Download la guerra del 98 y mayagüez

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se firmase la paz que España había pedido desde antes de comenzar la invasión. De
ahí las órdenes impartidas al Teniente Coronel don Francisco Puig y Manuel de
Villena.
Lo que caracterizó a las fuerzas españolas en esta campaña fue la estudiada
inacción y el cauteloso compás de espera. Al principio, como la Isla podía ser
invadida desde cualquier costa, se esperó a que el desarrollo de los acontecimientos
revelase cuáles eran los verdaderos planes de los invasores, y luego, quizás se
pensó que no valía la pena sacrificar más vidas por una causa que ya se había dado
oficialmente por perdida, en una guerra en la que se había admitido oficialmente la
derrota, y se decidió que solamente se pelearía por salvaguardar las vidas de los
soldados, el honor de las armas y el de la patria.
Desde La Fortaleza no se enviaron tropas españolas al Suroeste de la Isla, que es
donde se estaba desarrollando la invasión y, de hecho, las que allí había fueron
retiradas a Mayagüez con el ostensible propósito de reconcentrarlas después en
Arecibo y luego en San Juan para finalmente emplearlas en una defensa a ultranza
de la capital, cosa que después no hubo tiempo ni ocasión de hacer, pues el fin de
la guerra llegó antes.
La realidad es que nada de lo que hubiese podido hacerse, aún a costa de muchas
vidas, hubiera cambiado, a la larga, el resultado final del conflicto, pues según
declaró luego el General Nelson A. Miles, quien dirigió la invasión, desde el
comienzo de la guerra, Puerto Rico había sido uno de los “verdaderos objetivos”
del ejército estadounidense91 y conforme a lo afirmado tan categóricamente por el
Senador Henry Cabot Lodge
“la isla de Puerto Rico, la más bella de las grandes Antillas, con su
población y ventajosa posición estratégica, había estado de continuo en
la mente del Ejército y la Marina desde el mismo instante en que había
comenzado la guerra y que este movimiento constituía el último paso del
inexorable movimiento iniciado por Estados Unidos hacía ya un siglo
para expulsar a España de las Antillas”92.
España tenía sobrados motivos para temer que, si la guerra se prolongaba, iba a
perder mucho más que sus provincias antillanas de ultramar. Podía perder el campo
91
Cruz Monclova, Lidio. Historia de Puerto Rico, Siglo XIX, Tomo I, Pág. 224. Cita de Nelson A. Miles, Serving
the Republic, N.Y., 1911, Págs. 273-274.
92
Ibid, Pág. 224. Cita de H. Cabot Lodge, The War With Spain. N.Y., 1899, Págs. 4 y 168.
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