Download y los Estados Unidos, que parecen

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1823
de noviembre, es decir, a las ventajas
de Ingla­terra sobre los Estados Unidos
como pro­tectora de los países independientes. Es de advertir, sin embargo, que
los dos principa­les adversarios en la discusión —Calhoun y Adams— habían argumentado, sucesiva­mente, apoyándose
cada uno para su res­pectiva tesis en la
conquista de América por los aliados.
Calhoun, en efecto, había dicho, el día
15 de noviembre, que la Santa Alianza
podía restaurar la dominación española
sobre Mé­xico y la América del Sur, mediante el envío de 10 mil hombres. Adams
consideraba tan fácil la restauración de
la soberanía es­pañola, como el hundimiento del Chimborazo en el océano
Pacífico. Pero si la América española habría de sucumbir irremi­siblemente, esto
sería motivo para no com­plicarse en su
suerte, provocando una gue­rra con el fin
de impedir lo que, según el mismo Calhoun, era imposible prevenir. Al razonamiento de Adams podía haber contestado
Calhoun que precisamente se pro­ponía la
alianza con la Gran Bretaña para impedir
la conquista.
El mismo Adams, secretario de Estado, que el día 15 llamaba extravagancia
de Cal­houn el peligro de la reconquista de
los países hispanoamericanos por la Santa
Alianza, el día 26 no sólo consideraba inminente la recon­quista, sino que argumentaba dando como un hecho que se efectuaría
para beneficio de las otras potencias, pues
Rusia se apoderaría de California, del Perú
y de Chile; Francia de México y la Gran
Bretaña de Cuba. Había, pues, un peligro
mucho mayor que el vaticina­do por Calhoun, ya que no sólo se perderían todas
las esperanzas de dominar en el Oregon,
en Cuba y en Texas, sino que Francia provocaría un levantamiento en la Louisiana y
se quedaría con ese territorio que ella había
co­lonizado.
«El peligro estaba, pues, a nuestras
puertas», dijo el secretario Adams, y añadió
que no debía perderse un instante. Inmediatamente después, Adams acepta como
muy probable que Inglaterra de­rrotara a la
Santa Alianza, lo que indica que Calhoun
no proponía una extravagancia al hablar del
pacto con Gran Bretaña.
Cito estas contradicciones para que se
vea en qué orden puramente conjetural y con qué vaguedades fue discutido el
mensa­je de Monroe. Adams queda con
pocos lau­reles de polemista lógico y sincero, aun cuando sea grande su mérito por la
fórmula que presentó.
La única parte seria del debate fue real­
mente la que le puso fin.
Los Estados Unidos corrían el peligro de
una preponderancia americana de la Gran
Bretaña, si esta potencia aparecía como la
única defensora de las nuevas repúblicas.
Há­bilmente se abandonó al gobierno de
Londres la parte útil de la obra común, y
la declaración de Monroe, privada de toda
sanción, realizó el fin propuesto de ganar
prestigio con sus solemnes cláusulas.
28 de noviembre
3.1 INGLATERRA-HISPANOAMÉRICA
Simón Bolívar escribe a [el general Tomás
de] Heres: «No haga usted caso de lo
que se diga, porque nada puede cambiar
la faz de la América, queriéndolo Dios,
Londres y nosotros.»
29 de noviembre
2.7 ESTADOS UNIDOS-INGLATERRA
Mensaje del secretario de Estado, John
Quincy Adams, a Richard Rush, su minis­
tro en Londres:
Han sido recibidos sus despachos […], referentes a los asuntos de Sud América, entre
Estados Unidos y Gran Bre­taña, y una manifestación combinada de és­tos al mundo.
Este tópico ha recibido íntegramente la
consideración del Presidente, bajo la pro­
funda impresión de su capital importancia,
la plena convicción de los altos intereses
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