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que se autoproclamaba como paladina de la libertad y la democracia, el cual se
extendió durante cuatro años, y luego, por un régimen colonial, que no fue menos
bochornoso, por ser inconsistente con los más básicos y esenciales postulados de
una democracia.
Tan anómala y vergonzosa situación de carencia de derechos ha perdurado durante
más de un siglo, con tres variantes: el régimen militar de ocupación, la clásica
colonia y el “Estado Libre Asociado”. Ciertamente, la tan cacareada “libertad” no
vino en aquellos acorazados buques de guerra. Por el contrario, toda esperanza a
tales efectos expiró al llegar estos, cuando la invasión estadounidense aplastó
definitivamente la autonomía del País, disolvió el gobierno democráticamente
electo y suprimió el derecho al sufragio universal masculino.
La fuerzas invasoras estadounidenses incluían multitud de tropas terrestres,
infantería, potente artillería y caballería, cinco buques de guerra, diez transportes y
3,415 hombres y llegaron dos meses y medio después de que la escuadra naval
estadounidense al mando del Contralmirante William Thompson Sampson,
Comandante en Jefe de las Fuerzas Navales de los Estados Unidos en el Atlántico
Norte, bombardease sorpresiva e infructuosamente la ciudad de San Juan,
castigando salvajemente a su población civil, la cual fue entonces sometida a un
riguroso y prolongado bloqueo naval, durante el cual ocurrieron varios importantes
combates y serios incidentes navales de índole militar.
La escuadra naval española en los mares del Oriente ya había sido hundida por
órdenes de su propio Almirante el 1 de mayo frente al arsenal de la isla de Cavite
en la bahía de Manila, y la escuadra naval española en los mares de Occidente ya
había sido aniquilada el 3 de julio por la escuadra estadounidense saliendo en “fila
india”, de uno en fondo, por la estrecha boca de la bahía de Santiago de Cuba, o
sea, la invasión fue decidida cuando ya España había perdido la Guerra CubanoHispanoamericana. Era ya muy tarde para España intentar retener o salvar nada
peleando en esta pequeña Isla cuando ya había perdido la guerra fuera de ella. Al
no tener esperanzas de apoyo, de refuerzos, de avituallamiento, de recibir más
municiones o de contar con el respaldo de una escuadra, las fuerzas militares en la
Isla, especialmente las integradas por los voluntarios, se sintieron abandonadas a su
suerte y destinadas de antemano a una inevitable derrotada. No había propósito
alguno en entablar ahora una lucha final como parte de una guerra que ya estaba
decidida. El espíritu de la población civil estaba muy decaído. La incertidumbre y
el desasosiego cundían por doquier.
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