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1823
liares. Debería, por consiguiente, adoptar
un sistema separado, propio, diferente del
de Europa. Mientras ésta trabaja para hacer
el asiento del despo­tismo, nuestros esfuerzos, indudablemente, debieran tender a
hacer de nuestro hemis­ferio el domicilio de
la libertad.
Una nación, más que ninguna otra, po­
dría perturbarnos en esta empresa; pero
hoy nos ofrece dirigirnos, ayudarnos y
acompa­ñarnos en ella. Accediendo a su
propuesta, la desprendemos del bando
enemigo, trae­mos su gran peso al platillo del gobierno libre, y de una sola vez
emancipamos un continente que de otro
modo permanecería largo tiempo presa de
dudas y dificultades. La Gran Bretaña es,
entre todas las naciones de la tierra, la que
más puede dañarnos, y con ella de nuestra parte no nos infundirá temor el mundo
entero. Por lo mismo, debe­mos cultivar
asiduamente una amistad cor­dial con ella, y
nada podría conducirnos de un modo más
inmediato a estrechar nuestros vínculos de
afecto que ver otra vez a la una luchando
por la misma causa al lado de la otra. Y
esto no quiere decir que yo com­prara ni
su amistad al precio de tomar parte en sus
guerras.
Pero aquella a que la presente propues­
ta nos conduciría, dado que tal fuera la
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con­secuencia, no sería una guerra suya,
sino nuestra. Su objeto es introducir y establecer el sistema americano, que consiste en apartar de nuestra tierra a todas las
potencias extranjeras, y no permitir que
las de Europa se mezclen en los negocios
de nuestras naciones. La guerra tendría
por objeto mantener nuestros principios
y no el de abandonarlos. Si para facilitar
esto es dable hacer una divi­sión en todo
el conjunto de las potencias eu­ropeas,
y poner de nuestro lado la fracción más
fuerte, seguramente deberíamos hacerlo.
Yo estoy resueltamente de parte de Mr.
Canning al opinar que con ello impediríamos la guerra en vez de provocarla. Con
la Gran Bretaña retirada del platillo de la
balanza en que se hallan las otras potencias, y puesta en el de nuestros dos continentes, toda la Europa, combinada, no
emprendería esa guerra, por­que ¿cómo
atacaría a sus dos enemigos sin flotas superiores? No debe desdeñarse tam­p oco
la ocasión de expresar nuestra protesta
contra las atroces violaciones del derecho internacional por la intervención de
una [Fran­cia] en los asuntos domésticos
de otra [Espa­ña], violaciones iniciadas tan
criminalmente por Bonaparte y continuadas hoy por la igual­m ente criminal alianza
que se llama Santa a sí misma.
Pero tenemos que preguntarnos prime­
ramente si deseamos adquirir, para nuestra Confederación, alguna o algunas de
las pro­vincias españolas. Confieso ingenuamente que siempre he considerado a
Cuba como la adición más interesante que
pudiera hacer­se a nuestro sistema de estados. El dominio que esta isla, junto con
la punta de la Flori­da, nos daría sobre el
golfo de Méjico y los países e istmos que
lo limitan, lo mismo que sobre todas las
aguas que en él desembocan, llenaría la
medida de nuestro bienestar. Sin embargo, convencido como estoy de que esto
nunca podría obtenerse, ni aun con el
consentimiento de Cuba, sino a costa de
una guerra, y convencido como lo estoy
también de que la independencia de la isla,
que es interés nuestro en segundo lugar,
y especial­mente su independencia de la
Gran Bretaña, es imposible sin guerra, no
tengo la me­nor vacilación en abandonar
el primer deseo a futuras contingencias y
aceptar la inde­pendencia de Cuba con paz
y la amistad de Inglaterra, más bien que su
asociación a costa de una guerra y con la
enemistad de la Gran Bretaña.
Podría, por lo mismo, unirme honradamente a la declaración propuesta, diciendo que no pretendemos la adquisición de
ninguna de estas posesiones, y que no nos