casi todo un siglo alcanzar, y
aceptasen tan fácilmente y de tan buen grado un tutelaje colonial indefinido y
vejatoriamente gravado con la ominosa posibilidad de una eventual anexión a los
Estados Unidos, país con el que Puerto Rico no tenía vínculos lingüísticos,
culturales, religiosos o étnicos, y se tornasen en colaboradores de las fuerzas de
ocupación y del régimen militar colonial impuesto a su llegada por los invasores
estadounidenses.
La realidad es que, sin considerar los derechos que los Estados Unidos quisieran
llegar a reconocerle algún día al pueblo de Puerto Rico, si alguno, los ricos
latifundistas cañeros del Sur y Oeste de la Isla habían llegado a albergar la ilusión
de que bajo el dominio estadounidense, el azúcar elaborada en sus propias
haciendas o centrales entraría libre de impuestos a los Estados Unidos, como en
efecto ocurrió, con gran provecho para ellos. Por eso aceptaron entregarle a Henry
Whitney, el espía estadounidense que ya había merodeado por los alrededores de
Guánica fingiendo ser un vendedor de petróleo, los planes de invasión que tan
laboriosamente había elaborado el Directorio Revolucionario, y toda la valiosa y
meticulosamente recopilada información que estos incluían.
Es claro que las conveniencias personales de esos ricos anexionistas prevalecieron
sobre los intereses del pueblo puertorriqueño que habían jurado defender, pero no
lograron malograr la identidad de éste, pues como bien dijo el poeta:
"Al maldecir las glorias de Castilla
las han de maldecir en castellano".
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