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Al llegar el mes de julio, R.A. Alger, Secretario de la Guerra de los Estados Unidos
rehusó poner por escrito el nombramiento ofrecido al Dr. José Julio Henna,
insistiendo en que se embarcase sin documentos, a lo cual éste se rehusó. Tampoco
permitió que ningún puertorriqueño tomase parte activa en la invasión ni formase
parte del Estado Mayor o tuviese autoridad para firmar proclamas.
Forzados por las órdenes del Gobernador de la Isla de Cuba, General Blanco, y el
Ministro de Marina de España, don Ramón Auñón, quienes temían que la inminente
caída de la ciudad de Santiago de Cuba, asediada por tierra, por fuerzas cubanas y
estadounidenses colocase a los buques de la escuadra española, surtos en el puerto,
en una situación aún más vulnerable, el 3 de julio, a pleno sol, y con su valeroso
almirante don Pascual Cervera y Topete a bordo del buque insignia que iba a
vanguardia de toda su escuadra, salieron "a todo trance", los buques de guerra
españoles de la bahía de Santiago de Cuba. Sucumbieron heroicamente disparando,
orgullosamente hasta el fin, envueltos en el humo de sus propios cañones. Así
quedaron aniquiladas las fuerzas navales españolas del Atlántico frente a la angosta
boca de la bahía de Santiago de Cuba en los antillanos mares de Occidente. Esa
ciudad cubana, bombardeada ocho días después, el 11 de julio, por la escuadra
estadounidense que ya había bombardeado sin éxito a San Juan de Puerto Rico,
capituló a los cinco días, o sea, el día 16, con toda su provincia. Fue entonces, cuando
ya no le quedaba a España ni la esperanza de poder llegar a un acuerdo razonable,
que todos los ojos de los estrategas militares estadounidenses se volvieron sobre
Puerto Rico. La suerte de la guerra ya estaba decidida, la de Puerto Rico iba a
decidirse muy pronto.
Al ser totalmente destruidas las fuerzas navales españolas al mando del Almirante
Cervera por una escuadra enemiga cuatro veces superior al salir, cumpliendo
órdenes, de uno en fondo por la boca de la bahía de Santiago de Cuba, en los
antillanos mares de Occidente, ofreciendo un blanco perfecto al enemigo que le
acechaba, el Subsecretario de la Marina, Theodore Roosevelt temió que el Presidente
McKinley acordara los términos de la paz con España antes de que hubiese ocasión
de capturar Puerto Rico y las Filipinas y justificar así la entrega y cesión de estas. De
ahí la urgente necesidad de invadir a Puerto Rico y la decisión de hacerlo cuanto
antes, como, en efecto, lo hicieron apenas veintiún días después.
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